“Nada sería. Por tanto, en la obra plena se advierte quién es su Artesano”. (Scivias, Segunda visión, p. 111)
Usa una gran riqueza de simbolismos para describir al alma revestida de la gracia divina y protegida por el poder del Altísimo:
“Pero encima de la columna umbría vi otra imagen muy hermosa, de pie, con la cabeza descubierta, ensortijados y negros cabellos y un rostro masculino de tan encendida claridad, que no pude contemplarlo con nitidez como el rostro de un hombre. Vestía una túnica púrpura y negra, sobre cada hombro tenía una franja tejida de rojo y amarillo que descendía hasta los pies, por delante y por detrás. En torno al cuello llevaba una estola episcopal maravillosamente adornada con oro y piedras preciosas. Por doquier le rodeaba un esplendor tan diáfano, que no pude mirarle sino por delante, desde su cabeza hacia abajo, hasta sus pies, mas sus brazos, manos y pies me los ocultaban las sombras. Por el fulgor que la envolvía estaba enteramente llena de ojos y, vivo todo él, se deslizaba de un lado a otro como las nubes: ora se dilataba, ora se encogía”. (Scivias, Octava visión p. 387)
En las siguientes páginas la santa explicó los simbolismos. De la estola episcopal dice: “Cristo, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote del Padre y tiene por doquier, en su insuperable poder, el oficio sacerdotal que sus imitadores deben engalanar por la gracia de Dios con el oro de la sabiduría y las gemas de las virtudes en los fieles miembros suyos que ellos mismos son”. (Ibid. p. 409)
Entre 1158 y 1164 la “Sibila del Rin” escribe el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), que es una visión de la teología moral. La lucha entre el bien y el mal se desarrolla en el corazón de cada persona, creada a imagen de Dios y responsable de sus actos. Este combate interior tiene una trascendencia pública y social. La victoria final del bien sobre el mal se manifestará cuando la Iglesia y la tierra queden integradas en la restauración final del universo. La visión teológica y moral de la abadesa de Rupertberg tiene raigambre agustiniana y se caracteriza por un mismo ponderado, pero con perspectivas de triunfo.
Su siguiente libro fue el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas). Es un extenso estudio sobre el cosmos, el ser humano, y el Creador, que gobierna el universo con su poder y su providencia amorosa. Está formado por 10 visiones; las 5 primeras forman como una topografía de cielos y tierra; las otras 5 se centran en la historia de la humanidad, en la que se realizan las obras divinas de la salvación.
Otros libros de Hildegarda tratan de instrucción espiritual y vida monástica, comentarios a la Regla de san Benito, exposiciones sobre los Evangelios, vidas de algunos santos y enseñanzas sobre las virtudes y la vida mística. Una obra muy peculiar es la llamada Ignota lingua (Lengua desconocida). En ella mezcla el alemán y el latín, por lo que se le ha escogido como la patrona de los esperantistas.
Otros libros suyos tratan de medicina y ciencias naturales. Por supuesto, con muchas ideas ficticias y opiniones ingenuas, incluso absurdas. Con todo, despiertan interés por las notables intuiciones que encierran. Por ejemplo: el reconocer que el sol se halla situado en el centro del sistema planetario (teoría heliocéntrica, expuesta en el Renacimiento por Copérnico y Galileo); la teoría de la circulación de la sangre (que luego haría famoso a Miguel Servet y William Harvey); y quizá la hipótesis de la degradación de la energía, puesto que en Scivias dice que, al llegar el fin del mundo, el sol, la luna y las estrellas quedarán inmóviles.
Al igual que su coetáneo san Bernardo, Hildegarda tiene una visión de la mujer más optimista y positiva que la de otros teólogos y pensadores contemporáneos suyos. Tal visión nace de que mira a la mujer bajo la luz esplendorosa de la figura de María. Del linaje de Abraham, María es semejante a él por su fe y obediencia. Por eso fue padre de una multitud, numerosa como las estrellas del cielo. Leámoslo en sus palabras:
“Dios conocía el corazón de Abraham, que ignoraba la astucia de la serpiente y sabía que sus actos no contenían ninguna maldad. De la descendencia de Abraham escogió Dios una tierra dormida, en la cual se desconocía aquel sabor que había hecho posible que la serpiente engañara a la primera mujer. 1 Aquella tierra marcada por la vara de Aarón era la Virgen María que, con su gran humildad, vino a ser la cámara nupcial del rey, una estancia sellada. Después de recibir el mensaje con que se le anunciaba el deseo del Rey de albergarse en su seno, ella miró la tierra de que estaba hecha y se designó a si misma como la esclava del Señor”. (Liber divinorum operum. Visión 1,17)
En el texto profético: “Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor de sus raíces brotará” (Is 11,1), halla Hildegarda la oportunidad para ensalzar la incontaminada inocencia de María con estas palabras: “¿Y por qué dice rama?” Porque no tiene espinas su naturaleza ni nudos de afanes terrenos, sino lisura: de apetencia carnal desligada brota el tronco de Jesé que es como el fundamento de la estirpe real que salió esta Madre inmaculada. 2 Y de la raíz de esta rama emanó un suavísimo aroma; la plena lozanía de la Virgen volando hasta las alturas, donde el Espíritu Santo la llevó para que naciera de ella la Flor del alimento” (Scivias pp. 377-398)
El misterio de María es mostrado en estrecha relación con la encarnación del Verbo divino. El Padre celestial manifiesta esta obra salvadora diciendo: “En el zafiro descubre la divinidad oculta de mi Hijo, que es la piedra angular, manso y humilde, pues no surgió de la raíz de la carne humana, que de varón y mujer proviene, sino que por mi cálida llama se encarnó milagrosamente de una dulce Virgen”. (Ibid. p. 199)
El alimento espiritual de Hildegarda eran la liturgia solemne y el canto sagrado. La música era un lazo de unión con el mundo sobrenatural. La armonía, según la abadesa, es un don divino, y por eso el demonio la desconoce, pues los aullidos y sones discordantes son propios del infierno. En los dramas sagrados que ella compuso para ser representados ante los peregrinos que visitaban el monasterio, la utiliza.
Cuando Hildegarda se enteró de que los canónigos de Maguncia querían suprimir el canto en la iglesia, escribió al obispo y al cabildo unas cartas llenas de inquietud y colmadas de un hondo sentido de la espiritualidad cristiana y de sensibilidad litúrgica. Entre otras cosas decía:
“La música sacra es el único recuerdo, casi olvidado, de aquel estado primitivo que perdimos al perder el paraíso…Por lo tanto aquellos que, sin una razón valedera, imponen el silencio en las iglesias, donde debería oírse sin cesar el canto en honor de Dios, no serán dignos de escuchar los gloriosos coros de ángeles, que alaban al Señor en los cielos”.
Ella misma compuso antífonas y otras piezas litúrgicas con letra y melodías muy inspiradas. La luz, el aire y la música son tres elementos que aparecen constantemente en la monja teutónica. Los considera como excelentes y suavísimos lazos de unión entre el cielo y la tierra.
El capellán del monasterio de Rupertsberg decía que ella era como un instrumento musical desgastado y roto por la enfermedad, pero que producía muy bellos sonidos. Ella, siempre de salud delicada pero generosa hasta el extremo, y dispuesta constantemente a ayudar a quienes la necesitaban o a los que acudían a ella en busca de luz para sus alivios, atendía de continuo a todos, sin preocuparse de su propio reposo ni de su quebrantable salud. Y, a pesar de tantos esfuerzos, llegó a octogenaria. La tensión constante de su espíritu la mantenía en vela, siempre activa y, como las vírgenes del Evangelio, con la lámpara encendida esperando al Esposo.
Pocos días antes de su tránsito al cielo lo anunció a sus monjas. Ocurrió la noche del domingo 17 de septiembre de 1179. La santa había descrito su visión de la gloria:
“Hermosos semblantes que miran al Señor y surgen
en la alborada
Vírgenes santas, grande es vuestro esplendor
Espejo en que se contempló al Rey
Cuando os engalanó con todos los atavíos
celestiales venideros,
Así que sois dulcísimo vergel de aromas repleto.
¡Oh esplendorosa lozanía que en el Sol arraigas
con alba claridad relumbras en su halo
Que está más allá de las atalayas de tierra
Se envuelve el abrazo de los misterios divinos.”
Afortunadamente, el nombre de Hildegarda y sus maravillosos escritos no han caído en el olvido, ni en el ámbito de la espiritualidad cristiana ni entre los estudiosos de la cultura europea. Las reliquias de la abadesa se conservan en la iglesia parroquial de Eibingen, dentro de un precioso relicario en forma de arqueta elaborado en 1929.
Notas.
1 Se refiere a Génesis 3 que narra simbólicamente el pecado del hombre y de la mujer (Adán y Eva que tienen sentido colectivo: los hombres y las mujeres). La serpiente es símbolo del demonio y “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” quiere decir desobedecer a Dios.
2 En realidad, la descendencia de Jesé, padre de David, es propia de Jesús a través de su padre adoptivo, San José. En la mentalidad judía no importa que no fuera padre verdadero sino legal. Aunque María también podría ser descendiente de David. Pero no consta en los Evangelios, ni es necesario. |