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Santa Hildegarda de Bingen.
por fray Frank Dumois, OFM
Santa Hildegarda de Bingen
Virgen, abadesa benedictina

Entre los grandes escritores místicos de la historia eclesiástica no puede dejarse de destacar a Santa Hildegarda de Bingen.


Es curioso notar que en los maestros de vida espiritual se puede percibir el influjo del medio natural en que vivieron. Así en san Bernardo de Claraval la plácida belleza de Borgoña; en san Francisco de Asís la suavidad de los campos y valles de Umbría; en santa Teresa de Jesús la austera meseta castellana. En Hildegarda de Bingen, profunda virgen alemana, los valles brumosos de Renania, con sus bosques frondosos y sus viñedos feraces. Abundan entonces los monasterios románicos con su sobria arquitectura, con sus muros pétreos y espléndidas torres elevadas al cielo, en las que Hildegarda percibió el enlace entre el cielo y la tierra.

No exageramos si decimos que esta monja benedictina fue en su tiempo, que coincide con el de san Bernardo, una de las personalidades más valoradas de la Iglesia y su memoria rebasa el siglo XII, en que vivió casi toda su vida. De profunda inteligencia, fina intuición y exquisita sensibilidad, no sólo fue una excelente escritora mística, sino que también vislumbró nociones y leyes de la naturaleza que ha corroborado el progreso científico, como veremos más adelante.

Hildegarda nació en 1098 en Renania-Palatinado (Alemania), probablemente en un castillo que destruirían los franceses en 1688. Sus padres Hildeberto y Matilde eran nobles de cierto rango en la jerarquía feudal.

Formaban una familia numerosa y devota. Ella ocupaba el número 10 entre los hijos de este matrimonio. Por eso tomaron la decisión de ofrecerla al Señor a manera de diezmo. En su familia hubo otros miembros que formaron parte del clero o profesaron la vida monástica.

Apenas contaba tres años cuando empezó a percibir comunicaciones interiores y a escuchar voces misteriosas. Sus familiares las interpretaron como un signo de su consagración especial a Dios. Además de su inteligencia y sensibilidad, la niña se hacia querer y era de extraordinaria vivacidad. A los 8 años sus padres la confiaron a una santa mujer llamada Judit (o Jutta), reclusa junto al monasterio de monjes benedictinos de Disibodenberg, situado en las riberas de un afluente del Rin, dentro de los límites del obispado de Maguncia (Maing). La monja Judit instruía en la vida espiritual a una sobrina suya y a otras niñas. Las iniciaba en la vida espiritual, además de enseñarles a leer y cantar en alemán y latín.

El clima de alabanza divina y de contemplación espiritual que irradiaban del monasterio, enfervorizaba el alma de la niña oblata benedictina, y constituían lo que san Benito llamaba en su Regla “escuela del servicio divino”.

La influencia del canto en su espiritualidad la expresa Hildegarda con estas palabras:

“Sí, el cántico dulcifica los corazones de piedra, les infunde el arrepentimiento y llama al Espíritu Santo. Y estas voces que oyes, sonaban con voz de muchedumbre inmensa, creando algo de clamor; porque las palabras de júbilo y exultación, cantadas en la acordanza de la unanimidad y del amor, llevan a los fieles a esa armonía en la que no hay discordia alguna; y a cuantos en la tierra están los hacen suspirar con el corazón y la boca, en pos de la suprema herencia. Y así en sus sonidos inundada, al instante los entendiste, sin escollo alguno; pues allí donde obra la gracia divina, toda sombra de calígine borrará y diáfano volverá cuanto fue oscuro para los frágiles sentidos de la desvalida carne”.

Estas palabras nos recuerdan la conversión al catolicismo del célebre escritor francés Paul Claudel (1868-1955), cuando siendo agnóstico, al oír cantar el Magníficat en la catedral de París, se transformó totalmente y mantuvo su fe católica hasta su muerte.

La novicia se alimentaba de la Sagrada Escritura , sobre todo de los Salmos. Aseguraba que los libros bíblicos eran “la cítara de dulce melodía” y “la danza del júbilo”. A los 15 años, Hildegarda hizo su profesión benedictina en el monasterio en que se había formado. A pesar de que recibía ilustraciones internas no les daba plena adhesión, pues, con gran prudencia, temía ser víctima de ilusiones y de engaños. Por ello, se esfuerza en llevar una vida sencilla y normal según la regla benedictina, evitando la singularidad.

En 1136 muere en olor de santidad su maestra Jutta, y las monjas la eligen abadesa. Su espiritualidad progresa y muchas personas le consideran como maestra espiritual. Muchas jóvenes deciden ingresar en la comunidad; sacerdotes buscan su consejo y laicos de todas las categorías quieren seguir sus orientaciones. Su influjo se ha comparado con el de su contemporáneo y amigo san Bernardo de Claraval. Se le llamará “a sibila del Rin”.

Al aumentar las vocaciones, hacia 1150 Hildegarda funda el monasterio de Rupertsberg, que hizo construir cerca de Bingen, en la otra orilla del Rin, y traslada a él su comunidad. Algunos años después, en 1163, fundan en las inmediaciones un priorato dependiente de su abadía, el de Rüdessheim, anteriormente casa de canónigos agustinianos. Esta es la única de las fundaciones de Hildegarda que se conserva en su integridad. Es un bello monumento románico de gran pureza de estado. Aquí se conservan las reliquias de la santa. Pues, el monasterio de Rupertsberg fue incendiado en 1632 durante la guerra de los Treinta Años.

En cuanto a la entrada de niños o niñas en los monasterios, costumbre muy arraigada en aquella época y que en Hildegarda había resultado positiva, ella se mostraba muy cauta y aconsejaba a los padres que actuaran con prudencia y reflexión, no por impulsos, discerniendo bien las ventajas y desventajas. Y en todo caso con el consentimiento del oblato de abrazar la vida monástica.


A los 42 años, cuando la santa tenía una amplia experiencia en los caminos del Espíritu, obtuvo el don de interpretar las Sagradas Escrituras con exactitud teológica y unción espiritual. Dejemos que ella misma nos relate su don:

“Sucedió que en el año 1141 de la encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando cumplió ya 42 años y 7 meses de edad, del cielo abierto vino a mi una luz de fuego deslumbrante; inundó mi cerebro todo y, cual llama que aviva pero no abrasa, inflamó todo mi corazón y mi pecho, así como el sol calienta las cosas al extender sus rayos sobre ellas, y de pronto gocé del entendimiento de cuanto dicen las Escrituras, los Salmos, los Evangelios y todos los demás libros católicos del Antiguo y Nuevo Testamento, aún sin poseer la interpretación de las palabras de sus textos ni sus divisiones silábicas, casos o tiempos”. (Scivias pp. 15-16)

Ella, por humildad y por prudencia, se resistió a poner por escrito estas visiones a pesar de que se le había dicho: “Habla y escribe lo que ves y escuchas”. El secreto de esta lucha interior le hizo caer enferma; pero al fin, bien aconsejada por personas espirituales y amigos, se animó y comenzó a dictar el contenido de sus visiones místicas y teológicas; recuperó la salud y empezó una prolongada labor magisterial que hoy podemos disfrutar.

Entre sus principales consejeros y colaboradores está el monje Volmar, de la abadía Disibodenberg. Posteriormente llegó a ser capellán y administrador de los bienes del monasterio de Rupertsberg, fundado por la santa. Era, por su edad, como un hijo espiritual muy apreciado por la venerable abadesa. Murió antes que ella, en 1177.

Santa Hildegarda de Bingen.


La primera de las obras de Hildegarda es Scivias, es decir “conoce los caminos del Señor”. Tardó 10 años en redactarlo. Es una interpretación teológica de los principales misterios de la fe. Está dividida en tres libros. En el primero trata de la creación, el pecado de los ángeles y de los hombres, así como las características y el significado profundo del universo. En el segundo, analiza la encarnación y la redención de Cristo. Y en el tercero, bajo el simbolismo de ciudades, castillos, torres y columnas expone la historia de la salvación, centrada en la Iglesia , que lucha contra el maligno y acabará triunfando plenamente de sus insidias.

Su exposición no es sistemática e intelectual, como ya lo hacían los primeros escolásticos en las universidades, sino más bien sigue un camino sapiencial, simbólico, proveniente de la tradición patrística y de la teología monástica. Hildegarda adopta una terminología propia, imágenes y símbolos de difícil comprensión. Pero si se llega a sintonizar con su sensibilidad espiritual, se llega a descubrir su riqueza mística. Veamos su visión acerca del misterio de la Santísima Trinidad , que admite comparación con el pasaje del último canto de La divina comedia, de Dante:

Santa Hildegarda de Bingen.

“Después vi una luz muy esplendorosa y, en ella una figura humana del color del zafiro, que ardía entera en un suave fuego rutilante. Y esa esplendorosa luz inundaba todo el fuego rutilante. Y el fuego rutilante, la esplendorosa luz; y la esplendorosa luz y el rutilante fuego inundaban toda la forma humana, siendo una sola luz en una sola fuerza y potencia.

“Y de nuevo oí la Luz Viviente que me decía: Esto es sentir los misterios del Señor: observar con discernimiento y comprender qué es esta Plenitud sin principio en la que es inagotable la profunda fortaleza que sembró todos los manantiales de las fuentes. Porque si el Señor estuviera vacío de su propio vigor ¿qué sería entonces su obra?


“Nada sería. Por tanto, en la obra plena se advierte quién es su Artesano”. (Scivias, Segunda visión, p. 111)

Usa una gran riqueza de simbolismos para describir al alma revestida de la gracia divina y protegida por el poder del Altísimo:

“Pero encima de la columna umbría vi otra imagen muy hermosa, de pie, con la cabeza descubierta, ensortijados y negros cabellos y un rostro masculino de tan encendida claridad, que no pude contemplarlo con nitidez como el rostro de un hombre. Vestía una túnica púrpura y negra, sobre cada hombro tenía una franja tejida de rojo y amarillo que descendía hasta los pies, por delante y por detrás. En torno al cuello llevaba una estola episcopal maravillosamente adornada con oro y piedras preciosas. Por doquier le rodeaba un esplendor tan diáfano, que no pude mirarle sino por delante, desde su cabeza hacia abajo, hasta sus pies, mas sus brazos, manos y pies me los ocultaban las sombras. Por el fulgor que la envolvía estaba enteramente llena de ojos y, vivo todo él, se deslizaba de un lado a otro como las nubes: ora se dilataba, ora se encogía”. (Scivias, Octava visión p. 387)

En las siguientes páginas la santa explicó los simbolismos. De la estola episcopal dice: “Cristo, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote del Padre y tiene por doquier, en su insuperable poder, el oficio sacerdotal que sus imitadores deben engalanar por la gracia de Dios con el oro de la sabiduría y las gemas de las virtudes en los fieles miembros suyos que ellos mismos son”. (Ibid. p. 409)

Entre 1158 y 1164 la “Sibila del Rin” escribe el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), que es una visión de la teología moral. La lucha entre el bien y el mal se desarrolla en el corazón de cada persona, creada a imagen de Dios y responsable de sus actos. Este combate interior tiene una trascendencia pública y social. La victoria final del bien sobre el mal se manifestará cuando la Iglesia y la tierra queden integradas en la restauración final del universo. La visión teológica y moral de la abadesa de Rupertberg tiene raigambre agustiniana y se caracteriza por un mismo ponderado, pero con perspectivas de triunfo.

Su siguiente libro fue el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas). Es un extenso estudio sobre el cosmos, el ser humano, y el Creador, que gobierna el universo con su poder y su providencia amorosa. Está formado por 10 visiones; las 5 primeras forman como una topografía de cielos y tierra; las otras 5 se centran en la historia de la humanidad, en la que se realizan las obras divinas de la salvación.

Otros libros de Hildegarda tratan de instrucción espiritual y vida monástica, comentarios a la Regla de san Benito, exposiciones sobre los Evangelios, vidas de algunos santos y enseñanzas sobre las virtudes y la vida mística. Una obra muy peculiar es la llamada Ignota lingua (Lengua desconocida). En ella mezcla el alemán y el latín, por lo que se le ha escogido como la patrona de los esperantistas.

Otros libros suyos tratan de medicina y ciencias naturales. Por supuesto, con muchas ideas ficticias y opiniones ingenuas, incluso absurdas. Con todo, despiertan interés por las notables intuiciones que encierran. Por ejemplo: el reconocer que el sol se halla situado en el centro del sistema planetario (teoría heliocéntrica, expuesta en el Renacimiento por Copérnico y Galileo); la teoría de la circulación de la sangre (que luego haría famoso a Miguel Servet y William Harvey); y quizá la hipótesis de la degradación de la energía, puesto que en Scivias dice que, al llegar el fin del mundo, el sol, la luna y las estrellas quedarán inmóviles.

Al igual que su coetáneo san Bernardo, Hildegarda tiene una visión de la mujer más optimista y positiva que la de otros teólogos y pensadores contemporáneos suyos. Tal visión nace de que mira a la mujer bajo la luz esplendorosa de la figura de María. Del linaje de Abraham, María es semejante a él por su fe y obediencia. Por eso fue padre de una multitud, numerosa como las estrellas del cielo. Leámoslo en sus palabras:

“Dios conocía el corazón de Abraham, que ignoraba la astucia de la serpiente y sabía que sus actos no contenían ninguna maldad. De la descendencia de Abraham escogió Dios una tierra dormida, en la cual se desconocía aquel sabor que había hecho posible que la serpiente engañara a la primera mujer. 1 Aquella tierra marcada por la vara de Aarón era la Virgen María que, con su gran humildad, vino a ser la cámara nupcial del rey, una estancia sellada. Después de recibir el mensaje con que se le anunciaba el deseo del Rey de albergarse en su seno, ella miró la tierra de que estaba hecha y se designó a si misma como la esclava del Señor”. (Liber divinorum operum. Visión 1,17)

En el texto profético: “Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor de sus raíces brotará” (Is 11,1), halla Hildegarda la oportunidad para ensalzar la incontaminada inocencia de María con estas palabras: “¿Y por qué dice rama?” Porque no tiene espinas su naturaleza ni nudos de afanes terrenos, sino lisura: de apetencia carnal desligada brota el tronco de Jesé que es como el fundamento de la estirpe real que salió esta Madre inmaculada. 2 Y de la raíz de esta rama emanó un suavísimo aroma; la plena lozanía de la Virgen volando hasta las alturas, donde el Espíritu Santo la llevó para que naciera de ella la Flor del alimento” (Scivias pp. 377-398)

El misterio de María es mostrado en estrecha relación con la encarnación del Verbo divino. El Padre celestial manifiesta esta obra salvadora diciendo: “En el zafiro descubre la divinidad oculta de mi Hijo, que es la piedra angular, manso y humilde, pues no surgió de la raíz de la carne humana, que de varón y mujer proviene, sino que por mi cálida llama se encarnó milagrosamente de una dulce Virgen”. (Ibid. p. 199)

El alimento espiritual de Hildegarda eran la liturgia solemne y el canto sagrado. La música era un lazo de unión con el mundo sobrenatural. La armonía, según la abadesa, es un don divino, y por eso el demonio la desconoce, pues los aullidos y sones discordantes son propios del infierno. En los dramas sagrados que ella compuso para ser representados ante los peregrinos que visitaban el monasterio, la utiliza.

Cuando Hildegarda se enteró de que los canónigos de Maguncia querían suprimir el canto en la iglesia, escribió al obispo y al cabildo unas cartas llenas de inquietud y colmadas de un hondo sentido de la espiritualidad cristiana y de sensibilidad litúrgica. Entre otras cosas decía:

“La música sacra es el único recuerdo, casi olvidado, de aquel estado primitivo que perdimos al perder el paraíso…Por lo tanto aquellos que, sin una razón valedera, imponen el silencio en las iglesias, donde debería oírse sin cesar el canto en honor de Dios, no serán dignos de escuchar los gloriosos coros de ángeles, que alaban al Señor en los cielos”.

Ella misma compuso antífonas y otras piezas litúrgicas con letra y melodías muy inspiradas. La luz, el aire y la música son tres elementos que aparecen constantemente en la monja teutónica. Los considera como excelentes y suavísimos lazos de unión entre el cielo y la tierra.

El capellán del monasterio de Rupertsberg decía que ella era como un instrumento musical desgastado y roto por la enfermedad, pero que producía muy bellos sonidos. Ella, siempre de salud delicada pero generosa hasta el extremo, y dispuesta constantemente a ayudar a quienes la necesitaban o a los que acudían a ella en busca de luz para sus alivios, atendía de continuo a todos, sin preocuparse de su propio reposo ni de su quebrantable salud. Y, a pesar de tantos esfuerzos, llegó a octogenaria. La tensión constante de su espíritu la mantenía en vela, siempre activa y, como las vírgenes del Evangelio, con la lámpara encendida esperando al Esposo.

Pocos días antes de su tránsito al cielo lo anunció a sus monjas. Ocurrió la noche del domingo 17 de septiembre de 1179. La santa había descrito su visión de la gloria:

“Hermosos semblantes que miran al Señor y surgen
en la alborada
Vírgenes santas, grande es vuestro esplendor
Espejo en que se contempló al Rey
Cuando os engalanó con todos los atavíos
celestiales venideros,
Así que sois dulcísimo vergel de aromas repleto.
¡Oh esplendorosa lozanía que en el Sol arraigas
con alba claridad relumbras en su halo
Que está más allá de las atalayas de tierra
Se envuelve el abrazo de los misterios divinos.”

Afortunadamente, el nombre de Hildegarda y sus maravillosos escritos no han caído en el olvido, ni en el ámbito de la espiritualidad cristiana ni entre los estudiosos de la cultura europea. Las reliquias de la abadesa se conservan en la iglesia parroquial de Eibingen, dentro de un precioso relicario en forma de arqueta elaborado en 1929.

Notas.

1 Se refiere a Génesis 3 que narra simbólicamente el pecado del hombre y de la mujer (Adán y Eva que tienen sentido colectivo: los hombres y las mujeres). La serpiente es símbolo del demonio y “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” quiere decir desobedecer a Dios.

2 En realidad, la descendencia de Jesé, padre de David, es propia de Jesús a través de su padre adoptivo, San José. En la mentalidad judía no importa que no fuera padre verdadero sino legal. Aunque María también podría ser descendiente de David. Pero no consta en los Evangelios, ni es necesario.