La memoria particular se detiene sobre todo en las congregaciones: jesuitas, dominicos, ursulinas. Estas se llevan la palma con olvido de un laicado que tuvo y tiene un rol destacado en esta misión. Un ejemplo fehaciente de ello fue Mariana Lola Álvarez fundadora y directora del colegio El Ángel de la Guarda, una institución que por más de medio siglo educó a muchachas de todas las clases sociales, a partir del magisterio de un grupo de laicos notables, unido a una muy estricta vida espiritual.
Nacida en Jaruco, el 15 de septiembre de 1873, en medio de las críticas circunstancias de la Guerra de los Diez Años, era hija de don Nicasio Álvarez Villamil y doña Felicitas Martínez Elizarán, en un hogar de hondas raíces cristianas. Su madre, una de esas vigorosas matronas criollas, piadosas y a la vez ilustradas, se encargó de su formación, a través de profesores particulares, entre ellos, estudiantes universitarios de vacaciones en el pueblo y, cosa no común en la época, la niña recibió no sólo instrucción general, piano y bordado, sino también pintura, dibujo, francés y latín. Desde muy temprano iban a forjarse su tenaz disciplina y su férrea voluntad: cada día sus clases y ocupaciones, aún en las jornadas invernales, debían comenzar desde las siete de la mañana.
Con sólo trece años, obtuvo en La Habana, ante un tribunal competente, el título de maestra y, de inmediato, comenzó sus labores de educadora con hijas de algunas familias del pueblo, en un colegio que llamó El Ángel de la Guarda. Estos estudios y tempranas ocupaciones intelectuales no hicieron de ella una persona excesivamente intelectualizada, su temperamento tenía mucho de contemplativo y pasaba horas en el templo, orando ante el Santísimo. Acción y contemplación fueron los dos ejes de la espiritualidad de Mariana Lola.
Su vida hubiera continuado hasta el fin de ese modo, pues su modestia no parecía registrar mayores ambiciones, pero la historia entraría también en su hogar de manera impensada. En 1896, Jaruco se vio envuelto en la confrontación independentista, en la que colaboraban de manera clandestina varios parientes de Felicitas, pero la familia Álvarez Martínez se decidió por emigrar ante la creciente penuria y se establecieron en Santiago de Compostela, patria chica del padre, hasta el alborear republicano en 1902.
En ese mismo año, el 5 de noviembre, Mariana Lola inauguraba otro colegio, ahora en la ciudad de La Habana, donde se había establecido, pero igualmente con el nombre de El Ángel de la Guarda, en una modestísima casa de la calle Luz. Antes de cumplir su segundo aniversario, su matrícula se incrementó de forma notabilísima, gracias al traspaso de la totalidad de la matrícula del vecino colegio Victoria, con lo que alcanzó la cifra de 160 alumnas, entre ellas varias pupilas o internas.
El creciente interés de las familias por este colegio hizo que en muy poco tiempo tuviera que mudarse varias veces, hacia locales más amplios en las calles Muralla, Villegas, Merced y Cuba, Merced y Habana –donde ocupó tres casas– y por fin, su sede más estable, la definitiva, en Carlos III y San Carlos, a partir de junio de 1923. Desde la sede de Merced y Cuba en 1909, poseyeron capilla privada, bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús.
La institución tuvo desde 1902 por capellanes a los padres de la Compañía de Jesús: el padre Cándido Arbeloa, entre 1902 y 1919, al que sucedieron: P. Amalio Morán (1919-1922), P. Esteban Rivas (1922-1925), P.Camilo García (1925-1929) y de nuevo el P. Rivas hasta la desaparición del colegio. Ellos dejaron una innegable impronta de espiritualidad ignaciana en el centro, que estrechó nexos primero con la capilla del antiguo colegio de Belén y luego con la parroquia del Sagrado Corazón, de Reina. En 1952, con motivo del cincuentenario de la institución, el padre Arbeloa envió un mensaje desde España donde afirmaba: “Muchos colegios se podrán enorgullecer en La Habana por sus prestigios en ciencia y virtud; pero ninguno le va en zaga, en el fruto luminosísimo en lo humano, y divinísimo en lo religioso del colegio El Ángel de la Guarda ”. (1)
El P. Rivas, figura excepcional en nuestra historia eclesial –fue rector del colegio de Dolores en Santiago de Cuba, antes de echar los cimientos en Sagua para la fundación, en 1925, de los Caballeros Católicos– dejó un sello particularísimo en las alumnas del colegio, donde se tenía como alimento espiritual la confesión semanal, la Cruzada Eucarística, el Apostolado de la Oración, además de la colaboración en las colectas, misiones, procesiones y otras celebraciones piadosas.
Sin embargo, el ambiente de rigor espiritual no iba asociado como en otros colegios al exceso disciplinario que convertía algunas instituciones en cárceles para sus alumnos. Una antigua discípula, María Josefa Domínguez de Pando, recuerda que en los primeros tiempos las pupilas que aún añoraban sus hogares, eran acunadas por Felicitas, “la abuela Sicita”, para que pudieran dormir. Las inspectoras de pupilaje no eran esas secas vigilantes que tantos filmes y novelas se complacen en caricaturizar, algunas de ellas eran todavía evocadas con cariño por las alumnas cuando ya eran adultas, como sucedía con Dulce María Corrales –madre del crítico cinematográfico Walfredo Piñera– y la casi legendaria señorita Isabel Morillas, a lo que habría que añadir el papel jugado por Piedad Alvarez, hermana y colaboradora de Mariana Lola, hasta su fallecimiento en 1942.
En sus comienzos, la institución sólo abarcaba hasta el sexto grado. La primera alumna graduada fue Virginia Román, el 12 de diciembre de 1912. En 1921 sus planes se extendieron hasta el octavo grado, para el que la Directora trazó un programa que incluía Economía Doméstica, Francés, Tejidos, Repujado, Pirograbado, Corte y Costura, Repostería, Redacción de documentos y Trabajos manuales, lo que podría considerarse un antecedente de lo que sería después la Escuela del Hogar. Por esa época también se daban clases de Mecanografía y Taquigrafía, Dibujo y Pintura, impartida esta última por la propia fundadora.
El cuadro profesoral estaba formado en su totalidad por laicos, muchos de ellos considerados en su tiempo figuras cimeras en el terreno pedagógico o en las particularidades de la materia que impartían, y tenían cátedras en algún Instituto de Segunda Enseñanza, en la Universidad o en otros colegios públicos o privados. Entre ellos bastaría con citar nombres como los de: Isidoro Castellanos, Raimundo Lazo, León Ichaso, Juan Fonseca, Jesús Lista, Antonio Martínez, y la profesora de música María Luisa Facciolo, fundadora del Conservatorio que llevaba su apellido. A esto habría que sumar profesores tal vez menos célebres, pero sumamente eficientes en su labor como Rosario Caula, Bertha Fernández Cuervo de Diego –madre del poeta Eliseo Diego– Edelmira Pro, Carmen Baldor de Corrales y Carmen de Pazos.
No es extraño, pues, que el periodista y escritor Francisco Ichaso, hijo de León, afirmara en un artículo:
“El colegio El Ángel de la Guarda ha contribuido con muy considerable grado a la formación de nuestra juventud femenina. En sus aulas la mujer cubana ha aprendido algo más que lo que encierran los libros, saber frío, cuadriculado, que encierra en el concepto, por fortuna superado, de la asignatura. Ha aprendido a modelar su espíritu, a modelar su sensibilidad, a regir su conducta, a ser un carácter, en una palabra. Y ha sido, además, este Colegio un centro de cubana que ha contribuido en gran escala a la forja de nuestra nacionalidad”.(2)
Esto sería corroborado por quien gusta de llamarse “nieto espiritual de Mariana Lola”, Walfredo Piñera Corrales, quien en 1952, cuando era un joven estudiante de la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling, escribió en el artículo “El colegio de mi madre”:
“Cuando se trata de una alumna de El Ángel de la Guarda, tras la prueba de la vida, surge heroica, inexpugnable, superior a sí misma, cual la mujer fuerte del Evangelio, un alma que da la talla necesaria a todas las situaciones. Un alma que bien forjada, también sabe forjar, y puede y sabe extender más allá, hacia otras generaciones, las enseñanzas recibidas. Multiplicad ese resultado por el número de alumnas y antiguas alumnas del colegio, ese será el saldo de la labor educadora de Mariana Lola, en estos cincuenta años gloriosos“. (3)
Tan fuerte era esta formación que el célebre jurista católico Dr. Manuel Dorta Duque aseguró que la influencia de la formación moral impartida por Mariana Lola trasciende a los hijos y nietos “por ley de herencia”, (4) aun cuando no hubiesen sido sus discípulos directos, lo que constituye también mi propia experiencia familiar.
Se calcula que en el colegio llegaron a formarse unas doce mil alumnas. Surgieron de allí numerosas vocaciones a la vida religiosa, habría que citar a las tres hermanas: Rosa, Teresa y Josefina Negra, Madres Reparadoras; Aida Vilaret y Aurelia Peñas, Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón; Isabel Bolívar y Florinda Bermúdez, Religiosas Apostolinas; Carmen Lagomasino y Lourdes Llanio, Hijas de la Caridad ; Ana Solaún, religiosa del Sagrado Corazón; Noemí Quintana, de la comunidad Hijas de María Inmaculada; y Teresa Fernández, Carmelita Descalza y superiora por muchos años del Convento de Santa Teresa, en el Vedado.
Pero la cosecha fundamental de Mariana Lola fue de laicas: madres de familia, intelectuales, catequistas, misioneras, unidas durante muchos años a grandes empeños por la promoción humana y la evangelización, como demuestran las ejecutorias de exalumnas como Rita Calvo, Martha y Alicia Oliver, Casta María Aguiar, viuda de Vilaret y Ernestina Pérez de Castañer.
Un ejemplo de notable coherencia con las enseñanzas evangélicas fue la amplitud del espectro social de su matrícula, en sus aulas coexistían las hijas de familias con amplia solvencia económica y prestigio social: Caridad López Serrano, futura condesa de Lagunillas, Dulce María Müller, Margarita Pérez Tabío, María Josefa Domínguez, junto a muchísimas de linaje modesto, y aún algunas que sin recurso alguno, la bondad de Mariana Lola dotó de becas para que pudieran estudiar de manera gratuita.
En muchos aspectos el colegio fue singular. Resultó el primer plantel cubano que sostuvo una misión en el extranjero antes de 1915. Se trataba de la que los jesuitas habían fundado en Anking, en la China continental. Gracias a las colectas fue posible no sólo construir el Santuario de Nuestra Señora en Hofei, sino también reconstruir la iglesia del Sagrado Corazón y fundar una escuela de niñas que llevó el nombre de El Ángel de la Guarda, aunque estas instituciones fueron arrasadas por la invasión japonesa. Después de la liberación, el nuevo gobierno chino no permitió la reconstrucción de la misión y esta tuvo que trasladarse a Formosa, donde continuaron recibiendo ayuda desde Cuba. Se hizo célebre el tesón de la exalumna Rita Calvo, quien fundó una asociación de Niños Misioneros para que procuraran recursos de puerta en puerta, mientras ella recolectaba y vendía sellos de correos para dedicar las ganancias a ese mismo fin.
Mariana Lola era una maestra de espiritualidad profundamente encarnada en las contingencias sociales del país, por tanto no creía que su labor concluía en regir correctamente su colegio. Continuamente estaba generando alguna nueva obra para beneficiar a los menos favorecidos por la sociedad. Es posible citar la fundación en San Miguel del Padrón de la escuela para niños pobres Santa Teresa de Jesús, a cargo de Olga Núñez de Fhermann, así como las misiones realizadas en barrios considerados por entonces periféricos como la calle Zapata. Sin embargo la más audaz fue la Academia Nocturna de Obreras y Empleadas, iniciativa de la evangelizadora María Luisa del Pozo. Ella sabía que muchas de aquellas muchachas, con casi nula escolarización y que con frecuencia estaban alejadas de su familia, pues venían del interior del país en busca de trabajo como sirvientas, estaban expuestas a numerosos maltratos, sin protección legal ni perspectivas económicas dignas, y acechadas por aquellos que dominaban el triste negocio de la prostitución. María Luisa logró organizar un primer encuentro o conferencia –como las llamaban– en la sala de juntas de la iglesia de Reina el 10 de octubre de 1931 y que luego se sistematizó con el apoyo de Mariana Lola y el padre Rivas.
En abril del año siguiente se constituyó oficialmente en el local del colegio, como una verdadera Academia que ofrecía las disciplinas de Gramática, Aritmética, Inglés y Mecanografía, a las que se adicionaron en el curso siguiente, Corte y Costura, Taquigrafía y Dibujo, la propia directora impartía Religión y Moral, así como la preparación para los sacramentos de la Eucaristía y la Confirmación. Llegaron a poseer Biblioteca y hasta una Caja de Ahorros, y en la década del 50 del pasado siglo planeaban ya la construcción de una Casa de la Empleada, semejante a la que monseñor De Andrea había fundado en Argentina.
A esto habría que agregar la Catequesis que funcionaba en el propio colegio, que abría sus puertas a las humildísimas niñas de los barrios circundantes y donde servían como catequistas las alumnas mayores.
En 1952 el colegio celebró sus bodas de oro. Por esta razón se organizaron durante el año diferentes festejos y Su Santidad Pío XII concedió a Mariana Lola la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice, que le fue impuesta por Su Eminencia el Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt, el 31 de enero de 1953, en el Salón del Trono del Palacio Arzobispal, en una sencilla ceremonia a la que asistieron familiares, exalumnos con sus familias y profesores del colegio. El prelado expresó con motivo de este suceso:
“Aquí en nuestra Patria tenemos una mujer extraordinaria, que con el cetro del amor en las manos ha sido Luz, faro y guía para tres generaciones de cubanas, a quienes inculcó los más sanos principios que las hacen ser ornato bellísimo de la sociedad pues en su colegio más que la ciencia que brilla resplandece, refulge como un sol la enseñanza moral y religiosa que transmite a sus alumnas tomándolas del cofre de su corazón abrasado en amor a Cristo”. (5) |