El Santo Sepulcro
entre la historia y la leyenda |
El Santo Sepulcro en su retablo. |
por Roberto Méndez
fotos: cortesía del autor |
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Una las obras de arte que más admira a quienes visitan la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en Camagüey, es el Santo Sepulcro, fundido en plata maciza, que se conserva en un retablo, a la derecha del presbiterio. Se trata de una de las piezas de orfebrería de mayor tamaño y exquisitez realizadas en la zona de Las Antillas durante la época colonial. En sus orígenes se mezclan elementos de la historia y la leyenda, que le otorgan un carácter más o menos misterioso a la pieza. Sólo años de paciente búsqueda han permitido esclarecer los relatos que todavía pasan, cada vez más alterados, de una generación a otra. |
| Para los vecinos de Puerto Príncipe, allá por el 1740, don Manuel Agüero y Ortega era un ejemplo de ciudadano. Había nacido en 1713, en el hogar conformado por el alcalde ordinario y Capitán de Milicias don Fernando Agüero Zayas Bazán y doña Aldonza Ortega y Agramonte. (1) Era todavía muy joven cuando fue elegido alcalde ordinario en 1741, (2) año en que la villa fue azotada por el misterioso “mal de culebras”, nombre que por entonces se dio a la filariasis, enfermedad parasitaria llegada al territorio con uno de los |
lotes de negros bozales que los tratantes hacían venir de África sin precauciones. El estuvo entre los que rogaron públicamente e hicieron procesión desde la iglesia de San Francisco, llevando en andas a Nuestra Señora de los Desamparados, para que alejara el mal de estos llanos, y también fue de los que más influyó en el Ayuntamiento para que se mostrara de forma notoria el agradecimiento a la Intercesora con el establecimiento de una fiesta anual costeada con el “fondo de Propios” que manejaba esta institución. Además, se había desempeñado como Capitán de Milicias y Sargento Mayor de la plaza.
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Una casona solariega, ubicada en la calle Mayor, muy próxima a la Plaza de la Merced, (3) era el hogar donde residía junto a su esposa doña Catalina Bringas y de Varona, miembro también de una antigua familia del Camagüey, con la que había contraído matrimonio en la Parroquial Mayor el 8 de junio de 1733. (4) Si de don Manuel se decía que era “muy limosnero y socorría a toda clase de pobres”, (5) de ella podía afirmarse otro tanto. Sus padres, don Carlos de Bringas y de la Torre y doña Juana de Varona Barrera, habían hecho edificar de su propio peculio un templo dedicado a la Virgen de la Caridad en 1734, ampliado unos años después con dos galerías de arcos por doña Catalina y su hermano Diego Antonio (6) para que llegara a tener tres naves.
Fruto de esa unión les había nacido numerosa prole. Su primogénito, José Manuel Agüero Bringas, en el que habían puesto toda su alegría, había visto la luz en 1737. (7) Sin |
Iglesia de la Merced. Camagüey. |
embargo, como en las antiguas tragedias, aquella próspera dinastía estaba amenazada por el desastre. Doña Catalina falleció en 1746. Poco tiempo después, cuando sus hijos aún no habían llegado a la adultez, don Manuel decidió ingresar en la carrera eclesiástica, aunque continuara residiendo en su hogar y encargado de la educación de los niños.
Debe haber recibido los Sagrados Ordenes alrededor de 1749, pues cuando el obispo Morell de Santa Cruz visitó Puerto Príncipe en 1756, lo incluyó en la relación de sacerdotes de esta parte del país con la nota “su edad 42 años y 7 de sacerdote”. (8 )Llama la atención, además, que este prelado, seleccionara a un presbítero tan reciente para auxiliarle en las labores espirituales en el próximo punto de su visita: Holguín, habiendo en la región otros tonsurados prestigiosos, de más cargos y experiencia, pero, además, el obispo, nada dado a elogios fáciles, le califica como “un sacerdote ejemplar”. (9) |
Poco después de esta visita pastoral sobrevendrían los hechos que la tradición ha perpetuado.
Afirma la leyenda –pues aquí comienza esta a invadir las certezas históricas– que el joven José Manuel creció junto a un hermano adoptivo, hijo de una viuda a quien su padre favorecía. De éste, al que la tradición da el apellido Moya, nada ha podido averiguarse. ¿Era en realidad un hijo natural del distinguido Agüero, no reconocido por razones sociales, pero beneficiado de otro modo? Ningún documento ha podido aclarar este punto.
José Manuel y su hermano adoptivo estudiaban juntos en La Habana, cuando vino una mujer a deshacer su confraternidad. La pasión de ambos por ella, trajo enseguida celos mutuos y Moya, menos favorecido por el apellido y la fortuna, y perdedor en aquel lance sentimental, se llenó de resentimiento hacia el rico heredero, al que todo parecía privilegiar y en un incidente que no ha sido aclarado –según unos un duelo, según otros una celada nocturna– dio muerte a José Manuel.
Según la tradición conservada en el seno de la familia Agüero, el joven no murió de inmediato, y en su agonía vino a tomarle declaración un juez, quien insistía en saber el nombre del criminal, pero el moribundo repetía una y otra vez: “El que me ha herido está perdonado, completamente perdonado por mí, para que Dios a su vez también me perdone y tenga misericordia de mí”. (10) En esta actitud persistió hasta expirar.
El asesino se sintió enseguida presa de grandes remordimientos y huyó a Puerto Príncipe, donde contó a su madre lo sucedido. Decidió ella ir de inmediato, en medio de la noche, a ver al sacerdote y benefactor, quien aún residía en la casona de la calle Mayor y llena de horror, le refirió los hechos, mientras el hijo esperaba en el zaguán. Nadie sabe lo que pasó por la mente del tonsurado cuando escuchó el relato, pero de inmediato entregó a la viuda una talega de dinero (11) y un caballo, con la orden de que Moya debía desaparecer de inmediato donde jamás fuera encontrado por sus otros hijos. Dicho y hecho, el joven se marchó a México y nunca se volvió a saber de él. Según la tradición familiar, no abandonó el presbítero a la madre del ingrato Moya, sino que le duplicó la pensión que mensualmente acostumbraba a entregarle, porque, como argumentaba: “porque desde hoy eres para mí mas digna y más acreedora a toda mi consideración y protección”. (12)
Hizo la pena que don Manuel quisiera alejarse aún más del mundo y entró poco después como fraile en el vecino convento de La Merced, con el nombre de Manuel de la Virgen, por lo que a sus descendientes se les dio el mote popular de “nietos de la Virgen ”. Según Ángel Ciro Betancourt, de tal manera rompió el nuevo fraile los vínculos con su antiguo hogar, donde había recibido la funesta noticia, que “sus hijos y nietos, quienes le alcanzaron, para recibir su bendición paternal, tenían que ir a la iglesia conventual y donde a diario oficiaba la misa de alba, al final de la cual les bendecía como a los demás fieles, sin mirarles siquiera: fuera de ese acto ni le veían”. (13)
Por los días en que Morell había visitado la villa, la antigua y rústica iglesia dedicada a Nuestra Señora de La Merced había sido sustituida por otra de tres naves, de ladrillo y bóvedas, que resultaba, sin lugar a dudas, la construcción más impresionante de la ciudad por entonces y uno de los templos más notables de la Isla. Pero tal esfuerzo había dejado las arcas exhaustas, o como escribió el obispo “sin más fondo para tanta máquina que la providencia del Altísimo”,(14) por lo que la decoración del edificio era aún muy pobre.
Remedió el nuevo fraile en gran medida estas carencias, se dice que destinó a la institución la parte de la herencia del hijo asesinado. (15) Según la tradición llevó de su casa al convento grandes talegos repletos de pesos de plata mexicana que fueron destinados en su mayor parte al embellecimiento de aquella sagrada Casa. (16) |
Era tradición en Puerto Príncipe, al modo de Andalucía, sacar procesiones de Semana Santa, donde lo espectacular se fundía con lo devoto. El Viernes Santo, un cortejo llevaba desde La Merced hasta la Parroquial Mayor la imagen de Cristo muerto –según unos simplemente sobre la cruz, para otros, como sucedía en otras partes, en un rústico arcón o ataúd de madera descubierto– acompañado por la Virgen Dolorosa, luego, el Domingo de Resurrección, salía de la Parroquial otro cortejo con el Cristo resucitado, que iba a encontrarse con la Virgen de la Alegría. Fray Manuel contribuiría a dar esplendor a estas celebraciones.
Un orfebre mexicano, don Juan Benítez, fue el encargado de realizar en el convento, a partir de este patrimonio, un conjunto de obras de arte. La más notable de ellas fue el Santo Sepulcro: una gran arca de plata, ricamente cincelada, destinada a guardar en su interior la imagen de un Cristo yacente. La pieza tiene en su exterior una inscripción que dice:
SIENDO COMENDADOR EL R. R. PREdo. F. JUAN IGNACIO COLON A DEVOCION DEL P.F. MANUEL DE LA VIRGEN Y AGÜERO. SU ARTIFICE Dn JUAN BENITES ALFONZO. AÑO 1762.
Además, debió el artista forjar unas andas del mismo metal para la Virgen de los Dolores, así como el altar mayor del templo, con su manifestador y sagrario y varias lámparas monumentales, cuyas cadenas también eran de plata. Se afirma que las piezas fueron fundidas en el patio del convento, convertido en gigantesco crisol y taller. Según ancianos camagüeyanos, aún a inicios del siglo XX, después de los días de lluvia, se veían aflorar de la tierra esquirlas de plata que eran elocuentes testigos de aquellas obras. (17) |
Cortejo de Viernes Santo. Cristo muerto
acompañado por la Virgen Dolorosa
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Don Manuel Agüero falleció en aquel convento varias décadas después, el 22 de mayo de 1794. Además de los bienes citados, legó una casa en la vecina calle de San Ramón esquina a Astillero, donde se guardaba el Sepulcro una parte del año. En 1820, cuando por Real Orden se ordenó suprimir los conventos y monasterios, debieron abandonar el sitio los frailes mercedarios y el lugar fue convertido en cuartel de la Milicia Nacional. Se dice que algún pícaro funcionario quiso adueñarse de la casa de San Ramón y del Sepulcro, como propiedad “desamortizada” de los religiosos, lo que fue impedido por la familia Agüero que invocó sobre inmueble y joya derechos patrimoniales, lo que salvó para la posteridad la obra de arte.
Más allá de la leyenda que hemos contado y que otorga un aura novelesca al Santo Sepulcro, otros hechos curiosos se le han ido agregando. Se dice que al principio eran esclavos quienes lo cargaban en las procesiones. Luego se organizó una cofradía de negros libertos con este fin, la pertenencia a ella se trasmitía de padres a hijos. Su distintivo era la almohadilla que se ponían en el hombro para apoyar la pieza y que al morir, era colocada ritualmente bajo la cabeza del difunto para acompañarlo en su último viaje. |
El Sepulcro había sido dotado de unas campanillas de plata, para que al ser llevado con un característico paso, lento y ondulante, acompañado por una banda de música con una marcha compuesta al efecto, (18) produjera un delicado sonido. Para la mente popular, estas campanillas, tenían un poder especial y podían hasta sanar enfermedades si tocaban al paciente, por lo que muchos se adueñaban de aquellas que a veces se desprendían de la pieza durante la ceremonia e inclusive hubo quien procuró arrancarlas para guardarlas como reliquias, por lo que en fechas diversas, varias familias camagüeyanas hubieron de donar plata para forjar otras nuevas.
En 1906 un voraz incendio se desató durante la noche en la Iglesia de la Merced, el altar mayor y las lámparas fueron dañados irreparablemente. (19) Mas el Sepulcro y las andas de la Virgen se habían salvado. Cuando el templo fue redecorado, se construyó un retablo, cerca del presbiterio, costeado por la familia Rodríguez Fernández (20) para acoger al Santo Sepulcro, que desde entonces se custodia en esta misma iglesia.
Las procesiones, temporalmente interrumpidas desde 1961, han sido restablecidas: a partir de 1999 la del Santo Entierro, y desde 2002 la del Domingo de Resurrección. Junto con ellas, la voz popular ha vuelto a tejer conjeturas sobre la donación de don Manuel Agüero, porque esta conseja romántica, mezcla de elementos sagrados y profanos, explica muy bien el pensamiento de aquel perdido Puerto Príncipe colonial que ha dejado innegable impronta en sus habitantes de hoy. |
Cortejo de Domingo de Resurrección.
Cristo resucitado. |
Notas:
(1) Conde San Juan de Jaruco: Historias de familias cubanas. La Habana, Editorial Hércules, 1943. Tomo IV, p. 103.
(2 )Juan Torres Lasquetti : Colección de datos histórico-geográficos y estadísticos de Puerto Príncipe y su jurisdicción . La Habana, Imprenta El Retiro, 1888, p.80.
(3) Esta vivienda estaba ubicada en la calle conocida hoy como Cisneros, contigua a la casa de Correos. No existe ya, en su lugar hay un edificio que ha tenido diversas funciones administrativas, actualmente alberga la Dirección Provincial de Radio.
(4) Conde San Juan de Jaruco: Historias de familias cubanas. . Tomo IV, p. 103.
(5) Torres Lasquetti: Colección de datos ...Apéndice, p.18.
(6) El Coronel de Milicias Diego Antonio de Bringas dio nombre a una calle de la barriada de la Caridad que atraviesa la plaza donde está ese templo, del que fue benefactor.
(7) Hemos podido localizar en el citado texto del conde de Jaruco los nombres de otros hijos de este matrimonio: Fernando Agüero Bringas, quien contrajo matrimonio con Ángela Betancourt y Miranda en 1764; Catalina Agüero Bringas, esposa de Julián Miranda Agramonte; Juana Agüero Bringas esposa del Coronel Fernando Gutiérrez y Agüero; y Josefa Agüero Bringas, quien casó en 1750 con Pablo Antonio Betancourt.
(8) Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: La visita eclesiástica . La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1985, p.78. En esta misma relación aparecen otros dos presbíteros con los mismos apellidos: don Alonso de Agüero y Ortega, de 60 años; y don Cristóbal de Agüero y Ortega, de 51; posiblemente hermanos mayores de Manuel, aunque en Puerto Príncipe, donde unas pocas familias se entrecruzaban tanto, es imposible determinar el real parentesco por la simple sucesión de apellidos.
(9) Ibid, p.89.
(10) Testimonio de la familia Agüero, publicado en el periódico dominical La Caridad, Órgano de la Conferencia de Damas de San Vicente de Paúl. Directora: Señorita Águeda de Cisneros y Betancourt, Puerto Príncipe, 14 de abril de 1895, s/p.
(11) Equivalía a sesenta onzas de oro o a mil pesos.
(12) Testimonio de la familia Agüero, loc. cit.
(13) Angel Ciro Betancourt: “Una tradición camagüeyana”. En: La Caridad, Órgano de la Conferencia de Damas de San Vicente de Paúl. Puerto Príncipe, 14 de abril de 1895, s/p.
(14) Morell: Ob. Cit, p.75.
(15) Según A.C.Betancourt esta donación, que incluía “la herencia que le correspondía de su hijo asesinado, más la porción que a éste hubiera correspondido de sus bienes propios”, fue hecha “con el beneplácito de sus hijos”, Op.cit. Sin embargo, llama la atención el detalle apuntado por Abel Marrero en sus Tradiciones camagüeyanas, de que unos años después de la muerte de don Manuel, varios de sus descendientes pusieron un pleito para recobrar parte de esa donación. Es difícil que reclamaran las piezas de orfebrería pertenecientes al patrimonio eclesiástico, cosa impensable en la época, debió tratarse en realidad, de fincas urbanas o rústicas que el rico propietario pusiera en manos de los mercedarios. El pleito duró alrededor de medio siglo y la familia no pudo recurrir como correspondía al fallo del Tribunal Superior de Madrid, lo que era inseguro y costoso. Todo quedó como estaba.
(16) Cf. Abel Marrero: Tradiciones camagüeyanas, Librería Lavernia, Camagüey, 1960, p.20.
(17) Según el ya citado testimonio de sus descendientes “hizo construir también a su costo un hermoso copón de oro, el cual remitió al Sr. Arzobispo para que se dignase consagrarlo para que sirviese para el culto de aquel mismo templo; y el Sr. Arzobispo se lo devolvió, diciéndole que el autor de tan preciada obra era digno por este y otros muchos conceptos de consagrarlo por sí mismo, para lo cual le confería todas las facultades y gracias necesarias”.
p.cit.
(18) Al paso del tiempo, varios compositores crearon marchas luctuosas para la procesión del Santo Entierro. En el siglo XIX se empleó una creada especialmente por el compositor principeño Lino Antonio Boza. En el xx, Luis Casas Romero compuso otra que se tocó durante décadas.
(19) Más de medio siglo después quedaban como testigos de ello, en las criptas de la iglesia, trozos de plata retorcidos y chamuscados, aún con algunas filigranas visibles.
(20)El Camagüey legendario, Camagüey, Talleres Gráficos Aral, 1960, p.25. |
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