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Queridos hermanos y hermanas:
En este año en que la imagen peregrina de la Virgen de la Caridad ha iniciado su recorrido por todo el territorio de Cuba, comenzando por las provincias orientales, nos reunimos en el día de su fiesta para disponer desde ahora nuestros corazones, de modo que el año próximo recibamos en nuestra diócesis de La Habana la imagen de la Virgen Mambisa con profundo fervor.
Este recorrido de la imagen de la Virgen del Cobre, desde las montañas de Oriente hasta la región más occidental de Cuba, es como un recuerdo vivo de aquel andar de María desde Nazareth hasta la casa de Isabel, su prima, que la proclamó al llegar dichosa, porque había creído, y la llamó bendita entre las mujeres. En ese viaje la Virgen María llevaba en su seno al Mesías, que el pueblo esperaba como aquél que viene a salvarnos.
Este peregrinar de María se repite siempre en la historia de la humanidad. María lleva a Jesús a todos los pueblos. Por ella vino al mundo la luz eterna, Jesucristo Nuestro Señor, y Ella sigue siendo la portadora de la luz de Cristo al mundo de hoy. Este papel de María en la historia de la salvación es el que la Iglesia en Cuba desea hacer notar a nuestro pueblo durante estos años de preparación para el cuarto centenario del hallazgo y presencia de la bendita imagen de la Virgen de la Caridad entre nosotros. |
La devoción a la Virgen María de la Caridad está ampliamente extendida en Cuba de oriente a occidente; pero a menudo muchos de nuestros hermanos que ponen su fe, llenos de confianza en ella, no ven claramente de dónde proviene la dignidad extraordinaria de María Virgen.´
Todos la veneran como Madre de la Caridad, pero pocos conocen que este título maternal que ella merece, proviene de su maternidad divina, porque en las entrañas purísimas de la Virgen María fue concebido Jesús, el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo. Le rezamos una y otra vez, repitiendo las palabras del Evangelio cada vez que la saludamos diciéndole “llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, pero no profundizamos en el sentido de las palabras. Es Jesús, nuestro Dios hecho hombre, quien confiere esa dignidad única y esa condición de madre de todos los cristianos a la Virgen María, pues Jesús viene, por medio de ella, a formar parte de nuestra familia humana.
Dios quiere que también nosotros lleguemos a Jesús por María, recorriendo en sentido ascendente el camino que El siguió en su encarnación. Decimos de Jesús en el Credo que “bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Dios descendió hasta nosotros en Jesús, nosotros debemos ascender hasta Dios por Jesús nacido de María. Ella nos lo entregó y nuestra oración se hace insistente a la Virgen de la Caridad para que lleve a todos sus hijos de Cuba al conocimiento de Jesús. Conocer a Jesús es más que saber su historia, que es a menudo desconocida, es conocer la transformación de la historia humana que Él produjo con su venida. Una transformación que no se ha dado plenamente aún y que siempre encuentra obstáculos para que llegue a producirse, porque tiene que ver más con la interioridad del hombre que con las estructuras de la sociedad. Los enfrentamientos, las guerras, las traiciones, la miseria material las combate Jesús, no diseñando una ideología ni un programa de lucha, sino proponiendo al hombre una actitud nueva ante la vida, que lo lleve a un cambio de mentalidad. No es reordenar los factores externos para superar los conflictos; es desterrar el odio como sentimiento válido, para que no surjan ni se desarrollen situaciones conflictivas, para que quede desechada la violencia como método de acción. Es inigualable, porque es divina, la palabra Evangélica que nos manda a amarnos los unos a los otros, que nos recuerda a todos cómo debemos componer nuestro mundo interior respecto a los demás: “Si ustedes saludan a quienes los saludan ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también otros que no tienen fe; si ustedes aman a los que los aman ¿qué mérito tienen?... Ustedes amen a sus enemigos, recen por quienes los persiguen para que sean verdaderamente hijos del Padre celestial”. Alguna vez los discípulos le dijeron a Jesús: “Tu doctrina es dura, ¿quién la puede seguir?”. La respuesta de Jesús está en el mismo Evangelio: “no es posible para los hombres, pero es posible para Dios”.
A través de los tiempos muchos han repetido aquella queja de los discípulos: Eso es imposible, no queda otro remedio que seguir la manera de pensar y de sentir que nos rodea, si no, acaban con uno.
Los grandes conflictos del cristianismo en la historia, han venido por propugnar la doctrina del amor y de la paz que Jesús nos dejó como un tesoro que debemos custodiar, o por no haber sido nosotros, cristianos, fieles a esa doctrina. En el primer caso, la Iglesia ha tenido en medio de sus pruebas, una gran purificación y los cristianos han salido de ella fortalecidos. Pero si no seguimos los caminos del amor, de la reconciliación, del bien y de la paz, alejándonos así de Jesús, veremos a los creyentes en Cristo como a otros miembros de cualquier grupo humano que sienten y piensan como todos, que son capaces de abrigar sentimientos de venganza y terminan llevando una vida amarga y contradictoria.
¡Qué bueno sería que la peregrinación de la Virgen María de la Caridad por Cuba nos traiga a Jesús a nuestras vidas, a nuestras casas! Esta es la verdadera fe religiosa, la que cambia algo en el hogar y trae mayor armonía, la que nos conforta en las pruebas, la que nos hace ver el futuro con esperanza, a pesar de que los acontecimientos parezcan negarlo.
El fruto que pedimos a María de la Caridad en su peregrinación durante estos años es que por ella nuestro pueblo llegue a Jesús, no sólo a saber mejor quién es, sino a escuchar sus palabras de compromiso con la vida, que cambien nuestra mentalidad, a menudo materialista, por un modo renovado de ver la realidad.
Hemos oído muchas veces en estos últimos tiempos la palabra “cambio” en Cuba. Nuestro pueblo se ha expresado bastante claro en diversos análisis sobre esos cambios. Es más, se espera, desde hace algún tiempo que ocurran muchos de esos cambios. También pedimos a la Virgen Madre de los cubanos que los cambios buenos lleguen y que podamos aceptar los aspectos difíciles que ellos puedan traer consigo. Pero además de esos cambios que tienen que ver con las estructuras materiales, pedimos que la celebración del cuarto centenario del hallazgo de María de la Caridad, produzca entre nosotros cubanos un cambio espiritual en el más hondo sentido del bien y del amor que Jesús vino a sembrar en nuestro mundo. Este cambio de mentalidad también es necesario en nuestro pueblo.
Queremos también dar gracias a la Virgen de la Caridad del Cobre, nuestra madre, porque este año celebramos su fiesta cuando se ha comenzado a efectuar la excarcelación de varios presos, con la certeza de que todos los que forman parte del grupo de prisioneros del año 2003 serán excarcelados también.
En otro orden de cosas, creo que es en gran modo beneficioso para los jóvenes y para su vida en familia que las escuelas en el campo se estén trasladando rápidamente a la ciudad. Este es otro motivo de acción de gracias.
Oímos a menudo hablar, y es cierto, de que todo progreso debe tender al bien material y espiritual del pueblo. A la Iglesia le corresponde especialmente cuidar la espiritualidad del pueblo cubano, en el cual Dios ha querido que se siembre y germine la fe cristiana. Esa debe ser nuestra participación especial como cristianos en el progreso de nuestra nación. Esto puede haber sido incomprendido o rechazado en un pasado que, afortunadamente, se ha hecho cada vez más lejano. Para seguir transitando siempre por este camino de más apertura, pedimos también que la mirada amorosa de la Virgen María de la Caridad ayude a su Iglesia de Cuba a ser fiel a Jesús, llevando a nuestros hermanos al conocimiento y al amor de su Hijo divino, Jesucristo, Nuestro Señor.
¡Que la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona y Reina de Cuba, bendiga a todos los cubanos! |