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SOCIEDAD

 

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El
Viaje
El Viaje...

por Miguel Sabater
(miguels@arzhabana.co.cu)

ilustraciones: Adrián Rodríguez

Una vez que el hijo preparó lo necesario, díjole su padre: “Parte y Dios, que mora en los cielos, os dé feliz viaje y un ángel os acompañe”

Tobías: 5: 16

   

El gran problema de mi vida –y lo saben casi todos los que me conocen- era coger un avión. Tan inquietante era mi preocupación que cuando me despedí de mi esposa para pasar a la cabina donde me revisarían los documentos en el aeropuerto, les advertí a ella y al chofer que no se fueran hasta después del despegue, ya que cabía la posibilidad de que, aun cuando estuviera sentado en el avión, los nervios me dieran por bajarme.

A las 9 y 30 de la noche había despachado mi maleta, para asegurarla tuve que pagar 10 CUC, ya que este servicio – aunque lo hace una máquina rápida y automáticamente – tiene algo de alpinista, pues va subiendo pero de precio. Antes costaba 5 CUC. Ahora el doble. Hicieron un trabajo de aseguramiento tan pero tan acabado en mi equipaje, que cuando llegué a Pamplona al día siguiente a las 11 de la noche con un frío de 10 grados que me hacía mover los dientes como una castañuela, y un cansancio sin calificaciones, no había modo de que pudiera abrir la maleta. El aparato aquel del aeropuerto había comprimido ferozmente el cierre, por lo que el dueño de la pensión donde yo acababa de hospedarme, tuvo que asistirme para abrirla con una pata de cabra; razón por la que la maleta – seguramente muy dichosa en su desventura – se quedaría en España con tremenda contentura.

Mi madre me había dado una colección de sicofármacos para que yo me los administrara antes y durante el viaje, la pobre. Pero yo los llevaba en el bolsillo de la camisa sabiendo que no los tomaría, pues las pastillas pueden quitar los dolores pero nunca los temores.

Para ver bien a mi enemigo el avión, salí un momento del aeropuerto y lo contemplé en la pista, donde ya estaba junto a la rampa de acceso. Me impresionó muchísimo. Era un majestuoso Airbus de Iberia A-340 con 74,8 metros de largo, casi una cuadra, y capacidad para 350 pasajeros, que puede

andar hasta 12 700 kilómetros sostenidos… Una especie de bestia volante dentro de la cual yo, desamparado claustrofóbico, tendría que permanecer 9 horas y media; es decir, 570 minutos cerrado en un gran tubo adornado con muchos asientos para recorrer 7 453 kilómetros de La Habana a Madrid, cuando yo no puedo soportar un minuto cerrado en ascensor para subir 5 metros . Una situación tremenda, de esas que le dicen límite en la vida de cualquiera.

Mirando aquel monstruo de acero reposando allí en la pista, se me quitó el deseo de ir a España. Pero al mismo tiempo sopesaban demasiadas razones para ir, pues yo había pasado tres meses yendo y viniendo de un lugar a otro en gestiones de papeles para este viaje de trabajo por la Iglesia, entre cuyas diligencias me habían pasado cosas inauditas, como el inexplicable extravío de mi carta de solicitud de liberación profesional dirigida al ministro del CITMA para poder salir de Cuba, por lo cual tuve que hacer una nueva solicitud, y en eso pasaron 28 días y perdí el primer pasaje.

Luego perdí el segundo pasaje porque la oficina de Emigración, por razones estrictamente profesionales, se toma todo su tiempo para autorizar las salidas, ya que Cuba – creo – es el único país donde para viajar hacen falta dos visas: la del país de destino y la del Estado cubano, esa célebre tarjeta blanca que si no la llevas en el pasaporte no sales ni por lo que dijo el cura.

De modo que, pensándolo bien, este viaje había costado mucho estrés y otras cosas. Así que había que hacerlo, o por lo menos intentarlo. Si luego en el avión me daba el ataque, ya no quedaba por mí sino por los nervios.

A las 10 de la noche me despedí de los míos apenas decidido a pasar a eso que las autoridades llaman la frontera. La frontera es el área inmediata a la puerta de embarque. Deben decirle así porque es donde uno tiene un pie en Cuba y el otro, y ya toda su mente. en el país de destino. Muy emocionante la frontera, pero en la cafetería se me ocurrió comprar dos maltas para llevármelas y me las cobraron al doble del precio extrafronterizo.

Me hicieron el chequeo de rigor. O sea, tuve que observar a una cámara detenidamente, miraron mi pasaporte y mi simpático rostro en la foto, y luego volvieron a mirarme con gravedad. Y cuando pasó todo ese proceso de control tan requetecontrolado – en el que parece que uno no va para un avión sino para una cárcel, porque los empleados te miran con cara amarrada y nadie te echa una atenta sonrisa –, vino el otro control que es el chequeo de lo que uno lleva en los bolsillos y el equipaje de mano; en el cual me preguntaron por qué llevaba tantos sicofármacos, y respondí que para complacer a mi madre que no era precisamente siquiatra sino siquiátrica, la pobre, porque estaba sumamente preocupada por mí con ese viaje. Luego les tomé una foto a mis familiares y les dije adiós a través de ese cristal que le dicen la pecera, me fumé un cigarro en el fumadero; y como vi que ya en la sala de espera no había pasajeros, todos habían abordado el avión, apagué el cigarro pensando: “Bueno, Señor, llegó el momento”.

Me tocaría viajar al fondo, donde me habían dicho que se escuchaba más el ruido, y en la fila del medio formada por cuatro butacas. La mía daba al pasillo. Coloqué mi mochila en el guardabolsos y me dejé caer en el asiento como quien se sienta en la silla eléctrica.

A mi lado había una señora de unos 60 años que mucho después supe que venía de Guatemala. Sentí unos deseos tremendos de confesarle que tenía un miedo terrible con la esperanza de que tratara de consolarme. Pero no me dio tiempo. La mujer se puso el cinturón de seguridad cuando todavía no había que ponérselo, se echó la manta sobre ella, cogió la almohadita, la apoyó en uno de sus hombros, recostó la cabeza y no volvió en sí hasta dos horas después, cuando la aeromoza la despertó para la cena. Y después de la cena volvió a dormir hasta que la aeromoza la llamó para el desayuno. Y después del desayuno no volvió a despertar hasta que yo mismo le avisé que habíamos llegado a Barajas, de lo contrario habría regresado a La Habana. Tenía que haberse tomado 500 mg de amitriptilina o tendría una anemia tremenda.

Mientras la gente se acomodaba en el avión, yo acariciaba la esperanza de que si me daba el ataque de pánico todavía estaba a tiempo de bajarme. Pero en eso se escuchó la voz del comandante de la nave que dijo: “Señores pasajeros, recogemos rampa y cerramos puerta”.

En ese momento me sentí como un muerto que podría tener conciencia de su funeral y de pronto ve que le tapan el sarcófago para llevárselo definitivamente al cementerio, donde ya sí no hay arreglo. Me puse el cinturón, que después no pude zafármelo durante 4 horas porque no sabía quitármelo y me daba pena que me vieran trasteándomelo; de modo que tuve que cenar con él puesto…, un hecho histórico de la aeronáutica.

El avión había empezado a moverse despacio por la pista. Estuvo como diez minutos en eso. Luego el comandante anunció que estábamos en la pista de despegue (porque te lo van diciendo todo para colmo de espanto). Entonces pensé: “Ahora es cuando de verdad empieza la cosa”, porque aquello fue cogiendo una velocidad tremenda mientras el ruido era enorme, hasta que sentí que se levantaba de la tierra para entrar en los predios abismales del cielo… La impresión que se tiene en ese instante es como si uno hubiera estado corriendo y corriendo y llega al borde de un abismo y cae pero inmediatamente empieza a planear en el espacio.

Yo me había pegado bien al respaldo de la butaca. Estaba tieso, con la cabeza hacia atrás, las manos como garfios aferradas a los posabrazos del asiento, los ojos apretados y haciendo 24 nerviosas muecas por segundo; mientras sentía que se me comprimían los oídos y el estómago me daba unos súbitos cosquilleos… De madre.

Estaba esperando el ataque de pánico que desde hacía muchos años venía imaginando para cuando tuviera que afrontar esta difícil experiencia. Pero la vida no hay quien la entienda; pues cuando el avión subía y subía lo que me dio fue por pensar que nunca antes había estado tan lejos del mundo y tan cerca de Dios, mire usted, lo cual me puso un poco sentimental y filosófico. De modo que, mientras la guatemalteca feliz daba unas roncaditas, a mí se me salían unas lagrimitas... Qué escena. La claustrofobia se me fue para el dedo gordo, y del dedo gordo me fue subiendo y dominando una insólita avidez de conocer el mundo.

El aeropuerto de Barajas es un monstruo urbanizado. Se construyó en tiempos de Franco, y francamente lleva esa impronta de la desmesura de los dictadores. Demasiado aeropuerto. Uno camina y camina por él buscando la salida y parece que siempre va a ninguna parte. Llega un momento en que se tiene la sensación de estar perdido, y es cuando te encuentras a las autoridades para chequearte los documentos. Pero te das cuenta de que solo estás en la mitad del camino, porque sigues andando para bajar a un subterráneo y coger un metro que atraviesa un intestino oscuro y largo, y cuando te bajas, sigues caminando, y solo entonces das con la estera donde están las maletas.

Finalmente uno sale a la calle y le parece como si hubiera resucitado. Era el 17 de junio pero en Madrid aún había frío. Caminando por la ciudad sentí que la urbe me aplastaba.

Como tenía cinco horas de espera para coger el tren hacia Pamplona en la monumental y céntrica estación de Atocha, no perdí un minuto para ir a la casa donde Cervantes había vivido sus últimos tiempos, situada en la calle Lope de Vega, porque allí también vivió el poeta. Después me dirigí al convento de las Trinitarias Descalzas en el que Cervantes fue sepultado, pero los envidiosos de su talento se encargaron de hacer desaparecer sus restos, porque así es el mundo: siniestro y malvado.

Aún tenía tiempo y fui al Museo del Prado, pero como no pude entrar porque estaban a punto de cerrarlo, me senté en un banco aledaño, donde encendí mi primer cigarro en Europa y quise ponerme cómodo para disfrutarlo. Me deslicé un poco hacia delante, crucé el pie y empecé a contemplar el paseo. Y lo primero que se me ocurrió pensar no fue que estaba en el Prado de Madrid como siempre lo hube anhelado, sino que tenía 50 años, y que a esa altura de mi vida, que es la gran parte de cualquier vida, es que había logrado ver algo más que mi país. Le zumba el mango.

Lo demás lo escribí en un diario noche tras noche en Pamplona, Sevilla y Barcelona, lo cual me hizo sentir menos solo. Porque a 7 500 kilómetros de nuestros seres queridos, con toda la portentosa novedad con que el mundo nos asombra, nos conmueve y marca para siempre – pues a partir de entonces ya no seremos los mismos –, la nostalgia cuenta, a pesar de todo.