En algunos textos del Antiguo Testamento podemos descubrir a María entre los “pobres de Yahveh”, en el grupo de los “anawin” (pobres y humildes). En el AT el pobre económico-social contaba poco ante los demás. Inicialmente, los israelitas creían que Dios daba el premio y el castigo por el comportamiento en este mundo. Por lo tanto, la riqueza era signo de bendición y la pobreza indicaba castigo y maldición.
Sin embargo, la experiencia de la injusticia, del triunfo de los malos y la desgracia de los inocentes, fue cambiando la mentalidad. La predicación de los profetas denunciaba la opresión de los pobres, de la viuda y del huérfano, del pobre y del indefenso. Después del exilio, fue surgiendo una visión espiritual de los pobres como personas piadosas que esperan en el Señor. Pobreza, la justicia y la fe pasan a ser voces sinónimas (cf. Am 2,6; Is 11,4; 19,12, 32,7; Sof 2,3; Jer 20,13; Is 57,15; 61,1).
Hacia el año 630 a .C., el profeta Sofonías predice, ante la impiedad de aquellos tiempos, que Dios purificará a su pueblo y se reservará un resto |
en Israel formado por pobres y humildes. “Busquen al Señor, todos ustedes, humildes de la tierra, los que cumplen sus preceptos; busquen la justicia, busquen la humildad; tal vez así encontrarán refugio el día de la ira del Señor. El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete” (Sof 2,3.13).
En algunos salmos, el pobre no pide dones materiales sino gracias celestiales: la honradez, la justicia, el amor y la misericordia (cf. Sal 33,1-22; 34,3-7; 37,16-18; 85,10-12; 106,3-6; 112,4-6). Los verdaderos fieles del Señor estiman más la gloria de Dios que su propio interés: “Más vale poco con temor del Señor que un gran tesoro con preocupación. Mas vale ración de verduras con amor, que carne de vaca con rencor. Más vale poco con justicia que muchas ganancias con injusticia” (Prov 15,16-17; 16,8).
En el NT la referencia obligada es Jesucristo que en sus relaciones con los hombres actuó siempre con un corazón de pobre, siendo manso y humilde de corazón (cf. Mt 5,5; 11,25-29; 18,4; 21,5; 23,12). Su vida se inicia pobremente en Belén, y transcurre en Nazaret de forma escondida como un humilde trabajador de su tiempo. En el Evangelio de Lucas, Jesús se muestra cercano a los pobres, los niños, los pequeños, la gente humilde y sencilla… El Sermón del Monte (las Bienaventuranzas) sería el texto programático de los pobres del Señor (cf. Mt 5, 3-10; Lc 6,20-26). En fin, que se le ve como el más humilde de los hombres, abajado hasta someterse a la muerte de Cruz (cf. Flp 2,7-8) e impotente ante sus adversarios cuando se entrega por entero a la voluntad del Padre (cf. Sal 22).
María, Sagrario del Espíritu Santo, está en la cúspide de la espiritualidad del AT y del NT. Ella aparece como la mujer más creyente y humilde entre los pobres del Señor, y la perfecta discípula de su Hijo Jesucristo. En el cántico del Magníficat se percibe su espíritu de pobreza y humildad: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes; hartó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió con las manos vacías” (Lc 1, 51-53). El Magníficat es el cántico de la misericordia de Dios que libera a Su pueblo; es el cántico de los humildes y los pobres; es el cántico de María y de la Iglesia. El Señor manifiesta en él su amor preferencial hacia los pobres, los humildes y los creyentes que obedecen su Palabra (cf. Encíclica Redemptoris Mater , 37).
Varias mujeres de Israel resplandecieron por su fe, fortaleza y fidelidad a la ley, por su obediencia a la voluntad de Dios, por su pobreza y humildad, pero entre todas ellas destaca María en forma excepcional, como Sierva del Señor y miembro eminente de la Iglesia. “María sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación” (LG 55). |