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RELIGION

 

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San Antonio de Padua
por fray Frank Dumois, OFM
San Antonio de Padua
(1191-1231)
Presbítero Franciscano. Doctor de la Iglesia


Sin duda San Antonio de Padua es uno de los santos más populares de la cristiandad por su carácter taumatúrgico. Se le encomienda para hallar las cosas perdidas; y en el caso de las muchachas, para encontrar novio, tal como aparece en la zarzuela Luisa Fernanda, de Moreno Torroba. Con todo, si nuestra devoción al santo se limitara a su intercesión, sería muy pobre, pues lo principal en la devoción a los santos es la imitación de sus virtudes.

Es curioso que san Antonio de Padua ni se llamaba Antonio ni era de Padua.

Se llamaba Fernando de Bulloes Tarciso de Azebedo y nació en Lisboa (Portugal). Murió en un suburbio de Padua y allí se conservan sus restos en una hermosa basílica. Hasta hace poco se fijaba la fecha de su nacimiento en 1195, pero las recientes investigaciones la fijan en 1191, por lo que habría muerto a los 40 años, no a los 36 como se creía.

Su familia era guerrera, con antecedentes de cruzados. A los 19 años se

sintió llamado a entrar en los canónigos regulares de San Agustín, en las afueras de Lisboa. Fue en el monasterio de San Vicente de Fora. Lo había fundado antes (1147) Alfonso I de Portugal, como exvoto por la conquista definitiva de Lisboa a los musulmanes.

Allí vivió una intensa vida religiosa de oración y estudio. Pero pronto se sintió molesto, porque sus parientes y, sobre todo sus antiguos amigos, no lo dejaban en paz. Por fin se decidió a pedir al padre prior que lo trasladara al monasterio de Santa Cruz de Coímbra, de la misma orden a 175 Km de Lisboa. No fue fácil, pues ya los monjes vislumbraban sus virtudes.


El monasterio de Santa Cruz de Coímbra era el más célebre de Portugal, suntuoso y bello. Fundado a expensas reales en 1132, su primer prior fue san Teutonio, amigo íntimo de san Bernardo de Claraval. Había muerto sólo 50 días antes de la llegada de Fernando allí. Vivían en él cerca de 70 religiosos. Era el más importante centro de cultura religiosa del reino, con una rica biblioteca y con religiosos graduados en la Sorbona de París. Realizaban muchas obras caritativas, atendían dos parroquias, tenían otras actividades pastorales y ofrecían hospitalidad. Fernando fue uno de los hospederos.

Por otra parte, el monasterio estaba en pleitos con los obispos y el papa. El prior, don Julio César, “acólito del rey”, era hombre ambicioso y con poder, astuto y perverso. La comunidad estaba dividida. Algunos buscaban la paz en otra parte.

La vida en Coímbra fue un calvario para Fernando por las intrigas y defecciones. Pero la virtud se robustece en la adversidad y, en vez de escandalizarse, Fernando se entregó a la oración y al estudio, así adquirió una profunda espiritualidad que impregnaría toda su vida. Estudió asiduamente la Sagrada Escritura y a los Padres de la Iglesia, lo que se reflejaría después en sus sermones, que podían contener más de 180 citas bíblicas, normalmente 150 y nunca menos de 50.

El P. Gemalli o.f.m. dice: “Aquella educación agustina de 10 años proporcionó a Fernando una vigorosa cultura religiosa y científica, y le dio anticipadamente la explicación teológica de aquella vida franciscana que luego iba a cautivarlo como realización perfecta del Evangelio”.

Fernando como hospedero en Coímbra tuvo ocasión de conversar mucho con los franciscanos, y quiso conocerlos mejor. Supo que vivían pobremente, en contraste con la triste realidad de su monasterio de grandeza y riquezas, divisiones y disipación. La providencia le concedió conocer a cinco frailes franciscanos (tres de ellos sacerdotes) que iban a tierras de infieles con ansias de martirio y los envidió santamente. De hecho, fueron decapitados por el sultán de Marruecos. Cuando Francisco de Asís supo del martirio de sus cinco frailes exclamó: “Ahora si puedo gloriarme de tener cinco frailes menores”.

San Antonio de Padua


Los restos de los mártires fueron llevados a Santa Cruz de Coímbra, donde tuvieron un recibimiento apoteósico. Todo el pueblo, con el rey y la reina al frente, acompañaron los restos de los mártires al monasterio donde fueron sepultados.

Tal suceso fue el toque final para Fernando, que quería ser como ellos. Y se dirigió a los frailes:»Hermanos, deseo vivamente vestir el hábito de su orden, si me prometen enviarme en cuanto esté con ustedes, a tierra de sarracenos; es que espero compartir la corona de sus santos mártires».

Los hermanos, llenos de alegría, fijaron el día siguiente para darle el hábito franciscano. Consiguieron el permiso del prior agustino y le impusieron el hábito que equivalía a la profesión, pues aún no había noviciado.

Fernando al cambiar el hábito cambio el nombre y tomó el de Antonio por el patrono de la ermita de san Antonio Abad, de Olivares (Portugal).

Hacia el verano de 1220, a los 29 años, Antonio con sed de martirio, partió para tierra de sarracenos. Pero al llegar, contrajo una larga y grave enfermedad que lo tuvo postrado en cama todo el invierno. La cronista Pilar de Cuadra comenta: “ Aquí precisamente es donde te veo grande, aquí donde me pasma tu santidad, en la sencillez con que viviste esta humillación de tu fracaso. Aceptar, aprender, aguantar, callar, y sobre todo oras y piensas ” .

En efecto, una de las lecciones fundamentales del santo es conformar nuestra voluntad con la de Dios. Hacemos planes, creyendo que es lo mejor, pero Dios tiene sus caminos inescrutables que debemos aceptar, porque como dice el libro de Isaías (55,9), los caminos y los pensamientos de Dios no son los nuestros. Este cambio de planes lo veremos varias veces en esta biografía.

Ya medio curado y para recuperarse totalmente, tuvo que volver a su tierra portuguesa. Pero el ímpetu del viento lo llevó a las playas de Sicilia, donde se acogieron al cercano convento de Mesina, recibienedo fraternal acogida. Allí supieron la noticia del Capítulo general franciscano en Asís, al que eran convocados todos los frailes franciscanos.

El viaje de 600 Km, a pie, fue extenuante. Se reunieron cerca de 3000 frailes en tiendas de campaña hechas de juncos y esteras. No menos asombroso fue la venida de carretas para proveer de comida a los frailes. Acercándose a san Francisco, pudo empaparse de su bondad, sencillez, humildad, pobreza y alegría de vivir. Aquellos días valían por el noviciado de la más auténtica vida franciscana.

Al terminar, regresaron a sus conventos. Antonio se quedó solo. Nadie lo conocía y él a nadie conocía. Entonces él llamó aparte a fray Graciano, ministro de la Romaña, y le rogó que lo llevara consigo sin mencionar sus estudios y práctica pastoral. Al ver su fervor, Fr. Graciano lo llevó con él a Romaña y, a petición suya, se retiró al eremitorio de Monte Paolo. Como sabían que era sacerdote, celebraba la misa.

Antonio, deseoso de soledad y oración, e ignorado, se sentía muy feliz en aquel eremitorio. Al ir por los bosques, encontró una gruta donde un hermano había preparado una celda. Le pidió a aquel hermano que se la cediera, y éste aceptó. En ella, alternaba rezo, trabajo y penitencias. Sus hermanos, por entonces, le creían más experto para limpiar los trastes de la cocina que para exponer la Biblia.

La providencia de Dios pronto iba a manifestarse inesperada y definitivamente. En la vecina ciudad de Forlí se celebraban unas ordenaciones sacerdotales. Había dominicos y franciscanos. Los primeros, orden de predicadores, no aceptaron predicar. Los segundos tampoco. Entonces el superior se volvió a Fr. Antonio. Éste al principio se resistió, pero finalmente aceptó. Algunos estaban asustados y sonreían, mas el fraile dijo cosas tan hermosas y profundas, basadas en la Biblia, que todos quedaron complacidos y boquiabiertos. Antonio comprendió su futura ocupación y dijo: “Oh, Padre, ahora si veo claro, hágase tu voluntad”, y levantando los ojos, sin dejar de sonreír, comenzó a ser el gran predicador itinerante.

Antonio supo renunciar a Monte Paolo, donde se sentía tan bien orando y estudiando, para cumplir la voluntad de Dios. Por ella, estaba dispuesto a inmolarse.

El ministro provincial de la Romaña, región tan necesitada de buenos predicadores, contaba ahora con uno excepcional. Uno que supo adaptarse al ambiente de herejías desparramadas por doquier, en medio del problema político-religioso entre los güelfos (partidarios del Papa) y los gibelinos (partidarios del emperador). Sus pláticas y sermones sencillos, apasionados, alegres, embelesaban al pueblo. Su robusta voz y su elocuencia extendían su fama; y después de cada prédica, pasaba horas en los confesionarios.

Una de las herejías más terribles de la época era la de los cátaros (significa “ puros ” ), que en Francia se llamaban albigenses por tener su centro en Albi. Los cátaros vivían pobremente, lo cual chocaba con las riquezas de los obispos, abades y muchos miembros del clero; y profesaban gran hostilidad a las autoridades eclesiásticas y al clero. Según ellos, los obispos no podían predicar por poseer bienes. Rechazaban el poder temporal del Papa. Decían que el matrimonio era invención de Satanás para perpetuar el mundo y el dolor. Un activo grupo selecto recibían el consolamentum, que los llevaría a la gloria. Numerosos nobles los apoyaban porque querían apropiarse de los bienes de la Iglesia, y mucha gente los seguía porque pensaban que al recibir el consolamentum en la hora de la muerte, se salvarían.

Antonio logró convertir a muchos de ellos gracias a su bondad y a la solidez de su doctrina, totalmente bíblicas. Con todo, la herejía progresaba. Al ser asesinado el legado papal, Pedro de Castelnau, el joven y enérgico Papa Inocencio III, decidió emprender una cruzada contra los albigenses. Llegó a juntar hasta 300 000 hombres y, supuestamente, iba a ser una guerra aplastante y rápida, quizás de 40 días de duración. ¡Duró 20 años! Simón de Montfort, hábil, ambicioso y santurrón dirigió aquella cruzada. en la que el fanatismo era compartido por igual entre los cruzados y los herejes. Murieron miles.

El Papa se sintió muchas veces incapaz de contener aquellas fuerzas irrefrenables. Aquella matanza es una de las cosas por las que el Papa Juan Pablo II pidió perdón. Si la violencia es reprobable, más lo es cuando se hace en nombre de Dios.

Simón de Montfort murió combatiendo, y su hijo y sucesor, Amaury, convino en vender sus derechos al rey de Francia, Luis VIII. Tan terrible drama concluyó con el tratado de Meaux en 1229, y la sumisión humillante del conde de Tolosa ante el legado del Papa y el rey de Francia,. Este último, el gran vencedor de esta contienda, pues logró extender sus dominios hasta el Mediterráneo. Aún así, los albigenses volvieron a tomar las armas. Entonces se estableció la Inquisición que, con sus métodos represivos, extirpó para siempre aquella herejía.

Pero volvamos a Fr. Antonio. En plena cruzada contra los albigenses estuvo en Francia predicando. Parece que fue Montpellier la primera ciudad gala que evangelizó el santo. Por entonces el Papa Honorio III había exhortado a los teólogos de París a una especie de cruzada espiritual paralela en la región, con lecciones de teología para el clero, predicación al pueblo y encuentro con los herejes. Se cree que dominicos y franciscanos llevaron la mayor parte de dicha cruzada.

Al llegar a Montpellier, ciudad importante, rica, industriosa y con un centro universitario, Fr. Antonio organizó un nuevo estudio de teología para los frailes, siguiendo los éxitos de una anterior experiencia similar en Bolonia. Sus sermones en Montpellier eran los clásicos multitudinarios. Pero al ver los campos y ciudades en merma, como Albi, la meca de la herejía, o Béziers, cuyos 30 000 habitantes fueron pasados a cuchillo, Fr. Antonio se estremeció. Él no venía a guerrear, sino a “ sembrar amor, luz, alegría, armonía, verdad y a consolar, a amar, a dar, a perdonar… ”, como dice la oración atribuida a san Francisco.

De Montpellier el fraile pasa a Tolosa, entonces la tercera ciudad más grande de Europa, después de Venecia y Roma, y casi a igual distancia de Madrid, París y Roma. También allí creó Fr. Antonio un centro franciscano de teología, donde discutía día y noche con los herejes, revelando su prodigiosa ciencia y su fuerza de persuasión.

No tenía reparos Fr. Antonio en increpar incluso a los obispos. En el sínodo interdiocesano de Bourges, presidido por el arzobispo y primado de la región, Simón de Sully, de costumbres reprobables, el fraile se dirigió a él con tal ardor y argumentos bíblicos que el prelado echó a llorar y, después de confesarse con el santo, fue un devoto siervo de Dios. Se conservan sermones del fraile a los obispos, con expresiones tan fuertes que no sabemos si fueron en público o en privado.

Un cronista francés nos dice: “ Los hombres de letras admiraban en él la agudeza de su ingenio y la bella elocuencia de su palabra. Toda ella era atentamente pensada. Al enseñar las verdades daba a cada uno lo suyo; fueran sus oyentes grandes o pequeños, a todos llegaba igualmente su palabra. Y ponía tal peso de convicción en su discurso que el extraviado tomaba por el buen camino; el pecador se arrepentía y cambiaba; el bueno se sentía estimulado a mejorar y ninguno se alejaba sin ganar algo ” .

En sus dos largos años en Francia, durante los cuales había sido nombrado, en 1225, guardián de Puy-en-Velay, y en menos de un año, custodio de toda la comarca de Limoges, el fraile recorrió a pie miles de kilómetros. Esa ingente labor pastoral concluyó a la muerte de san Francisco, acaecida el 4 de octubre de 1226. Fue convocado entonces, para Pentecostés de 1227 (mayo), por Fr. Elías, vicario general de los franciscanos, el Capítulo General o congregación de todos los superiores mayores de la orden. Fr. Antonio asistió como custodio del Limousin, en Francia.

El Capítulo eligió como ministro general a Juan Parenti, hombre sensato, prudente y fervoroso. Y en el caso de Fr. Antonio, fue designado provincial de la Romaña. En el desempeño de este nuevo cargo recorría los conventos, y estaba siempre a disposición de todos. Y también de las ciudades, donde la gente quería escuchar su palabra santa. El cronista dice: “ lleno de compasión con los necesitados, alentando a los tentados, corrigiendo, edificando, reconciliando, perdonando, orando. Siempre estaba lleno de suavidad, rezumando dulzura y mansedumbre ” .

En una sociedad feudal, tan estructurada en clases, con verdadera libertad evangélica Fr. Antonio proclama la igualdad entre los hombres: príncipes, señores feudales, prelados de la Iglesia, burgueses, plebeyos, siervos de la gleba, todos deben servir al Rey Supremo:

“ Todos los hombres son reyes, por ser miembros del Rey supremo…Cualquier hombre es príncipe, teniendo por palacio su propia conciencia ” . Alza la voz contra los nobles que “ despojan a los pobres de sus bienes insignificantes y necesarios, a título de que son sus vasallos ” ; y contra los prelados y grandes del mundo que “ después de haber hecho esperar a los necesitados a la puerta de sus palacios, implorando una limosna una vez que ellos se han saciado opíparamente, les hacen distribuir algunos residuos de su mesa y el agua de fregar ” .

La emprende contra leguleyos y abogados “ idumeos, sanguijuelas que chupan la sangre de los pobres. Como los que trabajan en la lana, cardan y tejen sutilezas y argucias ‘para estafar a sus clientes '” . Los ataques mayores son contra los ricos avaros y usureros: “ sordos que tienen los oídos taponados por el dinero, gentuza maldita que infesta la tierra, razas de hombres cuyos dientes son armas ” .

Así pues, el santo, cual verdadero profeta, emplea su estentórea voz en invectivas contra los delitos de orden social.

Hacia el otoño de 1229 se cree que llegó a Padua, donde se acogió al convento de Santa María, en los aledaños de la ciudad. Era un rincón ignorado. Pero venía allí a descansar, orar, recuperarse y seguir haciendo. Con sus achaques sobre todo hidropesía, presintiendo que le quedaba poco tiempo de vida, predicaba, confesaba, enseñaba… En Padua Fr. Antonio pudo dar la redacción definitiva de sus “ Sermones ”, que él llamaba “ Obra de los Evangelios ” o simplemente “ Obra ” . Los escribió no tanto para ser predicados u oídos como para ser leídos y estudiados. Esta sacra obra intelectual de san Antonio está considerada como la obra literaria religiosa más notable realizada en Padua en la Edad Media.

También organizó allí, como antes en Montpellier y Tolosa, un nuevo estudio franciscano de teología y Sagradas Escrituras. Sin embargo, eso no le impidió desarrollar también una actividad pastoral constante con los paduanos.

En 1230 el fraile tuvo que trasladarse a Asís para un nuevo Capítulo General de la orden franciscana, en calidad de ministro provincial. Asistió el Papa Gregorio IX que, como cardenal Hugolino, había sido protector de la orden franciscana. El Papa pudo conocer a Antonio y dijo: “ Experimentamos, entonces personalmente su santidad y su admirable vida, cuando permaneció entre nosotros, tan digno de toda alabanza ” . Y lo invitó a predicar ante la corte pontificia. Los prelados quedaron admirados de que aquel frailecito manejara las Escrituras en profundidad y lo llamaron “ Arca del Testamento ” y “ Biblia viviente ” .

Una vez terminados sus compromisos en Roma y Asís, regresó a Padua, no sin detenerse en el Monte Alvernia (Toscana), donde san Francisco había recibido la impresión de las llagas de Cristo en 1224.

En Padua era tal la multitud que acudía a las iglesias a escucharlo, que tuvo que salir a los espaciosos prados. Asistían personas de ambos sexos y de todas las edades, de las ciudades, castillos y aldeas vecinas. El primero en acudir siempre era el venerable obispo de Padua con todo su clero, dando ejemplo de auténtica humildad.

A veces las multitudes sobrepasaban las 30,000 personas. Los comerciantes cerraban sus tiendas para ir a oírlo y las abrían al terminarse el sermón. Jóvenes robustos lo rodeaban para protegerlo de la multitud. Las mujeres llevaban tijeras p ara recortar pedazos de su hábito como reliquias.

Liberaba a las prostitutas de su triste vida, y famosos ladrones se arrepentían de sus fechorías. En el confesionario se agolpaban multitudes. Estos no eran como los actuales que provienen del concilio de Trento (1545-63), sino simples asientos en que se sentaba el sacerdote, y el penitente, de rodillas, de frente o al lado. Era imposible atenderlos a todos. Los esperaba hasta finalizar el día, firme, agotado y en ayunas. Otros sacerdotes de la ciudad venían a ayudarlo a confesar.

Sin embargo, no todos fueron éxitos en la vida del santo. No logró sacar de la cárcel a los paduanos que había encarcelado el sanguinario señor feudal Ezzelino, que gobernaba Verona, la ciudad vecina en guerra con Padua. Esta era güelfa y la otra gibelina.

Un convertido suyo, el conde Tisso le ofreció una celdita a 20 Km de Padua. Allí trabajaba y oraba. Un día, durante la comida se sintió mal, sín poder tenerse en pie, y lo colocaron en su cama de sarmientos. Presintiendo su muerte, llamó a Fr. Ruggero para que lo llevara a Santa María de Padua. Emprendieron el viaje; pero al agravarse, un fraile que les salió al encuentro les aconsejó refugiarse en el hospicio de los frailes que atendían el convento de las clarisas en Arcella. Allí tendría mejor atención que en Padua, en que las gentes no lo dejarían en paz.

Pidió un religioso para confesarse y recibió el viático. Unidas las palmas de las manos en actitud orante, cantó con los hermanos los salmos penitenciales y murió cantando, como san Francisco en la paz del Señor. Era el 13 de junio de 1231y tenía 40 años.

Afuera, sin embargo, se iniciaba una tormenta que casi termina en guerra. Fr. Antonio había manifestado que quería ser llevado a Santa María de Padua. A causa de la apasionada devoción al siervo de Dios, los frailes trataron de trasladar su cuerpo disimuladamente. Mas, fue imposible. Sin saber cómo, grupos de niños recorrían la ciudad gritando: “ ¡Ha muerto el padre santo! ¡Ha muerto san Antonio! ”

Entonces la población se movió hacia Arcella. Pero antes, los habitantes del barrio de Capo di Ponto, al que pertenecía Arcella, rodearon el convento y pusieron jóvenes robustos y armados para custodiarlo. Las clarisas, que en general pertenecían a familias nobles influyentes de la ciudad, se comunicaron con sus parientes para retener el cuerpo del santo.

Luego, los frailes de Santa María de Padua llegaron a Arcella con la intención de llevarlo a su convento para el funeral. Pero los vecinos de Capo di Ponto organizaron más escoltas armadas día y noche.

Ante esa situación los frailes recurrieron al obispo ya presionado por los que favorecían a las clarisas. Pero al oír válidas razones de los frailes se puso de su parte y rogó al enérgico podestá de la ciudad que los ayudara.

Todos esperaban, no obstante, la llegada del padre provincial, quien debía ofrecer la solución definitiva. Los frailes, temiendo que el cuerpo de Antonio se dañara por el calor del verano, lo colocaron en su féretro de madera y lo sepultaron a poca profundidad. Pero corría la voz de que se lo habían llevado, y el pueblo asaltó el convento en tumulto, con espadas y garrotes, atropellando puertas y obstáculos, y no hubo calma hasta que se cercioraron de que el cuerpo estaba allí.

Al fin llegó el ministro provincial, Fr. Alberto de Pisa, sucesor de Fr. Antonio en el cargo. Los vecinos de Capo di Ponto manifestaron que no cederían ni al hierro ni a las armas, aún a riesgo de su vida. El ministro, viendo que nada podía hacer, lo puso todo en manos del podestá, quien ordenó que el convento fuese custodiado y prohibió, bajo severas penas, que nadie portase armas ni allá ni en los alrededores.

El ministro habló entonces con el obispo, a quien correspondía la decisión por ser sepultura eclesiástica; y el podestá hizo levantar un puente de barcas para evitar el paso de la procesión del entierro por Capo di Ponto. Pero los vecinos, con furia y con hachas, destrozaron el puente totalmente. De la otra parte, los ciudadanos de Padua considerándose injuriados por las actitudes de la gente de Capo di Ponte, también se dirigieron armados al lugar. La batalla era inminente.

El podestá, enérgico y astuto, citó por bando público a todos los ciudadanos a presentarse en el palacio; confinó a la fuerza en la plaza sur de la ciudad a los culpables de la rotura del puente, prohibiéndoles bajo juramento y amenaza de confiscación de todos sus bienes a que volvieran aquel día a sus propias casas. Solo así llegó la calma y terminó el angustiado drama.

El 17 de junio fueron las solemnes exequias. El obispo con todo el clero, los franciscanos con su ministro provincial, y el podestá, las autoridades civiles, y todo el pueblo iniciaron el cortejo entre himnos y cantos de alabanza con júbilo, pasando pacífica y gloriosamente por Capo di Ponte. Llevaron el cuerpo a la iglesia de Santa María de Padua. Concluida la procesión el obispo celebró una solemne misa exequial y encerró el bendito cadáver del santo en un arca de mármol.

Ese mismo día 17 comenzó una eclosión de milagros ante su tumba.

Antes del mes, el mismo obispo, con todo el clero y el podestá con todas las fuerzas vivas de la ciudad nombraron una comisión mixta de eclesiásticos y laicos para informar a Roma ante el papa los prodigios ocurridos y solicitar el inicio de su proceso de canonización.

El Papa Gregorio IX creó una comisión para determinar la autenticidad de los milagros; comisión presidida por el cardenal francés Juan de Abbeville, quien de forma rápida llevó a cabo su misión. Al fin la canonización tuvo lugar en la catedral de Spoleto, el día de Pentecostés, 30 de mayo de 1232, antes del año de su muerte, pese a la oposición de algunos que aducían que era demasiado pronto. No conocemos caso semejante de tal rapidez. Cuatro años antes también el mismo Papa Gregorio IX había canonizado a san Francisco de Asís a los 2 años de su muerte.

Siglos más tarde, en 1946, Pío XII, al final de la Segunda Guerra Mundial, lo proclamó solemnemente doctor de la Iglesia con el título de Doctor Evangélico.

Nota: Para redactar esta biografía nos hemos servido del libro San Antonio de Padua, heraldo evangélico, de Fr. Victorio Beain, o.f.m. Sto Domingo. República Dominicana.