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SOCIEDAD

  - Educación Sexual. Imprescindible para padres y educadores
por monseñor Fernando de La Vega
 

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por monseñor Fernando de La Vega
Educación Sexual
Imprescindible para padres y educadores
El siglo XX que terminó hace una década, fue testigo de la liberación de todos los tabúes, y como consecuencia, en nuestros días parece para no pocos, sobre todo para las generaciones jóvenes, que todo está permitido, que todo tiene que ser tolerado... esta liberación alcanza el sexo y las relaciones sexuales, la procreación, la familia.
Los medios de comunicación promueven una nueva moral, la del derecho al placer, al aborto, que se presenta como un derecho de la mujer, como una liberación, y en la misma línea, el divorcio, las relaciones prematrimoniales, y la píldora que asegura la liberación del “obstáculo”, es decir, el hijo, para que todos, hombres y mujeres, padres y madres, pudieran dar rienda suelta a sus instintos.
 

Para nadie es extraño el problema de la sexualidad, que se extiende a nivel mundial, y su incidencia en el comportamiento cristiano de la persona. No son pocos los adolescentes, adultos y parejas, que se privan de la eficacia y valores de la Eucaristía , a causa del indebido manejo de su propia sexualidad, muchas veces causados por la ignorancia en este terreno.

La infidelidad conyugal, traducida en términos de adulterio, las frustraciones juveniles, ocasionada por las relaciones sexuales fuera de los cauces de la moral evangélica, son unidos a otros, las causales de la desintegración familiar que hoy sufrimos. El silencio en esta materia es culpable, ante la propaganda erótica creciente.

Los hijos, mucho más que en generaciones precedentes, desean abrirse a sus padres buscando luz para entender y valorar los problemas de su intimidad, pero los padres no pocas veces, se sienten incapacitados para responder a su prole, y de ello se desprende que asuman posiciones extremas de permisividad total, o de silencio y en no pocas ocasiones de rechazo y severas prohibiciones. Todas estas posturas agravan el problema de nuestros jóvenes y adolescentes.

Necesitamos con urgencia padres de familias y educadores que, en términos de sexualidad liberadora, conozcan y con generosidad creativa ayuden a iluminar este campo de su misión, que no es otra que preparar las generaciones futuras.

Se impone ahora esbozar las raíces de los problemas relativos a la distorsión del uso de la disgregación sexual y familiar. Los especialistas parecen coincidir en, al menos, tres causas que los originan: la formación de la cultura, el factor socio-económico y el religioso.

La cultura es una realidad de mucho alcance y podríamos definirla, siguiendo los documentos de Puebla como la manera peculiar a través de la cual los pueblos cultivan sus relaciones con la naturaleza, entre sí y con Dios. Evidentemente, detrás de cualquier cultura se encuentra un proceso histórico evolutivo, por lo cual siempre será dinámica y no estática.

Nuestra cultura originaria, la procedente de los pueblos que poblaban nuestra patria antes del

descubrimiento, apenas ha dejado huellas, sin embargo la colonización por parte de España, influenciada a su vez por sus raíces romanas, griegas, y hasta musulmana, aportó durante más o menos tres siglos una dualidad, pues al lado de la cultura de los colonizadores se movía la traída por la ola de esclavos africanos de diferentes etnias, surgiendo así al lado del cristianismo oficial, el sincretismo.

En el cuadro familiar y sexual esta dualidad se manifiesta y profundiza, originada también por la doble moral de los colonizadores, donde en la mayoría de los casos, su fe y moral cristiana no era compatible con la utilización para el placer sexual de mujeres negras. Lamentablemente, en nuestros días los turistas desempeñan, mediante el uso de las “jineteras”, el mismo mecanismo que hace trescientos años los colonizadores españoles utilizaron, sólo que ahora, pagando un precio en divisa o en artículos materiales.

Al continuar buscando las raíces de la realidad que estamos analizando, es imposible ignorar el factor socioeconómico. Este se presenta siempre como uno de los componentes de una cultura y en alguna manera es inseparable de ella. La falta de condiciones mínimas, la escasez de vivienda que trae como consecuencia la promiscuidad y la falta de privacidad al tener que vivir agregados, las necesidades materiales de ropa, alimentos etc. En mayor o menor escala inciden en la disgregación familiar y la distorsión de la sexualidad. No olvidemos sumar a estos factores, la salida del país de uno de los cónyuges etcétera.

Por último, está el factor religioso. Evidentemente, son muchos los factores positivos que la primera evangelización dejó en nuestro pueblo, pero es imposible negar que también hubo fallas, no sólo en Cuba, de aquella evangelización. La prueba más palpable de esto es la preocupación de la Iglesia del continente, de una segunda evangelización. A las incoherencias y lagunas de la primera, hay que sumar hoy el fenómeno de la urbanización y la presencia de los medios de comunicación social.

Si bien es cierto que la división entre fe y vida, normas morales y vida práctica, nunca han dejado de acompañar nuestra historia, hoy parece haberse acentuado más y da la sensación de que las convicciones religiosas ejercen poco influjo en el comportamiento, sobre todo en el campo de la sexualidad y de la familia. Quizá nunca antes entre nosotros ha estado tan desarticulado el cuadro de los valores, porque a todo lo dicho hasta aquí hay que agregar el influjo del secularismo creciente.

¿A qué conclusiones pensamos llegar? En un tema tan importante, nada estático, y suficientemente complejo como para no poder ofrecer normas fijas ni permanentes, hay que moverse en el terreno de la educación en, y para, el amor. La educación sexual debe ser oportuna e integral y debe tratar de hacer descubrir la belleza del amor y el valor humano del sexo. Esto implica un proceso de educación permanente que cubra toda la vida, y de la cual todos, sin excepción, somos sujetos activos.

Para ello hay que presentar la sexualidad como dimensión integral del ser humano y desde la originalidad del Evangelio, como una buena noticia al servicio del crecimiento de la persona humana y del amor verdadero entre un hombre y una mujer, enfatizando los valores de afectividad, intimidad, fidelidad, fecundidad, corresponsabilidad y diálogo, a lo que se puede añadir con énfasis, que la sexualidad es expresión de la voluntad creadora de Dios y espacio de libertad para la realización del ser humano.

No podemos, por otra parte, perder de vista la realidad; es decir, las condiciones y necesidades muy diversas y diferentes de una persona a otra, por lo que hay que considerar el medio cultural en que han nacido y crecido, con los valores y contravalores asumidos productos de ese medio así como las pautas de comportamiento practicadas en ese ambiente concreto.

En este asunto sobre el que estamos reflexionando, uno de nuestros propósitos ha de ser que los hombres y mujeres de nuestro tiempo se persuadan cada vez más de que la dignidad y la vocación humana piden que, iluminados por la inteligencia, descubran por sí mismos los valores ya existentes en sus propias personas y que los desarrollen constantemente.

Sin embargo, el ser humano en sus juicios sobre los valores morales, no puede proceder según su personal arbitrio, sino captando la existencia en lo profundo de su conciencia de una ley que no se dicta a sí mismo y a la cual debe obedecer. Esa ley advierte a todo hombre que debe amar y practicar el bien, evitando el mal.


En el orden material esto no sólo está presente en cada persona –algunos lo llaman instinto de conservación– sino que, generalmente, hacemos lo posible por cumplirla, evitando aquello que sabemos nos hace daño, físicamente hablando; pero en el orden moral, es mucho menos probable que sigamos esos dictados de nuestra conciencia, específicamente en el campo moral sexual que como llevamos dicho, atraviesa una profunda crisis.

El hombre y la mujer maduran y llegan a ser personas equilibradas, sólo si se abren el uno al otro con un amor dispuesto a entregar y recibir la riqueza de cada cual, respetando la diferencia y originalidad del otro. Hombre y mujer son llamados a vivir en plenitud y en fidelidad el amor conyugal querido por Dios como vocación a una experiencia fecunda, única e irrepetible.

El reconocimiento y respeto del valor de la moral en el campo de la sexualidad, se ve hoy amenazado y hasta ignorado no sólo por gran parte de la sociedad, sino también por muchos de los cristianos. Esto está exigiendo reflexión y educación de la enseñanza moral cristiana, cualesquiera que sean las dificultades que el cumplimiento de esta tarea encuentre en las ideas y en las costumbres de hoy.