Palabras sobre María en la Sagrada Escritura
María, la mujer, en la plenitud de los tiempos
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por hermano Jesús Bayo, fms
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Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios ha introducido en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba! ¡Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de parte de Dios (Gál 4,4-7).
Este texto de san Pablo es, cronológicamente, la primera alusión a María en el Nuevo Testamento, aunque sea de forma indirecta. Pablo escribió la carta a los gálatas, probablemente, en Éfeso hacia el año 54, durante el tercer viaje de su misión apostólica (años 52-57). Como se observa, María no es nombrada por su nombre, pero “la mujer” a la que se refiere el texto no puede ser otra sino la madre del Señor. Pablo hace de esta mujer la garantía de la humanidad de Cristo. Gracias a la encarnación del Verbo en el seno de María se nos hace comprensible el misterio de la Encarnación, y podemos valorar nuestra inmensa dignidad como hijos de Dios a la que nos eleva nuestro Salvador y Señor Jesucristo. |
La primera generación de cristianos centraba su interés en Cristo y no se preocupó tanto de su madre María. El centro de atención era el Kerigma; es decir, el anuncio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Por lo tanto, este texto es cristológico, se refiere a Jesucristo. Ahora bien, nosotros podemos sacar las consecuencias mariológicas al aplicarlo a María, la Madre del Señor. De hecho, este texto aparece como argumento bíblico de la maternidad divina de María, y es leído en la celebración litúrgica de la Maternidad Divina de María, solemnidad que se celebra todos los años el día primero de enero.
Su estructura literaria presenta cierto paralelismo para mostrarnos el abajamiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, por quien es elevado el ser humano hasta alcanzar la dignidad de hijo de Dios. La acción del Padre consiste en enviar al Hijo. La modalidad que emplea es la encarnación: la expresión “nacido de mujer” significa que Jesús pertenece a nuestra raza; es nacido de mujer sin ser engendrado por hombre alguno, pues la locución griega empleada excluye el aporte de varón. La modalidad también supone el sometimiento a la ley de Moisés, pues pertenece al pueblo judío. La doble finalidad es liberarnos de la ley de la esclavitud del pecado y hacernos hijos de Dios al otorgarnos la adopción filial.
El Padre nos envía su Hijo para liberarnos, y el Espíritu nos remite al Padre como hijos. Cuando nace Jesús de una mujer, entonces podemos nacer nosotros como hijos de Dios. Cuando María es elegida para ser Madre de Dios, también nosotros somos escogidos para poseer el mismo Espíritu de Jesús y –como Él– llamar a Dios ¡Padre! Ya no somos esclavos sino hijos libres y herederos de la gracia divina.
El texto afirma la maternidad de María y la humanidad del Hijo que nace. El género literario establece una especie de paradoja cuando señala: “nacido bajo la ley para liberarnos de la ley”. Lo que nos libera del pecado no es la ley judía sino la adopción filial. El Hijo de Dios se hace plenamente hombre para que recibamos nosotros la adopción divina. Jesús nace como hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, y se hace evidente su humanidad al nacer de María.
María, Madre de Dios, está íntimamente ligada a la Historia de la Salvación, que es obra de la Santísima Trinidad. Así como el Hijo de Dios está en el seno de la mujer-María, así la humanidad está en el seno del Dios-Amor. Con Jesús formamos una misma familia: Tenemos el mismo Padre, estamos habitados por el mismo Espíritu, tenemos a Jesús por hermano y a María por madre. |