| Rafaela María Porras y Ayllón, nació en Pedro Abad (Córdoba, España) en 1850. Su familia era de agricultores acomodados. Su padre, Ildefonso, era el alcalde del pueblo y propietario de la campiña que le rodeaba. Su madre, Rafaela, también perteneció a una familia de terratenientes andaluces del cercano pueblo de Adamuz.
Tuvieron 12 hijos pero sólo 7 llegaron a adultos. Rafaela María era de las menores, y al morir uno de sus hermanos llegó a ser la más joven. Su única hermana, María Dolores, compartió la fundación de las Esclavas.
Don Ildefonso usó su poder cristianamente para mejoras de la vida de los campesinos, administrando la justicia como alcalde con entrañas de misericordia. Prueba de su generosidad a la hora de prestar ayuda a los demás, fue su propia muerte, en 1854, víctima de una epidemia de cólera, pues por su sentido de la caridad atendía personalmente a los afectados. Rafaela solo había cumplido cuatro años.
Sus hermanos mayores le brindaron a Rafaela María el apoyo masculino que necesitaba. Tampoco le faltó el de su hermana María Dolores, cuatro años mayor que ella. Así conoció el mundo cómodo que le presentaba su familia y entorno social.
En 1869 murió repentinamente la madre, doña Rafaela, y la vida familiar cambió radicalmente. Rafaela María y Dolores se dedicaron a practicar la beneficencia en el entorno de Pedro Abad. Pero sus hermanos no compartían su actividad, que consideraban exageraciones piadosas. Eso de dedicar su fortuna a los pobres y atenderlos personalmente era demasiado. Por fin, el 13 de febrero de 1873, Dolores y Rafaela María salieron definitivamente de su pueblo.
Las dos hermanas pensaban consagrarse a Dios en la vida religiosa. Se les aconsejó que maduraran su proyecto en el convento de las clarisas de Santa Cruz. Leyendo la Palabra de Dios y reflexionando, fueron aclarando su proyecto. Por otra parte, los representantes de la diócesis cordobesa les hacían ver las necesidades de aquella sociedad que se iniciaba en la era industrial.
Desde 1875 ya las hermanas piensan en un instituto dedicado a la educación cristiana, muy urgente en esas tierras andaluzas. El gobernador eclesiástico de la diócesis cordobesa bosquejo el primer proyecto, pero fue otro sacerdote, don José Antonio Ortiz, el que más concretó el plan del nuevo instituto, estaría enraizado en la Eucaristía pero dedicado también a la educación cristiana. Un pequeño grupo de jóvenes cordobesas estaban alrededor de las dos hermanas.
El plan era que entraran en un instituto ya aprobado, como novicias, las fundadoras y sus compañeras. Y así el 1º de mayo de 1875 comenzaba el noviciado en el instituto de María Reparadora, en una casa de la familia Porras, cedida para la fundación. Las dos hermanas se llamarán ahora María del Sagrado Corazón (Rafaela) y María del Pilar (Dolores). La fuente de su espiritualidad era la de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas).
Desde que llegaron a Córdoba las Reparadoras habían tenido problemas con la diócesis y se fueron a Sevilla. Pero casi todas las novicias quisieron permanecer en Córdoba con las dos hermanas, al frente de todas se puso a Rafaela María. El arcediano de la diócesis, don Ricardo Miguy, redactó el plan para el nuevo instituto.
Pero el obispo de Córdoba, fray Ceferino González, O.P., quiso imponer retoques personales al naciente instituto, incluyendo una clausula rígida que dificultaba la acción apostólica y recortando el culto eucarístico. Además, el obispo quería cambiar la orientación ignaciana por la de su orden dominicana. Las dos hermanas no deseaban rebelarse contra el obispo, mas estaban convencidas de que éste no podía cambiar su vocación. Por fin, en 1877, salieron de Córdoba para Andújar, donde estuvieron dos meses. Luego, se establecieron en Madrid, donde el padre José Joaquín Cotanilla, S.J, después de fallecido don J.A. Ortiz, asesoró a las fundadoras con la espiritualidad ignaciana.
El 14 de abril de 1877 se considera el día fundacional. El cardenal-arzobispo de Toledo concede en esa fecha la autorización para la fundación madrileña. Y el instituto se expandió por España: Córdoba (1880), Jerez de la Frontera (1883), Zaragoza (1885) y Bilbao (1886).
El mismo cardenal-arzobispo aprobó los primeros estatutos y la Santa Sede otorgó en 1886 el Decretum laudis (decreto laudatorio) con el nombre de instituto de Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús.
Al año siguiente, el 29 de enero de 1887, se dio la aprobación pontificia definitiva con Rafaela María como primera superiora general. A lo largo de todo el proceso fundacional aquella extraordinaria mujer, que nunca había tenido pretensiones de fundadora, derrochó fortaleza, esperanza y fidelidad a la vocación. Convencida de que era guiada por Dios, vivía en una alegría serena que comunicaba a las demás. Dificultades exteriores y momentos de angustia no faltaron. Pero con su humildad y carácter apacible los enfrentaba todos.
Ese mismo año, se inició una nueva etapa: María del Sagrado Corazón ya no podía dirigir el instituto de forma familiar. Entonces el Capítulo General eligió a cuatro consejeras, entre ellas, su hermana María del Pilar. No demoró mucho para que se hicieran palpables las diferencias entre las dos hermanas. Rafaela María quiso desviar la intención del voto centrado en su propia persona. Pero no lo logró porque su calidad espiritual y humana era evidente. A partir de aquí se agravaron las dificultades.
Aunque durante su generalato, que concluyó en 1893, se consolidaron las fundaciones ya existentes, la creatividad y el tesón de las dos hermanas estuvieron sometidos a duras pruebas. Rafaela María apoyó las iniciativas de María del Pilar, quien logró hábilmente, con la colaboración de muchas personas, sacar adelante colegios como el de Jerez de la Frontera y la Coruña (1888). Pero si María del Pilar era magnánima en las empresas en que ella era protagonista, en cambio obstaculizaba con constantes críticas los proyectos de sus hermanas.
Rafaela María siempre tuvo la ilusión de tener una comunidad en el centro de la capital para convertirla en un foco de irradiación eucarístico, un hermoso templo, una escuela grande y una casa para hacer los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, catequesis a grupos y personas. En la céntrica calle de San Bernardo se abrió la casa. Pero la incomprensión del obispo de Madrid precipitó su clausura en 1892. Entre tanto, la madre Sagrado Corazón logró personalmente la fundación de una sede en Roma en 1890. Y ese mismo año logró otra en Cádiz, ciudad asociada a gratos recuerdos juveniles.
En esta época se va destacando la figura de la madre María de la Purísima : maestra de novicias casi desde los primeros años del instituto, llega a ser miembro del Consejo Generalicio como asistente general, y va a ser agente activo en rebajar a la madre Sagrado Corazón en el gobierno del instituto.
En 1892 la fundadora juzgó que sus esfuerzos por la unidad de criterios en el consejo habían llegado al límite. Su solicitad a la Sagrada Congregación de Religiosos de ser retirada del cargo no había sido aceptada. La Congregación escogió una opción intermedia, la delegación temporal en la madre Pilar.
Había irregularidades económicas de las que se acusaba a Rafaela y se le invitaba a ir a Roma, para que su hermana, como nueva superiora, tuviera completa libertad de acción. Obedeció plenamente pidiendo a Dios que cesara la desunión en el instituto. En mayo de 1893 la madre Sagrado Corazón presentaba nuevamente su renuncia definitiva, que fue aceptada esta vez sin condiciones. |
hermanas, absolutamente marginadas, no intervinieron en dichas fundaciones.
La madre Pilar había escrito en los orígenes: “En fuerza de deshacerse planes, se realizaba el del Corazón de Jesús”. Ahora se cumplía una vez más. Como dice un axioma popular “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. Santa Rafaela María había dicho a su hermana: “Hagámonos santas, y nadie hace más por el instituto que nosotras… Estamos obligadas a esto como primeras del instituto: los cimientos que ni se vean y si se vieran ¡que feos! Piedras hechas pedazos y apisonadas; y, no obstante, son los que sostienen el edificio. Y cuando éste es más hermoso los cimientos más hondos y más maltratados con el pisón”. La actitud de las fundadoras, de aceptación sincera, fue más admirable por su apacibilidad hacia las que les rodeaban en sus últimos años.
La madre Pilar murió en la paz del Señor el 1º de julio de 1916. No se consideró noticia importante en el instituto. Al enterarse la madre Sagrado Corazón recitó tres veces el Te Deum de acción de gracias, como homenaje a la entrega de su hermana. Rafaela María tenía entonces 66 años pero manifestaba gran laboriosidad, y, siempre humilde, desaparecía para hacer sitio a otras, menguar para que Cristo crezca como decía san Juan Bautista.
Hacía 1918 la salud de la madre Sagrado Corazón empezó a decaer y tuvo que limitarse en las tareas domésticas. En 1922 una grave infección por constantes heridas en las rodillas casi la lleva a la tumba. Se rehízo hasta llegar a las puertas del año santo de 1925, que anhelaba celebrar.
Trasladada a la enfermería, desde su habitación podía ver el sagrario del oratorio contiguo para adorar al Santísimo fervorosamente. Una de sus últimas frases era un resumen de toda su vida “seamos humildes, humildes, humildes, porque así atraeremos las bendiciones de Dios”.
El 6 de enero de 1925 entraba en la gloria Rafaela María. No hubo exequias solemnes ni representaciones oficiales. Pero el sentir general era que había muerto una santa. Pronto se inició el proceso de beatificación. En 1936 comenzó el informativo, con referencias de Córdoba, Milán, Westminster y Buenos Aires. Y en 1939 se dio paso formalmente a la introducción de la causa en la que declararon más de 60 testigos notificando su santidad. El papa Pío XII la beatificó en 1952, y Pablo VI la canonizó el 23 de enero de 1977. Ese mismo día, al asomarse al balcón del Vaticano para rezar el Angelus, dijo: “Una santa muy humilde, dulce, fina, silenciosa, pero llena de riqueza espiritual y de ejemplaridad edificante – nos parece casi escuchar su voz –, que nos invita a seguir su camino de santidad. Vengan – parece decirnos con su voz dulce y persuasiva –, vengan, prueben, su paso por estos senderos, primero el de la oración absorta en una adoración silenciosa, casi extática, ante Jesús escondido y presente en la Eucaristía, Cristo se revela a los pequeños, es decir, a los humildes, a los sencillos, a los puros de corazón, a los inocentes, y a los buenos, a los discípulos que creen, esperan y aman. Entonces escucharán el mandato de Jesús; anden y sirvan a los hermanos…”
Veamos ahora unos textos de la santa:
“Debo trabajar con toda mi alma por que la vida de Cristo, que vive en mí, resplandezca en todas mis obras. Mis sentidos, potencias y afectos de mi corazón no deben obrar más que en Cristo, por Cristo y para Cristo, para hacerme semejante a Cristo y no debo contentarme con esto, sino con discreción y prudencia, atraer a todo el que pueda a gustar a Cristo.” (“Apuntes espirituales”, 1892).
“Cuando me viese sin acción física para extender mi celo como deseos tengo, me contentaría con rogar y hacer suavemente lo que estuviera de mi parte, como me enseña mi Señor”.
En 1905, muy avanzada ya en su evolución espiritual, escribe uno de sus textos más hermosos: “Debo tener presente en todas mis acciones que estoy en este mundo como en un gran templo, y yo, como sacerdote de él, debo ofrecer continuo sacrificio y continua alabanza, y siempre todo a la mayor gloria de Dios, que es el fin para que nos ha puesto en este mundo”.
Sigamos ahora con algunos testimonios acerca de santa Rafaela María:
“Puesta toda su confianza en Dios, lo sufrió todo en silencio, contenta con los oficios más humildes y entregada siempre al amor del sacratísimo Corazón de Jesús” (Pío XII. Breve de Beatificación).
“El amor a su instituto siguió llenando hasta el fin su corazón. Aquél instituto que la desconocía por completo produjo siempre en el corazón humano de la beata la alegría que las madres reciben de los hijos de sus entrañas. Un amor limpio, constante, santificado hasta el heroísmo” (R.Bidagor. S.L).
“Aquel conocimiento interno del Señor que con tanta insistencia pide y busca en ejercicios fue llevando suavemente a santa Rafaela María hacia el corazón de Cristo y avivando sus deseos de corresponder a ese amor con amor reparador por sí misma y por sus hijas las Esclavas – fruto como ella decía – de este Sagrado corazón” (P.Arrupe, Propósito general de la c ompañía de Jesús).
“A mi me parece de apasionante autoridad ver el inmenso amor que la santa tuvo a la Iglesia, una Iglesia que no fue precisamente amable con ella. No está mal que nos pongan ante los ojos una monja que se pasa ¡32 años!, oculta y despreciada en un rincón del convento” (Lomberto de Echevarría, escritor español).
“Por casi 30 años ella guardó su coraje, su objetividad de juicio, su fuerte amor por los demás, su longanimidad y gentileza de corazón y terminó en un triunfo de caridad, completando su sacrificio y cumpliendo la voluntad de Dios” (W.Lawson, S.J.).
“Realmente la madre Sagrado Corazón ha vivido los Ejercicios, y su vida misma es un excelente comentario de ellos. Se abrazó a la cruz porque Cristo estuvo abrazado a ella, y aceptó su escándalo para confundir la ciencia del mundo” (C.Dalmasas. S.J.).
“Buscar la madurez interior, la fecundidad personal y apostólica en la Iglesia a través del anonadamiento del grano de trigo que se hunde en la tierra y muere de la cruz. Esta es la gran lección que nos da santa Rafaela María, la gran lección que nos da Jesús” (cardenal Pironio).
“Respondió a Dios, a los hombres, a la vida, con amor y alcanzó amor y más amor, y lo hizo tan plenamente que jamás se le pudo achacar desamor con ninguna de las criaturas que vivieron con ella. Fue con ellas paciente, servicial, humilde; no fue envidiosa, todo lo creyó, todo lo excusó, todo lo esperó, todo lo soportó” (M. Aguado, ACL).
“Lo que más impactó, en el ejemplo que nos ofrece la madre Sagrado Corazón, es el equilibrio luminoso entre la vida contemplativa y la vida activa, como actuación del espíritu de reparación. Si es verdad que le atraía altísimamente la adoración con finalidad reparadora, es también verdad que, con la misma finalidad ella consideraba necesarias las obras de apostolado en la gama admitida por las Esclavas” (Giorgio Paparogli).
“En Rafaela María, la humildad fue servidora fiel del amor siempre y en todo momento. Este amor humilde la liberó de cualquier amargura y le permitió vivir en una paz sin límites. Si aceptó desaparecer, no fue ni más ni menos porque ella lo estimó necesario para que otros vivieran, para que fuera posible una existencia feliz en el instituto. Comprendió que era preciso apartarse del primer plano, disminuir, para que otros crecieran. Porque amó mucho, pudo vivir humildemente, sin perder nunca un hondo sentido de dignidad, en eso que ella llamaba la independencia santa de los verdaderos hijos de Dios” (O.Yañez, ACL).
“Pocas almas realizaron en la mayor medida el ‘ama y se ignorado y estimado en nada' de la Imitación de Cristo, tanto que en la muerte de la madre Rafaela María del Sagrado Corazón bien se pudo decir que ella no era nada a los ojos de los otros, no menos que a los propios” (Luigi Castano). |