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San Nicolás de Flue (1417-1487)
MÍSTICO Y PATRONO DE SUIZA

por fray Frank Dumois, OFM

Durante su visita pastoral a Suiza en 1984 el Papa Juan Pablo II se postró ante el sepulcro de este santo, cuyo nombre a veces es transcrito como san Nicolás de Flüeli, por ser el santo más querido en este país, y por ser un promotor de la paz, algo tan necesario en estos tiempos en que la Iglesia quiere llevar adelante el proyecto ecuménico que busca la unión entre las iglesias cristianas.
No debe olvidarse que por su posición central en Europa, Suiza –llamada también Confederación Helvética– ha servido de enlace entre zonas geográficas tan diversas como las mediterráneas, las danubianas y las germánicas. La variedad humana y las circunstancias históricas han forjado el carácter de los suizos, y justamente la vida de san Nicolás de Flue (o Flüeli) transcurrió cuando se estaba forjando esa nación, cuando nacía la Confederación suiza.

Por ello, por su intervención en los sucesos de aquellos tiempos fundacionales, es que el Papa Pío XII afirmó que Nicolás es “ el patrono y protector de Suiza no solamente por haber salvado la Confederación en momentos críticos, sino también por haber trazado para el país las grandes líneas de una política cristiana ”. (Discurso en la misa del día de la canonización, 15 de mayo de 1947).


Nicolás nació en Flue, cerca de Sachseln, Suiza, en 1417. El mismo año en que terminó el funesto cisma de Occidente con la elección del Papa Martín V en el Concilio de Constanza, cerca de las fronteras de la Confederación Helvética. Este Concilio, legitimado por Gregorio XII antes de presentar su renuncia al pontificado para lograr la paz en la Iglesia, ponía fin a la división de la cristiandad occidental, en la que llegó a haber simultáneamente 2 ó 3 Papas, cada uno de los cuales pretendiendo ser el legítimo sucesor de Pedro. Bajo este augurio de unidad y de paz venía al mundo el hijo de unos acomodados campesinos, que sesenta años después contribuiría decisivamente a establecer la paz y la concordia entre los cantones suizos.

Desde su infancia, Nicolás, a quien llamaban “ el hermano Klaus ”, se dedicó a las labores agrícolas. Sus compañeros lo tenían como “ un joven casto, bueno, piadoso y sincero ”. También atendía la ganadería familiar, la caza en los frondosos bosques que rodeaban el patrimonio familiar y dedicaba algunas horas a labores artesanales durante las largas noches de invierno en que la nieve impedía el trabajo en el campo.

A pesar de su vida normal, sus compañeros notaban que el joven buscaba la soledad y practicaba asiduamente a la oración, al mismo tiempo que ayunaba cuatro días por semana. Se iba perfilando así la figura de quien llegaría a ser un ermitaño.

En 1445, a los 28 años, Nicolás se casa con Dorotea Wyss (según otros, Weiss), con la que tuvo 10 hijos. Al menos uno de ellos cursó estudios universitarios, y el mayor llegó a ocupar un cargo importante dentro de la Confederación. Esto no era nuevo en la familia, pues el padre de Nicolás actuó también como juez al tiempo que atendía la granja familiar, y el propio Nicolás llegó a ser un apreciado miembro del consejo de la ciudad y juez de la región, hasta que en 1460 tuvo que tomar parte en una campaña militar en Turgovia.

Nicolás educaba a sus hijos cristianamente sin dejar de progresar en su vida espiritual. Su esposa y su hija recordaban sus vigilias pasadas en oración. Dios le otorgó el don del consejo, de tal modo que muchos vecinos de los alrededores acudían a él en busca de orientaciones y asesoramiento para resolver sus asuntos. En él se cumplían las normas de la “ Imitación de Cristo ”: “ toma consejo del hombre sabio y recto y prefiere ser instruido por otro mejor que tú, a seguir tus propios designios. La vida buena hace al hombre sabio, según Dios, y experimentado en muchas cosas. Cuanto más humilde sea uno y sumiso a Dios, tanto más sabio y pacífico será en todo ”.

La pacificación y búsqueda de la concordia fueron valiosas prendas con que el Señor enriqueció a este santo varón que al arribar a los 50 años de edad inició una nueva etapa en su vida. Ilustrado por una visión, comprendió que Dios lo llamaba a vivir en soledad sin alejarse mucho de su granja. Con el consentimiento de su mujer y de sus hijos, se retiró a una ermita que le construyeron sus conciudadanos.

El eremitorio consistía en una capilla dedicada a la Santa Cruz, a la Virgen María y a algunos otros santos. Dos años después le bendijo el obispo de Constanza. Junto a esa iglesita estaba la celda del ermitaño, que contaba con dos pequeñísimas ventanas: una daba al interior de la capilla; y la otra, abierta hacia el bello panorama de bosques y praderas que la rodeaban. La ermita es actualmente visitada por numerosos peregrinos devotos del santo.

Todos los domingos Nicolás bajaba de la ermita y se dirigía a la iglesia parroquial para asistir a misa y comulgar. Al pasar junto a la granja se detenía un poco para ver a los suyos. Tanto el párroco como los feligreses consideraban una bendición celestial la presencia del santo ermitaño.

“ El hermano Klaus ” permaneció así 19 años combatiendo sus luchas espirituales contra las tentaciones diabólicas, tradicionales en los solitarios. Según cuentan sus biógrafos, desde el comienzo renunció totalmente a la comida y vivió alimentándose únicamente de la Eucaristía. Este milagro se ha dato también en la vida de otros santos. La fama del prodigio se difundió de tal manera que el obispo diocesano ordenó una investigación, la cual comprobó la veracidad de estos hechos.

Gracias a los apuntes y dibujos de algunos confidentes y amigos espirituales, conocemos algo del contenido de las visiones del hermano Klaus, las cuales tratan sobre los misterios de la fe y los caminos de la vida espiritual. Una de estas comunicaciones se refiere al misterio de la Santísima Trinidad, que el ermitaño saboreaba gozosamente.

Otras ilustraciones divinas se referían a la vida del propio vidente: su bautismo, origen de su vida de santidad y otras simbologías, que dejan ver el amor divino que lo consumía sin los impedimentos del amor propio. Una de sus contemplaciones es conocida como el “ Cristo peregrino ”, y en ella se presenta el Creador mendigando el amor de sus criaturas. Por otra parte, el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está en la contemplación “ La fuente de la vida ”.

El famoso escritor romántico François de Chateaubriand en su célebre libro El genio del cristianismo, escribía que la “ religión cristiana vino a dar al amor a la patria su verdadera medida ”. Y en efecto, el amor a la patria y el amor a la Iglesia no se oponen. Jesús amó a su pueblo de Israel. El padre Varela unió el amor a Cuba con el amor a la Iglesia. Así, para la unión de los cantones de Suiza, con su índole propia, se requería el amor a la paz y el espíritu de concordia. Y eso fue lo que aportó Nicolás de Flue como un consejero desinteresado y eficaz promotor de la paz entre los pueblos establecidos en los montes y valles de una región tan singular como la Confederación Helvética.

Para los habitantes de estas tierras –cristianos que habían recibido un beneficioso influjo por parte de antiguos monasterios (entre ellos el de Sant Gall), así como un cultivo espiritual intenso debido a las distintas órdenes religiosas que asentadas en la región–, la piedad del ermitaño de Ranft y su carismática existencia, hicieron que lo consideraran como un hombre de Dios que merecía ser escuchado.


Y eso fue lo que ocurrió en 1476, cuando la Confederación atravesó por una aguda situación de crisis, luego de la victoria sobre Carlos el Temerario, duque de Borgoña. A raíz de ese triunfo fueron incorporados nuevos territorios a la unión, lo cual provocó fuertes diferencias entre los cantones de las ciudades más populosas y los de características más rurales. Acudió entonces el párroco de Stans, lugar donde se había reunido la Dieta de los confederados, hasta la garganta de Ranft en demanda del consejo del ermitaño. Al regreso del encuentro se reanudó la sesión y se llegó a un acuerdo. Se desconoce el contenido del mensaje del santo, pero sabemos que se logró la concordia y una configuración oportuna y duradera de las realidades políticas de Suiza, que incluso –a pesar de la división religiosa del siglo XVI con la revolución protestante– se mantendría en los siglos venideros. Por eso con toda razón se ha llamado a san Nicolás de Flue con el apelativo de “ padre de la patria ”, que Pío XII amplió al decir: “ Nicolás de Flue encarna, con una plenitud admirable, la unión de la libertad terrestre y de la libertad celeste ”.

La vida del santo ermitaño se consumía como una vela. Un amigo y confidente llamado Ulrico le suplicó que le dejara vivir en una celda próxima a la suya. Se le concedió y así pudo ser testigo de los últimos días de su vida. A los 70 años le llegó a Nicolás el tránsito a la vida eterna. Una dolorosa enfermedad que sobrellevó con heroica paciencia lo configuró con la pasión de Cristo. Recibió el viático y se durmió en el Señor en aquella ermita cuajada de soledad y de plegarias continuas. Su muerte ocurrió en el inicio de la primavera, el 21 de marzo de 1487.

La noticia de su muerte se regó como pólvora por los valles y pueblos, no sólo de Suiza, sino también de Austria, Milán, Bohemia y toda Europa central. Fue enterrado en una capilla de la iglesia central de Sachseln, donde acudían a rezar, además de sus familiares y amigos, numerosos peregrinos llegados desde muy lejos. Ante ella se postró un siglo después el célebre obispo de Milán, san Carlos Borromeo, que celebró allí la misa.

En 1591 se abrió el proceso de beatificación, pero por diversas circunstancias, sólo se efectuó en 1669. La canonización tardaría casi tres siglos. La realizó, como ya dijimos, Pío XII el 15 de mayo de 1947, fiesta de la Ascensión del Señor.

Se calcula que anualmente unos 100 mil peregrinos acuden a venerar las reliquias de san Nicolás de Flue, patrono de Suiza, y a recorrer los lugares santificados por su presencia. La lápida sobre la tumba de Nicolás está desgastada por las huellas de las manos de innumerables peregrinos. Debido a esta corriente de peregrinación, en la zona abundan los hoteles y casas de huéspedes. No en balde, el primer motel en ese país fue construido en Sachseln.

San Nicolás de Flue es considerado como uno de los más grandes místicos de las postrimerías de la Edad Media y el tenor de su vida se comprende dadas las particulares condiciones de tiempo y lugar en las que él vivió.