El País (España), The New York Times (Estados Unidos), The Guardian (Gran Bretaña) y el semanario Der Spiegel (Alemania) recibieron la primicia para la publicación.
La disparidad de opiniones no ha cesado desde entonces, sobre todo después de la desaparición de los servidores donde estaba alojada la plataforma y tras la detención en Londres –7 de diciembre– del editor jefe de Wikileaks, el australiano Julian Assange, acusado en Suecia de delitos de tipo sexual.
Desde luego hay quienes han querido reconducir al campo político la polémica suscitada en torno a la conveniencia de la filtración masiva y los otros dos acontecimientos. En una de sus primeras ediciones de diciembre, la revista TIME presenta a Assange casi como un mártir. Quizá haya que apuntar a un campo más esencial al momento de valorar ese “manjar” periodístico en el que se han regodeado no sólo los cinco medios iniciales a los que la misma Wikileaks dio la exclusiva.
En su inmensa mayoría, los mass media han justificado la filtración de Wikileaks aduciendo el derecho a informar, a la transparencia y al interés público. Así por ejemplo The Guardian, que apelaba en un artículo del 29 de noviembre a que no existía un deber de la prensa a guardar secreto para luego referir que “si Wikileaks puede acceder a material secreto, sea cual sea el medio, probablemente pueda hacerlo también cualquier extranjero” (cf. 29.11.2010).
UNA CUESTIÓN DE ÉTICA
La cuestión entonces es: ¿era lícita la filtración y publicación? En esta pregunta nos podemos interrogar también por la finalidad de dar a conocer esos datos, la manera como fueron obtenidos y la forma como han venido siendo publicados.
Llama la atención que se trate precisamente de informaciones obtenidas de modo ilícito e ilegal pues fueron robadas. Y entonces la interrogante se dirige a otra cuestión: la transparencia se debe conseguir a toda costa, incluso robando. En Hispanidad.com (España), Eulogio López supo distinguir muy bien este punto: “se trata de un robo. Se puede pedir más transparencia a los políticos pero si no la ofrecen no se les puede robar” (cf. Wikileaks: las reglas de la transparencia, 29.11.2010). Casi en la misma línea iban comentarios como los de La Stampa (Italia), que en un artículo del 29 de noviembre se preguntaba si no era necesario solicitar a Assange la misma transparencia que predica.
En declaraciones, la secretaria de Estado de la Unión Americana, Hillary Clinton señaló que la filtración pone en riesgo muchas vidas. A esto Le Monde respondió editando cuidadosamente las partes donde aparecían nombres personales. Sin embargo, no es difícil dar con el listado de las personas que han desempeñado cargos en embajadas estadounidense en los tiempos comprendidos por las informaciones filtradas.
Por otra parte, la mayoría de la información es materia conocida que, como ha dicho alguno, “no pasa de ser una amalgama heterogénea de chascarrillos, chismes, análisis periodísticos, interpretaciones más o menos atinadas y comentarios de barra de bar” (cf. Wikileaks y el fiscal general, La Razón, 1 de diciembre de 2010).
Javier Rupérez venía a decir más o menos lo mismo en un artículo del ABC (España): “por lo que vamos sabiendo no hay nada en realidad que no supiéramos ya” (cf. 09.12.2010). Entonces, ¿era estrictamente necesario sacar todo eso a la luz? Algunos periódicos y noticieros se están centrando en aquello que según su línea editorial les resulta afín para apoyar opiniones o criticar procederes. ¿No debería estar todo en un mismo nivel de trato? Elegir significa prescindir y en las exclusiones está primando no lo menos importante sino lo que el medio en cuestión considera intrascendente (otra vez según su línea editorial o siguiendo el criterio del sensacionalismo que apunta más a vender que a informar).
Por lo demás, en ámbito pseudo periodístico están primando los comentarios más que los análisis sobre lo revelado. Esto conduce al primado del vaivén del estado de ánimo con que escribe la persona en turno más que los textos matizados y enriquecidos con el dato puntual y la cita precisa. Y esto lleva a pensar en la responsabilidad sobre lo que se comenta y arroja una consideración sobre qué es más importante: el comentario o la presentación rigurosa del hecho con los necesarios elementos de orientación. No porque el comentario no pueda ser valioso sino porque queda reducido precisamente a comentario de barra de bar. |