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ECONOMÍA

Perfeccionamiento Empresarial

por orlando freire SANTANA

 

y sus retos.

Los conceptos de iniciativa y autogestión en el trabajo de las empresas cubanas con posterioridad a 1959 no escapan del sui géneris pendular que ha experimentado la economía nacional entre los polos opuestos de una recurrente dicotomía: centralización o descentralización, planificación o mercado.

En los años sesenta se adoptó un modelo de dirección centralizada que ofrecía muy poco margen al trabajo independiente de las empresas. Ellas debían acogerse a planes e indicadores directivos que partían de los niveles superiores de la economía; no se contemplaba la existencia de relaciones monetario-mercantiles entre entidades, y las mismas carecían de personalidad jurídica propia. Todo en perfecta sintonía con el sistema de Financiamiento Presupuestario preconizado por el Che Guevara –el que a la postre llegó a prevalecer durante el período, y que trataba de desalentar en el empresariado el afán por la búsqueda de ganancias e intereses individuales que conllevaran un alejamiento de la conciencia comunista–. No hay que olvidar que el mítico guerrillero siempre alertó de que con las “armas melladas del capitalismo” no se podía formar al hombre nuevo.

Durante la década siguiente, en específico con la celebración del Primer Congreso del Partido en 1975, comenzó a implementarse el sistema de Cálculo Económico como estrategia del trabajo empresarial. Este sistema consideraba un reconocimiento de los errores de idealismo cometidos anteriormente y presuponía la aceptación de leyes económicas objetivas en la fase socialista del modo de producción, como la ley del valor, las referidas relaciones monetario-mercantiles entre las empresas, y el uso de otras categorías de la economía de mercado. Las empresas debían de ser rentables, o sea, cubrir sus gastos a partir de sus ingresos, y al final del año, además, distribuir premios entre los trabajadores a partir de una parte de la ganancia obtenida.

En la práctica, sin embargo, continuó la arraigada costumbre burocrática de tutelar el trabajo de las empresas desde los ministerios y otros eslabones superiores, lo que trajo como resultado que la iniciativa de la base fuese más formal que real. Además, el modelo económico adoptado adolecía de un copismo excesivo de otras realidades –las de Europa oriental– que no se adecuaban a nuestras condiciones. Hacia la segunda mitad de los años ochenta, tanto el Cálculo Económico como la superestructura que lo cubría, el Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE), fueron definitivamente abandonados bajo los supuestos de que los mecanismos por sí solos no iban a resolver los problemas del país, que se estaba abandonando el trabajo político con las masas, y que las empresas y la economía en general no marchaban con la eficiencia esperada.

Pero, cabe preguntarse, ¿era imprescindible que en ese momento, y en los años que le precedieron –a partir de 1972 cuando el país ingresó en el CAME–, las empresas cubanas trabajaran con eficiencia? La respuesta debiera ser positiva, pero la práctica, en muchos casos, indicaba otra cosa. La famosa “tubería soviética” posibilitaba que en la isla se produjera a toda costa y a todo costo; vivíamos divorciados de los parámetros de calidad y de la productividad del trabajo con que se laboraba internacionalmente, y nuestras empresas podían ser las más despilfarradoras del mundo que los soviéticos siempre mandaban más insumos y materias primas.

Por eso fue tan traumática para el país la debacle del bloque soviético, hecho que nos sumió –y no el arreciamiento del bloqueo– en el denominado período especial en tiempo de paz. Y fue a partir de ese instante que en la conciencia de todos caló muy hondo lo imprescindible que resultaba que la empresa cubana trabajara con eficiencia, y que pudiera equiparar sus producciones con lo mejor que se enviaba a los mercados internacionales. Así se daban los primeros pasos para extender a toda la economía el Sistema de Perfeccionamiento Empresarial, un experimento iniciado en el año 1987 en el sector empresarial de las FAR.

El Perfeccionamiento concibe que en el trabajo de las empresas se aplique el Centralismo Democrático como principio de dirección. Es decir, que las empresas observen las directivas esenciales emanadas de los niveles superiores de la economía, así como que funcionen acorde con su objeto social. Pero todo ello combinado con un nivel amplio de independencia y autogestión. Facultades esas que les permitan darse la estructura más conveniente, aplicar novedosas escalas salariales, no poseer un límite en el fondo de salario, y elegir libremente a sus clientes y proveedores aun más allá de nuestras fronteras.

El requisito básico que se les pide a las entidades para acceder al Sistema es tener la Contabilidad certificada, o sea, que las cifras que aparecen en sus Estados Financieros reflejen la realidad de los hechos económicos que allí tienen lugar. De lo contrario se estima que estaríamos en presencia de un emporio de la desorganización y el descontrol, dos males incompatibles con el funcionamiento de colectivos que deben ser capaces de cubrir sus gastos a partir de sus ingresos.

Tal vez para cualquier observador no muy ducho en la materia resulten sorpresivas las deficiencias empresariales en el área contable, máxime si tenemos en cuenta lo que acontece en nuestra cotidianidad: miles de jóvenes estudiando en Politécnicos de Contabilidad, una intensa campaña en pro del Control Interno en las empresas, la instauración del Registro Nacional de Auditores y el surgimiento del Ministerio de Auditoría y Control. Pues sí, son innumerables los problemas con los almacenes, los medios básicos, las cuentas por pagar y cobrar, y el control del efectivo en banco y caja. Hay empresas que entran en el Perfeccionamiento y al poco tiempo son suspendidas del mismo por sufrir una recaída en sus registros contables. Quizás la génesis del inconveniente haya que buscarla en los convulsos años sesenta, cuando al calor de la lucha contra el burocratismo –se subestimaba el trabajo en oficinas– se desdeñó la labor de los contadores, e incluso los estudios de Contabilidad desaparecieron de la Universidad de La Habana hacia 1967. También destaca el hecho de que muchos empresarios convivían durante meses y años –unas veces por falta de personal técnico especializado, pero otras por una incapacidad patológica para mantener algún control– con un cuño en el reverso de sus estados Financieros que podía expresar “Contabilidad Poco Confiable” o “Contabilidad No Confiable”.

Mas si me pidieran indicar el valladar principal que afrontan las empresas que acceden al Sistema de Perfeccionamiento Empresarial, no dudaría en responder que se trata del sentido de pertenencia de sus trabajadores. O dicho con otras palabras: que el colectivo laboral se sienta dueño de su entidad. Por eso una de las claves del Perfeccionamiento se resume en la siguiente sentencia: transformarse para transformar. O sea, para transformar una empresa de un ente inepto e improductivo a una entidad capaz y eficiente, lo primero es cambiar la mentalidad y la condición de los trabajadores. Del estado de anodinos dueños sin rostros de la propiedad social, ellos precisan convertirse en motivados laborantes que sientan y padezcan por el destino de la empresa.

Según los teóricos del Sistema, ello debe alcanzarse, además de con un persistente trabajo político-ideológico, mediante un método de articulación del salario con los resultados. Un mecanismo que posibilite un aumento del ingreso si el trabajador sobrecumple, pero que le afecte el salario si el incumplimiento de la empresa es imputable al colectivo laboral. Se aduce que el salario debe ser el principal estímulo material de los trabajadores cubanos, así como que la sociedad incursione definitivamente en el principio de distribución socialista: “De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”. Sin embargo, muchas de las medidas que el gobierno debió tomar para evadir el colapso durante el período especial se oponen a semejante propósito. Es difícil que un trabajador posea una convicción plena de la utilidad del esfuerzo y la superación como vías para mejorar su postura social mientras el portero del hotel Cohiba disfrute de un nivel de vida superior al de un médico o un ingeniero.
 
Para transformar una empresa de un ente inepto e improductivo a una entidad capaz y eficiente, lo primero es cambiar la mentalidad y la condición de los trabajadores.
Del estado de anodinos dueños sin rostros de la propiedad social, ellos precisan convertirse en motivados laborantes que sientan y padezcan por el destino de la empresa.

Precisamente, en el discurso de clausura del cercano XIX Congreso de la CTC, el General de Ejército Raúl Castro reconoció en el débil sentido de pertenencia de los trabajadores, el Talón de Aquiles de los obreros cubanos. Apenas unos días después de ese evento, el diario Juventud Rebelde pareció corroborar la afirmación del Primer Vicepresidente mediante un reportaje que informaba acerca de la desidia, el robo y el maltrato al público por parte de empleados de establecimientos estatales que lucraban con el bien social.1 Ellos deben de actuar acorde con el siguiente concepto: “Comoquiera que no hay dueño, a nadie le va a doler que se robe”. Más de una vez he pensado que Cuba es, quizás, el único país del mundo donde los custodios de los centros laborales ¡y mira que han proliferado los vigilantes vestidos de carmelita en los últimos tiempos!; más que cuidar la empresa de una amenaza externa, están para impedir que los propios trabajadores se lleven las propiedades de la entidad.

Pero si todo lo anterior fuese poco, a partir de 2005 le ha emergido un nuevo escollo al Sistema de Perfeccionamiento Empresarial: la política de recentralización que establece una cuenta única para los ingresos en divisas en el Banco Central de Cuba, así como la autorización de esta instancia para todas las transacciones que se vayan a realizar en esa moneda, no sólo en el momento del pago, sino desde la contratación. En un ambiente económico internacional caracterizado por la inmediatez, la competencia y el alto grado de independencia que deben poseer las empresas en su gestión, no es difícil imaginar el destino que les depara a aquellas que deban pedir constantemente autorización o dinero a los niveles superiores.

Hasta dónde he podido revisar, ninguna información publicada en la prensa nacional en los días de la máxima reunión obrera trató el asunto. Pero estaba ahí, latente en el ánimo de todos los que de una u otra manera tenían que ver con el Congreso. Fue así como un periodista le preguntó al jefe nacional del Grupo para la Implantación del Sistema, si la referida centralización afectaba o no el Perfeccionamiento. El funcionario dijo que no, que esa era una decisión de la macroeconomía, y por tanto alejada de la esfera empresarial.

No obstante, se me antoja pensar que esta vez los que empujan el péndulo no calcularon minuciosamente todas las consecuencias del impulso; o que la perentoriedad del fin arrastró consigo cualquier tipo de medios. Porque parece axiomático que el Sistema de Perfeccionamiento Empresarial necesita de la descentralización para su feliz desenvolvimiento.

Nota:
1. “La vieja gran estafa”. Periódico Juventud Rebelde, 1º de octubre de 2006, Pág. 3.


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