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por Dr. Nicolás Cosío |
Devenir histórico de
Erich María Remarque. |
La época en que le tocó nacer a
Erich María Remarque era de convulsas transformaciones políticas, económicas y sociales
en la Alemania de finales del siglo xix. |
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Nacido el 22 de junio de 1898 en Osnabrück, avizoraba el panorama teutón con la caída de Von Bismarck (1890), así como asistía al deterioro del sistema de alianzas. El afán de Bismarck de convertir el imperio alemán, que había ascendido a la categoría de primer país industrial del continente, en factor decisivo del equilibrio europeo mediante una función mediadora entre el este y el oeste, tuvo éxito en un principio, pero fracasó como consecuencia de la ambición política del poder del emperador Guillermo II. El desenlace de la Primera Guerra Mundial motivó la caída de las estructuras feudales del poderío alemán y austriaco. No obstante la derrota, el imperio (Reich) conservó su unidad producto de que tras hondas conmociones surge Alemania como República. Las exigencias del tratado de paz de Versalles (desmembraciones territoriales, ocupación de Renania, etcétera), se tradujeron para la joven república de Weimar en una carga pesada y difícil. No obstante el deterioro de la moneda y la inflación, se registró en Berlín un interesante florecimiento cultural. Al mismo tiempo que la ciencia alemana realizaba descubrimientos históricos, el desempleo en masa provocado por la crisis económica mundial de 1929-1930 conducía a la radicalización política.
Erich María Remarque se siente inmerso en el torbellino que zarandea a los espíritus alemanes. De ascendencia francesa (factor que más tarde le ayudaría a matizar con leves toques de ironía su quehacer literario), tiene dieciocho años en 1916. Impulsado por las prédicas guerreristas, marcha “disciplinadamente” a las fronteras, arrojado desde las aulas mismas. Allí sufre en carne propia los horrores de la llamada “Gran Guerra”. Herido en varias oportunidades en el frente occidental, no puede evitar que la mayoría de sus compañeros (de colegio y de campaña) queden exánimes en los campos de batallas o en las atormentadas salas de los hospitales. Remarque termina la contienda con un expediente inmaculado como combatiente y con el corazón lacerado por una toma de conciencia irreversible: “la inutilidad de la guerra”, mientras se encuentra rodeado por una generación destruida por el conflicto, “totalmente destruida, aunque se salvase de las granadas”.
Y comienza un largo periplo de “ocupaciones disímiles”: maestro de escuela, organista en un asilo, profesor de música, vendedor y corredor automovilístico (una de sus grandes pasiones, experiencia que más adelante lo animará a narrar el ambiente de los corredores de automóviles en una obra menor, dentro de su contexto general, El cielo no tiene referencias). Pero Remarque posee inquietudes culturales. Pronto se relaciona con los círculos artísticos de la República alemana, ejerciendo entre otras actividades, la de crítico teatral. Vive obsesionado por el recuerdo quemante de la guerra, mientras observa el inusitado espectáculo de la explosión cultural alemana: en 1919, Walter Gropius, Lyonel Friminger y Gerhard Marcks fundan en Weimar la Bauhaus, a la que se incorporan Wassily Kandinsky, Paul Klee y Oskar Schlemmer, convirtiéndola en el centro del arte moderno; en 1920, el “expresionismo” cinematográfico alumbra su obra cumbre, El gabinete del doctor Caligari.
En 1928, frisando la treintena, Remarque comienza a escribir sus memorias de la guerra en forma novelada. No se consideraba escritor, sino solamente un narrador de sus propias vivencias. Según sus propias palabras, comenzó a escribir Sin novedad en el frente, “para librarse de las pesadillas del recuerdo de la guerra, por la necesidad sicoanalítica de purificarse de su angustiosa experiencia de combatiente”.
Remarque, como tantos otros escritores al enfrentarse con su primera obra, la engaveta durante meses después de terminada. Algunos amigos que conocen la obra lo animan y Remarque la ofrece a la editorial Wossische Zeitung, que la publica inmediatamente.
Pero la novela iba a ser una bomba en el ambiente caldeado de odio, revanchismo y venganza que imperaba en la Alemania weimariana. ¿Cómo aceptar una novela pacifista en el altar del paroxismo belicoso? ¿Cómo pretender la aparente resignación cuando se arde en deseos de demostrar la validez de las ambiciones guerreristas prusianas? Todo era paradójico. Remarque escribía algo así como el epitafio de la guerra, mientras carteles explosivos inundaban los muros de las ciudades alemanas con palabras definitorias: “Cuando un pueblo pierde la esperanza, ha de vivir sin honor. Pero cuando un pueblo pierde la fe, debe desaparecer de la faz de la tierra”. Sobre un monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial, los estudiantes de la Universidad de Marburgo depositaban, en medio de tumultuosas manifestaciones, una corona donde se leían palabras que eran una especie de declaración de principios: “De los vencedores de mañana, a los que no fueron jamás vencidos”. Todo conspiraba contra la novela de Remarque. Se vivían tiempos difíciles. El filósofo Ernst Jünger y el líder guerrerista Ernest von Salomon tramaban contra los detentadores de la guerra: la exaltación de los valores militares, el combate, la sangre y la muerte, retumbaban en el espacio alemán.
Las voces de connotados pacifistas como Ludwig Renn y Henrich Heine se estrellaban contra los muros de una juventud fanática que, mientras hacía añicos simbólicamente la cultura, entonaba briosamente Horst Wessel Lied.
Remarque es considerado subversivo para los nazis. El mismo Goebbels, en persona, marchaba al frente de manifestantes que clamaban por la prohibición de Sin novedad en el frente. Adolfo Hitler, nombrado canciller del Reich en 1933, supo aprovechar la situación de emergencia en que se hallaba el país para obtener plenos poderes dictatoriales. Los partidos democráticos fueron cercenados y los extremistas hostigados con saña. Comenzaba la persecución y el aniquilamiento sistemático de los judíos.
Los intelectuales no genuflexos al “nuevo orden”, se ven obligados a emigrar. Remarque lo hace a la neutral Suiza. Allí recibe la noticia de que el Führer, personalmente, lo ha despojado de su ciudadanía alemana. En 1943, todavía viviendo el mundo las consecuencias de la desenfrenada política de expansión “nacionalsocialista”, Remarque adquiere la ciudadanía norteamericana. Ese mismo año, un golpe demoledor se une a su tragedia: Gisele, la hermana menor, es condenada a muerte por las autoridades nazis y ejecutada en “una fría mañana”.
CON NOVEDAD EN LA LITERATURA
Sin novedad en el frente constituyó un relevante éxito de librería, lo que hoy llamaríamos un best seller. Era su primer libro y la propia difusión de la obra sorprendió a Remarque: un millón de ejemplares en escaso medio año y traducciones simultáneas a la mayoría de los idiomas importantes.
Sin novedad en el frente, es una obra eminentemente ANTIBELICISTA. Prescindiendo de anecdotismo e intrigas individuales, con gran vigor realista, Remarque relata un fragmento de la vida de los combatientes de la Primera Guerra Mundial, desde los campos de instrucción hasta el armisticio (1918).
Remarque desmenuza, colectiviza la actitud de sus personajes en una situación extrema. El autor fue siempre reacio a la ampulosidad, a la grandilocuencia conque se exponía la gesta de la guerra. El ánimo de Remarque fue siempre el de revelar la vertiente auténtica de la lucha, describiendo su aspecto no convencional en la forma más escueta e inmediata. Y precisamente el frescor, la vigencia de Sin novedad en el frente, deriva del tratamiento físico, sereno, que Remarque aplica al relato. No hay énfasis, sino una humanización del héroe, una exaltación de la dignidad de la persona humana. La generosidad y la ambición no prescriben. Ninguna aspiración del hombre debe ser mutilada. La racionalización de los intereses del hombre, de su sentido de la dignidad, debe ser tal que rechace todo retroceso. La poesía en su único entorno posible, la autenticidad queda vigente.
La obra está transida por la prosa recia y cruel de Remarque. Los episodios de la campaña bélica están matizados con los tonos más diversos: tragedia, humor, finura, crueldad.
La novela se convierte en la violenta denuncia de una guerra que los nazis consideraban como una “heroica redención”. Como un heraldo del pacifismo, Remarque describe todo lo que la guerra tiene de brutal e inhumana, de la angustiosa soledad del individuo frente al conglomerado, de tragedia moral y de destrucción física y síquica. En 1930, la guerra ya no es “el mito redentor”, ni la leyenda de “furibundo nacionalismo”, sino una triste y lacerante realidad. Con indiscutible maestría de narrador y psicólogo, Remarque pone al desnudo la desesperación, la locura, la muerte y la destrucción que anida oculta tras el oropel de las ideas de un sistema social basado en el engaño y la demagogia.
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Sin novedad en el frente fue un acto de contrición de Remarque, un valioso testimonio con verdaderas aportaciones. Esta transfiguración de la vida cotidiana es una pesadilla que pone en duda aún los hechos más comunes e insignificantes, este malestar que se desprende de cada relación interpersonal, son el resultado de una comprensión del sentido y la esencia del auténtico drama bélico visto desde adentro. No se trata de presentar la fatalidad como algo abstracto sino como la consecuencia funesta de una situación concreta en el interior de un hombre. Es suficiente entonces la presentación de unos hombres para dar una visión profunda de la Primera Guerra Mundial, no como la obtendría una narración exhaustiva y en orden cronológico de cada uno de los acontecimientos. Remarque parece decirnos con sus temas bélicos, “contadme la historia de un soldado de infantería y me habréis contado la historia de todas las guerras”. |
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La producción de Remarque es irregular. Junto a obras importantes como Arco de triunfo (1946) y Tiempo de amar, tiempo de morir (1957), hay muchas otras que se pasan pudorosamente por alto. Sin embargo, su fuerza e imaginación dramática, su fantasía visionaria y su espontaneidad en la creación, están presentes en La chispa de la vida, Isla de esperanza, Los exiliados, La Noche de Lisboa y El obelisco negro, donde en una desgarradora introducción, nos resume casi su testamento literario: “No me reprendan si por una vez hablo de los tiempos idos. El mundo yace de nuevo bajo la luz mortecina del Apocalipsis; el olor de la sangre y el polvo de la última destrucción no se han disipado todavía, cuando ya trabajan a alta presión los laboratorios y las fábricas para conservar la paz, inventando armas con las cuales se puede volar todo el globo terráqueo. ¡La paz del mundo! Nunca se habló más ni se hizo menos por ella que en nuestro tiempo; nunca hubo tantos falsos profetas, más mentira, más muertos, destrucción y lágrimas que en este siglo, el siglo xx, el del progreso, la técnica, la civilización, la cultura de las masas y el asesinato de las masas. No me reprendan entonces si por una vez me remonto a los años legendarios, en los que aún la esperanza ondeaba como una bandera ante los ojos y creíamos en cosas tan sospechosas como la humanidad, la justicia, la tolerancia… y también en eso: en que una guerra mundial iba a ser bastante enseñanza para una generación”.
Para Remarque, la vida y la creación literaria constituyen una unidad, la realidad tiene para él una fuerza inmediata de símbolo. Por eso, su obra y sus personajes están impregnados de su propia experiencia vital. Pero a través de lo biográfico y de lo momentáneo se vislumbra lo supratemporal, lo eternamente válido.
Al escribir, sus entrañas se sienten conmovidas por el dolor humano. La tragedia de la guerra se convierte en el mundo dolorido y acusador de sus novelas.
Remarque parece preguntarse, ¿será preferible la actitud de quienes se refugian en la esperanza de la guerra, como si después de las experiencias de este último tercio de siglo, todavía pudiera permitirse creer que ella puede producir un bien? Perfila sus personajes con levedad, ironía, finura no exenta de lirismo. Krepp, uno de los soldados que dibuja Remarque, expresa en un pasaje clave de Sin novedad en el frente: “…una declaración de guerra debería ser una especie de fiesta popular, con desfile y música, como en las corridas de toros. Entonces, los ministros y los generales de los países deberían salir al ruedo en traje de baño, armados de estacas, y luchar. El país del que quedara vivo, ése sería el vencedor. Esto sería más sencillo y mejor que lo que ahora se hace aquí, donde pelean quienes no deben hacerlo”. Su objetividad es firme. No desfigura la guerra con la pasión. La refleja fríamente, como en un espejo. Él mismo reflexiona sobre la guerra por boca de su protagonista: “Los tanques, más que otras cosas, representan para nosotros el horror de la guerra. No vemos los cañones que nos hacen fuego graneado; las líneas del adversario se componen de hombres como nosotros; pero esos tanques son máquinas, sus cadenas corren sin fin, como la guerra; son el exterminio cuando ruedan, implacables, por dentro de los embudos cuando suben y bajan sin posibilidad de detenerlos. Flota de acorazados que surgen, que vomitan humo. Bestias de acero, invulnerables, que trituran cadáveres y heridos. Nos hacemos pequeñitos ante ellos, dentro de nuestra delgada piel; ante el empuje tremendo, nuestros brazos son como canutillos de paja; nuestras granadas de mano se convierten en fósforo”. Diríamos más bien que Remarque utiliza un tono y un estilo de objetividad, casi de impasibilidad.
REMARQUE, UN HOMBRE DE CINE
Aún a riesgo de cierto esquematismo en el tratamiento, traicionaríamos el “quehacer remarquiano”, si no incluyéramos en este breve ensayo acerca de Sin novedad en el frente, la trayectoria de Remarque, y de su obra, en el séptimo arte.
Erich María Remarque comprendió la importancia del cinematógrafo como vehículo divulgador de sus ideas. En 1929, en el apogeo del gran triunfo editorial de Sin novedad en el frente, la compañía estadounidense Universal International encomendó la adaptación de la obra de Remarque al cine, al director norteamericano de origen ruso Lewis Milestone, junto con otros tres guionistas. Esta película, contemporánea de Cuatro de infantería del galardonado director alemán G.W. Pabst, alcanzó un gran éxito, aunque su proyección en los cines de Berlín produjo manifestaciones de protestas, las cuales degeneraron en choques entre los nazis (que pedían su prohibición) y los elementos progresistas e izquierdistas (que la defendían). Finalmente, el filme fue prohibido en Alemania.
El director Milestone comprendió perfectamente las intenciones de Remarque. Al adquirir equilibrio, colocado frente a su tema y sus personajes con honestidad, Milestone realiza una transformación radical y moderna del cine de guerra, cuyos principales defectos (la falsedad, el heroísmo exhibicionista, la propaganda disfrazada y la invulnerabilidad de los soldados) se encuentran ausentes. Esta transformación se opera a partir de un elemento ignorado casi siempre por la mayoría de los directores de este género: la objetividad. Para Milestone, la objetividad, casi de reportaje es un medio y no un fin. El director cinematográfico comprendió perfectamente las inquietudes del creador literario. Sabe que las relaciones de causa y efecto de un acontecimiento cualquiera (en este caso, la Primera Guerra Mundial), sólo pueden manifestarse a través del comportamiento de los personajes y la descripción fiel del contexto. Milestone hizo más famoso al libro a través del celuloide. Empleó en el filme un método directo para narrar la llegada al frente de unos soldados, sin ningún atributo especial, y las reacciones sicológicas que le produce su contacto con esa realidad incomprensible e insoportable que ha deshumanizado a sus compañeros.
La última escena del filme es especialmente conmovedora. Al final de la contienda, cuando mira en derredor y se convence de que es el único super-viviente de su grupo, el héroe remarquiano perece tratando de capturar una mariposa, al ser avistado por un francotirador ene-migo. La muerte del sol-dado veterano es una denuncia del rastro estú-pido y repulsivo de la guerra. La muerte del militar ya no contiene ninguna dosis de heroís-mo. Nunca el cine fue más fiel a sí mismo. “Murió en octubre de 1918, un día tan tranquilo y apacible en todo el frente, que el comunicado oficial del cuartel general del oeste se limitó a esta sola frase: SIN NOVEDAD EN EL FRENTE”.
El filme obtuvo en 1929 el Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, como la mejor realización del año.
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En 1958 el realizador norteamericano de origen danés Douglas Sirk, dirigió la versión de la novela de Remarque Tiempo de vivir, tiempo de morir, que constituyó la mejor plasmación de la obra literaria del escritor alemán, siempre, claro está, tras Sin novedad en el frente, que ya quedaba situada como una cinta clásica en los anales de la historia de la cinematografía. Remarque, además se interesaba profundamente en los asuntos del cine. En Tiempo de vivir, tiempo de morir, tiene una notable intervención como actor, la del profesor Pehlman. La realización, un logro del llamado cine romántico, es sugerente: sobre las ruinas de una Europa devastada por la guerra, una pareja vive unos momentos furtivos de felicidad (la admirable escena del restaurante oculto en una villa abandonada) que no tarda en ser destruida por un destino implacable. Se funden lo realista y lo onírico y mueve a sus personajes en una naturaleza crepuscular (viento, lluvia, nieve) hasta culminar en un esplendor fúnebre que muy raras veces se dio con tal intensidad.
Remarque clasifica como uno de los más prominentes intelectuales que hayan dejado plasmada la impronta de su vocación antiguerrerista. Su obra literaria ha sido traducida a más de 50 idiomas. Fue un apasionado creyente cristiano y humanista, que debió haber sido propuesto para un Premio Nobel de la Paz.
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A través de la obra de Remarque, hemos sustentado nuestra tesis sobre la inutilidad de la guerra. La guerra solo sirve para devastar la humanidad, desunir la familia y, de paso, destruir la cultura.
Podemos referirnos al Misionero de la Paz, Juan Pablo II, quien fue un incansable viajero clamando por un mundo de paz. Su sucesor, Benedicto XVI, ha planteado desde un principio que seguirá la misma línea de su predecesor, en aras de que exista una paz mundial.
Pero volvamos a Erich María Remarque. El hombre que había vivido obsesionado por la visión de la guerra, cerraba los ojos apaciblemente el 25 de septiembre de 1970, en una tarde tranquila y sosegada, teniendo a su lado a Paulette Goddard (la otrora actriz de cine hollywoodense elegida por Charles Chaplin para interpretar el personaje principal femenino de Tiempos Modernos), su esposa desde 1958, en la blanca sala de un hospital enmarcado en un bucólico villorrio suizo.
Dicen que como el héroe de Sin novedad en el frente: “su rostro estaba tranquilo y expresaba una especie de satisfacción porque todo había felizmente concluido”.
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