
Lisandro Otero |
por Monseñor Carlos M. de Céspedes
GARCÍA-MENOCAL |
“Pasión del Padre Urbino”,
pasión de Lisandro Otero.
|
En la década de los sesentas
– primeros años posteriores al hecho revolucionario de 1959– casi toda la realidad cubana se vio directamente afectada. Por un costado o por otro, nos llegaba la fuerza de los cambios radicales. Los que marcharon de Cuba, se vieron ante la necesidad de injertarse en un marco social diverso. Los que nos quedamos, permanecimos en el mismo suelo, pero nos vimos también en la necesidad de insertarnos, de un modo u otro, en la nueva realidad cambiante del país. Si el exilio tuvo sus exigencias difíciles para los que optaron por él, no fue de menor envergadura el denuedo que nos impusimos quienes optamos por vivir en Cuba e insertarnos positivamente en la nueva realidad que, velozmente, penetraba casi todos los entresijos de nuestra existencia. Evidentemente, las artes –todas las manifestaciones del arte– fueron tocadas por el mismo empeño. |
De aquellos días recordamos, entre otras cosas, que cuando una familia se iba y dejaba la casa vacía, pues todos marchaban, el inmueble y todo lo que en él había pasaba a manos de un organismo estatal que se hacía responsable de darles el uso que las autoridades del país entendiesen era el más conveniente. En un armario de una espléndida casona apareció un conjunto de cartas, ordenadas y bien atadas por una cinta. Su autor era un sacerdote conocido en La Habana de entonces, dirigidas a la señora de la casa quien, al marchar, al parecer, tuvo el descuido de dejarlas allí, sin llevárselas ni destruirlas. Por alguna vía, esas cartas llegaron a manos de Haydée Santamaría, a la sazón Directora de la Casa de las Américas. Las leyó de un tirón y pensó que, a partir de ellas, se podría escribir un buen relato de ficción. Las conocieron algunas personas cercanas a la siempre recordada Haydée. Las entregó al entonces muy joven escritor Lisandro Otero y él coincidió con el juicio de Haydée sobre la posibilidad de sustentar un relato, que no se limitase a ser una manida historia de amor entre el sacerdote y la señora. Las musas lo visitaron. Lisandro las acogió y puso manos a la obra.
De las cartas resultaba evidente que el sacerdote era muy amigo de la familia: tanto de la señora, como de su esposo y del resto de los de la casa, que acudían al templo en el que él desempeñaba su ministerio. Él también los visitaba con frecuencia. Los textos eran un tanto ambiguos pero no hasta el punto de ocultar que entre el sacerdote y la señora existía una relación amorosa muy especial. Se sabían recíprocamente atraídos pero, si mal no recuerdo, a partir del texto de las cartas, no se podía concluir con certeza cuál había sido el alcance de esta atracción afectiva y sexual, coexistente con la relación aparentemente amistosa entre el sacerdote y el esposo de la señora que no dejaba de consultar al sacerdote hasta sobre asuntos relacionados con los negocios temporales. Algunos de los que conocieron las cartas en aquel entonces opinaban que la relación había llegado hasta las mayores intimidades y que la hija del matrimonio era hija, en realidad, del sacerdote, opinión derivada del interés reiterado en las cartas del sacerdote por los asuntos relacionados con la niña. Parecería que, en un momento determinado, sin que sepamos las causas, la relación entre el sacerdote y la señora de la historia, se enfría, pero que la relación de amistad con la familia continúa. Las cartas cesan. Y, atadas con una cinta, la señora las guardó en aquel armario en el que fueron encontradas cuando la familia se fue al extranjero. La señora y su esposo fallecieron hace años. Por su parte y por decisión de sus superiores que nada tenían que ver con la relación del sacerdote con esa familia, el sacerdote fue destinado a realizar su ministerio en otro país en el que tengo entendido, falleció también hace ya muchos años. Sea cual haya sido el alcance de la relación, la figura sacerdotal, en la historia verdadera, resulta sumamente desdibujada. Ignoro cómo evolucionó posteriormente esa “crisis de identidad”, si es que no llegaba a ser, en el fondo, una “crisis de Fe” y una existencia sacerdotal radicalmente descolocada.
Pasión de Urbino, después de haber pasado muy airosamente por un concurso literario en España, en donde no fue editada debido a la censura vigente en los años del gobierno franquista, fue editada en Buenos Aires en 1966 y en La Habana en 1967. La actual edición cubana tiene una calidad editorial extraordinaria. Además, el texto ha sido cuidadosamente revisado por el autor. Las hermosas ilustraciones son originales de nuestro Roberto Fabelo.
En la presentación de la edición actual, en la que –por invitación del autor– tuve el honor de participar, junto a Eusebio Leal y al propio Lisandro Otero, éste afirmó, entre otras cosas acerca de la génesis de su novela: “Pasión de Urbino debe su vida, en primer lugar, a Haydée Santamaría, que compartió conmigo el contenido de unas cartas que había hallado en una mansión abandonada de la alta burguesía habanera. La seducción conmovedora de aquellas misivas me motivaron a leerlas de un tirón con el apasionamiento propio de un vicio. Haydée me había sugerido que con aquel material podía realizarse un buen relato. Traté primero de mantener su formato original e intenté una novela epistolar, pero reflexioné que después de Choderlos de Laclos y Juan Valera era imposible lograr nada meritorio por ese camino.”
A mi entender, que no es el de un crítico literario profesional, sino el de un sacerdote ya avanzado en años y experiencias propias y ajenas, el fruto de la “pasión de Lisandro” por aquellas misivas lo llevó a escribir uno de sus textos más seductores y, simultáneamente, una de las novelas de estructura literaria más compleja del panorama contemporáneo de las letras cubanas. Me atrevo a afirmar que la forma difícil escogida por el autor es la más acertada para entregarnos “literariamente” semejante anécdota, con hondura, no como la narración simple de un romance entre una señora, insatisfecha y apasionada, y un sacerdote herido por sus contradicciones. No sólo por el hecho del celibato quebrado, sino también por su talante “mundano” y cínico. ¿Cómo presentar tal historia guardando la debida discreción y evitando los lugares comunes frecuentes en las narraciones que abordan semejante temática, sin dejar de hacer guiños inteligentes sobre la situación contemporánea de nuestro país?
He sido, desde la niñez, un fuerte consumidor de casi todos los géneros literarios y además, soy amigo de Lisandro desde hace muchos años. Conocí de esas cartas por otras vías, pero por el mismo tiempo en que llegaron a manos de Lisandro. A pesar de este breve preámbulo, reconozco que Pasión de Urbino no se deja aprehender con facilidad. De entrada, básteme recordar que su protagonista, el padre Urbino, muere tres veces y todas de manera violenta. La primera muerte es fruto del azar: se le cae una pistola al suelo, ésta se dispara y mata al sacerdote. La segunda muerte es un asesinato: el padre muere a manos de Fabiola, la coprotagonista femenina, que lo mata en la sacristía del templo, aplastándole el cráneo con un crucifijo de bronce. La tercera es un suicidio: el padre Urbino decide acabar con su vida y se clava un fino estilete, primero en el vientre y después en el corazón. Entretanto, contamos también con un sueño del padre en el que cree ver su propio funeral; un viaje a Florencia de ambos y del esposo de Fabiola, Guido, que en la novela no es sólo amigo sino hermano del sacerdote; y con una escena erótica, en una playa, entre el Padre y Fabiola sobre la que no podemos concluir si se trata de una escena “real” o si se trata también de un sueño. Otros personajes secundarios completan la trama de la novela: Sibila, el ama de llaves de la casa de Fabiola y Guido, que podría resultar amante de ésta María, la madre de los Urbino, etc... La hija de Guido y Fabiola es una referencia frecuente en la novela como una especie de “objeto” a quien Fabiola prepara para que, cuando esté en edad para ello, se desempeñe en la sociedad habanera como una muñeca preciosa y que, como tal, contraiga un matrimonio ventajoso. No está totalmente ausente el arzobispo, aunque aparece brevemente, en un diálogo con el padre Urbino que no nos deja buen gusto. Da la impresión de hombre preocupado solamente por el cumplimiento formal y externo de las normas eclesiásticas, como aparece también el mismo padre Urbino que, en la práctica, reduce a ello sus compromisos sacerdotales. Después de cada una de las muertes, el padre Urbino retorna, vivo, a las páginas del libro, sin que se nos den explicaciones. Al final, después del “suicidio”, el padre Urbino regresa de un viaje a Puerto Rico y va a comer con toda la familia. La novela se cierra como empezó, dispuestos todos a ir la mesa, como si nada hubiera sucedido.
¿De qué género se trata? ¿Sería una narración con un final abierto a las cuatro posibilidades presentadas: las tres muertes de Urbino y su supervivencia final? ¿Toca elegir al lector? ¿Las anécdotas de la novela que, en sí es ya breve, son acaso narraciones simbólicas cortas que, quizás, discurran por un terreno simplemente onírico, no por la “realidad” de los protagonistas? Por otra parte, no deberíamos dejar de tomar en cuenta los nombres elegidos por el autor. En primer lugar, Urbino, que nos evoca el Renacimiento Italiano, en el que abundaron probablemente los sacerdotes y jerarcas eclesiásticos al estilo de Urbino, las desapariciones, los asesinatos por razones y sinrazones pasionales y los estiletes elegantes. En segundo lugar, Fabiola, evocadora, por el contrario, de los mártires y del heroico cristianismo primitivo, que poco o nada tenían que ver con la Fabiola de la novela. Guido también nos relaciona con el Renacimiento italiano. Sibila es nombre que nos introduce en el mundo de la adivinación, de lo irracional, y María, la madre que es también suegra en la novela, no puede dejar de hacernos presente a María, la Virgen y Madre y por excelencia, aunque se trate solamente de una referencia literaria, ya que la anciana no es, en ningún momento, una imagen real de la Madre de Jesús, simplemente es “la madre” que poco se había interesado por la vida matrimonial antes de la muerte del marido y en el final imprevisto de la novela, dispuestos para la comida en familia, se muestra orgullosa de los dos hijos que educó “cristianamente”.
En la ya citada ceremonia de presentación de la nueva edición de su obra, Lisandro –después de contextuar socialmente su novela– nos dijo: “En mi nueva novela pretendí hacer una defensa de la inocencia intuitiva, de los valores de lo impremeditado y espontáneo contra la inflexibilidad del canon. Deseaba experimentar con las posibilidades alternativas del ser dejando un final abierto donde el lector pudiera escoger. Una de las pasiones del padre Urbino es la libertad, pero otra es la sujeción a las normas: el sacerdote que ama es un rebelde que reniega de la ortodoxia pero no puede dejar de someterse a sus reglas. La verdadera pasión de Urbino –tomando la palabra en su sentido de perturbación o padecimiento– es la ambigüedad.”
Y más adelante: “Pasión de Urbino surgió por un deseo de explorar vías más experimentadas dentro de una narrativa de mayores audacias estructurales y dificultades estilísticas. La novela muestra la importancia del mundo de las posibilidades con tres líneas de desarrollo narrativo paralelas y desenlaces diferentes. Constituye un experimento con el tiempo circular y con las alternativas posibles del destino. Escribí un relato con la modalidad de la serpiente que se muerde la cola.”
|
|
Teniendo en cuenta el texto novelístico en sí, ya independizado del autor y en las manos de los lectores –en las que cada personaje y circunstancia toma el camino que le indiquen las volutas cerebrales y cardiacas del propio lector–, y también los esclarecimientos que nos ofrece el autor, estimo que, en la eventual historia verdadera, “realista”, cada uno de los desenlaces es una posibilidad ante el conflicto entre la pasión afectiva y sexual entre Fabiola y Urbino, los compromisos sacerdotales del protagonista y, con menor peso de conciencia en esta novela, los compromisos familiares de la coprotagonista. |
|
Lisandro Otero
no entra en disquisiciones teológicas
o psicológicas acerca de
la disciplina eclesiástica sobre el celibato. Con esta narración breve
y bien escrita, pero de
estructura literaria más compleja
que la del resto de su obra de ficción,
se refiere a un caso concreto que, lamentable y evidentemente,
no es único.
|
Imaginemos un conflicto interpersonal serio, análogo o no al del padre Urbino y Fabiola y supongamos que ellos no le ven una salida posible, realista. ¿No podría el padre en algún momento haber pensado que su única posibilidad era la muerte, casual o por enfermedad? Primer “desenlace”: la muerte por el pistoletazo no buscado. Segundo desenlace, Fabiola asesina al sacerdote: ante las reticencias del sacerdote. ¿No hemos conocido personas que, ante una situación difícil causada por algún sujeto particular, piensan y hasta dicen, en serio o en media broma: “lo mataría”, sin que pensaran seriamente en hacerlo? Pero ni el padre muere, ni Fabiola lo asesina y el conflicto se agrava por la presencia de otros componentes. ¡Tantos son los que llegan a pensar en el suicidio como escape ante un problema más o menos serio! Es el tercer desenlace hipotético: el padre se suicida. Estos tres desenlaces violentos son descritos de tal manera por el autor que lo más verosímil es pensar que nunca ocurrieron, que todo permanece en el terreno del sueño, de la imaginación de una hipótesis pensada en momentos de pasión, desesperación o insatisfacción por personas no muy articuladas psíquica, afectiva y espiritualmente. El cuarto posible desenlace, que da fin al relato es: o que todo sigue igual, que la vida sigue igual, llena de conflictos con los que los protagonistas, en mayor o menor grado, se conforman con seguir viviendo; o, simplemente, que la pasión entre Urbino y Fabiola se ha diluido y la familia continúa con su existencia cotidiana: “Sintiendo la agradable tibieza del jerez en su estómago, doña María comenzó a hablar de sus hijos: ´Son lo mejor que he hecho en mi vida. Puedo morir tranquila porque he fundado un hogar cristiano y virtuoso.´ Sibila Mayerberg abrió las puertas del comedor y salió a la galería para anunciar que la comida estaba servida.”
Y así termina la novela, con la culebra que se muerde la cola. Lisandro Otero no entra en disquisiciones teológicas o psicológicas acerca de la disciplina eclesiástica sobre el celibato. Con esta narración breve y bien escrita, pero de estructura literaria más compleja que la del resto de su obra de ficción, se refiere a un caso concreto que, lamentable y evidentemente, no es único. Lisandro y sus lectores sabemos que no todos los sacerdotes viven su existencia con la coherencia requerida. No son la mayoría, pero un número significativo vive su sacerdocio de una forma algo tormentosa, debido, precisamente a la carencia de la coherencia requerida no sólo por el celibato, sino por todo lo que lo sustenta y sustenta la articulación de la existencia sacerdotal: fe viva nutrida por la oración y la atención a todos los espacios “espirituales” (en el sentido trascendente de la palabra), como son la devota celebración eucarística y de los demás sacramentos, la lectura de la Palabra de Dios, y de la literatura espiritual que sea capaz de alimentar la fe, la esperanza y la caridad; una cierta austeridad de vida como imitación y seguimiento del estilo y del camino de Jesús, el cultivo de la serenidad gozosa que sólo puede nacer del Amor a Dios y de la confianza en su infinita misericordia, el ánimo evangelizador, pastoral, las relaciones abiertas y “sanas” con todo tipo de hombres y mujeres con los que somos capaces de establecer una verdadera amistad, etcétera. Cuando estas realidades entran en quiebra, la existencia sacerdotal entra en quiebra, sea por el costado del celibato, sea por algún otro de sus componentes.
Tampoco se excluye la posibilidad de que algún sacerdote, coherente y comprometido con su opción vocacional, padezca temporalmente una situación aislada en su vida, sea ésta un “fallo”, en materia de celibato, o de impulso pastoral o de otra dimensión de nuestra existencia. Si está bien agarrado a los recursos que nos sostienen, si su vocación es genuina, se trata de una existencia sacerdotal recuperable: un fallo, una sombra de pecado y... un regreso enriquecido por la conciencia de falibilidad, por la humildad consecuente y por la convicción de la necesidad de mantenernos en ese inefable espacio interior del misterio de nuestra vida sacerdotal. Que, en sí, es misterio, viene del misterio y nos conduce a la plenitud luminosa del Misterio. Con mayúscula.
Tampoco excluyo que haya sacerdotes, muy pocos en realidad en los tiempos que corren, que asumen la vida sacerdotal sin tener una genuina vocación por la misma, instalándose entonces en la existencia sacerdotal, con el estilo de un funcionario más o menos mundano. Viven con reiteradas –por no utilizar el calificativo de perpetuas– crisis de identidad sacerdotal, en una especie de esquizofrenia psíquica y espiritual en la que cualquier dislate es posible. ¿No sería ésta la situación del padre Urbino? Lisandro no lo afirma categóricamente. Si el desenlace de la novela es abierto, abierta es también la interpretación de la existencia sacerdotal de Urbino, aunque todo parece indicar que la tensión pasional con Fabiola su cuñada no es un accidente aislado, sino que forma parte del discurrir de una vida sacerdotal esencialmente frustrada.
No me he referido –ni lo voy a hacer con la amplitud que requeriría el tema– a los dos ensayos incluidos en la nueva edición: uno, introductorio, del colombiano Jaime Mejía y otro, epilogal, del cubano Manuel García Verdecia. Estimo que ambos, en lo que a crítica literaria se refiere, son buenos. En ese ámbito, me resultaron sumamente iluminadores para poder penetrar con pie más seguro en la obra de Lisandro. Mi dificultad en relación con estos ensayos reside en que entran, sobre todo el de Jaime Mejía, en generalizaciones desmedidas acerca de la existencia sacerdotal y en cuestionamientos teológicos, jurídicos, psicoafectivos y sociales que revelan a cualquier persona familiarizada por dentro con el mundo eclesiástico en general y con el sacerdotal en particular que, de ello, conocen muy poco o nada. Se los dice un viejo sacerdote que de esto, por gracia de Dios, conoce bastante.
La Habana, 27 de Octubre de 2006.
|
|