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OPINION

 

por Orlando MÁRQUEZ

 
CUBANOS
de aquí y de allá
 
Del 18 al 22 de septiembre nos reunimos en la casa de la Agrupación Católica Universitaria (ACU) ubicada en Miami, Florida, sacerdotes y laicos cubanos residentes en Cuba y en Estados Unidos y Puerto Rico. Era la novena edición de tales encuentros, iniciados por los sacerdotes en el año 1997 en la bella San Agustín, y encabezados hoy por los obispos Dionisio García, de Bayamo-Manzanillo, y Felipe Estévez, auxiliar de Miami.

Con posterioridad tuvimos un encuentro con la comisión de relaciones exteriores de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, en su sede de Washington DC, prueba del interés de ese cuerpo episcopal por tales encuentros. Varios de nosotros, finalmente, mantuvimos un último encuentro en la Universidad de Georgetown con cubanos residentes en Washington y Virginia. Son encuentros pastorales que permiten, además, adentrarse en las vivencias de otros. Una experiencia singular.

Lo primero que aprecio con estos encuentros es que no sólo la distancia nos ha marcado, también la incomunicación. Distancia e incomunicación conforman un binomio demoledor, demasiado dañino para el restablecimiento de lazos de unidad. Y claro que tiene también bastante peso aquello de “el hombre y sus circunstancias”. Un amigo me dijo que, después de más de cuarenta años residiendo en Estados Unidos, donde habían nacido sus hijos y nietos, se sentía norteamericano con influencia cultural cubana; pero otra persona, con experiencia similar, me dijo exactamente lo contrario: se sentía cubana pero fuertemente marcada por la cultura norteamericana. Y ambos mantienen, como casi todos, un fuerte vínculo con sus orígenes, que remiten siempre a la Isla y considerarse cubanos, de modo particular en Miami, el pedazo más “cubano” dentro de Estados Unidos, donde todavía se puede vivir sin hablar inglés, y satisfacer la nostalgia, o alimentar el sueño de lo que pudo ser y no fue, o de lo que no es y podría ser, o –¿por qué no?– de lo que pudo ser y aún podría ser.

Los que íbamos de Cuba somos cubanos sin más influencia cultural que la cubana, y una experiencia de vida también distinta. Otra realidad. De manera que todos somos cubanos, pero de aquí y de allá. Creo que experimentamos en esos encuentros lo que han experimentado muchos con los encuentros familiares que se han dado en las últimas tres décadas: vivencias e interpretaciones distintas, un sentimiento difícil de conceptualizar, y una profunda necesidad de acercamiento.

Y estos encuentros, reencuentros propiamente, de cualquier tipo y en las más variadas condiciones, llevan en sí toda la emoción y racionalidad del ser cubano, y de la circunstancia cubana, con sus claves de interpretación. Para quienes hacen del prisma ideológico el referente único, irse –sobre todo hace treinta o cuarenta años– es considerado exclusivamente una opción política; por lo que quedarse, podría entenderse de la misma manera. De modo que irse puede entenderse como un gesto de negación del status quo, y quedarse sería un acto de complacencia con el status quo. Esta conclusión, sin embargo, es reductiva y no engloba toda la realidad. Irse fue también, por ejemplo, preservar la unidad familiar, y quedarse fue, en no pocos casos, un acto consciente de enraizamiento, o de preservar un lugar a pesar de cualquier cambio social. Claro que no todo es blanco y negro, hay otras razones, como también existen otros referentes además del ideológico o político, pero los estereotipos políticos suelen prevalecer, y han prevalecido, al menos por ahora.

Quienes han participado en todos estos encuentros eclesiales dan fe de un cambio cualitativo a más en el acercamiento, tanto entre los que aquí residen como entre los emigrados, a pesar de no comprenderlo todo, o de interpretar una realidad vinculante desde claves distintas. Porque, a pesar de todo, cuando la política y la pasión ceden a la razón, se impone el referente cultural, el regreso a la raíz común: el reencuentro. Así como al encontrarse hermanos, tíos o primos, después de un posible “choque político” inicial se impone el referente familiar, al encontrarse cubanos de la Isla y del exterior, a pesar de un posible diálogo difícil, se puede imponer el vínculo cultural. De hecho, un aparente diálogo altisonante y apasionado tal vez no encierre otra cosa que la necesidad de ser escuchados y un profundo deseo de reencuentro.

Hasta el presente se han dado fundamentalmente reencuentros familiares, y no es poco. Los reencuentros familiares son la muestra más verídica de que el referente ideológico no es el más importante. El vínculo familiar hace estallar una y otra vez –o al menos cuestiona constantemente– todo intento político por limitarlo. Algo similar ocurre con el vínculo cultural, el único que permanece en el tiempo. La cultura es la olla donde se cocinan de modo permanente, generación tras generación, los ingredientes que nos identifican y caracterizan como comunidad nacional. La cultura ha superado –y debe continuar superando– todo límite ideológico, y se convierte, por el mismo hecho, en cimiento del acontecimiento que está por venir: el reencuentro de la nación cubana.

¿Qué otra cosa explicaría lo que algunos consideran el fenómeno particularmente “nostálgico” de la emigración cubana? Nombres del pasado, marcas, ropas, música, comidas, y hasta la idea misma de una “pequeña habana” a más de 90 millas de La Habana, no son necesariamente un sueño por regresar al pasado, sino un aferrarse al tiempo –pasado– en que se produce el desarraigo del cultivo –cultura– de la vida, se interrumpe el proceso de la existencia natural misma con la emigración. No es algo exclusivo sin embargo; allí es posible encontrar también la little Italy o el China Town, como se creó en La Habana, hace muchos años, el “barrio chino”, porque toda emigración genera un conflicto de identidad cultural y el único modo de enfrentarlo es tratando de mantener vivas –cultivar– las raíces transplantadas, un intento desesperado y traumático por ser y seguir siendo.

En su controversial y obligado libro “El choque de las civilizaciones”, Samuel Huntington lo explica así: “Al enfrentar las crisis de identidad, lo que importa para la gente son la sangre y las creencias, la fe y la familia. La gente se une a aquellos con ascendencia, religión, lenguaje, valores e instituciones similares…”, es decir, a los que tienen una cultura similar.

“Durante la Guerra Fría –afirma Huntington en su obra previsora publicada en 1996– un país podía ser no alineado, como muchos lo fueron, o podía, como hicieron algunos, cambiar su alineación de un lado a otro. Los líderes de un país podían hacer estas elecciones según sus percepciones en relación con sus intereses de seguridad, sus cálculos de equilibrio del poder y sus preferencias ideológicas. En el nuevo mundo, sin embargo, la identidad cultural es el factor central al conformar las asociaciones y antagonismos de un país. Aunque un país podía evitar las alianzas de la guerra fría, no puede carecer de identidad. La pregunta ‘¿de qué lado estás tu?’, ha sido reemplazada por una mucho más fundamental: ‘¿quién eres tu?’ Cada Estado tiene que tener una respuesta. La respuesta, su identidad cultural, definen el lugar del Estado en la política mundial, sus amigos y enemigos”.

Un lenguaje descarnado sin dudas. No es un “evangelio político”, pero sí es políticamente realista, y comprobable.
Desaparecido el bloque socialista europeo, Cuba inició un proceso de mayor acercamiento con América Latina y España, a pesar de ciertos encontronazos políticos; en este mismo periodo, también, se iniciaron los encuentros La Nación y la Emigración, organizados y después suspendidos por el gobierno cubano, los cuales, quizás, llegaron a ser la posibilidad mayor de reencuentro de la nación cubana después de iniciados los viajes familiares a fines de los años 70s. Y es también, en este mismo espacio de tiempo, cuando el gobierno cubano ha procurado con más vehemencia –aunque sin éxito– el levantamiento del embargo o bloqueo de Estados Unidos lo cual, al producirse, no sólo promoverá intercambio comercial.

Tanto el mayor acercamiento con iberoamérica, como el logro de unas relaciones armoniosas con Estados Unidos –que deben llegar más temprano que tarde–, es acercamiento natural a naciones con las que compartimos la génesis: valores, lengua y religión; e interés geográfico. Y tal acercamiento con esta región que compartimos todos, ¿no constituye un restablecimiento de lazos culturales comunes aunque de diferente expresión, una inserción más profunda en eso que llamamos cultura occidental?

En los encuentros La Nación y la Emigración, si bien al parecer prevalecieron los referentes ideológicos y no los culturales en su concepción y posterior desaparición –no todos los emigrados calificaban para ser invitados–, tanto la respuesta de los invitados como algunas medidas que con posterioridad tomó el gobierno cubano, fueron muestra de las posibilidades de acercamiento cuando prevalecen los vínculos culturales, la identidad común, a pesar de las opciones políticas. La idea debería ser retomada, pues es a la postre interés y deber del Estado hacer lo correspondiente para fortalecer la nación con todos los interesados en ese fortalecimiento y, ciertamente, muchos cubanos residentes en otros lugares se empeñan en preservar su pedazo de nación.

El acercamiento con iberoamérica continuará, y mientras no existan unas relaciones normales con Estados Unidos se podrá hablar aún de “guerra fría”, aunque tal vez no sea por mucho tiempo; pero mientras la nación y sus instituciones, y los cubanos todos, no alcancemos el reencuentro de la nación y hayamos superado la fórmula “nosotros vs. ellos”, el peso de tal división gravitará también en cualquier otro tipo de relación con no cubanos. De hecho, hay realidades que en su momento demandarán una respuesta consecuente. El día en que ciudadanos de Estados Unidos tengan permiso de su gobierno para viajar libremente a Cuba, ¿serán sostenibles los argumentos de hoy para negar la entrada a cubanos residentes en aquel país? Llegado el momento de mayor integración con iberoamérica, ¿cómo justificar el diálogo con un liberal o un socialdemócrata extranjero y no con uno cubano?

La historia de la nación cubana es la suma de las historias personales de todos. La conjugación de esos relatos individuales –no la negación de alguno de ellos–, y la cultura que compartimos todos, es lo que nos salva como nación. El reencuentro de la nación cubana, de los cubanos de aquí y de allá, es necesario. Tal vez no estemos preparados, y tal vez no sea obligado tener ya respuestas a unas preguntas que aún no han sido totalmente formuladas. Pero es bueno ir reflexionando sobre ello, porque la necesidad del reencuentro se percibe mucho más en estos tiempos. Habilitar el cauce apropiado sería una sabia decisión.

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