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Francisco Prat Puig
EN SU CENTENARIO
por Jorge Domingo CUADRIELLO
Francisco Prat Puig.

De su fecunda trayectoria vital
dan fe sus obras publicadas,
sus descubrimientos arqueológicos, las piezas y
las edificaciones que restauró.

También su compromiso
invariable con la cultura: en Cataluña,
en Francia, en Cuba.

 
Procedentes de Cataluña, durante la primera mitad del siglo xx arribaron a nuestro país numerosos individuos, entre ellos algunos pistoleros anarquistas, el aventurero Jaime Mariné, que llegó a ser Director General de Deportes, el más tarde corrupto dirigente obrero Eusebio Mujal y el anodino político José A. Barnet, quien de forma espuria y fraudulenta fue ascendido por el Coronel Fulgencio Batista a Presidente de la República. Mas también procedentes de la región catalana desembarcaron en los puertos cubanos laboriosos y emprendedores emigrantes económicos, maestros de albañilería que enriquecieron la arquitectura cubana, sacerdotes escolapios destinados a engrandecer la labor pedagógica desarrollada por las Escuelas Pías de Guanabacoa, La Habana y Camagüey, los maestros de música José Raventós Mestres y Félix Ráfols, el pianista y compositor José Ardévol, el crítico de arte Martín Casanovas, co-editor de la Revista de Avance, notables pintores como Jaime Valls y el periodista Rafael Marquina, biógrafo de Antonio Maceo, de Juan Gualberto Gómez y de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Entre aquellos inmigrantes catalanes que llevaron a cabo notables aportes a la cultura cubana estuvo igualmente el arqueólogo, profesor de historia del arte y restaurador Francisco Prat Puig.

Su nacimiento había tenido lugar el 11 de noviembre de 1906 en La Pobla de Lillet, donde su padre se desempeñaba como maestro de primaria; pero unos años más tarde la familia se trasladó a la localidad de Calella, en la zona del Maresme a orillas del Mar Mediterráneo. En 1926 Prat Puig concluyó los estudios de Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Mataró y a
continuación ingresó en la Universidad de Barcelona. Cuatro años después culminó la Licenciatura en Filosofía y Letras y en Derecho. Los conocimientos recibidos durante aquel período del historiador y profesor Pedro Bosch Gimpera, considerado el gran impulsor de los estudios arqueológicos en España, dejaron una profunda huella en él y desempeñaron un papel decisivo en su posterior trayectoria profesional. Sin embargo, una vez graduado tuvo que trabajar como profesor de historia y de geografía en el Instituto de Mataró y como auxiliar de la Cátedra de Arqueología de la Universidad de Barcelona adscrita al Museo de Arqueología de Montjuic.

Aquel momento de su vida se corresponde con el derrocamiento de la ya obsoleta monarquía española, encabezada en su etapa final por el Rey Alfonso XIII, la proclamación a través de las urnas de un sistema republicano de gobierno y el advenimiento de un período liberal y democrático en el que floreció la cultura. Animado por esta circunstancia político-social favorable que propició incluso la constitución de la Generalitat de Catalunya, Prat Puig se vinculó como investigador al Instituto de Estudios Catalanes, de Barcelona, llevó a cabo el Mapa arqueológico de la comarca del Maresme y concluyó con éxito un valioso trabajo sobre al acueducto romano, de más de ocho kilómetros de extensión, de la localidad de Pineda.

No había cumplido aún los treinta años y ya despuntaba como uno de los más prometedores y entusiastas arqueólogos catalanes cuando las fuerzas retrógradas de la sociedad española en contubernio con la Alemania nazi y la Italia fascista se levantaron en armas en julio de 1936 contra el gobierno republicano legítimamente constituido. Hombre de definidas posiciones de izquierda, que no se identificaban, sin embargo, con el radicalismo anarquista o comunista, se consideró en el deber de combatir a los sublevados y se alistó voluntariamente en el ejército leal. Tomó parte en numerosos combates, ocupó el puesto de Comisario Cultural de su Brigada y al igual que otros muchos defensores de la causa republicana se vio obligado a cruzar la frontera con Francia en febrero de 1939 ante la ofensiva final de las tropas franquistas. De esa forma logró escapar de una represión segura; pero no pudo evitar que en territorio francés fuese internado junto con otros compatriotas en el campo de concentración de Agde, Herault.

Casa natal de José María Heredia,
en Santiago de Cuba, rescatada gracias al empeño personal de Prat Puig.
Casa natal de José María Heredia, en Santiago de Cuba.
 
Su vocación de arqueólogo no se vio frenada por la derrota militar sufrida, ni por su condición de exiliado, ni por las penalidades que padecía como prisionero de un campo de internamiento. Convencido de que se hallaba en una localidad que había servido de asentamiento siglos atrás a griegos y fenicios, alcanzó a obtener del Comandante del campo permiso para realizar excavaciones arqueológicas y tras varias semanas de ardua labor encontró las ruinas muy bien conservadas de un pueblo ibérico. Ese descubrimiento histórico fue ampliamente divulgado por la prensa y causó una notable impresión en el ámbito científico francés.

Junto con el reconocimiento por el hallazgo realizado le llegó a Prat Puig el permiso para poder circular por el territorio francés. Mas la amenaza de una nueva conflagración mundial cobraba fuerza cada día y al igual que otros muchos refugiados españoles volvió los ojos hacia América. En Cuba se hallaban instalados familiares muy cercanos de su esposa, que había quedado atrapada en Cataluña. El nuestro era el país adecuado para reunirse con ella y con las dos
hijas de ambos. En noviembre de 1939 logró desembarcar en el puerto de La Habana con documentos personales falsos. Unas semanas más tarde ellas pudieron reunirse con él. De ese modo Prat Puig alcanzó en nuestro suelo su residencia definitiva.

Como en el caso de otros muchos exiliados españoles, su proceso de adaptación a la realidad cubana resultó difícil y conoció momentos de estrecheces económicas y de desaliento. Las posibilidades de empleo eran escasas, casi insalvables los trámites para revalidar en la Universidad de La Habana el título y muy limitadas las ayudas ofrecidas por el Círculo Republicano Español, la Sociedad de Beneficencia “Naturales de Cataluña” y otras instituciones solidarias con los refugiados de la guerra española. Sin embargo, algunas puertas se le fueron abriendo, en septiembre de 1940 pudo ofrecer dos conferencias sobre “La primitiva Hispánica” en la prestigiosa Institución Hispanocubana de Cultura y con posterioridad, dos años después, impartió en esta misma entidad cultural un largo curso de más de veinte lecciones sobre historia del arte. Además de proporcionarle un ingreso económico que de seguro mucho necesitaría, aquellas disertaciones le concedieron la oportunidad de abrirse un espacio en el panorama académico cubano y establecer estrechas relaciones con algunos intelectuales, entre ellos la etnóloga Lydia Cabrera y la historiadora María Teresa de Rojas. Ambas pertenecían a la clase social más adinerada y formaban parte de un patronato integrado por otros pocos aristócratas interesados en restaurar y conservar edificaciones de valor artístico y arquitectónico. Ese patronato le encomendó a Prat Puig la tarea de encabezar la restauración de la iglesia del Espíritu Santo, en La Habana, y poco después la de Santa María del Rosario, llamada la Catedral de los Campos de Cuba, donde se hallaban en avanzado estado de deterioro las obras de Nicolás de la Escalera, nuestro primer pintor. De modo satisfactorio cumplió ambas encomiendas y comenzó así su loable desempeño en Cuba como restaurador. Años más tarde hubo de dirigir la restauración de otros templos parroquiales como los de Sancti Spíritus y Trinidad.

Gracias también al aporte monetario de María Teresa de Rojas, en 1947 Prat Puig publica la monumental obra El prebarroco en Cuba, con la cual ha de poner al descubierto la huella morisca de nuestra arquitectura, llegada a través de la influencia sevillana y de los inmigrantes andaluces. Al comenzar a funcionar en aquel año, aún no oficialmente, la Universidad de Oriente, es invitado a formar parte de su claustro de profesores y se traslada a Santiago de Cuba, ciudad que lo impresiona de modo favorable por su arquitectura colonial y donde fija su residencia. Una vez legalizado este centro docente comienza a impartir en él clases de historia del arte y se enfrasca en la tarea de rescatar las edificaciones más valiosas de dicha localidad.

Durante su estancia de casi medio siglo en Santiago de Cuba desarrolló una actividad pedagógica y cultural digna de la mayor estimación. A lo largo de varias décadas se desempeñó como Catedrático de Historia del Arte y publicó en dos tomos en 1984 unas conferencias de elevado carácter didáctico sobre esta disciplina. Gracias en gran medida a su esfuerzo personal y a sus gestiones, se lograron rescatar y restaurar varias edificaciones santiagueras como la Casa de Diego Velázquez y la Casa Natal de José María Heredia. También obtuvo el primer premio en el concurso de proyectos convocado en 1951 para la construcción del nuevo edificio del Ayuntamiento de la ciudad, formó parte del Grupo Humboldt, que llevó a cabo importantes descubrimientos arqueológicos, y dirigió el proceso de restauración de algunas áreas del Castillo del Morro. Asimismo confeccionó una Guía razonada de los monumentos más antiguos de Santiago de Cuba (1963), ejerció la crítica de arte y fomentó la realización de exposiciones de pintura y de piezas arqueológicas.

Su labor como restaurador no se limitó en esos años a la ciudad de Santiago de Cuba y abarcó además el Castillo de La Fuerza, en La Habana, y edificaciones de Camagüey, Bayamo, Gibara y otras poblaciones. Con notable valentía y sinceridad puso al desnudo acciones irresponsables que afectaban nuestro patrimonio artístico y arquitectónico y abogó siempre por la conservación de cualquier obra de significación cultural –un jarrón, un cuadro, un abanico, un candelabro–, sin que constituyese un elemento invalidante su connotación política o la personalidad de su propietario.

En sus últimos tiempos Prat Puig conoció algunos sinsabores, como el incendio que afectó en 1991 el Museo de Ambiente Histórico Cubano, situado en el Casa de Diego Velázquez, la acusación de algunos colegas suyos de sustentar patrones valorativos muy españolistas y religiosos y las limitaciones impuestas por la crisis económica llamada “período especial”. También recibió algunas alegrías como el otorgamiento por la Universidad de Oriente del grado de Doctor en Ciencias del Arte, la Orden de Isabel la Católica, que le confirió en 1992 el gobierno español, y la Cruz de Sant Jordi, que al año siguiente le hizo entrega la Generalitat de Catalunya.

Junto con el declive de su vida Prat Puig retornó humildemente al catolicismo y tomó el hábito de rezar cada tarde el rosario. Al sacerdote Joan Rovira s.j., de Santiago de Cuba, le pidió que una vez al mes le llevara la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. Su vida fue languideciendo en su casona en la localidad de El Caney. La muerte le llegó a los noventa años, el 28 de mayo de 1997. De su fecunda trayectoria vital dan fe sus obras publicadas, sus descubrimientos arqueológicos, las piezas y las edificaciones que restauró. También su compromiso invariable con la cultura: en Cataluña, en Francia, en Cuba. En el centenario de su natalicio nos podemos sentir muy complacidos de su fortuita presencia entre nosotros.

Bibliografía Básica
Puiggros, María Rosa: La distància no és l‘oblit. Fragments de la biografia d‘un catalanocubá Francesc Prat i Puig. Cataluña, Asociación Medieval de Bagá, 2001.


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