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- Con la viga (atómica) en el ojo.
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Con la viga (atómica), en el ojo

Con la viga (atómica) en el ojo.

por Lázaro J. Álvarez
Varias potencias mundiales se manifiestan preocupadas por las ambiciones nucleares de Irán, aunque en el tema del desarrollo de la energía atómica, no muchos se apegan a la ética y se escudan, en cambio, en que poseer armas de este tipo “disuade” a eventuales enemigos. La Iglesia desestima esa justificación.


El programa nuclear de Irán vovió a ser el centro de buena parte de la atención mundial. La preocupación de algunos países, encabezados por Estados Unidos, de que Teherán pretenda desarrollar armas atómicas bajo la máscara de un proyecto para la obtención de energía eléctrica, es el nervio que hace saltar más frecuentemente los titulares de la prensa.

Porque, ¿para qué un país como Irán, dotado de enormes reservas de combustibles fósiles, querrá dotarse de la energía nuclear? Es la interrogante suspicaz, que olvida no obstante que la posesión de tales reservas no es razón necesaria para no buscar otras fuentes. De hecho, Estados Unidos, Gran Bretaña y Noruega disponen igualmente de petróleo, pero a la vez tienen reactores nucleares (sólo en suelo estadounidense existen 132).

¿Unos sí y otros no? Es esa la compleja realidad en las relaciones internacionales. La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), encargada de supervisar el uso pacífico de esa fuente energética por parte de las naciones, puede controlar a unas y no a otras que han desarrollado armas nucleares en las mismas narices de la ONU. En consecuencia, no hay una misma vara para medir a todos los Estados, y eso desdice bastante de la moral con que se les quiere reclamar a algunos.

Siguiendo la misma cuerda, ¿quiénes son los más preocupados por el programa nuclear iraní? ¡Precisamente aquellos que poseen armas nucleares! Aquellos que, o bien las han utilizado contra poblaciones concretas (recuérdese Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945), o bien han efectuado numerosas pruebas para alistarlas, de cara a su posible empleo.

Así, ¿no anda un poco agripada la vergüenza del mundo moderno?

EL “DERECHO” DE LA FUERZA

El arma atómica es hoy “privilegio exclusivo” de un grupo de ocho países. Cinco de ellos –Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China– son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, la instancia presumiblemente encargada de velar por la paz mundial, para lo que tiene autoridad de intervenir con fuerzas internacionales para abortar los conflictos. En dicho órgano, los cinco antes mencionados tienen la potestad del veto, un instrumento ciertamente antidemocrático en las relaciones internacionales, toda vez que un solo país puede, si lo considera oportuno, bloquear la decisión unánime del resto de los 14 miembros de ese órgano.
Entre otras razones, ese “derecho” está amparado, coincidentemente, en la tenencia de los mencionados medios de exterminio.

En cuanto a éstos, por temor de que la Alemania hitleriana lo hiciera antes, el primer país en desarrollarlos fue Estados Unidos, que en 1945 probó su bomba Trinity, y al final de la guerra lanzó sendos proyectiles de ese tipo contra dos localidades japonesas. Le siguió en este empeño la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que en buena medida motivada por la confrontación ideológica este-oeste, fabricó su primer arma (Joe-1) en 1949.

Londres y París fueron las siguientes en la lista. La primera, a partir de su colaboración en el proyecto norteamericano, obtuvo su bomba Hurricane en 1952; mientras que la Francia de De Gaulle, deseosa de guardar distancias respecto a Estados Unidos, realizó sus pruebas nucleares en 1960. En el Lejano Oriente, China probó armas atómicas cuatro años más tarde, como forma de disuasión ante la URSS, pero también ante Estados Unidos.

En esa zona, otros dos países se sumaron a las pruebas nucleares: India y Paquistán. El primero de ellos probó un “dispositivo nuclear pacífico”, según dijo su gobierno, en 1974, denominado Buda Sonriente, motivado por una presunta amenaza china, y repitió las pruebas en 1998.

En cuanto al caso paquistaní, algunas fuentes sostienen que desde los años 70 Beijing ayudó a Islamabad en su programa nuclear secreto, supuestamente como disuasión contra la India, país con el que tradicionalmente ha sostenido tensiones por el territorio de Cachemira. La primera prueba nuclear de Paquistán tuvo lugar en 1998.
Caso especial es Israel, que fue ayudado por Francia a construir el reactor nuclear de Dimona, en el sureño desierto del Neguev. Dicha instalación ha escapado siempre al escrutinio de la AIEA. En 1986, el ex técnico nuclear Mordechai Vanunu reveló a la publicación británica Sunday Times evidencias de que en Dimona se fabricaban armas nucleares, lo que le valió ser apresado por el Mossad en Roma y recluido durante 18 años.

Hasta el momento, la doctrina oficial de Israel respecto al tema es conocida como la “ambigüedad nuclear”: ni afirma ni niega poseer armas nucleares. Según cálculos efectuados a partir de los datos de Vanunu, Tel Aviv dispone de al menos 200 de estos medios de destrucción.

¿Qué tenemos, pues? Que en el mundo existen hoy al menos 20 mil armas nucleares, todas amparadas en el falso principio de la “disuasión”. Una de las lecturas puede ser: “Las tengo, por tanto, no te atrevas a invadirme”. Y otra: “Las tengo, por tanto, puedo hacer lo que me venga en ganas”. Según se puede apreciar en la historia de los últimos 60 años, la segunda ha tenido muy frecuente aplicación.

Y claro, anda separado 180 grados de la ética quien hoy día dé por buena la justificación de la ”disuasión nuclear”.

ARMAS ATÓMICAS, ENDEBLEZ MORAL

El Magisterio de la Iglesia es meridianamente claro respecto al tan llevado y traído principio de la disuasión: ”La acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios para asegurar la paz entre las naciones. Este procedimiento de disuasión merece severas reservas morales. La carrera de armamentos no asegura la paz. En lugar de eliminar las causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas. La inversión de riquezas fabulosas en la fabricación de armas siempre más modernas impide la ayuda a los pueblos indigentes (cf. pp. 53), y obstaculiza su desarrollo. El exceso de armamento multiplica las razones de conflictos y aumenta el riesgo de contagio”.

En consecuencia, durante su intervención en la Conferencia de Revisión de las Partes del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TPN), en 2005, monseñor Celestino Migliore, representante de la Santa Sede, apuntó que “llegó el momento de reexaminar completamente la estrategia de la disuasión nuclear. Cuando la Santa Sede expresó su limitada aceptación de la disuasión nuclear durante la Guerra Fría, fue con la clara condición de que la disuasión era sólo un paso en el camino hacia el desarme nuclear progresivo. La Santa Sede nunca ha considerado la disuasión nuclear como una medida permanente, ni lo hace hoy, cuando es evidente que (ésta) propicia el desarrollo de nuevas armas nucleares, impidiendo así un desarme nuclear genuino.
 
La Santa Sede enfatiza
nuevamente que la paz que buscamos en el siglo xxi no puede ser alcanzada confiando en las armas nucleares. Tales medios atacan la vida en el planeta, atacan al planeta mismo, y de esta manera atacan el proceso de desarrollo continuo del planeta.

“La Santa Sede enfatiza nuevamente que la paz que buscamos en el siglo xxi no puede ser alcanzada confiando en las armas nucleares”. Tales medios “atacan la vida en el planeta, atacan al planeta mismo, y de esta manera atacan el proceso de desarrollo continuo del planeta”, añadió monseñor Migliore.

Si se detallaran un poco más estas ideas, podríamos cuestionar varios puntos del armamentismo nuclear. Respecto a su eventual uso, éste sería gravemente inmoral, pues el alcance destructor de un arma de ese tipo, arrojada contra un blanco específico, no diferenciaría entre objetivos militares y personas e instalaciones civiles, principio fundamental del Derecho Internacional Humanitario y de las reglas de la guerra. Además, la también consagrada premisa de la proporcionalidad, de la respuesta adecuada a un ataque, se iría a bolina con solo oprimir un botón.

Otra cuestión: atesorar armas atómicas como medio para convencer al otro de que se es invulnerable, tuerce la lógica de un mundo de paz, en el que las relaciones deben basarse en la fraternidad, no en la superioridad numérica y tecnológica de medios de guerra. Un Estado que se refugie tras este argumento, corrompe el sentido de lo que son nexos normales entre países, y contribuye a crear divisiones entre naciones e individuos de primer y de segundo orden. Si todos somos criaturas de Dios, iguales en dignidad ante Él, ¿es ético establecer clubes de “todopoderosos” a los que pertenezcan unos y otros no?

Por otra parte, si un Estado intenta obtener una ventaja sobre otro, bien puede esperar que éste trate de darle alcance. Si el país A se arma hasta los dientes para alejar una posible amenaza del país B, ¿se quedará éste de brazos cruzados ante la carrera armamentista de su vecino? ¿Acaso no tratará de igualarlo? ¿Y se quedará atrás el país C, contemplando pasivamente cómo la zona se llena de armas “disuasivas”? He ahí el verdadero resultado de la “disuasión”: impulsar a otros a crear sus falsas seguridades dotándose de capacidad nuclear militar. Todos a más y a más.

Para finalizar, ¿no resulta acaso atrozmente inmoral que, mientras 852 millones de personas padecen hambre en este mundo, se dediquen cuantiosísimos recursos a la experimentación de nuevas armas atómicas –“tácticas”, según la expresión del Pentágono– o a mantener en buen estado las existentes?

Como se ve, pocos, muy pocos de los jerarcas nucleares de este mundo pueden presumir de no tener una viga –una robustísima viga– en el ojo.

Tensión en el Lejano Oriente

El pasado 9 de octubre, Corea del Norte efectuó una prueba nuclear militar, punto más alto de una escalada bilateral con EE.UU. que arrancó en 2002, cuando el gobierno norteamericano decidió suspender un acuerdo alcanzado bajo la administración Clinton para la provisión de petróleo y de tecnología nuclear civil a Pyongyang.
Desde 2003, con el objetivo de rebajar las tensiones, se han realizado las denominadas “conversaciones a seis bandas”, en las que toman parte –además de Corea del Norte y EE.UU– China, Japón, Corea del Sur y Rusia. Un diálogo multilateral que no ha estado exento de avances y retrocesos, y que ha perseguido el objetivo de disuadir a Pyongyang de hacerse con el arma atómica, mientras la parte norcoreana insiste en zanjar la cuestión a partir de conversaciones directas con su contraparte norteamericana, a la que exige garantías de que no atacará jamás al país asiático.
Tras la prueba del 9 de octubre, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó unánimemente un grupo de sanciones contra Corea del Norte, entre ellas un embargo de armas y de artículos de lujo, así como el congelamiento de las cuentas norcoreanas en el exterior.
Finalmente, en lo que parece ser muestra de un avance hacia una solución negociada, fuentes oficiales chinas anunciaron el 31 de octubre que el gobierno norcoreano accedió a retomar las conversaciones a seis bandas, un primer paso necesario para reducir el clima de desconfianza y progresar hacia la meta de una península coreana libre de armas nucleares.

 
Península coreana.

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