Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Septiembre / 2011 No. 210
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Un prisionero muy especial
por María del Carmen MUZIO
Confieso que los libros sobre la temática de las prisiones no son de mi agrado, y trato de evitarlos en lo posible. Sin embargo, Recluso de Hugo Lewin (Sudáfrica, 1939), editado por Arte y Literatura el pasado año, no dejó de interesarme.

Este es de los libros que, cuando uno lo lee, termina fortalecido. Narrado en primera persona, –ya que el autor cuenta lo que realmente le sucedió– con una prosa sencilla, sin caer en discursos grandilocuentes ni tratar de convencer al lector, nos lleva a la historia de un periodista blanco sudafricano, que luchó contra el apartheid en su país, y por tal motivo fue condenado a siete años de cárcel.
El gran mérito que se aprecia es que, a través de terribles anécdotas, su autor nos explica cómo su fe cristiana –específicamente anglicana– lo lleva a soportar las penalidades de la cárcel y, con anterioridad, las torturas durante los interrogatorios.
La obra se inicia con la trascripción de su declaración en el juicio y el asentimiento de su culpabilidad. Después, en un breve recorrido retrospectivo, nos lleva a cómo fue hecho prisionero. De su grupo de compañeros del Congreso Nacional Africano, es detenido uno de ellos, Mark, el que más lo conoce porque es su gran amigo. Cuando el autor llega a contactar con los otros, dispuestos todos a irse del país, una de ellas le explica:
Todo el mundo habla, dijo Diane aquella noche en la que se mostró tan práctica y organizada al preparar a todos para la huida. No hay nadie que no hable, y que no lo hable todo. Dijo haber acabado de leer un artículo de un grupo de sicólogos que estudiaba ese asunto, y todo el mundo habla, dijo. Si te cogen, vas a hablar, en algún momento vas a hablar (1)

No obstante, Lewin no cree en que su amigo vaya a delatarlo, por lo que retrasa su partida. Regresa en la mañana a su trabajo en el periódico Post donde es arrestado casi de inmediato. Y ahí comienzan sus tribulaciones.
En una pequeña oficina es obligado a permanecer de pie durante horas, dentro de un estrecho círculo trazado con tiza en el piso, del cual no podía salirse ni por un segundo, mientras los oficiales beben café y fuman. Constantemente es instigado a hablar, y sus agresores demuestran los conocimientos que poseen sobre él.
Fue entonces –un par de horas antes del alba–, pienso, cuando supe que iba a rendirme. Cuando Mark les reveló la identidad de Tom y Eric, entonces me di cuenta de que iba a hablar. Por primera vez sentí que me había traicionado: hablar no era nada, todo el mundo hablaba, pero él había tratado de engañarme, había tratado de hacerme responsable de haber entregado a Tom y Eric. Yo sabía muy bien que él conocía sus identidades desde el principio, pero sólo había revelado sus seudónimos. ¿Por qué no había hablado de ellos también, desde el principio? ¿Por qué sólo de mí? ¿Por qué esperar al menos doce horas, tras haber revelado mi nombre, para revelar el de ellos? Yo estaba en manos de la Sección, siendo engatusado, presionado, apremiado a hablar, engañado con café, amenazado; y ahora también tenía que enfrentarme a él, que había sido mi amigo. Me sentía engañado. Estaba acorralado, sin ningún sitio adónde volverme. No tenía hacia dónde volverme. ¿Cómo podría seguir aguantando? Estaba cansado, demasiado cansado incluso para sentir rabia, demasiado cansado para preocuparme, demasiado cansado para pensar en cualquier cosa excepto el esfuerzo de no caerme, en un ofuscamiento de dolor que se extendía por toda la espalda y los hombros; con una débil luz que empezaba a jugar en la cortina frente a mí, encendiendo la ventana con el amanecer. (2)
Después Lewin es confinado a una celda, incomunicado, sin más compañía que una Biblia, donde permanece catorce días. Lo sacan para llevarlo a una estación donde ha ocurrido la explosión de una bomba.
De un tirón, Van der Merwe me hizo atravesar las cuerdas, y parecía estar señalando hacia la entrada… Miré y sólo pude ver que la estructura de acero encima de la entrada parecía estar doblada y torcida, y que había mucho vidrio roto en derredor. Y un policía uniformado. También parado junto al policía –y eso sé me interesó– había alguien que reconocí, John Stewart, un reportero del Rand Daily Mail. El suyo fue el primer rostro amistoso que había visto desde mi detención hacía catorce días, y sonreí, complacido de ver que me había visto y que obviamente me había reconocido.(3)
Como aquella bomba había matado a catorce personas, se arrecia la tortura contra Hugo Lewin para que hable. Pero él estaba seguro que aquello no tenía relación con él ni con ninguno de su grupo, porque siempre, para los actos que habían planificado, se aseguraban antes de que nadie saliera perjudicado. Incluso considera que nadie de los que no estuvieran prisioneros, que ya eran muy pocos, planificara algo así. Sin embargo, los oficiales sudafricanos no piensan igual que él, y lo llevan de vuelta a pararse en el círculo de tiza, pero esta vez con más crueldad.
Regresó directamente al punto donde yo estaba. Me quitó los espejuelos y los tiró sobre la mesa a sus espaldas, y comenzó a golpearme: duros puños apretados, silbando a través de los dientes, duros puños a la cabeza y al rostro, sobre todo en torno a los ojos y orejas, golpeando, golpeando mientras yo gritaba y suplicaba. Todo lo que podía pensar era en gritar, gritar como había dicho uno de nuestros reporteros negros: grita cuando te arresten y empiecen a pegarte, nada más grita porque eso les gusta y te ayuda a no pensar.(4)
Después de la golpiza, todo magullado, con un ojo completamente cerrado y el otro por donde sólo ve doble, Lewin es conducido en un carro policial junto a dos presos negros, también magullados sus rostros (a uno de ellos lo conocía), para su celda en la estación, y en la mañana, para la prisión local.
Entrar en una prisión es como entrar en una nevera de carnicero, vacía. Fría –sin cortinas, alfombras, calefacción, ninguna decoración, nada superfluo, sólo este largo y monótono corredor, como en un barco de mala muerte, con puertas pesadas, macizas–, y todo muy sólido. Solamente lo esencial. Uno es despojado de todo lo superfluo. Uno es desnudado y sólo te es devuelto lo que ellos creen que es necesario. Eres despojado al principio y luego continúan despojándote interminablemente para asegurar que sólo tengas lo que ellos consideran necesario. Eres despojado de todo aquello que puedas considerar tuyo, desvestido constantemente de aquello que has hecho tuyo; eres despojado en un interminable proceso de pelar tu cubierta protectora y dejarte al desnudo.(5)
Ahí comienza su verdadero calvario con un siniestro personaje, el oficial de prisiones Du Preez, quien durante cuatro años les haría la vida un infierno a los presos políticos. Este hombre no golpeaba, no torturaba físicamente, pero su refinamiento para abrumarle la vida a los prisioneros –vida ya de por sí sola angustiosa–, alcanza niveles diabólicos. Les llega a prohibir algo tan sencillo como el intercambio de libros entre los presos, libros que eran solicitados a la biblioteca de la prisión y que, en una semana, eran prácticamente devorados en su lectura. No obstante, Lewin analiza a sus carceleros como cumplidores de órdenes, personas que han optado por un empleo que les resulta más lucrativo que otro. Además de, en muchas ocasiones, analizarlos psicológicamente.
Después de ochenta y cuatro días incomunicado es llevado a juicio y sus condiciones carcelarias cambian algo al poder tener otros compañeros con quienes hablar. Dos días antes de cumplir los veinticinco años es sentenciado a siete años de cárcel.
La obra, compuesta de diez capítulos, narra las vicisitudes que pasó en las distintas prisiones adonde fue trasladado. Incluso, aún en la categoría de presos políticos, tanto blancos como negros, el apartheid también era aplicado. Pero al menos ya no estaba solo.
En una etapa son trasladados con los presos comunes, lo que conlleva un cambio de estrategia, tanto de los dirigentes de prisiones, como de ellos al enfrentarse a estos. Lewin cuenta en uno de los capítulos la fortaleza que le fue necesaria mostrar para evadir los requerimientos sexuales de algunos de ellos, donde los oficiales toleraban la homosexualidad por considerar que los calmaba.
Otro aspecto interesante es el deseo por leer la prensa, que les está prohibida; o el deseo de poder escribir cuando se carece de lo elemental. Las requisas sorpresivas, las celdas de los condenados a muerte, que eran ahorcados; las dificultades con la correspondencia porque sólo les era permitido una carta mensual, las visitas esporádicas bajo la mirada severa de los carceleros, y así muchas más.
De todo esto Lewin trata de sobreponerse, y organiza, junto a sus compañeros, festejar la Navidad con la representación de obras de teatro por ellos mismos. Lo logran, después de innumerables permisos. Ellos mismos elaboran un vestuario y escenografía rudimentarios, además de realizarle arreglos a las obras, por carecer de mujeres para los personajes femeninos. Y en el último año que pasaría en prisión, dos días antes de la representación navideña, esta es prohibida. Le prohibieron a Shakespeare.
En la edición cubana de Recluso, contamos con un breve prólogo del arzobispo Desmond Tutu quien escribe sobre el libro y su autor: “Hugo Lewin atravesó el infierno y resurgió, no devastado, no quebrantado ni consumido por el resentimiento o la sed de venganza. Sorprende y avasalla por su dulzura, su generosidad de espíritu, su inclinación a perdonar”.(6)

1 Lewin Hugo, Recluso, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2010, p. 15.
2 Ibídem., p. 25.
3 Ibídem., p. 29.
4 Ibídem., pp. 30-31.
5 Ibídem., p. 37.
6 Ibídem., pp. 5-6.

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