Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Septiembre / 2011 No. 210
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- Ordenado nuevo presbítero habanero - Las copias del texto bíblico
- Desde el Seminario
 
 
San Pío V (1505-1572)
Papa dominico
por fray Frank DUMOIS RUIZ, OFM
San Pío V es uno de los santos cuya memoria parece muy afectada por el paso del tiempo. Admirado en vida como santo hoy su figura aparece algo distante y algunas de sus decisiones actualmente son criticadas por el espíritu moderno.

Con todo, los hombres hay que juzgarlos en su época. Su vida contrasta con la mundanidad de sus inmediatos predecesores (Alejandro VI, Julio II, León X) imbuidos del espíritu renacentista, que contrastaba con el teocentrismo medieval.
Sin embargo, su fe profunda, su fidelidad a los valores cristianos, su servicio a la Iglesia y el ejemplo de su vida fueron apreciados por San Carlos Borromeo, San Francisco de Borja y Santa Teresa de Jesús.
Nacido en Bosco, un pueblo de Alessandria (Piamonte)) al NO de Italia en 1504 fiesta de San Antonio Abad (17 de enero) fue bautizado como Antonio, el mismo día de su nacimiento. Sus padres, Pablo Ghislieri y Dominica Angeleri eran humildes viñadores.
A los 12 años era pastor. Un día se encontró con dos frailes dominicos con quienes entabló amistosa conversación. Al percibir el agudo ingenio del niño le invitaron a estudiar en el vecino convento de Vohera. Con la aprobación de los padres se dirigió allí y a los dos años empezó el noviciado, con el nombre de fray Miguel de Alejandría o Alejandrino. A los 15 años emitió sus votos en la orden dominicana y comenzó sus estudios de filosofía y teología en Vigevano, concluyéndolos en la Universidad de Bolonia.
Una vez terminados sus estudios estuvo pocos años dedicado a la docencia, hasta que lo nombraron prior en Vigevano y, después en Alba. Fue muy admirado en su magisterio por la profundidad y la claridad de sus ideas, así como por la manera de exponerlas.
Siendo prior en Alba lo nombraron inquisidor en Como. Eran los tiempos en que la Iglesia Católica recibía ataques de las Iglesias protestantes, que afirmaban que la enseñanza de Jesús había sido alterada por aquélla. Ciertamente que la Iglesia católica debía ser reformada en las costumbres ( no en las doctrinas) pues muchos miembros del clero, incluso de la jerarquía se habían alejado del Evangelio (concubinato, simonía, etc.).
De hecho la reforma católica existió desde antes del protestantismo, simultáneamente y después del mismo.
Con todo, la historiografía protestante ha acuñado la palabra Contrarreforma a este movimiento, sin tener en cuenta las dos etapas anteriores.
Por su prudencia, valentía y fidelidad doctrinal, a pesar de haber sufrido atentados, calumnias y sobornos, el cardenal Caraffa presidente del Santo Oficio (Inquisición) lo propuso como comisario general en 1551 y lo aprobó el papa Julio III.
En 1555 el cardenal Caraffa fue elegido papa con el nombre de Pablo IV.
En seguida nombró al P. Alejandrino obispo de Sufri y Nepí. Pero, para tenerlo cerca, en 1557 lo nombró cardenal titular de la iglesia dominicana de la Minerva y al año siguiente Inquisidor general de toda la cristiandad.
Al morir Pablo IV, en 1559, fue elegido como sucesor Pío IV, muchos familiares y protegidos del papa anterior fueron removidos. Pero el cardenal Alejandrino fue confirmado en el cargo, aunque también obispo de Mondovi (Piamonte). Allí llevó a cabo las reformas tridentinas hasta que fue llamado de nuevo a Roma para atender directamente el Santo Oficio. Pío IV estaba decidido a clausurar el Concilio de Trento, iniciado en 1545. En aquel tiempo se procesaba al arzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza O.P. y había que trasladar el proceso a Roma, a pesar de la oposición del rey español Felipe II.
En Francia también había obispos sospechosos de herejía. El cardenal dominico se opuso a Pío IV.
Este murió en 1566. Cincuenta y dos cardenales formaron el Cónclave. San Carlos Borromeo, sobrino del papa difunto, parecía ser dueño de la situación. Ilustres purpurados se barajaban para el sucesor pero siempre le faltaba algún voto. Alguno dejó caer el nombre del cardenal Miguel Ghislieri.
Pero algunos no estaban de acuerdo.
"Es demasiado rígido", decían unos. "No tiene experiencia de los negocios", decían otros. Y los partidarios del pontífice anterior decían al cardenal Borromeo que podría vengarse de ellos. Pero el santo cardenal no los tuvo en cuenta, pues lo que le importaba era la virtud del candidato. Por fin Ghislieri fue elegido por unanimidad. Adoptó el nombre de Pío V.
Una elección tan inesperada no la acogieron bien los romanos. Un papa tan virtuoso y austero despertaba más temores que simpatías. Al enterarse Pío V de los comentarios dijo: "Obraré de tal modo que los romano lamentarán más mi muerte que mi elección". El jesuita holandés San Pedro Canisio describe así al nuevo pontífice: "Este hombre siempre ha llevado una vida extremadamente virtuosa. Después de muchos años, arde en deseos de renovar la faz de la Iglesia".
Al punto emprendió en Roma una reforma de las costumbres, inspirada en la caridad con los humildes y la justicia inflexible con los poderosos , imponiéndose a sus adversarios por su severidad, intransigencia y santidad personal.
Tres años después San Francisco de Borja, superior general de los jesuitas escribió: "Roma presenta un aspecto completamente distinto al que tenía antes, gracias al papa".
Pío V se había propuesto como objeto central de su pontificado la reforma de la Iglesia. Su vida austera, su ferviente fe y su piedad profunda estimulaban la reforma, pero había que tomar disposiciones adecuadas.
Un aspecto fundamental era la instrucción del clero y de los fieles.
Promovió la admiración por santo Tomás de Aquino, O.P. y costeó una edición crítica de sus obras. También promovió los escritos de san Buenaventura, o.f.m.
Con sus propios recursos costeó la construcción de algunos seminarios para que sirvieran de modelo al resto de la cristiandad. Para los párrocos publicó el "Catecismo Romano", elaborado por una comisión de teólogos.
Como colofón de los fines a que debe tender la instrucción cristiana recoge una fórmula que, sin duda, resume su magisterio e indica las pautas que guiaron su vida:
"Recalquemos siempre y en todo el amor de nuestro Señor, hasta hacer comprender a los fieles que todo ejercicio de perfecta virtud cristiana no puede nacer más que del amor, ni puede tener otra finalidad que el amor".
Los obispos también necesitaban reforma: muchos residían en las cortes reales (o de los señores feudales) y atendían más a sus negocios personales que al servicio de sus diócesis.
Los obligó al precepto conciliar de residencia entre sus fieles, amenazando incluso con la pérdida del título y la excomunión.
Supo alentar y proteger a San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, que realizaba enérgicamente la reforma de su amplia arquidiócesis. Liberó de la inquisición española al arzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza, O.P., víctima de un oscuro proceso. Asimismo al extraordinario obispo de Braga (Portugal) Bartolomé de los Mártires, injustamente calumniado.
Igual que con el episcopado procuró renovar las costumbres de los clérigos, que también dejaban mucho que desear. En la cuestión del celibato siguió la línea tradicional en contra de lo que defendía el emperador Maximiliano II, opuesto al mismo. Editó el "Breviario Romano" que, junto con el Misal se mantuvo hasta el concilio Vaticano II.
Consciente de la importancia de la evangelización de las recién descubiertas tierras americanas, se preocupó del envío de misioneros. Y no dudó en condenar los abusos de los colonizadores que no tenían escrúpulos en enriquecerse. Y exhortó a que la predicación se hiciera con libertad, respetando la personalidad y los derechos de los indígenas.
Asimismo recordó a los cristianos que se dedicaban a actividades profanas su obligación de difundir la fe con el ejemplo de su vida.
Excomulgó a Isabel I de Inglaterra que perseguía a los católicos. Esto se le ha criticado porque entonces los católicos fueron más perseguidos al ser considerados enemigos del reino. También excomulgó a los ministros de Felipe II en Nápoles y en Milán y contra los partidarios de la herejía semijansensista de Bayo. Alentó las campañas del duque de Alba en Flandes y propuso el desembarco de la armada española en Inglaterra. Todo eso también se le ha criticado.
Su gran obra de política europea fue la unión de Venecia y España para detener el avance de los turcos que estaban a punto de apoderarse de Italia. La Santa Liga fue obra personal de Pío V, de su imparcialidad, de su desinterés y de su constancia en suavizar roces y deshacer susceptibilidades.
El sultán Selim II deseaba anexionarse Chipre, entonces en poder de Venecia. La república recurrió a Pío V que consiguió que las naves españolas se unieran a las venecianas y pontificias para partir en defensa de la isla.
En 1571 se firmó el documento de alianza entre la Santa Sede, Venecia y España. Se dejó al papa el nombramiento del jefe de la expedición. Escogió al español Don Juan de Austria con sólo 24 años. Las galeras pontificias estarían bajo Marco Antonio Colonna.
En septiembre partió la escuadra aliada de Mesina. La armada cristiana en forma de cruz, la turca en forma de media luna. Aparte del simbolismo, la formación respondía a tácticas diversas.
El 7 de octubre de 1571 se encontraron las dos formaciones a la entrada del golfo de Lepanto. Don Juan de Austria liberó a los remeros (la lucha era cuerpo a cuerpo) por innecesarios. El almirante turco huye lo mismo con sus galeotes. Pero muchos eran cautivos cristianos que pasaron a las filas cristianas.
La batalla terminó con la práctica destrucción de la flota turca, que desde entonces dejó de ser el enemigo prepotente de Europa. El papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, llamada más tarde Nuestra Señora del Rosario (7 de octubre).
Miguel de Cervantes, combatió en Lepanto. Perdió su mano izquierda y por eso es llamado "el Manco de Lepanto".
La distancia en el tiempo nos dificulta comprender la mentalidad de Pío V y sus contemporáneos. Pero como dijimos hay que juzgarlos según su época.
A comienzos de 1572 se agravó la enfermedad que padecía. Ni siquiera en Semana Santa acudió a los oficios solemnes. El día de Pascua, con un enorme esfuerzo se levantó del lecho e impartió la bendición a los miles de fieles que oraban por su salud. Experimentó una mejoría y el 21 de abril visitó las 7 basílicas romanas. El 30 de abril después de recibir el Viático convocó a los cardenales más allegados y al maestro general de los dominicos y les dijo: "No estén tristes. Si han amado mi vida mortal y, por tanto, miserable, cuánto más debieran apreciar la vida imperecedera y bienaventurada que espero me conceda la misericordia divina.
Murió el 1 de Mayo de 1572. El ejemplo de una vida tan fecundamente dedicada al servicio de la Iglesia con profunda piedad, sinceridad y austeridad de costumbres no podía pasar inadvertida . En 1672 fue beatificado por Clemente X y en 1712 canonizado solemnemente por Clemente XI.
La coherencias entre los misterios que celebraba y su vida de entrega fue la nota característica de Pío V, que había hecho grabar en el crucifijo de su habitación estas palabras: "Lejos de mi el gloriarme sino en la cruz de Cristo".
Y antes de morir dijo a los cardenales en torno a su lecho: "Les encomiendo la santa Iglesia, a la que tanto he amado. Procuren elegirme un sucesor celoso, que no busque otra cosa que la gloria del Salvador y que no tenga más interés aquí abajo que el honor de la Sede apostólica y el bien de la cristiandad". Tales palabras, reflejo de un verdadero amor a la Iglesia, convienen no sólo a la misión de un papa, sino también a la espiritualidad de cualquier cristiano, miembro de la Iglesia.
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