Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Septiembre / 2011 No. 210
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- Ordenado nuevo presbítero habanero - Las copias del texto bíblico
- Desde el seminario
 
 
Desde el Seminario
por Fernando E. PIJUÁN ROJAS
ENTRE AGOSTO Y SEPTIEMBRE, HABLANDO DE LA AMISTAD

Cuando el mes de agosto nos va despidiendo y septiembre nos anuncia el comienzo de un nuevo curso, acontecen momentos especiales que nos llevan a reflexionar sobre la amistad.

Desde hace algún tiempo comentaba con algún seminarista mi deseo de poder hablar sobre las relaciones interpersonales en la vida del Seminario a través de Palabra Nueva. Creo que la añoranza que producen dos meses de vacaciones y el tener que despedir a seminaristas que han concluido sus estudios, es una buena
oportunidad para abordar el tema. Lo quisiera hacer desde mi experiencia que comienza a anotarse el octavo curso en la casa.

Tanto en la primaria, la secundaria y la enseñanza media, uno va forjando buenas amistades. Pero cuando se entra al Seminario esto adquiere un nuevo matiz, precisamente por el estilo de vida que exige el centro. No es ya la escuela donde yo asisto a clases en la mañana o la residencia universitaria que me acoge de domingo a viernes, es la casa de la cual nos apropiamos durante ocho años de nuestras vidas. Los que viven contigo allí pasan a ser, más que simples compañeros de estudio o de carrera, tu familia.

Por supuesto, como en toda familia, sus miembros tiene defectos y virtudes, y hay con quienes tienes más empatía y confianza que con otros. Hay con quienes te es más difícil la convivencia; hay con quienes es más sencillo. Pero todo obstáculo puede superarse porque el motor y guía del hogar es Jesucristo.
Considero que la amistad con Dios, imprescindible para la vida de un buen sacerdote, tiene su encarnación en personas concretas. Es como una interpretación libre de lo que dice san Juan en su carta, cuando habla del amor a Dios y a los hermanos. Pienso sobre todo en compañeros de curso con los que has vivido toda tu etapa de formación y que, conociéndote bien, con cariño de hermano, te acompañan en las buenas y en las malas. Saben corregir con energía tus defectos y admiran con afecto tus bondades. Sufren contigo algún problema familiar o comparten momentos de gran alegría, como puede ser una ordenación sacerdotal.

También tengo que mencionar a los que, por diversas circunstancias, que muchas veces son duras de asimilar, han dejado el Seminario. Esos siguen siendo familia, ocupan un lugar entrañable en el corazón y en nuestra oración personal y diaria.
En el mes de agosto tuve la oportunidad de estar en varias ordenaciones. Debo confesar que de vez en cuando salta una lágrima en esas ceremonias, porque unes tu corazón al del nuevo sacerdote y con emoción ves su sueño hecho realidad; a la vez, lo despides porque comienza un nuevo momento para su vida en el que lo verás de Pascua a San Juan, más si es de otra diócesis.

Otro tipo de amistad que se cultiva en el camino es entre los formadores y los seminaristas. Ahora que comenzamos un nuevo curso, con rector y vicerrector también nuevos, nos damos cuenta, al despedir a los padres anteriores, cuánto aprecio les tenemos y cuánto nos han tenido ellos, manifestándolo sobre todo, en la paciencia a la hora de conducirnos por el buen sendero de Cristo.
Cada amigo, sea seminarista, ex-seminarista, o formador, es una marca indeleble en nuestra vida, que deja el Señor para cumplir así su Palabra: “Yo estaré con ustedes hasta el final”. En cada sugerencia o corrección que recibimos de ellos, en cada abrazo o apoyo que nos dan, con fe, podemos ver al Buen Pastor que nos guía. Así se va forjando también la imprescindible fraternidad sacerdotal, asidero, muchas veces, para no desfallecer en los momentos de tempestad a lo largo de nuestro ministerio. El mejor amigo que puede tener un sacerdote, es otro sacerdote. Al menos, así pienso yo.

¡Anímate y escríbenos al Seminario!
SEMINARIO DIOCESANO
“SAN CARLOS Y SAN AMBROSIO”.
E-mail: seminariosancarlos@iglesiacatolica.cu
Asunto: para Fernándo Pijuán
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