Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Septiembre / 2011 No. 210
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- San Pío V (1505-1572). Papa dominico - Oyentes de la Palabra
- El saludo del ángel II
- La Virgen de la Caridad está en La Habana
- Cuba vive una primavera de Fe. - Procesión de Ntra. Sra. de la Caridad del Cobre
- La Virgen celebra su día en Güines - Tenemos que vivir como el pueblo
- Ordenado nuevo presbítero habanero - Las copias del texto bíblico
- Desde el Seminario
 
Tenemos que vivir como el pueblo.
por Miguel SABATER
fotos: Orlando Márquez
La entrevista a monseñor Pedro Claro Meurice Estiú que reproduzco aquí, la realicé el 14 de septiembre de 2009 en la casa donde el arzobispo emérito vivía retirado en El Cobre. Como otras publicadas en Palabra Nueva, forma parte del más de centenar de testimonios de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, recopilados en diversas diócesis, para formar los archivos orales de la Iglesia en Cuba, tan valiosos como las fuentes documentales. Fue la única vez que conversé con monseñor Meurice, quien falleciera el pasado 20 de julio de 2011.

Después de haber hecho un viaje de 20 horas en uno de esos incómodos ómnibus interprovinciales para entrevistarlo, cuando llegué a la puerta de su casa me dijo que no me concedería la entrevista. Así de simple.
No me conocía. Me dijo que en los últimos tiempos se negaba a ser entrevistado porque después los periodistas tergiversaban sus ideas. Para colmo de males la persona que se había comprometido en hablarle de mí para facilitar mi presentación, olvidó contactar con él.
En resumen: quedé muerto con su respuesta. Con mucho orgullo propio le di las gracias y me retiré. Y así, con la cabeza hecha una mermelada de desilusiones, me puse a caminar y fui a dar a la escalinata del Santuario de El Cobre, donde me senté casi hecho cadáver.

¿Y ahora qué hago?, pensé. Yo había ido a Santiago de Cuba para entrevistar a aquel hombre. No podía regresar a La Habana sin lograrlo. Me paré como un resorte y volví a tocar la puerta de su casa. A partir de ahí las cosas fueron diferentes. Me mandó a pasar, me brindó café, conversamos un poco y ajustamos la entrevista para el día siguiente.

Por aquellos días monseñor Meurice estaba mejor de salud. Había perdido casi 20 kilos de peso y llevaba un plan médico que le permitía realizar diversas actividades y mantener muy buen humor. Antes de comenzar la entrevista me dijo que solo hablaría una hora. Habló una hora y cuarenta y cuatro minutos. La otra media hora adicional que me concedió no quiso que la grabara. Fue una lástima. Esa parte tendrá que permanecer en el cementerio de confesiones sepultadas que cada uno de nosotros lleva en un sitio insondable del cerebro.
Luego nos hicimos una de esas fotos que uno se hace para la historia y me acompañó hasta la puerta, donde lo abracé pensando que probablemente nunca más volveríamos a vernos.
Así fue. Me sorprendió su muerte al leer un correo electrónico. Me dijeron que en Santiago de Cuba sus funerales fueron tremendos. No era para menos.

Mi nombre completo es Pedro Claro Damián Meurice Estiú. Me llamaron Pedro porque nací el día de san Pedro Damián; pero mi madre esperaba una hembra, a la que iban a llamar como una tía mía paterna: Clara. De ahí mi segundo nombre. El apellido Meurice lo adquirí de mis abuelos paternos franceses, y Estiú proviene de mis abuelos catalanes.

Nací el 23 de febrero de 1932, en San Luis. Mi padre era veterano de la Guerra de Independencia; luego fue jefe de la policía de San Luis y aspirante a la Cámara, pero no fue elegido por el Partido Conservador. También se desempeñó como procurador en mi pueblo natal, donde tenía un pequeño bufete con otros colaboradores. Murió siendo yo pequeño. Nunca olvido su imagen cuando venía del trabajo al caer la tarde. Se daba una ducha, se ponía un pijama de mangas largas y se sentaba en el corredor de la casa frente a la calle donde saludaba a la gente y algunos venían a contarle sus problemas. A mí me sentaba sobre una de sus piernas para enseñarme a hacer figurillas de animalitos de seda. Fue una relación muy bonita.

Mi madre en cambio no tenía oficio. Era ama de casa pero trabajó de joven un par de años en el ayuntamiento, donde conoció a mi padre.
Éramos siete hermanos, de los cuales murió uno muy pequeño. Quedamos tres varones y tres hembras. Yo soy el más pequeño de los varones.
Mi madre era católica. Mi padre masón, pero de aquellos masones de antes que mandaban a sus hijos a la catequesis y se casaban por la Iglesia. De manera que teníamos ese clima espiritual tan especial. Yo veía a mi madre rezar en casa y me hacía acompañarla al templo. Una mujer llamada Eudosia que no era católica sino Testigo de Jehová, me enseñó a conocer la Biblia. Se reunía con un grupito de personas en su casa y yo participaba de esas reuniones. Tenía yo entonces 6 o 7 años, y así fue como comencé a oir y a leer la Biblia, y supe las primeras cosas sobre el origen de la vida y del hombre en su relación con Dios. Siempre he conservado un gran respeto y admiración por aquella mujer.

Después que murió mi padre se nos acentuó la pobreza. Mi padre tenía una gran virtud, que en el mundo después se ha convertido en un gran defecto, y es que era un hombre de palabra. Cuando él murió, muchas personas le debían dinero por diversos negocios o trabajos que él había convenido con ellos, pero todo quedó en la garantía de la palabra y casi nadie le pagó.

Aprendí a leer y a escribir y lo esencial de las Matemáticas con mi madrina, cuya madre había sido una notable maestra. Después de la muerte de mi padre pasaba buena parte del día en su casa, y allí aprendí muchas cosas buenas. Mi madrina era pianista y tocaba para los niños del kindergarten. Fue ella quien me llevó a la escuela.

En el aspecto religioso, además de mi madre que me enseñó a rezar y de aquella señora que era Testigo de Jehová, recuerdo la influencia que en mí tuvieron los padres paúles. Hay un grupo de ellos, en la época de mi niñez, que recuerdo con gran admiración y cariño; sobre todo al padre navarro Desiderio López, que en los años cuarenta era párroco de San Luis. Los paúles traían de España a gente joven y las destinaban a lugares difíciles, y aquí en Cuba pasaban veinte y hasta treinta años.

El 2 de septiembre de 1944 llegué al Cobre para empezar a prepararme como seminarista. No fui sacerdote paúl porque Dios dispone las cosas así o al menos las permite. En aquellos momentos los Paúles no tenían casa de formación en Cuba. El seminario estaba aquí en El Cobre y era dirigido por los padres vascos, su rector era el padre Manuel de Madariaga, quien cada final de curso enviaba una carta a los sacerdotes de la diócesis dándoles noticias sobre el curso que terminaba, y al mismo tiempo les pedía información sobre si en sus parroquias tenían algunas vocaciones para que las enviaran al Seminario. Además de ello por San Luis ya habían pasado algunos reclutadores de vocaciones, hermanos Maristas o de La Salle. Pero yo me sentía más inclinado por el seminario.

Recuerdo también a un muchacho –guajirón él–, llamado Camilo Trujillo, que vivía en una aldea situada entre San Luis y El Cobre. En sus vacaciones iba a San Luis para ver a la otra parte de su familia, y como era católico iba a la iglesia, y allí nos conocimos en los años cuarenta. Él luego estudió para ser sacerdote, de manera que cuando el padre Desiderio comienza a sondearme para conocer lo que yo quería ser en la vida, le dije que lo mismo que estudiaba Camilo, quizás sin saber profundamente lo que estaba decidiendo. Luego el padre Desiderio habló con mi madre que, aunque no estaba muy de acuerdo con que yo fuera cura, la convenció.

San Luis en verdad fue una buena fuente vocacional. De allí han brotado más o menos diez vocaciones para el sacerdocio y la vida religiosa femenina. Quizás en ese sentido a San Luis le siga El Cobre y Santiago de Cuba.

Por entonces el seminario del Cobre no era como el de ahora. Solo estaba la parte antigua. Llegué aquel 2 de septiembre cuando los seminaristas limpiaban el seminario. Yo tenía entonces casi doce años. Poco después el padre me presentó al rector, me dejó llorando y se fue. Recuerdo que en ese curso éramos cuarenta y uno en total. Ingresamos catorce muchachos de los cuales quedé yo solo. Así empecé a luchar con la Gramática Latina, Cicerón, Virgilio y Ovidio, además de otras disciplinas que entonces me parecían impresionantes.

Precisamente en estos días estoy reviviendo aquellos momentos. Es una de las razones por la que vine a vivir al Cobre. Y puedo asegurarte que fue la época más feliz de mi vida.

El seminario tenía una peculiaridad: sus profesores eran vascos. El arzobispo Valentín Zubizarreta, de la orden de los carmelitas, fue quien me autorizó a comenzar estudios en el seminario. Tenía una historia muy singular. Había nacido en un pueblo que se llama Marquina, en Vizcaya. Fue autodidacta, y pudo cursar estudios en el colegio de su orden en Roma, del cual después fue profesor. Llegó a ser visitador de los carmelitas en América Latina, y por esta razón estuvo en Cuba en 1906 y 1908. En Roma el Papa Pío X lo nombró su confesor. El caso fue que el Papa habló con él para que viniera a Cuba como obispo, y monseñor Zubizarreta le dijo que no. A pesar de ello el Papa un día lo mandó a buscar. Monseñor Zubizarreta creyó que era para confesarse con él, pero no. Lo mandó a arrodillarse, sacó de una gaveta un pectoral, se lo entregó y le dijo que era obispo en Cuba. Tuvo que aceptar por obediencia.

A monseñor Zubizarreta lo nombraron obispo de Cienfuegos, y luego de Camagüey en 1922. A partir de 1926 comenzó como arzobispo de Santiago de Cuba, donde encontró una gran necesidad de sacerdotes, y es cuando se le ocurre hacer un seminario para la formación del clero en la provincia oriental. Se trató de buscar los fondos para su financiamiento. Es terminado de construir en 1931 y llevó el mismo nombre del antiguo, es decir San Basilio, que había dejado de funcionar en 1914.

Se presentó el problema de conseguir profesores. Eran los años de la Guerra Civil Española; por lo tanto había un gran éxodo de sacerdotes vascos, gran parte de los cuales se van a Francia. Entonces monseñor Zubizarreta trae de aquellas regiones de España el equipo de sacerdotes que se hará cargo de la administración y la docencia del seminario. Otros se encargaron de las parroquias de la arquidiócesis de Santiago de Cuba, que era enorme. Así es como puede explicarse la existencia de sacerdotes vascos en Banes, Sagua de Tánamo, Gibara, Puerto Padre, Manzanillo, Santiago y otros pueblos, en los años 40 y 50.

Estos sacerdotes vascos tenían una peculiaridad: trasmitían que, ante todo, para ser buen sacerdote se tenía que ser un hombre bien formado, y desde luego también bien instruido en Humanidades. Sobre eso es que se constituían las virtudes cristianas, las sacerdotales, y se aprendía mejor la Filosofía y la Teología. A pesar de que nuestros formadores eran vascos, monseñor Zubizarreta quiso que un sacerdote cubano viviera en el seminario, que fue el padre Seoane, muerto relativamente hace poco. Seoane era profesor de Humanidades, de Latín y director espiritual.

Después llegó el tiempo de la ordenación sacerdotal, pero yo no tenía la edad requerida. Monseñor Enrique Pérez Serantes, sucesor de Zubizarreta, pidió permiso a Roma y se lo concedieron, pero le pusieron una cláusula en la que se advertía que yo no debía confesar a mujeres.
En 1953, monseñor Serantes, debido a las dificultades de encontrar profesores que pudieran sustituir a los que había porque tenían que irse, entregó el seminario a los padres jesuitas. Ellos lo recibieron con la condición de que a partir de ese momento sería un seminario menor, es decir donde solo se estudiaría Humanidades, no Filosofía ni Teología. Entonces me mandaron a estudiar Teología a Santo Domingo. Allí estuve hasta 1955.
Fue una experiencia interesante. En Santo Domingo recibí el sub-diaconado y el diaconado. Luego vine a Santiago de Cuba. Como no podía ejercer la pastoral plena, el obispo me preguntó qué deseaba hacer. Ya yo conocía la espiritualidad de los sacerdotes vascos y le dije que quería ir a la diócesis de Vitoria. Allí estuve un año y completé mi formación sacerdotal. No eran jesuitas, pero manejan con el mismo estilo que ellos los ejercicios espirituales. Después me envió a Roma para estudiar Derecho Canónico.

Tuve la suerte de que todavía impartían sus clases grandes profesores en la Universidad Gregoriana, pero al mismo tiempo aprovechaba cuanto curso o conferencia se ofrecía para ampliar mis conocimientos. Eran los años preconciliares. Y algunos de aquellos profesores fueron separados de sus cátedras porque entre ellos existían diferencias de opiniones en Veo que se van dando pasos, aunque no con todas las energías ni la fuerza ni prontitud con que a mí me agradaría. En algunos lugares con más fuerza, en otros con menos, pero se hace. Espero que a medida que pase el tiempo eso dé sus frutos. Mi temor es que cambien las cosas, vengan nuevamente los tiempos de la cruz y pase esta hora privilegiada, pero sin cruz no hay Iglesia. Hoy 14 de septiembre es el día, por cierto, de la Exaltación de la Santa Cruz. Somos cristianos, discípulos de Jesucristo y como tales todos debemos pasar por ahí.

Naturalmente la Iglesia tiene muchos problemas que resolver. Desde que ella existe eso siempre ha sido así, y la de Cuba no ha sido ni es ajena a ello. Ahora vivimos en una situación digamos decisiva, que implica que las respuestas que se le den a la Iglesia también sean decisivas.

Uno de nuestros grandes problemas es la formación del clero. Por suerte la Iglesia no es nuestra sino de Jesucristo y del Espíritu Santo y Él provee. Vive dentro de una realidad histórica, y esa realidad es la que nos ha correspondido vivir a nosotros y en la que debemos conducir a la Iglesia.

Yo creo que nos falta un poco de identificación con el pueblo cubano. Tenemos que vivir como el pueblo. Hace unos años, al final de una de las convivencias sacerdotales que se celebran aquí en El Cobre, ya yo no era arzobispo, algunos pidieron que dijera unas palabras. Yo no soy de muchas palabras. Más bien me gusta oír y no que me oigan. Y les dije que para el futuro de la Iglesia, para vivir la Iglesia desde adentro, yo creo que lo primero que necesitamos es oración para hacer posible la continuidad de la Iglesia, pero el doble de lo que hasta hoy hemos orado. La oración es como la respiración del alma, es la que nos da tono y presión para poder vivir en medio del mundo.

El otro aspecto que me parecía importante destacar era que había que poner las cosas al revés, es decir todo nuestro aparato en función de la misión: misionar, misionar y misionar. La formación de los sacerdotes y de los laicos, todos los medios de que disponemos hay que ponerlos en función de la misión. Prácticamente tenemos que cerrar nuestras sacristías y oficinas, de tal manera que cuando alguien vaya a buscar al cura, le digan que el cura no está allí sino en la calle tal tocando en las puertas de las casas para cumplir su misión. Habrá quien diga, por supuesto, que estoy exagerando, pero el que conoce bien la Iglesia sabe que ella fue y debe ser así.

El tercer aspecto al que me referí en la convivencia sacerdotal fue a la cruz. Es imposible misionar sin la cruz. Sin sufrimiento no iremos a ninguna parte. Hay que contar con eso porque es parte de la vida del ser humano y de la Iglesia, cuyo paradigma es la vida de Jesús. A veces hacemos nuestro esfuerzo para tratar que la cruz no esté presente en nuestras vidas, y eso es la negación de la esencia de la Iglesia: sin la cruz Jesucristo no existe.

El otro aspecto al que me referí entonces fue que en Cuba –no sé en otro lugar– no se puede hacer misión sin la Virgen de la Caridad. Ella es la Madre de Jesús y nos puede conducir a Él.

Ya estoy retirado. Mi proyecto cuando vine a vivir al Cobre era poder realizar dos cosas fundamentales: rezar por la Iglesia y el pueblo de Cuba, y esto, gracias a Dios, he podido hacerlo. Te confieso que a veces me duermo, otras me aburro y no tengo más deseos de rezar; pero como dice santa Teresa: no debemos abandonar nunca la oración.

La otra cosa a la que vine fue para ir por todos los barrios del Cobre tocando puertas para buscar niños, viejecitos o enfermos para hablar con ellos. No quiero hacerlo en el centro del pueblo porque es una responsabilidad de los sacerdotes que están aquí. Hago esas misiones en un jeep para poder llegar a lugares lejanos del Cobre, y me complace mucho.
Puedo decir que la experiencia más grande que he tenido en mi vida fue cuando vino el Papa a mi diócesis. Pude descargar la conciencia de algo que desde hacía mucho me oprimía. Y ya que tú has venido desde tan lejos a recoger este humilde testimonio para la historia de la Iglesia, quisiera que así conste para siempre: yo siento que nací para ese día.

La experiencia más dolorosa fue la pérdida de monseñor Enrique Pérez Serantes, mi amigo y mi más grande maestro, cuya memoria respeté y traté de reivindicar siempre.

Por lo demás le estoy muy agradecido a Dios. A mis hermanos en el episcopado y a mi pueblo. Tuve muy buenos padres, tuve el don de la fe, el privilegio que es el ministerio sacerdotal y el episcopal, y yo en cambio no le he dado nada a Dios. Por lo tanto, bendito y alabado sea por siempre.
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