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por Antonio C. Rabilero Bouza*
Las teorías científicas
y la religión
Estas reflexiones en torno al tema que da título a este trabajo, son en parte resultado de la lectura de sendos artículos aparecidos en los números 138 y 139 de Palabra Nueva, revista de la Arquidiócesis de La Habana,1 así como de meditaciones propias que me han ocupado muchas horas a lo largo de años.
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Ya Newton había advertido a fines del siglo xviii: “Física, cuídate de la metafísica”; no obstante ser él mismo hombre de fe cristiana, lo cual no lo puso a salvo de los ataques provenientes de los predios eclesiásticos (anglicanos, católicos y otros) a causa de que por entonces nadie dudaba de la verdad literal de las Sagradas Escrituras y la edad del universo se calculaba en varios miles de años de acuerdo con la cronología de la Biblia, cuando en realidad era de varios miles de millones de años. Era mucho pedir a los clérigos, obispos y cardenales, en su inmensa mayoría formados tan solo en el ámbito de la teología y la escolástica (a lo sumo también en otras direcciones humanísticas) que fueran capaces de comprender entonces lo que el racionalismo europeo, surgido del Siglo de las Luces y en medio de cruentas transformaciones sociales, aportaría al conocimiento del Universo creado por Dios. La ruptura vino de ambas partes: la Religión, que en el mejor de los casos, desconfió de aquellas teorías científicas, a las que consideró intromisión en los secretos incognoscibles de Dios. Por su lado la Ciencia, que dejaba atrás su carácter puramente descriptivo para adentrarse en la especulación teórica, consideró que no requería para nada de la fe para desentrañar los misterios del mundo material, lo cual –erróneamente– extrapoló hasta la realidad social y la historia de los hombres; concepción que se refleja en la respuesta que según cuentan dio Laplace a Napoleón: “Sire, yo no necesito de Dios para explicar el mundo”.
En esos tiempos, los trascendentales descubrimientos de Newton, Leibnitz y otros, ofrecieron un cuadro en demasía simple y armónico del universo: |
La lógica nuestra no tiene que ser
precisamente la lógica de Dios,
aunque de Él hemos recibido
–junto con la fe– la capacidad de pensar,
de razonar y encaminarnos
en pos
de comprenderlo y sentirlo
cada vez mejor,
a la vez que conocemos y comprendemos cada
vez mejor la obra de Su creación.
No intentemos enmendarle la
plana a Dios
ni situarle normativas. |

Isaac Newton. |
todo era posible explicarlo sin dificultad mediante teorías comprensibles y más aún expresarlo a través de ecuaciones dinámicas del tipo Fuerza = masa x aceleración. Como dijera por entonces el mismo Laplace: “Dime donde está ahora un cuerpo y yo te diré donde estará dentro de un millón de años”. Este espíritu laplaceano caracterizó todo el siglo xix en cuanto a la idea que se tenía del mundo, no solo el material: también se llegó a pensar que habían sido resueltas todas las ecuaciones de la historia y se tenían las soluciones pertinentes. Ingenuidad de una época en que el hombre recién comenzaba a liberarse de una tenaz costra de prejuicios y oscurantismo, muchas veces impuestos en nombre de Dios.
Pero entrando en materia, a propósito de los artículos de referencia, es importante hacer las siguientes acotaciones:
1) La Cosmología es una ciencia, y tiene como objeto el estudio del Universo en su conjunto, en el que se incluyen teorías sobre su origen, su evolución, su estructura a gran escala y su futuro2 y carece de sentido hablar de “…la vieja cosmología materialista”3 por cuanto la ciencia en sí misma no se define ideológicamente, aunque los científicos sí. Basta recordar que durante 18 siglos la cosmología aristotélica-tolomeica consideró a nuestro planeta Tierra como el centro del Universo, lo cual estaba en plena concordancia con las ideas religiosas de entonces, hasta que a mediados del siglo xvi Copérnico rechazó tal sistema y los trabajos de Kepler y las observaciones de Galileo echaron por tierra dichas concepciones y abrió el camino al estudio verdaderamente científico del universo, que recibió un impulso decisivo con Newton y en particular con su Teoría de la Gravitación Universal.
2) Además, la afirmación de que la explicación materialista4 para evitar que la atracción gravitacional hiciera que todos los cuerpos estuvieran unidos apeló a que el espacio y el número de cuerpos es infinito, carece de sustento; lo cual demuestra cierta incomprensión del desarrollo histórico de la ciencia, a la que se trata de juzgar a través del prisma de la fe, lo cual ya se hizo muchas veces en la historia y el caso de Galileo no ha sido el único. Por demás la mecánica clásica (es decir newtoniana) explicó con bastante acierto el equilibrio que mantienen los planetas del sistema solar alrededor del sol: se olvida que además de atracción gravitacional entre los cuerpos celestes hay movimiento, generalmente rotacional en órbitas elípticas; amén de que son las galaxias las que se separan unas de otras y hasta hoy día no hay evidencia alguna de que estos gigantescos conjuntos integrados por decenas de miles de millones de estrellas y otros tantos cuerpos celestes con dimensiones del orden de los 100 mil años luz (un año luz equivale a unos 10 billones de kilómetros) o bien estén en proceso de contracción o por el contrario se expandan: permanecen plenamente estables, a pesar de que los científicos consideran que en el centro de cada galaxia existe un gigantesco agujero negro. Todo eso en un universo finito.
3) El modelo cosmológico del Big Bang no es más que una teoría sobre el origen del universo conocido, y como tal no puede ser demostrada experimentalmente; pues de acuerdo con los científicos se requeriría de un acelerador de partículas tan grande como el sistema solar. A lo más que se puede aspirar es a que las observaciones concuerden con la teoría (como ha sucedido hasta ahora) y la sustenten hasta tanto nuevas observaciones la contradigan y resulte indispensable desarrollar una nueva teoría acorde con los nuevos hechos. Es cuando menos peligroso, utilizar el Big Bang para demostrar la creación del mundo por Dios y por tanto la existencia de Dios mismo, por cuanto nuevas teorías que puedan llegar a la aceptación general por parte de los científicos pueden modificar radicalmente ese modelo; como lo es hoy en día la Teoría de las Supercuerdas y su ulterior desarrollo hacia Las Membranas de acuerdo con las cuales, en un mundo de diez dimensiones espaciales no existió ninguna singularidad en el Big Bang (con lo cual coincide Stephen W. Hawking) y nuestro universo no es más que uno entre indefinidos (o infinitos) universos que coexisten sin interferencias5 y por tanto, ni el tiempo ni el espacio comenzaron con el Big Bang: han existido desde siempre.
4) Por otro lado la teoría del Big Bang –propuesta por el estadounidense de origen ruso Gamow, quien modificó y desarrolló teóricamente la idea original del sacerdote belga Lemaitre; aunque el científico soviético Alexander Friedmann fue el primero en demostrar que la Teoría de la Relatividad obligaba a un universo en expansión– no es ninguna conclusión filosófica y menos aún un paliativo según afirma Pestano;6 como ya hemos dicho, es una teoría coherente con los hechos y determinaciones de diversa índole, el desarrollo de las matemáticas, y con el nivel de conocimiento actual sobre el universo conocido. Si para dicho autor (es decir, Pestano) el Big Bang es lo que más se parece a la idea de un Dios creador; para Hawking,7 uno de los más eminentes matemáticos del mundo actual y quien tiene quizás una comprensión más profunda de la historia y naturaleza del universo conocido, significa todo lo contrario: para él no hay lugar para Dios en el mundo.
5) Si bien hoy día se acepta la teoría inflacionaria del Big Bang propuesta por Guth, apoyándose en gran medida en los trabajos de Hawking, aún quedan muchas incógnitas sin despejar, como lo es la naturaleza de la materia oscura que de acuerdo con los científicos es entre 10 y 100 veces mayor que la masa de todos los cuerpos celestes observados, materia de la cual no se sabe prácticamente nada.
6) La ciencia descriptiva terminó a fines del siglo xviii con Newton y sus colegas contemporáneos. A partir de entonces, si algo ha caracterizado a la ciencia, fundamentalmente a la física (teórica), ha sido la capacidad especulativa que le ha permitido adelantarse con mucho a la comprobación experimental de sus postulados e hipótesis, como es el caso de las teorías de la Gravitación de Newton y de la Relatividad de Einstein. Plantear que la ciencia solo es capaz de responder a interrogantes en relación con los efectos, no con las causas, el cómo pero nunca el por qué; es desconocer la esencia misma de la ciencia y el proceso de construcción de las teorías científicas; aunque si el autor se refiere a los asuntos sobrenaturales (o sea, religiosos) tiene razón: ese no es terreno donde la ciencia deba meter las narices. Se pisa terreno peligroso cuando se afirma: “Las proposiciones de la religión ofrecen una explicación precisamente para tales preguntas para las cuales la ciencia, en virtud de su definición, no puede tener respuesta”.8 Lo peor que podría ocurrir es que en los tiempos que vivimos la religión (cualquier religión) se ocupe de explicar las leyes que rigen el universo y formular las teorías correspondientes tan solo porque ese mundo material fue creado por Dios y tan solo la fe religiosa es capaz de entenderse con los designios del Creador.
7) En correspondencia con el punto anterior, es también un grave error considerar unas doctrinas o teorías científicas como más coherentes con la fe religiosa que otras o simplemente descartar o impugnar aquellas teorías o hipótesis que nos parezcan contrarias a la fe: eso es meter a la religión (cualquier religión) en un callejón sin salida, amén de apartarla de lo esencial en el caso de la nuestra: el ser humano y el camino de la salvación a través de Jesucristo. Ideologizar la ciencia siempre ha conducido a grandes costos no solo para los científicos, sino para toda la sociedad. La experiencia del marxismo soviético, que llegó al extremo de rechazar toda teoría o verdad científica que no fuera compatible con los postulados del materialismo dialéctico a los ojos de los altos pontífices de la filosofía marxista, demostró el grave daño que se puede causar al desarrollo no solo científico de un país, sino también económico, cultural y social: a modo de ejemplo baste citar el anatema lanzado sobre la cibernética, a la cual, en sus inicios, llegaron a calificar de seudociencia reaccionaria.
8) La fe es don de Dios, que la da a quien quiere, aunque es libertad de cada hombre aceptarlo a Él en su corazón o por el contrario rechazarlo. No existe conflicto entre ciencia y religión, existen conflictos en el ser humano, en su mente y en su corazón; quizás con mayor intensidad en los hombres de más alto nivel intelectual, más aún en los dedicados a la investigación científica; aunque como bien dijera Su Santidad Benedicto xvi en los tiempos que aún era solo cardenal Ratzinger: “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no es humana”. |
Einstein dedicó los últimos 40 años de su vida
a lograr una teoría unificada de los campos y no lo logró.
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9) En los momentos actuales los científicos no han llegado a ninguna teoría –por tanto, a ninguna conclusión– de que exista obligadamente una conexión entre las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos de la naturaleza. Por demás, nadie puede negar a priori la existencia de otras fuerzas no descubiertas hasta hoy día. Einstein dedicó los últimos 40 años de su vida a lograr una teoría unificada de los campos y no lo logró y 50 años más tarde tampoco se ha logrado; y si jamás se lograra no sería indicio de ninguna catástrofe científica o algo por el estilo, sencillamente sería una característica de nuestro universo, nada más. Quizás el origen del fracaso del genial científico estuvo en que en su fuero interno quiso decirle a Dios como debía estar organizado el mundo, pero el mundo material, el Universo, es como es, no como nosotros quisiéramos que fuese. Por decirlo de alguna forma: la lógica nuestra no tiene que ser precisamente la lógica de Dios, aunque de Él hemos recibido –junto con la fe– la capacidad de pensar, de razonar y encaminarnos en pos de comprenderlo y sentirlo cada vez mejor, a la vez que conocemos y comprendemos cada vez mejor la obra de Su creación. No intentemos enmendarle la plana a Dios ni situarle normativas.
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10) En algún momento pudiera ocurrir (personalmente estoy convencido que así será) que nuevos hechos demuestren la existencia de interacciones entre los cuerpos que ocurren a velocidades superiores a la de la luz, lo cual dará lugar a una nueva crisis en la física como ya ocurrió a principios del siglo xx con la Teoría de la Relatividad y entonces la ciencia volverá a experimentar otro fuerte empujón y se habrá dado un paso más en la comprensión del universo.
11) En otro momento se afirma: “el gran contraste entre el orden y estabilidad del cosmos y el caos impresionante del micromundo, donde sufren profundas alteraciones las relaciones espacio-temporales”.9 Si en algún lugar hay un orden y una estabilidad asombrosa es en el mundo del átomo y salvo la ocasional captura K, los electrones permanecen alrededor del núcleo establemente por prácticamente toda la eternidad salvo que factores externos los alteren; incluso, en los inestables isótopos radiactivos, los cambios conducen a elementos estables. Mientras tanto, a escala cósmica se desarrollan de modo continuo dramáticos eventos: supernovas que estallan, catástrofes gravitacionales que dan lugar a cuerpos superdensos y agujeros negros que se tragan todo lo que se les acerque, incluso las radiaciones, miríadas de cuerpos celestes errantes que vagan en el espacio intergaláctico e interestelar: cometas, asteroides, meteoritos. Algunos de estos últimos tan grandes que muy bien pudieran liquidar la vida humana en la tierra como antaño hizo con los grandes animales del jurásico y con impactos que han dejado huellas impresionantes en la luna y otros planetas.
12) La pretensión de “una simplicidad última en el Universo, de un orden esencial oculto pero real tras los complejos y aparentes caóticos fenómenos” y el “diseño en la Naturaleza, que en cuanto l-tal es necesariamente inteligente”,10 no es más que la pretensión de diseñar el mundo de acuerdo a como nosotros nos lo imaginamos y no como es realmente: inabarcable, inagotable y en constante evolución y transformación. Es lamentable que no siempre se pueda comprender todo el alcance de la mecánica cuántica: Einstein tampoco la comprendió y la desdeñó, lo cual demuestra que hasta los genios incurren a veces en tonterías. La mecánica cuántica, nacida hace ya cerca de un siglo, está ahí, hasta hoy día inconmovible, a pesar del desdén einsteniano (“Dios no juega a los dados”) que no la consideró una teoría que habría de perdurar. Ha perdurado porque el micromundo es así, y cuando se habla de caos o desorden en mecánica cuántica, a lo que se está refiriendo es a la diversidad de estados energéticos, al comportamiento probabilístico de las partículas (o de lo que nosotros consideramos que son partículas) que no implica la ausencia de regularidad, sino la existencia de leyes probabilísticas que regulan y explican los fenómenos. También en su tiempo los marxistas soviéticos rechazaron el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, arguyendo que negaba que fuera posible conocer el mundo; lo cual es uno de tantos ejemplos de meter la metafísica en casa ajena. El mundo material es así, esas son sus características, aunque no nos gusten; en realidad aunque no lo comprendamos. Las categorías científicas y la estructuración de su lenguaje y códigos requieren hoy día de una preparación adecuada, por cuanto el lenguaje tan solo refleja, muchas veces de modo inexacto, lo que se explica a plenitud mediante las matemáticas y hoy día en ese ámbito se ha recorrido mucho camino.
13) Sin lugar a dudas, estos son temas conflictivos que generan numerosas discrepancias y puntos de vistas contradictorios, pero ya en su tiempo Pascal afirmó: “Lo contrario de una verdad no es el error, sino una verdad contraria”, aunque prefiero la versión que hace Bohr de este pensamiento pascaliano: “Lo contrario de una verdad trivial es un error estúpido, pero lo contrario de una verdad profunda es siempre otra verdad profunda”.11 En este sentido es imprescindible respetar siempre la opinión ajena aunque no se comparta, aún cuando no proceda de un especialista. Con más razón considero que todo ser humano tiene el derecho de interrogarse sobre el origen y la naturaleza del universo, sobre el sentido de las leyes y teorías científicas y por supuesto sobre el sentido de la vida, es decir, de filosofar; más aún al tratarse de hombres de ciencias a pesar de que como dice el padre García sean malos filósofos:12 a fin de cuentas algunos filósofos en realidad no fueron tan buenos y hoy día nos sobran ejemplos de pura confusión y verborrea inútil en muchos reputados pensadores contemporáneos.13 No hay razón alguna para recordar el viejo adagio atribuido a Fidias de “zapatero a tus zapatos” a los científicos que sienten inquietudes filosóficas, como tampoco a filósofos, metafísicos y otros legos que se interesen por la ciencia y las teorías científicas contemporáneas, porque siempre de todo ejercicio mental honrado habrá de quedar aunque sea una gota de verdad y eso es lo que cuenta.
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No es posible juzgar desde la fe
la validez de ninguna teoría científica,
por la sencilla razón de que la ciencia
(que por demás no se encuentra
en ninguna alternativa desgarrante)
se ocupa del mundo material,
creación de Dios para nosotros
los creyentes, pero cuyo estudio
y comprensión sigue otros métodos
distintos a los que empleamos
para acercarnos a Dios. |
14) Estoy plenamente de acuerdo (creo que es el sentir tanto del padre García como de Pestano) con que no existe un verdadero conflicto entre la fe religiosa y la ciencia, sin pasar por alto las inevitables dudas de fe que puedan surgir en determinadas circunstancias, que según Emerson (creo que fue él quien lo dijo) son más importantes que todos nuestros conocimientos bíblicos porque nos permiten destruir las ideas que tenemos de Dios y acercarnos más a su verdadera naturaleza. No obstante lo anterior, quiero reafirmar algo: no es posible juzgar desde la fe la validez de ninguna teoría científica, por la sencilla razón de que la ciencia (que por demás no se encuentra en ninguna alternativa desgarrante) se ocupa del mundo material, creación de Dios para nosotros los creyentes, pero cuyo estudio y comprensión sigue otros métodos distintos a los que empleamos para acercarnos a Dios, a pesar de que en alguna zona coinciden; puesto que nosotros los cristianos nos fiamos del testimonio que dieron sus discípulos de la vida, pasión, muerte |
y resurrecciónde Jesús y de su posterior ascensión al Cielo, no como una experiencia mística, sino como hechos reales de los cuales fueron partícipes y testigos personas de carne y hueso y cuyos testimonios han quedado en los Evangelios y otros libros del Nuevo Testamento; razón por la cual no hay por qué desdeñar la experiencia como fuente de la que se alimente nuestra fe.
NOTAS
1. Me refiero a Una nueva cosmología, del padre Marciano García (Palabra Nueva, No 138, pp.14-17, febrero de 2005) y a La fe ante la ciencia contemporánea, de Alexis Pestano, estudiante de la Facultad de Filosofía e Historia (Palabra Nueva, No 139, pp. 32-37, marzo de 2005).
2. Ver: Biblioteca de Consulta Microsoft Encarta 2005.
3. M. García. Obra citada, p 14.
4. Ídem, p 15.
5. En INTERNET existen diversos materiales de divulgación sobre estas teorías, así como vídeos dedicados al tema entre los que se destaca el presentado en el programa Pasaje a lo desconocido, el domingo 25 de Diciembre de 2005 en Tele Rebelde.
6. A. Pestano. Obra citada, p 36.
7. Para Hawking “la condición de contorno del universo es que no tiene ninguna frontera” y en consecuencia “el universo estaría completamente autocontenido y no se vería afectado por nada que estuviere fuera de él. No sería creado ni destruido. Simplemente SERÍA”. En resumen, no habría ningún lugar para Dios. Ver de este autor Historia del tiempo, Editorial Crítica, 1995.
8. A. Pestano. Obra citada, p 33.
9. A. Pestano. Obra citada, p 34.
10. Ídem.
11. Edgar Morin. Por una reforma del pensamiento. El Correo de la UNESCO, febrero de 1996, p. 14.
12. M. García. Obra citada, p 16.
13. En tal sentido basta recordar lo sucedido cuando en 1995, el profesor de física de la New York University Alan Sokal publicó en el número 46-47 de 1996 de la prestigiosa revista Social Text el artículo “Trasgrediendo las Fronteras: hacia una Hermenéutica Transformacional de la Gravitación Cuántica”, una farsa que puso de manifiesto las numerosas imposturas intelectuales que caracterizan a un buen número de reputados pensadores contemporáneos, quienes llenan sus obras con referencias a teorías científicas que apenas conocen y siempre interpretan mal, tan solo para aparentar erudición y profundidad de pensamiento. El escándalo estalló cuando apareció en el No 43 de la revista Dissent el artículo “Trasgrediendo las Fronteras: una Post Data”, que revelaba toda la farsa. Social Text se había negado a publicar este segundo artículo.
*Licenciado en Química y Doctor en Ciencias Técnicas.
Investigador Titular y Profesor Titular de la Universidad de Oriente. Premio Nacional de Ingeniería en el año 2004. |
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