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| 1. Crepúsculo del día, ocaso del año, otoño de la vida… Todo reunido en diciembre de este año 2011, en el que he celebrado –junto con monseñor Alfredo Petit– cincuenta años de vida sacerdotal. Y todo ello, ungido por la presencia lustral de la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Caridad, la que se conserva en la iglesia parroquial de Santo Tomás, en Santiago de Cuba; copia fiel, un poco mayor, que la que se venera en el Santuario de El Cobre. Y este cierre de la visita, a la altura de lo que ha sido la larga peregrinación, nos está abriendo ya al inicio del Año Jubilar por los cuatrocientos años del encuentro de la imagen flotando en las aguas de la Bahía de Nipe; año que será, a su vez, enriquecido por la visita de S.S. Benedicto XVI a nuestro país. ¡Holgura de fe cristiana y de cubanía de tuétano con que el Señor nos regala en estas celebraciones navideñas! Casi nos cuesta creer en la realidad, en la verdad, de estas conjunciones luminosas, insertadas en el camino más reciente de nuestro pueblo. Pero sí, son reales, no espejismos de desierto.
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| 2. Ciñéndome a la más personal de estas referencias, el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal, recuerdo aquella mañanita romana, hermosa y fresca, en la que la recibí de manos del que fuera poco después cardenal Samoré. Tuvo lugar el 23 de diciembre de 1961, en la hermosa capilla, hoy desaparecida, del antiguo Pontificio Collegio Pío Latinoamericano. Evoco, en primer lugar, las palabras DON Y MISTERIO, de Su Santidad Juan Pablo II, cuando celebró tal aniversario de oro; así calificó él la realidad sacerdotal y el padre rector del Seminario nos lo recordaba en la homilía de la Misa que, por nuestro aniversario, concelebramos Alfredo y yo en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, con los sacerdotes formadores y con la participación de los alumnos de esa institución.
3. Porque don y misterio es la existencia sacerdotal, cuando nos esforzamos de manera sostenida –un día y otro también– por responder a tamaña gracia con toda la fidelidad que exige. Es fuente de gozo muy íntimo y, paradójicamente, causa de henchimiento de los dolores y contratiempos –los personales y los ajenos que también asumimos–, compañeros inseparables de nuestra vida como sacerdotes de la Iglesia fundada por Jesucristo el Señor. Él culminó su existencia terrenal en la Pascua, en la resurrección, pero pasó por un camino de la cruz sumamente intenso. Y así nos trazó el camino que hemos recorrido en la Iglesia durante veinte siglos.
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4. No subí engañado las gradas del altar. A Dios gracias, desde mi niñez, estuve muy cerca de muchos sacerdotes. A la mayoría los había percibido como hombres muy bien realizados, en su vida espiritual y en los valores humanos de la existencia que el sacerdocio no excluye. Pero había conocido también algunos recomidos internamente por amarguras y frustraciones que no es el caso describir. Eran una minoría, pero eran y son. ¿De dónde esta anormalidad sacerdotal? Es cierto que, aun en los más fieles y de temperamento positivo, alegres, no me resultaba imposible descubrir los dolores y las contrariedades que, casi siempre, trataban de ocultar con la discreción de los hombres buenos, de los que son hombres y que son buenos, no plañideras o actores de teatro. Sabía yo, pues, que iniciaba una etapa nueva de mi vida que, muy probablemente, sería casi siempre cuesta arriba y que en ella no faltarían los arañazos lacerantes. Confieso que así he vivido como sacerdote: no he dejado de ser un pobre hombre pecador, pero he sido fiel, sin quebraduras que hayan menoscabado la condición sacerdotal; y he sido feliz sin mucha algarabía. El que nos introdujo en el Misterio, nos hizo el Don de Su gracia para poder superar cotidianamente nuestras miserias entitativas, siempre nos ha dado la mano firme y tierna, necesaria para seguirle. Así se es feliz sacerdotalmente. Me parece que las frustraciones y las amarguras no tienen otro origen que la mala elección del camino y de las motivaciones erradas.
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| 5. Dios no permita que se engañen los jóvenes que hoy piensan en la posibilidad de ser Sus sacerdotes. En primer lugar, que sepan que, hasta donde nos resulte posible, debemos es crutar el deseo de Dios mismo. Optar por el sacerdocio no puede ser fruto de un capricho infantil o de una ensoñación seu-doespiritual; ni siquiera de un buen deseo; no equivale a optar por una profesión o una carrera. El sacerdocio es un estado de vida y no se deben dar los pasos para abrazarlo mientras no se tenga la certeza moral de que Dios quiere que los demos. Porque, no lo olvidemos: Él es Quien ha elegido esa ruta para nuestra vida. Para “ saber ” , nunca serán excesivas las horas de reflexión, de mirada interior y de oración, de lecturas iluminadoras, de conversaciones con sacerdotes sabios y de experiencia probada que nos pueden ayudar a VER. Se trata de honestidad y de verdad en la elección como respuesta a la elección de Dios, de ese camino en el que, en principio, renunciamos a tontas “realizaciones” y “disfrutes” personales en aras de servir a nuestros hermanos en el camino de la fe, en la Iglesia de Jesucristo, con el estilo que le es propio, sin frivolidades egoístas, sin introducir ruidos en el sistema, sencillamente, humildemente, en continuidad con el camino de Jesús. Y ese camino trae consigo un gozo muy hondo, el de la mejor especie, inefable, inenarrable, pero también penas –casi siempre secretas– que unimos a la pasión del Señor, en la que estamos llamados a participar. Todos los cristianos lo están, pero los sacerdotes –valga la redundancia– debemos hacerlo sacerdotalmente, oblativamente.
6. Si para todos vale decir que no somos dueños de nosotros mismos en un sentido sutilmente egoísta, sino que pertenecemos a Dios y que nuestra vida, toda entera y en todas sus dimensiones, está en manos de Dios, esto es particularmente cierto de los sacerdotes. Somos de Dios o no somos. O lo somos de manera dimidiada y quebradiza. Y así no vale la pena ser sacerdote y, si se llegase a serlo, sin una conversión radical, seríamos ácidos, insoportables e infelices.
7. ¡Se los digo yo, que años tengo! En este ámbito no vale la bambolla. Me faltan sabiduría y santidad, pero los cincuenta años de sacerdocio, con diversos ministerios y entre ellos, el servicio sereno e ininterrumpido a la formación de los seminaristas, algo me han aportado. ¡Amén!
La Habana, 29 de diciembre de 2011. |
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