Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Febrero / 2012 No. 215
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  - En el Callejón... de una novela - A ochenta años de su debut escénico
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  - El lazo de Laura y Chano - Arte Divino
En el Callejón... de una novela
por María del Carmen Muzio

Muchas amistades aficionadas a la lectura me han comentado la recurrencia en la literatura cubana actual de temas surgidos desde los años noventa del pasado siglo, como el “período especial”, los rockeros, los drogadictos, la homosexualidad, el erotismo desmedido, entre otros, y que llegan, en algunos momentos, a resultar cansones. A todos ellos les he recomendado una novela que encontré casualmente en la librería: abrí el libro y desde el inicio me atrapó por lo diferente de la temática. Se trata de Callejón del Infierno , de Roberto Méndez, editada por Letras Cubanas en el 2010.

La obra transcurre en el Camagüey del siglo XIX, o sea, el Puerto Príncipe asolado durante la contienda de la Guerra de los Diez Años. Uno de sus valores principales radica en mostrarnos un momento histórico desconocido para algunos.

Los personajes son históricos: el cruel Ampudia, el reptante Pablo Recio, el fotógrafo Miguel Adolfo Bello y el matrimonio conformado por Ana Josefa Agüero y Esteban Varona. Basta con la lectura de sus primeras páginas para percatarnos de la exhaustiva y rigurosa investigación en la que descansa el conflicto dramático.

Dividida en tres partes o ciclos referentes a los personajes protagónicos de “Esteban”, “Miguel Adolfo” y “Ana Josefa”, se incluyen entre ellos los relativos a “Las sombras” que aclaran algunas de las interro-gantes del lector.

De más está destacar la exquisita prosa del autor con su sabor decimonónico y las referencias a hechos ocurridos en esa etapa histórica como la muerte del general Ignacio Agramonte y la piedad del hermano Olallo; o el recibimiento a doña Tula por la sociedad camagüeyana, cargado con una ironía deliciosa.

Las mejores familias de Puerto Príncipe aparecen como pinceladas durante la narración, los bienes confiscados, la emigración de la mayoría de ellas, y el derrumbe de una ciudad que gozó de la opulencia colonial.

Sin querer contar la novela, solo explicaré que se centra en el asesinato injustificado de Esteban Varona. Su esposa, Ana Josefa, ejem-plifica la esposa fiel, viuda con dos niños pequeños, pero que era la mujer más bella de la ciudad y que había despertado la codicia de unos y el amor platónico de otros, como el del fotógrafo Adolfito.

Una galería de personajes despierta nuestro interés, desde doña Rosa, quien quiso retratarse con sus joyas y mejor vestido antes de partir para el exilio, hasta Los Murciélagos, una banda de criminales al servicio del brigadier Ampudia.

Confluyen, asimismo, las narraciones de las misas católicas, en el restablecimiento de la Catedral, y la visita de Miguel Adolfo a una adivina. Y El Infierno es la taberna donde se reunían las peores especies de bandidos de la ciudad, pero alegóricamente es además la misma ciudad devastada ante la opresión colonial española.

También hay momentos de crueldad desmedida como el asesinato de Esteban y la muerte a machetazos del perro rabioso; y otros de gran fabulación: los carteles en latín de citas bíblicas, que Miguel Adolfo pinta por la ciudad para advertir a su bella Ana Josefa del peligro inminente que la acecha. La descripción de la cárcel donde estuvo Esteban, acompañado por acaudalados criollos venidos a menos igual que él, ejemplifica con singular maestría la prosa y el conocimiento histórico del autor. Me limito a citar un breve ejemplo:

“La cárcel guardaba un enigma más. No era extraño que hubieran fusilado a un hombre como don Antonio Luaces Iraola. Bien sabía Ampudia –ese hombre, Esteban, está dando que hablar– quiénes eran sus enemigos y no le valieron al ilustre nieto de don Francisco Iraola, ni las súplicas de las monjas ursulinas, ni la intercesión de los padres escolapios que por boca de su rector recordaban al Comandante que no hay más hermoso laurel para la frente de un guerrero cristiano que el de la clemencia (…)”.(1)

Se describe con maestría el calvario recorrido por Ana Josefa quien, para lograr la libertad del esposo prisionero, llega a entrevistarse con el pérfido Ampudia:

“Y a ella que le salen como un borbotón las palabras y ya no se acuerda si iba a suplicar, a exigir, a maldecir o qué. Esteban, su Esteban, lleva un mes en la cárcel y no sabe por qué. Y él que le pide el nombre completo: Esteban Víctor de la Candelaria Varona Gelabert y lo anota en un pequeño papel poniendo todo esmero en la caligrafía, con precisión desesperante”.(2)

De los personajes mejor delineados, Miguel Adolfo destaca por su locura, por su amor por Ana Josefa a quien llama en su interior Sofía, y ese álbum de daguerrotipos antiguos que atesora porque allí está la historia de la ciudad, con la costumbre de retratar a los difuntos antes de darles sepultura; Adolfito, con un amor carnal por la mulata Carmela, amigo del borracho Antonio y además organizador de las comparsas por la fiesta de San Juan.

Para los que gusten de la leyenda, del ambiente de un siglo xix ido, de una prosa elaborada y poética, de personajes reales que cobran vida propia, el Callejón del Infierno les deparará el encuentro con una poderosa fabulación pero de honda raíz histórica.

Notas

1 Méndez, Roberto: Callejón del Infierno, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2010, p. 57.

2 Ibídem, p. 66.

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