Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Enero / 2012 No. 214
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Economía y Estado
por presbítero Boris MORENO

La reciente crisis financiera y económica ha vuelto a poner sobre el tapete el papel del Estado en los asuntos económicos. Pretendemos con este trabajo realizar un acercamiento a las distintas corrientes que han tratado este tema.

La cuestión del papel que el Estado debe desempeñar en la economía es un tópico de larga data en los anales de la profesión, desde Smith con su obra La riqueza de las naciones hasta Sachs, Stiglitz, Krug-man y Summers en nuestros días. Tal tópico se ha enfocado y analizado desde los más disímiles prismas y posiciones teóricas, con lo cual se ha enriquecido el conocimiento que sobre él se tiene, pero, a su vez, se ha dificultado la comprensión de sus relaciones. Esta situación es mucho más entendible, si tenemos en cuenta las implicaciones políticas, ideológicas (en su más amplio sentido) y cultural, que el tema del Estado tiene en cualquier sociedad.

Ya antes de Smith, la escuela mercantilista había dado su opinión sobre el particular: el papel del Estado es velar por la adquisición y mantenimiento del volumen de metales preciosos, fomentando todo tipo de empresas que procuren la mayor cantidad de entradas de tales bienes y evitando y prohibiendo todas aquellas que representen una erogación de los mismos. Bajo tal mentalidad y antecedido por los procesos de establecimiento de los Estados modernos caracterizados por las monarquías absolutas, el activismo estatal alcanzó grandes cotas: empresas comerciales y marítimas, creación de flotas, sistemas impositivos y regulatorios, entre otros.
La reacción provino en especial de los franceses, del médico Quesnay y de sus fisiócratas: Laissez faire, laissez passer . No obstante, de Smith es el mérito indiscutible de darle al asunto el cariz científico que exigía para lograr conclusiones con objetividad. Ante los disímiles objetivos y exigencias que enfrenta el Estado, los problemas de incentivos entre sus miembros, las pujas entre lo que hoy llamamos agente y principal, entre otras causas, la conclusión es la ineficiencia manifiesta del Estado y el principio que seguir es el de apartarlo de las cuestiones económicas. La “mano invisible” del mercado se encargaría de lograr que las asignaciones de recursos se realizaran eficientemente. Sin embargo, el eminente economista escocés no desconoce otras situaciones en las que la actuación del Estado es imprescindible (Smith, 1972).

Expuesto el principio de la “mano invisible”, se imponía un Estado mínimo que estuviera atento a situaciones puntuales que no eran atendidas o eran dejadas de lado por el mercado. Esta tradición va a ser mantenida por la escuela clásica y neoclásica, pero tratando de filtrar hasta el extremo cualquier posibilidad teórica de fundamentar una actuación activa del Estado, hasta llegar a Rawls con su teoría del no-Estado. La brecha en este enfoque será marcada discretamente por Mill y su utilitarismo (Rosanvallon, 1995).

Sin apartarse totalmente de la comunión en el mercado, como lo hace la visión marxista, el keynesianismo representará la revolución en el tratamiento del papel económico del Estado, y desde los años cuarenta hasta finales de los setenta del siglo pasado se verá el activismo progresista del Estado: empresas públicas extendidas, amplias regulaciones, topes de precios, fuerte progresividad de los sistemas impositivos, etcétera. Un Estado antropomórfico y lleno de virtuosismo, amparado en la doctrina del interés público, con un horizonte de información amplio frente a las fallas del mercado y la miopía de los agentes individuales era la base del optimismo que dio origen al concepto de Estado de bienestar, como proyecto y modelo de sociedad.

La crisis extendida de los ochenta motivó los procesos de reforma del Estado en países de variadas latitudes, sobre la base del Consenso de Washington. En la década del noventa los cambios sociopolíticos en la Europa oriental y central posibilitaron la aplicación de semejantes programas y aún más ortodoxos (Lavigne, 1997), marcados por la impronta política. A pesar de los resultados alcanzados, el paradigma del Consenso presenta serias insuficiencias y ante ciertas circunstancias pudiera decirse que deficiencias. Igual aseveración puede hacerse en cuanto a la fundamentación convencional del papel del Estado.

Las ineficiencias e irregularidades que se observaban en el desempeño del papel económico del Estado, entre otras cuestiones, y que se habían hecho notablemente visibles desde finales de la década del setenta, a la par de su expansión como agente empresarial en todas las áreas de la economía (CEPAL, 1994), motivaron una reacción con vistas a reconducir tal evolución. No es de extrañar entonces, que uno de los objetivos de los programas de restructuración que se aplicaron en muchos países en los años ochenta bajo los auspicios del FMI y del Banco Mundial, sustentados en el Consenso de Washington (Wi-lliamson, 1990), haya sido la reforma del Estado, tanto institucional como funcionalmente.

Dicha reforma, que se ha extendido hasta el presente y se ha profundizado con lo que se conoce como reformas de segunda generación, ha puesto nuevamente en discusión en los círculos académicos los fundamentos del papel económico del Estado, los ámbitos de su intervención y sus implicaciones en la vida socioeconómica de un país (Stiglitz, 1993). Particularmente, y verificándose la tendencia pendular en cuanto a la actuación del Estado en la economía –en unos períodos con amplias y diversas atribuciones y en otros, limitadas y bien definidas–, la reforma ha tenido como finalidad la de restringir el papel del Estado en la economía y reducir su capacidad de intervención.

Sin embargo, la reducción medida a través de la razón G/PIB (Gasto contra Producto Interno Bruto) no ha sido tan espectacular como se esperaba. Antes bien, pareciera haber una inercia en el comportamiento del Estado y, sorpren-dentemente, una mayor demanda de sus servicios, lo que unido a las insuficiencias intrínsecas de la misma reforma han representado un reto para el pensamiento que se sustenta en el Consenso de Washington. Es de destacar que tales insuficiencias (Stiglitz, 1998) han tomado un realce mayor, potenciadas por las implicaciones de la globalización. A su vez, este complejo proceso social está representando en sí mismo un reto de profundas implicaciones para el desenvolvimiento del papel económico del Estado.

Aun cuando se ha presentado al proceso de globalización como un proceso con ventajas per se (Sachs y Warner, 1995), sus implicaciones parecen representar un imperativo adicional de actuación para el Estado en el ámbito económico. Todo indica que en nuestros tiempos se necesita mucho más que el Estado desempeñe un papel en las cuestiones económicas, papel que estará marcado por unas funciones promotoras y difusas, pero ajustado a sus capacidades y ventajas, en estrecha colaboración e interrelación con los demás agentes, capaz de asumir las exigencias de los mercados y respetarlas, so pena de ser “castigado” (Tugores, 1999) y (des)estructurado en diversos órdenes: supranacional, regional, nacional y local.

La actual crisis, entre otros factores, parece haber confirmado el diagnóstico anterior: cuando se deja de lado la regulación necesaria y la actuación conveniente del Estado en los asuntos económicos, la situación socioeconómica puede complicarse tremendamente; y son las personas de menor renta y riqueza las más afectadas. No obstante, hasta dónde puede llegar esta regulación y actuación sigue siendo un punto de discusión que le compete a la agenda política de cada sociedad, pero sobre la cual el decurso histórico puede aportar algunas luces. No sería sensato que las ignoráramos, mucho más en estos tiempos en que vuelven a aparecer algunas corrientes que presentan al Estado como la gran solución.

Bibliografía

CEPAL (1994): La crisis de la empresa pública, las privatizaciones y la equidad social .
Lavigne (1997): Del socialismo al mercado.
Rosanvallon (1995): La crisis del Estado Providencia.
Sachs y Warner (1995): Economic Reform and the Process of Global Integration.
Smith (ed. cubana, 1972): La riqueza de las naciones.
Solimano (2000): Globalización y desarrollo a fines del siglo XX.
Stiglitz (1993): El papel económico del Estado.
_____ (1998): Más instrumentos y metas más amplias para el desarrollo. Hacia el Consenso post-Washington.
Tugores (1999): Globalización e Integración.
Williamson (1990): Democracy and the Washington Consensus.

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