Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Febrero / 2012 No. 215
BREVES OPINIÓN RELIGIÓN SOCIEDAD SEGMENTO GLOSAS DEPORTE
EN ESTE UNIVERSO DE DIOS APOSTILLAS CULTURA ¿QUIÉNES SOMOS? EDICIONES MENSUALES CONTACTOS

Una tarde de luz
por Perla Cartaya Cotta
fotos: Nohemí CARTAYA

 

 

Siembra, siembra sembrador
sin preocuparte el saber
para quién habrá de ser
el fruto de tu sudor;
si sembrar es tu deber,
siembra y lucha con amor.
L.G.P. (De Deber)

El miércoles 18 de enero, precisamente el mes en que conmemoramos el natalicio del cubano a quien la eximia poetisa chilena Gabriela Mistral llamó “el hombre más puro de nuestra raza”, llegué –alrededor de las 2:30 de la tarde– al hogar donde reside con su familia, en la barriada de Luyanó, don Luis García Pascual, un hombre de noventa años de edad, en cuya vida sigue siendo un objetivo primordial investigar y esclarecer datos inexactos o erróneos de la vida, la obra y el entorno social de José Martí Pérez.

Su vivienda, más bien pequeña y parecida en su arquitectura a las de esa zona de nuestra ciudad, tiene algo “especial” que percibí tan pronto crucé su umbral. En la acogedora sala –decorada con un buen gusto impecable–, así como en otros lugares de la casa, sentí la presencia del Apóstol porque sus huellas simbólicas están por doquier: en “los cuadros finos” que tanto le agradaban, en los objetos que lo evocan y, sobre todo, en la pasión que este joven anciano revela en su voz, en la forma de mirar y en las formas de mover las manos, cuando habla de ese ser excepcional a quien yo suelo llamar el hombre de la Rosa Blanca.

I

En la década del veinte del pasado siglo, se produce en Cuba, lo que los historiadores denominan “el despertar de la conciencia nacional” y justo en esos años nace Luis García Pascual, el 17 de febrero de 1922, en el seno de una familia modesta residente en Marianao.

Sus padres, Francisco García Fernández y Ana Pascual Palma, nacidos en Asturias y en Granada (Andalucía), respectivamente, llegaron al suelo cubano en edades tempranas. Él, con 13 años de edad, emigró a Cuba “huyéndole al Servicio Militar Obligatorio que lo destinaría al África”. Ella, a los seis años, arribó a La Habana con sus padres, quienes tal vez buscaban –como otros españoles– un mejor futuro para sus vidas. Contrajeron matrimonio, en 1916, en la parroquia dedicada entonces a Nuestra Señora de Guadalupe y, más adelante, a Nuestra Señora de la Caridad. De esa unión nacieron, cronológicamente, siete hijos: Concepción, Manuel, Francisco, Ana, Julia, Luis y Nicolás, de los cuales el historiador nato a quien dedico esta glosa es el único sobreviviente.

Su progenitor tenía en Marianao una bodega “bastante grande” con su trastienda y, detrás de ella, estaba la casa donde vivía con su mujer e hijos. Luis, de carácter vivo e inquieto como por lo regular son los niños, comenzó “a ayudar espontáneamente” a su querido padre en el negocio familiar; tal vez por eso, cuando tenía edad para asistir a la escuela cursó solamente hasta el tercer grado; aunque más adelante concluyó el sexto grado. Es probable que incidiera en lo antes expuesto, las mudanzas de la familia, primero para El Cano y mucho después para la habanera calle Gervasio, pero como a veces ocurre se ha extraviado en su memoria el número de la casa y las entrecalles.

En síntesis, fue Luis –como tantos otros infantes de aquellos tiempos–, un niño que realizó algunas tareas de hombre, para colaborar con la economía familiar, en plena edad escolar. Siempre asistió a escuelas públicas y fue en esas instituciones donde, por primera vez, le hablaron de José Martí.

Un detalle interesante de nuestro diálogo: no puede precisar cuándo y por qué surgió en él un anhelo cada vez más fuerte: “Leer y saber más y más de Martí… Era –dice– como un mandato interno, algo inexplicable…”

Contrajo matrimonio civil, en diciembre de 1957, con Mireya Guerrero Fernández, quien nació en La Habana en 1932, hija de Manuel Guerrero y Amelia Fernández. De ese amor nació Grisel, su única hija, casada con Juan Carlos Romero de la Fuente, y madre de dos niños: Andy y Bryan. El primero termina este año de estudiar en la Escuela-Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, y aspira a ingresar el próximo curso en la Universidad para estudiar Ingeniería Mecánica. Bryan, por su parte, cursa el tercer año de pintura en San Alejandro y, por lo que he podido apreciar, su futuro es prometedor.

Como trabajador, Luis se desempeñó en diversas actividades. Viviendo en la calle Gervasio, comenzó a laborar con representantes de productos de peluquería en Cuba, por ejemplo, Revlon, Ruth y otras marcas en boga. Trabajó en una peluquería llamada Marinello y en otra nombrada Fémina, sita en San Rafael y Manrique, envasando tintes; y recuerda que “estaba precisamente en la misma esquina donde vivía Martí cuando lo detuvieron en 1869”.

Con el paso de los años, “en el tiempo en que Batista era el jefe del Ejército”, su cuñado Luis Pizarro Baeza, esposo de Concepción (su hermana mayor), hombre de excelente posición económica, dedicado al negocio de obras de construcción, fue contratado para construir el parque llamado por los habaneros “de los enamorados” –cercano a la celda donde estuvo preso Martí– y llegar hasta el Monumento a los Estudiantes de Medicina. “Como que era necesario poner el relleno de la fuente, mi hermano Nicolás y yo trabajamos en esa tarea, en la cual estuvimos algo más de una semana…” Luis hace una pausa: está emocionado, pero se recupera y deja brotar sus recuerdos: “Durante ese tiempo entré varias veces en esa celda… Estar allí me impresionó y revivió en mí la inclinación hacia Martí sobre la cual ya le he hablado…”

“Nunca me interesé por los asuntos de la política, pero siempre pensé que Martí era Cuba, entonces me dije: ¿y si no me gusta la política, qué puedo hacer por Cuba?… Creí entonces, y sigo creyendo, que mi misión como hijo de esta tierra era hacer algo por Martí, es decir, hacer algo para que los cubanos lo conocieran, lo respetaran y amaran”, porque se había percatado “de que el pueblo trabajador al cual pertenezco muy poco sabía de la verdad de su vida”. Ya era un hombre mayor, me dice, pero no recuerda la edad que tenía y “no sabía qué hacer para lograr lo que quería”.

Por ese tiempo conoció a “Emilio Bacardí, que fue coronel del Ejército Libertador, ayudante de Maceo, y participó en la invasión a Occidente”, quien “me colocó en la Cervecería Modelo del Cotorro (Hatuey), como ayudante de electricista, ganando diez pesos diarios”. De ese salario, separaba lo necesario para cubrir las necesidades de su casa, “y el resto lo invertía en libros que trataran sobre Martí”, lo cual era criticado por su jefe. “Me jubilé en 1985, trabajando en el mismo puesto”.


De izquierda a derecha: Bryan (nieto menor), Luis García Pascual
y Grisel (hija).
II

Luis trabajaba en la Cervecería Modelo cuando se inscribió en la Fragua Martiana “para dar un curso con Gonzalo de Quesada y Miranda en el cual obtuve sobresaliente”. Le parece que eso ocurrió al principio de la Revolución. “Le pregunté a Gonzalo por qué había cartas de Martí con fechas entre corchetes –dice– y me respondió: porque se han agregado, ya que Martí escribió una gran cantidad de cartas a las que no puso fechas o las puso incompletas”. Ese recuerdo trajo a su pensamiento la siguiente anécdota: “Un día, Rafael Senra, gran amigo de Martí durante los difíciles años de Nueva York, le preguntó por qué él no fechaba las cartas y el Maestro le contestó: ‘La vida se compone de un solo día y termina con la independencia de Cuba'”. Visiblemente emocionado, según capto en su mirada y en el movimiento de sus manos, continúa: “Martí no es un hombre común. Para entender el sacrificio de su vida, hay que tener eso presente”.

Las remembranzas, incontenibles, siguen fluyendo. “Creo que fue a fines de la década de 1950 cuando conocí al inolvidable martiano Manuel Isidro Méndez y nos hicimos buenos amigos. En una ocasión me notificó que existían muchísimos textos de Martí no recogidos en sus Obras completas, y me propuso hallarlos”.

Para lograrlo “se me ocurrió un sistema de trabajo” que le facilitó detectar lo no incluido en sus Obras… ; y después de muchísimo tiempo –¡casi veinte años!– dedicado a ese fin, “tuve la suerte de haber encontrado ciento veinte cartas, y una gran cantidad de otros escritos que llegaron a sumar más de trescientas páginas, las cuales entregué a Gonzalo de Quesada y Miranda, y se publicaron en el tomo 28 de sus Obras… Me aclara, “por curiosidad”, que en esos años “no existía el derecho de autor y, debido a que éramos cuatro los autores solo me entregaron seis ejemplares, y como el costo de cada uno de ellos era de dos pesos, el pago que recibí por ese trabajo fue de 12 pesos”. Pero martiano de pura cepa, eso no lo detuvo: “No hago estos trabajos para ganar dinero, ya antes le dije cuál es mi propósito”.

Una persona de la Fragua Martiana le dijo: “¿Por qué no haces lo mismo con las cartas que recibió Martí?… Hombre sincero y honesto, dispuesto siempre como buen cristiano a ser útil y a servir al prójimo, no oculta el procedimiento técnico “que inventé” para llevar a cabo esa investigación: “siempre copio la primera línea de un escrito o de una carta, la presunta fecha de redacción (si la tiene), y la fuente…” Después iba “al Archivo o a una buena biblioteca”, como por ejemplo “la Nacional o la de Carlos III, y con ese sistema de trabajo conseguí trescientas y pico de cartas que le escribieron a Martí”. Esas epístolas fueron publicadas por la Editorial Abril, en 1993, con el siguiente título: Destinatario. José Martí.

Para que el lector pueda apreciar la tenacidad de Luis García Pascual, le aclaro que él copió “a mano” todas las misivas, luego logró mecanografiarlas, entregándolas así a la Editora antes mencionada.

Tal vez su familia pensó entonces que Luis daría por concluido su trabajo. Pero no fue así: “Me dio pena con los amigos y colaboradores de Martí que nadie los conociera –dice– , y con los historiadores que cometían errores al referirse a ellos, como ha observado…”, y se le ocurrió hacer una especie de diccionario que logró llevar a cabo y publicar como Entorno Martiano , también por la misma casa editorial. Lamentablemente, su autor no quedó satisfecho: “Salió con más de cien erratas… ¡Un desastre!”

Para enriquecer sus investigaciones, se dedicó entonces “a buscar partidas de bautismo de la familia y de los amigos de Martí”, de modo que logró reunir “más de trescientas partidas de bautismo, y ciento y pico de defunciones”. Al hablarme de ese tema, expresa su agradecimiento a monseñor Ramón Suárez Polcari, a quien considera un amigo por la ayuda que le proporcionó, aunque “no en todas las parroquias obtuve la misma colaboración”.

La sonrisa es inevitable ante las ocurrencias de García Pascual: “Los últimos serán los primeros, dice la gente, y creo que es verdad, fíjese que yo olvidé decirle que mi primer trabajo martiano fue ‘Por la senda del Apóstol', una cronología con unas 646 fechas de los momentos más importantes de su vida, pues las existentes eran demasiado escuetas”. (Publicada en el Anuario Martiano no. 3 , Sala Martí de la Biblioteca Nacional, en 1971).

Luis García Pascual es un hombre sin trastiendas. Confieso que me impresionó el esfuerzo de este cubano, historiador nato que aprendió a investigar, investigando. Un obrero modesto que adquirió la cultura “leyendo a Martí”. No oculta lo que sabe: lo comparte con sencillez y afecto.

Las anécdotas sobre Martí llegan con fluidez a sus labios. Refiriéndose a la camagüeyana Rosalía García Barrios, madre de Gualterio García Barrios (secretario de la delegación del Partido Revolucionario Cubano en Cayo Hueso), muy querida por Martí, cuando falleció en Tampa él dijo: “Me hizo conocer la suerte de tener dos madres”. Al referirse a la etapa de Martí en Guatemala, piensa –yo también– que se enamoró de María García Granados y evoca sus palabras: “En Guatemala tuve un hervor de amor…”, que sofocó “por el compromiso que tenía con Carmen Zayas-Bazán”. No duda de que él quiso mucho a Carmen Miyares: “No tendría ella la belleza física de su esposa, pero lo comprendió y compartió sus ideales revolucionarios. El asunto de María Mantilla –a su juicio– no es más que una infamia de malos cubanos que quisieron, a toda costa, enlodar su nombre y su prestigio. Eso fue una villanía”. En este sentido, se refiere “a argumentos irrebatibles”, con los cuales coincido.

Epílogo

Es para mí otra gracia de Dios haber disfrutado, inesperadamente, de una tarde de mucha luz en el hogar de Luis García Pascual, a quien conocí en la parroquia del Espíritu Santo, hace muchos años, porque mi inolvidable amigo Ramoncito Junco Sterling, quiso que yo lo conociera.


Área de la casa donde trabaja Luis García Pascual.

Muchas anécdotas he oído de sus labios no trasladadas al papel por problemas de espacio, entre otras razones. Muchas gentilezas que me honran y emocionan he recibido de sus manos. No hallo palabras para explicar la admiración y el respeto que me inspiran su entrega a la obra martiana… Cuánta razón tuvo Martí al expresar en sus Versos Sencillos : “Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar…”, porque estoy ante un hombre –obrero y autodidacta– que nunca se detuvo ante los obstáculos o las piedras (grandes, medianas o pequeñas) que puedan haber lacerado sus pies: ¿alguien puede dudar de que el Amor todo lo puede?…

Creo, sinceramente, que él es un ejemplo para todos, tanto para los jóvenes como para los que llevamos la juventud únicamente en el corazón y en el amor a Cuba y a nuestra ciudad. En Luis García Pascual están ausentes las pretensiones vanidosas y las mezquindades: es un hombre realmente modesto y sorprendente, tal como me lo pintó Ramoncito. Me muestra, como un tesoro venerado, un pequeño estuche transparente con un montoncito de tierra de Dos Ríos –que él trajo de allá en 1995– ante el cual nada pude decir… Lo considera “un amuleto” y siempre lo lleva consigo.

Para que el lector comprenda que no exagero al destacar su modestia, confieso que hace alrededor de quince días, cuando yo trataba de encontrar en la guía de Etecsa su teléfono porque deseaba consultarle ciertos datos históricos, ante mi sorpresa me llegó una llamada de don Luis García Pascual, para pedirme con mucha humildad –¡como un favor!– “que usted me entreviste”, cuando soy yo, y lo digo de todo corazón, la que siempre tendré que agradecer su llamada y que haya depositado en mí su confianza.

En el mes de su cumpleaños, esta sección le obsequia una rosa blanca –que para él es el mejor homenaje–, y se despide con su propia palabra, la última estrofa de su poema “Deber”:

Siembra, siembra, sembrador,
los hombres son tus hermanos,
bríndale a todos tus manos,
sin recelos ni rencor,
que el deber de los cristianos
es ese: SEMBRAR AMOR.

 

Algunas de las distinciones recibidas

- Por su obra José Martí: Epistolario (5 tomos, 1 317 cartas): Diploma de la Academia de Ciencias de Cuba al Resultado Científico por haber obtenido la condición de Destacado Nacional en el año 1993. Trofeo-Resultado Destacado.

- Premio del Ministerio de Cultura al Resultado Científico más destacado de 1993.
- Carta de felicitación del Comandante Fidel Castro, ex-presidente del Consejo de Estado y de Ministros.
- Por su obra Destinatario: José Martí , la Dirección de Literatura del Instituto Cubano del Libro le otorgó, en 1999, el Premio de la Crítica Científico-Técnica.
- La réplica del machete de Máximo Gómez por las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
- Distinción por la Cultura Nacional, del Ministerio de Cultura.
- Por su obra Entorno Martiano , recibió el Premio de la Unión de Historiadores de Cuba (2003).

 

 

Objetos muy valiosos para Pascual.
Llavero que él mismo se hizo calando una moneda del siglo XX,
estuche transparente en forma de corazón con tierra que trajo de Dos Ríos en 1995 (lo considera su amuleto inseparable) y
reloj con imagen de José Martí obsequiado al entrevistado por Eusebio Leal.

 
SUBIR