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Carmita la mujer ignorada
II Parte por Perla Cartaya Cotta
fotos cortesía de la autora |
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Al indagar sobre la existencia de esta cubana –respetada y admirada por la mayoría de aquellos compatriotas que la conocieron, y por quienes, a partir de testimonios fidedignos, supieron de las virtudes y méritos patrióticos que cosechó en su camino–, tengo presente que los hechos de una vida se desenvuelven, por lo regular, según las circunstancias en que ocurren y las decepciones y heridas que, quizás, guarda el corazón. Pero son los hombres quienes los interpretan de acuerdo con el conocimiento –real o falso– que consideran tener de tales hechos y, por supuesto, de la personal filosofía de la vida en la cual influyen, casi siempre, los prejuicios de la época. Tal vez por eso, a pesar de encontrarnos en el siglo XXI, poco o nada se dice de Carmen Miyares. Las alusiones a su persona que a veces escucho, están –desde mi modesta opinión–, muy alejadas de la verdad. I
Sabemos que es una mujer buena, generosa y de fina sensibilidad espiritual. Tal vez sin percatarse –como a veces ocurre– de lo que está sucediendo en sus sentimientos, su alma se acerca cada vez más a la de ese hombre excepcional que es José Martí.
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Carmen Miyares no es, ciertamente, la primera mujer que lo ama. Pero desde mi propia concepción de ese sentimiento, creo que es, el suyo, ese “amor bueno”, comprensivo y presto al sacrificio que merece el hombre de la Rosa Blanca.
Me parece imposible que un hombre de tanta luz interior no perciba la cercanía espiritual de Carmita, como él la llama; tan peligrosa para sus propios sentimientos, debido a su condición de hombre incomprendido y abandonado por su esposa, que no acepta nunca su obra misional ni a su familia debido a su origen humilde. Creo que la vida es generosa con Martí y con Carmita al propiciar que se encontraran: ella tiene la dicha de ser un oasis en su vida y él puede contar, en los últimos años de su existencia, con una mujer que lo ama sinceramente, por encima de los prejuicios sociales; que mitiga la impaciencia de su corazón, y con quien comparte sus ideas y proyectos revolucionarios sin reservas.
Yo creo en Martí. Por eso considero absurdo e injusto suponer o afirmar –como con frecuencia se hace– la existencia de relaciones amorosas entre ellos antes de 1885. Porque en Martí, el deber, y cito a Ezequiel Martínez Estrada (1), no es el de los hombres comunes, “tampoco el de los hombres que tienen por su significación y responsabilidad en la vida mayores deberes que los demás…” El deber, en este cubano incomparable, implica “servicio social”; adquiere “la categoría del sacrificio de sí, del holocausto”. Poco o nada le interesa su propia vida (Ob. cit. pp.149-155). Él lleva en el muslo la señal hendida de la cadena de presidiario, “y ha de haber sido advertencia saludable la permanente mortificación física que le dejó la fístula y el sarcocele”, de que así queda el estigma de la esclavitud en las almas (Ob. cit. p.151).
Carmita no desconoce que cuando España “le quita los grilletes”, ya él los había arrancado de su espíritu. Sabe de Martí todo lo que debe saber. Es capaz de ver y aquilatar su alma. El indudable amor de esta mujer hacia el Apóstol me corrobora que la admiración es un componente esencial de ese sentimiento. En alguna ocasión, ella confesó su seguridad de que “a Pepe se le aplaudía sin entenderle. Porque ‘arrebataba' (J. M., Martí, el Apóstol. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001, p. 172).
El 16 de diciembre de 1887, tiene lugar una velada para honrar a doña Leonor Pérez, quien ha llegado a Nueva York para disfrutar unos días de la compañía de su hijo. Se hospeda en casa de Carmita, a quien estima como ella merece. Pero un incidente, desagradable e injusto, ocurre en ese homenaje: Enrique Trujillo (a quien me he referido en el número anterior), uno de los organizadores de aquel sencillo ágape, excluye de las invitaciones a Carmen Miyares, “como una clara alusión a comentarios que se propalaban acerca de relaciones entre ella y Martí…”,(2) lo cual provoca, sobre todo en él, irritación y disgusto “por el ofensivo gesto”, dirigido, posiblemente, a tratar de lesionar –más que a la honra de la joven viuda– el merecido prestigio que el líder revolucionario tiene en la comunidad cubana y latina, residente en esa ciudad.
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Es probable que, por esa fecha, Carmita le muestre a Pepe, como lo llaman, la carta que recibe de Victoria Smith (su prima hermana, residente en Caracas), en la cual se hace eco de los comentarios antes aludidos. Esa misiva merece que Martí le envíe una epístola tan digna y humana como todo lo que de él procede. De la misma son los siguientes fragmentos:
“[...] Tengo un sentido tan exaltado e intransigente de mi propio honor [...] una costumbre tan profunda de la justicia, y una seguridad tan de mi mismo [...] que ni mi decoro, ni el de quien por su desdicha esté relacionado conmigo, tendrá jamás nada que temer de mí, ni requiere más vigilancia que la propia mía…” Considera que, “en llano español”, sería “una vileza, quitar por ofuscaciones amorosas el respeto público a una mujer buena y a unos pobres niños…”, le asegura que Carmita no tiene, “sean cualesquiera mis sucesos y oficios un amigo más seguro, y más cuidadoso de su bien parecer que yo…” (Ibídem).
Y como advierte que aquella carta está “muy cargada de encono”, no vacila en decirle: “Con toda mi alma, y no la tengo pequeña, aplaudo que si sospecha que Carmita intenta consagrarme la vida, desee U. apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas. [...] Pero U. no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor. Por acá, Victoria, en estas almas solas, vivimos a otra altura…” (Ibídem).
Al parecer, esta es la única vez en que el autor se refiere expresamente y por escrito a tan delicado tema. Pienso, sinceramente, que quien lea esta carta, si conoce la limpieza moral de José Martí, percibirá que, al exigir respeto para ambos, como señala la Nota del Centro de Estudios Martianos, “está hablando de relaciones no iniciadas” (Ibídem).
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Epístola de Martí para Victoria Smith sobre Carmen Miyares. |
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Es probable que, por esa fecha, Carmita le muestre a Pepe, como lo llaman, la carta que recibe de Victoria Smith (su prima hermana, residente en Caracas), en la cual se hace eco de los comentarios antes aludidos. Esa misiva merece que Martí le envíe una epístola tan digna y humana como todo lo que de él procede. De la misma son los siguientes fragmentos:
“[...] Tengo un sentido tan exaltado e intransigente de mi propio honor [...] una costumbre tan profunda de la justicia, y una seguridad tan de mi mismo [...] que ni mi decoro, ni el de quien por su desdicha esté relacionado conmigo, tendrá jamás nada que temer de mí, ni requiere más vigilancia que la propia mía…” Considera que, “en llano español”, sería “una vileza, quitar por ofuscaciones amorosas el respeto público a una mujer buena y a unos pobres niños…”, le asegura que Carmita no tiene, “sean cualesquiera mis sucesos y oficios un amigo más seguro, y más cuidadoso de su bien parecer que yo…” (Ibídem). Y como advierte que aquella carta está “muy cargada de encono”, no vacila en decirle: “Con toda mi alma, y no la tengo pequeña, aplaudo que si sospecha que Carmita intenta consagrarme la vida, desee U. apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas. [...] Pero U. no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor. Por acá, Victoria, en estas almas solas, vivimos a otra altura…” (Ibídem).
Al parecer, esta es la única vez en que el autor se refiere expresamente y por escrito a tan delicado tema. Pienso, sinceramente, que quien lea esta carta, si conoce la limpieza moral de José Martí, percibirá que, al exigir respeto para ambos, como señala la Nota del Centro de Estudios Martianos, “está hablando de relaciones no iniciadas” (Ibídem).
En cartas de Martí a sus amigos he encontrado gestos, o palabras, que evidencian que él es un hombre atento con Carmita, una mujer de buen gusto que tiene, entre sus preferencias para adornar la sala de su casa, “los cuadros finos”. El 11 de diciembre de 1890, le escribe a su amigo, don Federico Edelmann (a quien llama Fico), para invitarlo a que el sábado 13 de ese mes, a las ocho de la noche, asista a la casa de Carmita porque “unos cuantos amigos de poca ceremonia”, se reunirán allí para decir adiós “con café y versos, a Francisco Chacón. Habrá uno que otro cuadro colgado en la pared –dice Martí– Ud. solo tiene la culpa de que no esté allí campeando su ‘Diligencia Gitana'. No quiero que deje de venir. Verá en un cuadro verde, un cuadro de la madrugada de Norman” (O.C. t. 20, pp. 375-376).(3)
II
En 1891, Carmita y sus hijos –que quieren y admiran a Martí, visita frecuente de la casa–, se mudan para una vivienda más pequeña. Manuel, el mayor, acepta gustoso su presencia cuando el autor de los Versos Sencillos –convencido de que su matrimonio está definitivamente roto– regresa a la casa de huéspedes. Por tanto, es imposible pensar que viera u oyera en vida de su padre algo que lo ofendiera. Carmita acepta en la casa solamente a Martí y a otro huésped, por lo regular estudiante.
Del prócer Enrique Collazo, quien se encuentra en Nueva York, es este testimonio referente a la soledad afectiva de Martí: “Era un hombre de gran corazón que necesitaba un rincón donde querer y donde ser querido. Tratándole se le cobraba cariño, a pesar de ser extraordinariamente absorbente.”(4)
Refiriéndose a ese aspecto de su vida, escribe Ezequiel Estrada: “En cuanto a su amor más entrañable sin duda por Carmen Miyares, no ha pasado de ser una apacible convivencia cuasi conyugal, sin vibraciones pasionales, ni conflictos, ni pesares. Amor como rescoldo en el frío neoyorkino, que ponía una tibieza de ternura en la rutina de su vida cotidiana y le dejaba libres los brazos para la acción, que era su pasión verdadera” (Ob. cit. p. 130).
Ya los muchachos están encaminados: Manuel es tabaquero, Carmita (hija) se prepara para el magisterio, y Ernesto y María (a quien Martí llama, a veces, Maricusa), que son los menores, siguen en la escuela. La más pequeña, además, estudia piano, y a veces acompaña a su padrino, para amenizar las noches de “La Liga”, la sociedad de trabajadores de color latinoamericanos fundada por inspiración de Martí.
El Maestro, como ya lo llaman, tiene en Carmita un sólido apoyo para su labor revolucionaria, a la que ella se incorpora plenamente. Es una mujer inteligente que lo previene, con su fina intuición femenina, de peligros insospechados; identifica a los posibles traidores; ordena, clasifica y custodia su papelería porque él así lo quiere; comparten juntos los éxitos y las tristezas; sus lágrimas se mezclan, sobre todo, cuando el fracaso del Plan Fernandina, en uno de cuyos barcos, el “Lagonda”5 debía viajar su primogénito a la patria de sus padres. Carmen Miyares, que es para Martí, justamente, la mujer que su vida requiere, se esfuerza para limar asperezas entre el líder revolucionario y otros conspiradores que no siempre entienden su proyecto para Cuba, que se sintetiza en estas palabras: “Con todos, y para el bien de todos”.
Ella no es, tal vez, la gran pasión de su vida. Pero es la mujer que vive orgullosa de sus hijos porque, además de ser nobles y buenos, Manuelito, como suelen llamarlo, siempre quiere participar en las misiones peligrosas y procura estar cerca de Martí –aunque no lo dice– para protegerlo con su propia vida, de ser necesario; y a Ernesto, en ciertas ocasiones, el autor de Abdala, lo utiliza como mensajero porque sabe que es muy juicioso y ayuda en la imprenta de Patria cuando es necesario.
Recuerdo que, años atrás, el Maestro había escrito a su amigo Manuel Mercado: “[...] Si no caen sobre mi alma algún gran quehacer que me la ocupe y redima, y alguna gran lluvia de amor, yo me veo por dentro y sé que muero…” (O.C. t. 20, p. 84). No creo casual que la vida dé respuesta a esas necesidades de su espíritu. Ahora se siente distinto: comprende que aquellos muchachos, con su probado cariño e incorporados de una u otra forma al bregar revolucionario, compensan en su alma la ausencia de su Ismaelillo. Y Carmita, como madre, mujer y patriota, los bendice a la usanza de la época cuando “van de misión”; cuida al hombre que ama, por Cuba y por ella. Disimula su angustia porque lo sabe en permanente peligro, ¿acaso no había sufrido en Tampa, en 1892, grave envenenamiento? Para aquel hombre de alma inmensa –tan ofendido, herido y traicionado–, Carmita y sus hijos significan, desde mi apreciación, la gran lluvia de amor añorada en la soledad de su cercano pasado.
Cuando llega el momento de partir –a hurtadillas, para burlar la permanente vigilancia– hacia Santo Domingo, el 30 de enero de 1895, acompañan a Martí: Enrique Collazo, Mayía Rodríguez y su querido Manuel, a quien mira como a un hijo; sabe que con él está –a su lado– una parte entrañable de su tierna y valiente madre. Pero ya en el lugar de destino, entre tropiezos, peligros y diversas vicisitudes, Manuel tiene fiebre muy alta y señales de una enfermedad contraída al servicio de Cuba. Ante esa circunstancia, Martí y Gómez deciden el regreso al hogar del compañero inseparable de Martí y de Fermín Valdés Domínguez durante los dos difíciles años que precedieron al 24 de febrero de 1895.
Martí tiene presente a Carmen Miyares cuando le escribe a Gonzalo de Quesada, desde Montecristi, el primero de abril de 1895, la carta conocida como su testamento literario: “De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesitará la oficina, y más ahora: a fin de venderlos para Cuba en una ocasión propicia, salvo los de la Historia de América, o cosas de América, Geografía, Letras, etc. –que Ud. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo, o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan. [...] Envíemele a Carmita los cuadros, y ella irá a recoger todos los papeles. Ud. aún no tiene casa fija, y ella los unirá a los que ya me guarda. Ni ordene los papeles, ni saque de ellos literatura...” Al referirse a los versos, piensa que “podría hacer otro volumen: Ismaelillo, Versos Sencillos y lo más cuidadoso o significativo de unos Versos Libres, que tiene Carmita “.
“Y si Ud. me hace, de puro hijo, toda esa labor, cuando yo ande muerto, y le sobra de los costos, lo que será maravilla, ¿qué hará con el sobrante? La mitad será para mi hijo Pepe, la otra mitad para Carmita (Miyares) y María”. En el último párrafo, Martí le orienta sobre “la venta de mis libros”, en cuanto “sepa Ud. que Cuba no decide que vuelva”, exceptuando de esa venta los que Carmita debía guardar. “Y todo el producto sea de Cuba, luego de pagada mi deuda a Carmita: $220…” (O.C., T. 20, pp. 476-479).
III
El epistolario de José Martí a los hijos de Carmen Miyares constituye, a mi modo de ver, un hermoso testimonio de que ellos son el refugio de su amor paternal. Suele hablarse –y con razón, porque son bellísimas– de las cartas a María, la menor de las hijas del matrimonio Mantilla-Miyares. Sin embargo, muy poco suele decirse de las que escribe a Carmita (hija), por ejemplo, portadoras de un valor educativo acorde con su edad. Me parece natural que Martí sienta predilección por María, porque es su ahijada y porque es la más pequeña. |
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Martí junto a María Mantilla, 1890. |
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Durante la penúltima etapa de su peregrinar revolucionario, rumbo a Cuba (desde el 2 de febrero al 9 de abril de 1895) le escribe a Carmita (hija) cinco cartas conmovedoras. Tienen como denominador común un cariñoso saludo (Mi Carmita buena, Carmita hija...) y la misma despedida “Tu Martí”). De ellas, son las siguientes ideas y consejos de tan alto valor ético y educativo que no requieren más palabras de mi parte: “El recuerdo de Uds., _de tu alma limpia y leal, _es en mí una luz siempre encendida. [•••]Tú sabes que la pureza y la lealtad son la dicha única. Hay pocas almas tan capaces como la tuya de fidelidad, que es la aristocracia verdadera. [...] Tú misma te estimas más, y te respetas más desde que estudias y sabes. [...] Iba a acabar aquí para que no me dijeras predicador: pero tú sabes que yo quisiera hacerme como un manto de mis entrañas, y abrigarte del mundo con ellas: _te quiero como a hija” (O.C. T 20, pp. 233, 234).
“Manuel se me va, y con él como una raíz de mi corazón: con él aquí me parecían que estaban aún cerca de mí, y me defendían de mis penas: ahora él se va; y me han de pensar mucho, para que sus pensamientos vengan volando a defenderme._Me quedé muy solo. [...] Cuida bien a Manuel [...] y a esa riqueza de tu madre, sin lo que me siento pobre de verdad. Un beso en esa frente pensadora_y que vengan, volando, pensamientos” (Ibídem, pp. 234, 235). En la carta del 18 de marzo, al aconsejarla le habla de sus propias experiencias: “[...] En la vida de dos no hay ventura sino cuando no se lleva demasiada ventaja, o resalta con demasiada diferencia, uno de los dos. [...] La bondad es la felicidad cuando no se la exagera, como yo la exageré. Los chinos dicen que en nada debe haber exageración: ni en las virtudes [...] Anímate y ayúdenle la vida a tu madre amada. Estudia y pon la escuela, y desde el verano prepárala bien, que es modo de vivir fácil y decoroso…” (Ibídem, pp.235, 236). |
En la penúltima carta, le dice: “[...] Cuando te vuelva a ver, te he de tener mucho tiempo abrazada, _aunque esto es siempre así, aunque tú no lo sientas, porque yo velo por ti, y estoy siempre junto a ti…” Al encomendarle de nuevo a la madre expresa su sentir: “Quiere mucho a tu madre, que no he conocido en este mundo mujer mejor. No puedo, ni podré nunca, pensar en ella sin conmoverme, y ver más clara y hermosa la vida. Cuida bien ese tesoro…” Y refiriéndose al “libro de citas”, le dice: “tú verás cómo va a alejar de mí todo peligro: lo llevaré siempre del lado del corazón” (Ibídem, p. 236). Por la última carta es evidente que “mi muy buena Carmita”, como le dice, ya ejerce como maestra porque le habla de sus discípulas.
El día 10 de abril de 1895 le escribe a Carmita Miyares, a bordo del vapor Nordstrand, una larga epístola de la cual únicamente se conservan unos fragmentos, contándole todo lo que necesita decirle del azaroso camino emprendido, de los peligros vencidos. En lo adelante poco podría referirle: “ni antes ni después de nuestra llegada a Cuba debo dejar escrito, ni se ha de divulgar, detalle alguno que indique las vías diversas que hemos recorrido. Así lo mandan a la vez la honradez y la discreción”. Y refiriéndose a un diario, le dice: “[...] suele ser un espía, y una alevosa anotación de las personas en cuya intimidad vivimos...”(6)
Ya en Cuba, el día 16 de abril, desde la jurisdicción de Baracoa, Martí le escribe a “Carmita querida y mis niñas, y Manuel y Ernesto”, a la sombra de un rancho de yaguas. De su llegada a la patria tan añorada, les dice: “Yo, por el camino, recogí para la madre la primera flor, helechos para María y Carmita, para Ernesto una piedra de colores. Se las recogí, como si los fuese a ver, como si no me esperase la cueva o la loma, sino la casa, la casa abrigada y compasiva, que veo siempre delante de mis ojos”. A Carmita le dice: “[...] Solo la luz es comparable a mi felicidad, pero en todo instante le estoy viendo su rostro, piadoso y sereno, y acerco a mis labios la frente de las niñas, cuando amanece, cuando anochece, cuando me sale al paso una flor nueva, cuando veo alguna hermosura de estos ríos y montes [...] Ustedes me acompañan y rodean, las siento calladas y vigilantes, a mi alrededor. A mí, solo ellas me faltan. [...] Cuba ya tiene escritos sus nombres con mis ojos en muchas nubes del cielo y en muchas hojas de árboles”.
Como el papel se le acaba, les da orientaciones: “Carmita pedirá a Gonzalo que le deje leer lo que hay de personal en la carta que le envío. Manuel bueno, trabaja. Carmita, escríbele a mamá. Carmita hija y María se educan para la escuela. Una palma y una estrella vi, alto sobre el monte, al llegar aquí antier, ¿cómo no había de pensar en Carmita y en María? ¿Y en la amistad de su madre, al ver el cielo limpio de la noche cubana?” (Luis García Pascual. José Martí: Documentos familiares. Casa Editora Abril, 2008, pp. 180, 181 y 182).
El corazón de una madre no suele equivocarse. El fatal presentimiento de Carmita se torna realidad cuando un día recibe, ya cercana la madrugada, a su hijo mayor, que tiene una palidez que la estremece. A partir de ese momento su casa pierde la paz: médicos, gastos que terminan con los escasos ahorros, la angustia familiar; y en el mes de noviembre –seis meses después de la caída de Martí en Dos Ríos– muere en sus brazos, aniquilado por la tisis, el valiente Manuel, cuyos esfuerzos para curarse e ir a reunirse con Martí (porque ella tuvo la entereza de ocultarle su inmolación heroica) fueron en vano.
Por la carta que ella le escribe a su amiga Irene Pinto, desde Central Valley y fechada el día 19 de junio, podemos comprender el esfuerzo extraordinario que ella se impone: “Puedes imaginarte el estado de desolación en que estaré sumida, este es el más grande de los pesares que ha podido caer sobre mi alma –le confía–, no sé cómo podré tener valor para soportar tanto dolor, te juro que si no fuera por estos hijos míos bajaría la cabeza y me dejaría llevar por esta pena que acaba con mi vida”. Epístola conmovedora en la que dice: “[…] Martí se había fundido en mi alma y yo en la de él de tal manera, que a pesar de todas nuestras desgracias éramos dos criaturas felices por el cariño tan grande y desinteresado que nos teníamos…” (L. García Pascual. Ob. cit .229, 230).
La mirada de Carmen Miyares se dirige al futuro de Cuba. Sufre la muerte del hombre amado por ella, por sus hijos, y por doña Leonor. Pero, sobre todo, por Cuba y por los sueños de Martí, que intuye en peligro. En la epístola que envía a su amiga Clara Pujals, el día 24 de julio, habla de lo que significa para ella y para sus hijos “la horrible desgracia de la muerte de nuestro inolvidable Martí [...] Carmita mi hija está tan abatida que yo que no puedo con esta pena tengo que sobreponerme para animarla a ella. María al fin es más joven y ella todavía no puede darle todo el valor a esta desgracia”. Valora lo que significa su muerte para Cuba y para sus compatriotas con palabras proféticas: “¡qué hombre tan grande y qué falta le va a hacer a Cuba y a los cubanos! Dios nos dé conformidad y dé a los cubanos el acierto necesario para acabar la obra que Martí ha dejado ya tan adelantada, y por la cual él dio hasta la vida” (L. García Pascual. Ob. cit. p. 230).
Carmen Miyares, de nuevo, no se deja vencer por la vida, por la definitiva aflicción que se esfuerza por encerrar dentro de sí. La mirada escrutadora de sus hijos, las palabras que Martí le dijera un día y aquellas palmas que desde el cuadro apreciado parecen hablarle, reavivan la fortaleza de su espíritu: con la anuencia de sus hijos, vende anóni-mamente algunas modestas joyas de origen familiar; que no le llegaron a tiempo cuando el Plan Fernandina; pero ahora el importe que recibe por ellas lo incorpora a la recaudación para la causa de Cuba, por la que Martí se inmoló. Recibe donativos de vecinos y amigos norteamericanos que conocieron al eximio intelectual y simpatizan con la causa de la Isla. Durante todo el curso de la Revolución del 95, en unión de sus hijas Carmita y María, ya adolescente, de Angelina Miranda, esposa de Gonzalo de Quesada y Aróstegui (el discípulo predilecto de Martí), Ubaldina B. de Guerra y muchas otras cubanas, funda el club al que dieron por nombre “Hijas de Cuba”. Desde este círculo, trabajaron para engrosar los fondos de la Revolución, confeccionar uniformes, banderas y escarapelas para enviar –y así lo hacen– a los campos de Cuba Libre. Durante todo el tiempo que dura la guerra, tal como lo previera Martí, Carmita y su casa fueron estrictamente vigiladas por las mismas agencias que lo seguían a él; pero ella logra evadirlos y ver a Gonzalo de Quesada –también bajo control– siempre que es necesario; así como cumplir las tareas que le encomiendan.
EPÍLOGO
Al escribir sobre la vida de Carmen Miyares, desprovisto mi pensamiento de prejuicios que, en este y en otros casos de nuestra historia considero improcedentes, creo y siento que su nombre integra –aunque se ignore– la larga relación de cubanas que a través del tiempo han dicho sí a lo que de ellas requiere la Patria.
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Se encontraba Carmen Miyares preocupada por no tener respuesta a la última carta que había enviado a doña Leonor, la madre del Apóstol, cuando recibe una misiva fechada el día 4 de marzo de 1898, en la cual le explica que hace tiempo que quiere escribirle, pero sus ojos se “han nublado por completo”. Tiene que valerse de otra persona para que escriba lo que ella dicta. Tanto ella como sus hijas viven en penosa situación. No puede comprender “para qué Dios no me llevó a mí primero que a él, pues no puedo ni tener el consuelo de ver su retrato ni sus letras [•••] tengo el sentimiento de que en tanto tiempo nadie ahí, se ha ocupado de mí, ni para un triste pésame, pero yo no puedo sufrir más esta vida que Dios se empeña en conservar [•••] No quiero afligirla más a Ud. que tantas penas tiene también, pero confío mucho en el interés que por mí se toma, el que le agradezco mucho”. Y se despide con “un abrazo de su amiga que nunca la olvidará” (L. García Pascual. Ob. cit. p. 139). Carmen le escribe a Tomás Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano en esos momentos, con fecha 11 de marzo, remitiéndole la carta de doña Leonor y expresándole su preocupación personal (L.García Pascual.. Ob. cit. pp. 149, 150). El día 23 del mismo mes y año, Carmen Miyares vuelve a escribirle comunicándole a Estrada Palma que “he recibido de Benjamín (el tesorero) una letra por $50 para mandarla a la madre de nuestro inolvidable Martí: le doy a Ud. un millón de gracias por haber atendido a esta necesidad” (Ibídem, p. 150).
De Julio Villoldo(7), quien en 1896 conoció a Carmen Miyares “en su casa, saturada del espíritu de Martí”, en la urbe norteamericana donde ella vivía con los tres hijos que le quedaban, es este testimonio: “[•••] Terminada la guerra visitó la señora Mantilla la ciudad de La Habana acompañada de sus hijos, y después de una corta temporada, regresa a Nueva York [•••] , en donde es admirada y querida de sus paisanos, siguió la práctica de su bondadoso corazón” (“La muerte de una gran patriota”. En Cuba Contemporánea, T. XXXVIII, no. 149, pp. 107, 108).
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Martí con Manuel Mantilla,
en enero de 1895, Nueva
York. Es el último retrato conocido de Martí en vida. |
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“Nada pidió, ni nada debe a la República que ayudó a formar. Desde lejos, con mirada ansiosa y ánimo adolorido, en ocasiones, ha seguido todas las vicisitudes de la patria que amaba con idolatría, que llevaba siempre en el corazón” (Ibídem).
En esa ciudad, donde ella amó y cuidó a José Martí, donde perdió a su hijo mayor enfermo, como otros cubanos, por los tremendos esfuerzos del bregar revolucionario en aquella ciudad, falleció el día 17 de abril de 1925, a una edad avanzada, quieta y sosegadamente, rodeada por el cariño y la tierna solicitud de sus tres hijos, víctima de una fulminante pulmonía, y con el corazón herido de muerte desde 1895. Nunca dejó de ayudar a sus compatriotas. Siempre tuvo en sus labios el nombre y las ideas de José Martí, orgullosa de ellas, para enseñarlas a quienes las desconocían. Si los cubanos podemos leer y estudiar los escritos de Martí es porque ella, con el único interés de que su pueblo lo conociera en su totalidad, entregó su papelería a Gonzalo de Quesa-da, su discípulo más querido.
En Cuba, solo hablaron de ese hecho, Emilio Roig de Leuchsenring, director literario de Social, quien escribió lo siguiente: “Cuando el correr de los años nos libre de falsos prejuicios, resplandecerá la verdad; y entonces podremos hacer justicia y glorificar debidamente, a los que por su vida, noble, patriótica y abnegada, Cuba les debe, seguramente más que a otros muchos que pudieron engalanar su cuello con relucientes estrellas. Esperemos la hora de la verdad y la justicia”. Cuba Contemporánea, con palabras de Julio Villoldo, también hace llegar hasta sus hijos y deudos –entre los que figura el doctor Luis A. Baralt– la más sentida expresión de condolencia por la muerte de tan abnegada mujer, de tan valerosa cubana “que como abeja del bien, tanta miel supo verter sobre las amarguras del destierro”(Ob. cit.).
Esta sección, a los ochenta y seis años de haber entregado su espíritu esta patriota, modesta y digna, que se despidió de la vida terrenal murmurando el nombre amado, le rinde modesto tributo y le ofrece, simbólicamente, una rosa blanca y una oración.
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Notas
1 Ezequiel Martínez Estrada. Martí revolucionario. Casa de las Américas, La Habana, 1967. Primer Tomo, p. 155.
2 “Nota”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos. 12, 1989.
3 Herman Norman, pintor sueco, a quien se debe el único retrato de Martí pintado del natural.
4 Enrique Collazo. Cuba independiente. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1981, p. 35.
5 Aunque se ha publicado que Manuel Mantilla viajaría a Cuba en el “Amadís”, Enrique Collazo, cuyo testimonio es de primera mano, dice en ob. cit. p. 47, que “como el Lagonda era el primero que debía hacerse a la mar, en consecuencia Martí despachó desde el norte a Manuel Mantilla, Míster Manteéis, y a Patricio Corona”, para que como dueños del barco, “fueran a tomar su cargo a Fernandina”.
6 Luis García Pascual. José Martí. Documentos familiares. Casa Editora Abril, La Habana, 2008, pp. 178, 180. En las páginas 183 a la 186 hay una interesante y hermosa carta a Carmen Millares cuya lectura recomiendo a los lectores.
7 Julio Villoldo, periodista y ensayista, fue fundador de la Academia de Artes y Letras y presidente de la Asociación Bibliográfica Cultural de Cuba. Fue director de Cuba Contemporánea y de otras publicaciones. Fallece el 15 de noviembre de 1953.
*El actor norteamericano César Romero (Brooklyn, 1907), hijo de María Mantilla y de padre nacido en España por circunstancias de la vida, visita la capital de Cuba en 1936. En entrevista concedida a Rodolfo Adams, dice: “Mamá era muy niña cuando Martí fue a vivir a casa de abuelita, y Martí se opuso a que la enviaran a educar fuera. Todo lo que ella sabe y todo lo que de cubana tiene a él se lo debe… Allá en casa (la casa de huéspedes) se planeó y organizó la revolución libertadora a la que mi tío Manuel tocó también una misión de confianza” (En Social, julio 1936, pp. 26, 27) |
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