| también pieza clave en el comercio negrero hispánico durante los años sesenta y setenta del siglo xviii , pues consta que estuvo en la isla de Jamaica varias veces en esos menesteres, lucrativo negocio del cual era muy difícil sustraerse en la época.
Su vida comenzaría a cambiar en 1762 cuando el Capitán General de la Isla envía a Miralles, por su posición social y dominio del idioma inglés, a Jamaica con el público fin de comprar esclavos, lo cual encubría el verdadero objetivo del viaje: recabar información sobre el inminente ataque a La Habana por los ingleses. Después de muchos rumores entre la realeza peninsular que lo acusó de servir a los británicos y traicionar a la Corona española, Miralles es devuelto a La Habana. Para Portell Vilá estas acusaciones tienen varios motivos: “Todo hace pensar que los enemigos que tenía Miralles debido a su altivez, sus riquezas, sus andanzas, su cultura y, sobre todo, las conexiones con la masonería, se aprovecharon del incidente para presentar a Miralles como desleal traidor, y al servicio de los británicos, y también como hereje”. 1 Sus habilidades de empresario le facilitaron entrar en negocios con grandes casas comerciales de Europa, establecer nuevas rutas marítimas entre Cuba y los Estados Unidos, por lo cual se le considera el fundador del comercio entre los dos países. Además, tenía estrechos vínculos con los más altos representantes de la política y los negocios de la sociedad habanera y peninsular.
Miralles no hubiera pasado a los anales de la historia si no fuese porque el Capitán General de Cuba, el Marqués de la Torre le encomendara en 1776 la riesgosa misión diplomática de presentarse ante los rebeldes norteamericanos en la ciudad de Filadelfia. El establecimiento de cordiales relaciones con el Congreso Continental, en especial con el general George Washington para conocer cuál era el porvenir de España y sus posesiones, una vez que se vieran obligados a declararles la guerra a los ingleses, eran los principales objetivos del habanero. Empieza a tejerse, entonces, la contribución de este acaudalado comerciante a la independencia de los Estados Unidos y la profunda amistad que lo unió al general George Washington, padre fundador de la nación norteamericana.
El habanero llegaría a suelo norteamericano el 9 de enero de 1778, luego de una azarosa travesía; y a fuerza de habilidad, obsequios y promesas, Miralles logró la consideración del Congreso Continental hacia su figura. Para ello se valió de su carácter rumboso y poderosa fortuna. Los norteamericanos pronto se percataron de la importancia de la ayuda de la metrópoli ibérica en sus propósitos, pues esta poseía buena parte de los territorios fronterizos a las Trece Colonias.
En condición de inferioridad diplomática frente a Francia, la otra potencia europea que había aprobado públicamente la beligerancia de las colonias británicas, el representante Miralles se las arregló para conquistar a una amplia gama de la sociedad norteamericana: “Era tan atrayente la personalidad de ‘Don Juan' como enseguida fue conocido Miralles en Filadelfia, y tan insinuante y cortés en sus maneras, que no tardó en ser conocido y altamente considerado por los militares y los hombres de negocios de la capital de la nueva nación, dispuestos a pasar por alto la anomalía de que España, aliada de Francia y enemiga de la Gran Bretaña, ayudase en su lucha a las Trece Colonias y no les reconociese su independencia”.(2)
En Filadelfia, Miralles conoció al escultor y pintor Charles Willson Peale, a quien lo unió una sincera amistad. Los grabados de este artista dedicados a los grandes jefes de la Revolución estadounidense fueron altamente valorados en su época y el acaudalado habanero –quien ya admiraba profundamente a Washington– le compró varias docenas de esos retratos, enviándolos a Cuba y España a manera de obsequio a sus familiares, amigos y funcionarios españoles.
Conocer personalmente al general George Washington era una de las mayores aspiraciones de Miralles. Su sueño se haría realidad a fines de 1778 con motivo de la visita del caudillo militar a la capital norteamericana en la Navidad de ese año. Al parecer, ambos simpatizaron, y Washington –hombre muy ocupado por demás– acepta la invitación del diplomático extranjero a un banquete en su honor con la presencia de los más altos representantes de la diplomacia, el ejército y los negocios de la ciudad. Que el general norteamericano encontrara tiempo para aceptar el convite de Miralles demuestra la importancia que le otorgaba Washington a la ayuda de España para expulsar a los ingleses de las Trece Colonias. El poderoso Miralles fue dadivoso en extremo, en la cena se degustaron buenos vinos españoles, licores, dulces finos, además de ron y tabaco, artículos muy valorados por sus invitados.
Todo indica que Miralles, entusiasmado con la Revolución norteamericana, sobre la cual no escatimaba elogios en su correspondencia con La Habana, prometió al general Washington una cuantiosa ayuda a su causa. Según refieren los mencionados historiadores, la lista de donaciones y préstamos recibidos por el ejército independentista norteamericano por parte de Miralles y de España es amplísima: prendas de vestir, uniformes, mantas, camisas y zapatos por miles para resistir el crudo invierno del norte. También se le abasteció de armas en cantidades nada despreciables. Ribes anota varias cifras dignas de mención: seis mil sables, dos mil fusiles y cargamentos enteros de pólvora y quinina. Por su estratégica posición la colonia de Cuba fue la que hizo el mayor aporte. Miralles financió la reparación y provisión de la escuadrilla del comodoro Alexander Gillon en los Astilleros del puerto habanero. Sin las garantías dadas por Miralles y su cuñado Eligio de la Puente, la escuadrilla del norteamericano no habría podido hacerse a la mar, ya que no tenía con qué pagar a sus acreedores. Ribes brinda cifras muy reveladoras de la contribución española a los norteamericanos: 35 000 pesos a Carolina del Sur, 140 000 dólares al comandante americano de Charleston y 15 000 pesos a la flotilla del corsario americano Gillon. La colaboración de España con la independencia de los Estados Unidos –hasta octubre de 1779, cuando oficialmente le declara la guerra a Gran Bretaña– se hacía de manera secreta, con ello la Corona española trataba de impedir el intento de que sus colonias imitaran el ejemplo de los rebeldes de Washington. El imperio español deseaba también expulsar a Gran Bretaña del territorio de la Florida y vengarse del agravio inglés que significó la pérdida de ese territorio por la recuperación de La Habana.
Portell Vilá indica que si la Revolución norteamericana pudo superar sus años más difíciles (1779-1783) fue debido a la capacidad del ejército español de derrotar a Francia y a Gran Bretaña para hacerse del control del Valle del Mississipi y las dos Floridas: “Si las Trece Colonias hubiesen comenzado su independencia cercadas por los británicos al Norte, al Oeste y al Sur, con Britannia ruling the waves a lo largo de la costa del Atlántico, ¿cómo habrían podido los Estados Unidos alcanzar su formidable desarrollo inicial? España y sus colonias, al vencer a la Gran Bretaña y al obligarla a evacuar sus factorías comerciales, sus embarcaderos, sus almacenes, sus bases militares y navales y sus poblaciones junto a los Estados Unidos, hicieron el aporte más significativo a la independencia y al engrandecimiento de los Estados Unidos”. (3)
La alta estimación que Miralles y George Washington se tuvieron puede comprobarse a partir de la correspondencia en los días difíciles en que el Congreso Continental necesitaba del apoyo de España para continuar la guerra. Miralles después de informarle las últimas decisiones del gobierno español en vísperas de la declaración de guerra a Gran Bretaña, recibe de Washington esta respuesta:
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