Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Febrero / 2012 No. 215
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El Ángel de La Habana
por Yolanda Bárbara Vidal Felipe

Hace doscientos dos años, murió, en su querida Habana , Luis María Nicolás Peñalver y Cárdenas, 1 conocido también, por su bondad y desprendimiento para con los pobres, como El Ángel Tutelar de La Habana.

Para los habaneros de hoy, el nombre Peñalver quizás solo les recuerda la calle que lleva ese nombre y el pueblecito situado por Guanabacoa. Mas la familia Peñalver fue un árbol frondoso con muchas ramas, que tuvo una gran historia en La Habana de finales del siglo xviii y mediados del xix .

De una de sus ramas, la de Peñalver y Cárdenas, nació Luis María Nicolás, el 3 de abril de 1749. 2 Fue educado bajo la tutela de los padres jesuitas e ingresó en el colegio de San Ignacio de dicha Compañía, donde dio pruebas de su vocación por la carrera del sacerdocio.

Muchos historiadores han asegurado que los segundones 3 de las familias de alcurnia, ingresaban en los conventos para adquirir la fama y la posición social que por nacimiento les fuera otorgada a los primogénitos. Pero la vocación de Peñalver por el estado eclesiástico –como asegura su biógrafo, Francisco Calcagno–, era indisputable: así lo prueba su posición social y los cuantiosos bienes de fortunas que poseía; 4 por lo que no es posible creer que fuera a la Iglesia a buscar goces y honores, los que hubiera logrado con mayor facilidad en cualquier otra profesión. Con la sabia guía de sus padres, quienes lo educaron en sentimientos nobles y piadosos, halló en la carrera que escogió el camino para realizar sus deseos.

Aún no había terminado sus estudios cuando fue expulsada del territorio americano la Compañía de Jesús, hecho que ocurrió en 1768. Peñalver, con 19 años cumplidos, y al igual que otros cubanos que también escogieron la carrera eclesiástica, pasó a la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana dirigida por los Padres Predicadores 5 y donde realizó todos los grados académicos, hasta recibir el doctorado en Sagradas Teologías, el 4 de mayo de 1771.

Su vida ejemplar, sus nobles y filantrópicos sentimientos le captaron el aprecio y reconocimiento del jefe de la diócesis de La Habana, 6 el Ilustrísimo obispo Santiago José Echavarría y Elguezua (1769-1787), 7 quien lo nombró en abril de 1773 provisor y vicario general, cargo que desempeñó por más de diez años. También le fueron encargadas las inspecciones de fábricas y la dirección de la Casa de Recogidas, a esta última dedicó gran parte de su celo y fortuna, tanto dentro de la Isla como fuera de ella. Desempeñó también otros deberes por orden del obispo y llegó al puesto de gobernador del obispado de La Habana, cargo que ejerció por dos años y que le captó una general estimación.

Al obispo Echavarría sucedió en la mitra de Cuba en 1786 el Ilustrísimo Felipe José de Trespalacios (1789-1799), 8 quien al igual que su sucesor, honró a Peñalver con obligaciones honoríficas, entre ellas la de visitador de varios puntos del obispado. Asimismo, se le encargó la dirección de las obras conclusivas de la Catedral de La Habana, de cuya mitra se le consideró digno, y fue, por tanto, propuesto para ella. Su celo pastoral le granjeó el favor de todas las clases de la época, sin embargo, la vida le tenía designado otro camino.

El 8 de julio de 1790 llegó a Cuba como capitán general y gobernador de la Isla don Luis de las Casas y Aragorri. El recién llegado gobernante, influenciado por la política del despotismo ilustrado de Carlos III, introdujo en Cuba la estrategia iluminista que ya estaba establecida en España. A él se unió la sacarocracia cubana deseosa de cambiar la faz de la Isla, de una colonia atrasada en una colonia en desarrollo.

Luis Peñalver y Cárdenas, entonces vicario de La Habana, junto al conde de Casa Montalvo, Juan Manuel O´Farril y Francisco Basabe, le hicieron llegar al capitán general una solicitud que debía enviar al rey, en la que pedían crear en La Habana una Sociedad Patriótica. La propuesta fue aceptada por el monarca español Carlos IV, quien decretó por Real Cédula fechada el 15 de noviembre de 1792, la fundación de la Sociedad Patriótica de La Habana, la cual tuvo su primera junta el 9 de enero de 1793, en uno de los lujosos salones del hoy conocido como Palacio de los Capitanes Generales.9 Por votación, Peñalver fue seleccionado primer director, con dieciséis votos de los dieciocho asistentes.

Desde aquel día la vida quiso unir en el tiempo a dos hombres cuya principal línea de conducta sería el trabajo a favor del desarrollo de Cuba; ellos fueron dos jefes bajo cuya sombra se socorrió la miseria y se consoló la adversidad. Luis Peñalver –representante de la Iglesia y de las más ilustres familias cubanas– y Luis de las Casas –hombre que apoyaría los deseos de adecen-tamiento y desarrollo de una clase social que ya se sentía económicamente fuerte para realizar estos cambios–. A partir del tan memorable 9 de enero, podemos leer en las actas las tareas realizadas por la Sociedad Patriótica de La Habana, y a la cabeza de ella El Ángel Tutelar de La Habana.10 Todas las ramas de la economía y sociedad cubanas sintieron el empuje de su rectora mano: la agricultura, la educación, la industria y el comercio. Su primera tarea cultural fue la fundación de la Biblioteca11 el 11 de julio de 1793, a partir del dinero recaudado después de asumir los gastos de El Papel Periódico de La Habana.

A partir de entonces, fue Peñalver –según Calcagno– uno de los criollos que con mayor decisión se unió a Las Casas para colaborar en su loable empresa. A él también se debió, en conjunto con Las Casas y otros ilustres patricios,12 el proyecto de la obra más grandiosa que poseyó la ciudad de La Habana de su tiempo, la humanitaria Casa de Beneficencia, cuya construcción se inició en 1792 y fue abierta al público el 8 de diciembre de 1794. Peñalver costeó, de su peculio, el terreno para la fabricación; en igual sentido presidió personalmente su ejecución e hizo después otras donaciones a la referida institución (un total de 25 885 pesos, a cuenta del tesoro de su casa) dedicada a proteger la niñez desamparada.

El 25 de abril de 1793, Ro-ma crea la nueva diócesis de San Luis de la Luisiana, lo que hoy es Nueva Orleans.13 Por el trabajo realizado, Luis Peñalver y Cárdenas fue nombrado obispo de Nueva Or-leans, rúbrica que aparece estampada en las actas de la corporación a partir del 3 de abril de 1795. En junta fechada el 30 de ese mismo mes se informa a la corporación que su director fue nombrado obispo de la Luisiana. Pensamos, por nuestra parte, que no fue propuesto para la mitra de La Habana por el temor que ya desde entonces tenían los gobernantes españoles a las influencias que podían ejercer los criollos en cualquiera de las posiciones sociales que ocuparan,14 mucho más si esta tenía una especial categoría de influencia social y espiritual, como la tuvo Peñal-ver en el desarrollo de la sociedad de su tiempo. En él había un ejemplo palpable de clase en sí y para sí, aunque lo hubiera dejado todo por amor a Dios. En junta del 18 de junio de 1795 se anuncia la próxima partida de este querido y admirado patricio, no sin antes exhortar a los socios a que no desmayasen en su labor; ofrece continuar la suya dondequiera que estuviese, y así lo hizo.
Fray Manuel de Quesada al hacer su elogio en 1815, recordó el estado sentimental de Peñalver antes de abandonar la ciudad que lo vio nacer. ¡Cuánto lo conmovía la separación de su familia, de sus amigos, de sus compañeros de la Cuerpo Sociedad Patriótica, pero sobre todo, de sus benéficos proyectos! “Siento –dijo– irme de La Habana porque aún no quedan establecidas las educandas como yo deseaba”. “Estas solas palabras debían formar todo su elogio”, expuso entonces el dominico cubano fray Quesada. “El amor de Peñalver quedaba en Cuba –reiteró el benemérito padre predicador–, en sus obras, en su Casa de Beneficencia, en sus educandas”.

Luis Peñalver se hizo cargo de la diócesis de Nueva Orleans el 7 de marzo de 1796. En ella trabajó en bien de sus conciudadanos, sin olvidar a su querida patria y a la Sociedad Patriótica de La Habana, de la cual solo se separó para cumplir con el deber de su apostolado y a la que remitió cuantos medios de adelantos encontró en su visita pastoral por la regiones del Missisipi, como descubren actas de esta benemérita institución y correspondencia dirigida al entonces secretario de la corporación, el gallego Antonio Robredo.(15)

La Sociedad al valorar su labor, propuso a la membrecía que en junta general se le reeligiera como director por aclamación; con igual empeño sus miembros manifestaron aquellos sentimientos de amor y gratitud, a los que solo les consolaba la satisfacción de verlo colocado dignamente en tan elevada clase de príncipe de la Iglesia. De hecho, por acuerdo efectuado el 1ro. de octubre de 1795, todos reunidos decidieron escuchar nuevamente el discurso que pronunció el ya consagrado obispo de la Luisiana en la última junta general. Llenos los miembros del recuerdo de sus palabras, acordaron que el secretario en función, Antonio Robredo, le remitiera copia certificada de esta acta, con el objeto de que pudiera constatar los efectos que su memoria producía en los corazones de todos los individuos de la Sociedad.

En Nueva Orleans, este ilustre socio, invirtió todas sus rentas en el restablecimiento del templo y el culto público; también utilizó parte del patrimonio destinado a su subsistencia para el hospital de caridad; al igual que hizo en Cuba, fomentó escuelas, socorrió a los pobres y protegió la industria.

Según expusieron sus cronistas, no hacía distinción entre un judío y un griego, entre un gentil o un cristiano, todo lo cual le mereció el respeto, incluso, de lo más sectario que habitaba en aquella provincia, provocando que se valorara como una pérdida su promoción como arzobispo de la diócesis de Guatemala en noviembre de 1801. Justo en noviembre volvió Peñalver a Cuba; desembarcó por el Mariel huyendo de la persecución de un corsario inglés, que –según sus cronistas– fue apresado después de desembarcar el obispo. El 27 de febrero de 1802 consagró en la Catedral de La Habana al Ilustrísimo obispo Espada16 y el 7 de mayo del mismo año salió para Guatemala. En esta región, el venerable benefactor tuvo la oportunidad de dar más de sí en su celo pastoral; allí encontró un país donde la incultura, la miseria y el abuso reinaban. Según el acta de su obispado, todo estuvo bajo la mirada del obispo, quien hizo cuanto pudo por tratar de mejorar las dificultades de los miembros de su diócesis, fundamentalmente en cuestiones relacionadas con la educación. Para ellos estableció escuelas y mejoró otras existentes, aumentó a cuatro las becas en el Seminario, socorrió la miseria con limosnas, no solo de las rentas del obispado sino de su patrimonio personal, dotó a este país de un hospital de caridad y corrigió los abusos con sabias y prudentes disposiciones que hicieron más respetable su ministerio.

Los años y el clima tan distinto al nuestro golpearon la salud del venerable obispo. La responsabilidad de la mitra puesta en su cabeza se hizo pesada para un hombre de edad avanzada que considerándose insuficiente para el cabal desempeño de sus funciones, pidió su retiro de la silla apostólica, disposición que le fue otorgada por el rey. Pero a pesar de todas las consideraciones expuestas y las limitaciones de su estado de salud, el generoso criollo, el venerable obispo no dice adiós a la diócesis de Guatemala sin antes practicar por última vez el ejercicio de su caridad y beneficencia mediante su apoderado don Manuel Pavón, a quien encargó la distribución del residuo de sus rentas.

Viejo y enfermo solicitó y le fue concedido volver a Cuba, a su familia, a su Habana que lo recibió en 1808,(17) con el aprecio que se recibe a un padre. En marzo de 1810, cuando sintió que sus fuerzas se debilitaban, hizo testamento: destinó 10 000 pesos al Convento de la Ursulinas; otra igual suma a las educandas de la Beneficencia y otras donaciones en favor de los pobres que llegaban a 200 000 pesos. Murió en julio de 1810 según acta del obispado de La Habana. Fue comunicado su deceso en la Sociedad, en junta del 13 de julio de ese año,18 vindicando las constantes virtudes sociales que le hicieron acreedor del elogio póstumo que a los beneméritos les tributaba la Sociedad según sus Reales Estatutos. Para que trascendieran a la posteridad los méritos y virtudes de tan esclarecido patriota, después de las deliberaciones lógicas, se escogió para su elogio al dominico cubano fray Manuel de Quesada. La oración fúnebre se encuentra publicada en las Memorias de la Corporación de 1845.

En junta del 16 de febrero de 1880, el secretario de entonces, Rafael Cowley, mostró el retrato de cuerpo entero de Luis Peñalver y Cárdenas, obispo de la Luisiana, arzobispo de Guatemala y primer director de la Sociedad Patriótica de La Habana, valioso obsequio que debió la corporación a los herederos del señor Joaquín Pedroso. En igual sentido que en la Sociedad, la imagen de Peñalver presidió la sala de secciones de la Casa de Beneficencia,19 como un recuerdo al hombre que siempre luchó por su creación. Desde 1947, la imagen de este digno criollo se encuentra colocada en el salón de actos de la casa histórica20 de los cubanos de ayer, desde 1965 el Instituto de Literatura y Lingüística, José Antonio Portuondo y Valdor.

Honor y Gloria a Luis María Nicolás Peñalver y Cárdenas, su vida fue ejemplo de un criollo que cumplió con el lema de la corporación que él ayudó a fundar en la sociedad civil de su tiempo; el hombre que con el hábito y la cruz, hizo pro patria en Cuba y en los territorios donde su figura transitó.

Nota

1 Luis María Nicolás Peñalver y Cárdenas falleció en La Habana el 18 de julio de 1810, según certificado literal de la Partida de Bautismo de la arquidiócesis de La Habana.

2 Hasta el 20 de mayo de 2004, al igual que otros historiadores, pensaba que este ilustre hombre se llamaba Luis Ignacio, pero monseñor Ramón Suárez Polcari me aclaró que estábamos errados y me orientó solicitar la Partida de Bautismo en la arquidiócesis de La Habana para reparar este error histórico. En la relación de los miembros de la Memoria de 1793 aparece: Peñalver y Cárdenas, Luis, provisor y vicario general, director de la Sociedad. S.N: en la H. En Rosalin, Domingo: Necrópolis de La Habana: Historia de los Cementerios de esta Ciudad con multitud de noticias interesantes, aparece biografiado en las pp. 179-181 como Ilustrísimo doctor Luis Ignacio Peñal-ver y Cárdenas.

3 Ocupó el tercer lugar en los nacimientos de la familia Peñalver y Cárdenas.

4 Luis María Peñalver y Cárdenas, obispo (1749-1810). Datos sobre el obispo Luis Peñalver y Cárdenas, La Habana 1794-1810, 8 pp. Contiene: Certificado de defunción e inventario de sus bienes antes de morir (Sala cubana de la Biblioteca Nacional José Martí).

5 La Universidad de La Habana fue fundada el 5 de enero de 1728 por los frailes dominicos, de la Orden de Predicadores, bajo el nombre de Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana. Funcionó en el convento de San Juan de Letrán, entonces situado en las calles O’Reilly, Obispo, Mercaderes y San Ignacio. En 1842 se propusieron y aprobaron reformas y nuevos estatutos, por medio de los cuales quedó secularizada. El nombre de la universidad fue modificado por el de Real y Literaria Universidad de La Habana.

6 La diócesis de San Cristóbal de La Habana fue creada el 10 de septiembre de 1787 y en ese entonces llegaba hasta Morón.

7 El obispo Santiago José Echavarría y Elguezua Villalobos nació el 24 de julio de 1725 en Santiago de Cuba y murió en Puebla de los Ángeles en 1789; ejerció como obispo de La Habana de 1769 a 1787.

8 El obispo Trespalacios, cuya personalidad y trabajo dentro de la diócesis de La Habana fue tan controvertida por la crítica de la época, nació el 22 de mayo de 1722 en Oviedo, Asturias, y murió en La Habana en 1799. Ejerció las funciones de obispo de La Habana de 1789 a 1799.

9 Por investigaciones realizadas conocimos que fue en el salón donde se reunía el cabildo.

10 Llamado así por sus generosos donativos y por su actuación en la tormenta de Barreto, la cual ocasionó grandes estragos en La Habana y poblaciones cercanas. Dicha tormenta acaeció en julio de 1792, aunque algunos investigadores la sitúan en 1791.

11 La Biblioteca de la Sociedad Patriótica no nació pública como muchos creen, solo se hizo pública un año después por deseo expreso de Luis de las Casas, quien nos legó con ese hecho la primera Biblioteca Pública de Cuba.

12 La Casa de Beneficencia debió su construcción a la condesa de Jaruco y a los marqueses de Peñalver y Monte Hermoso. Peñalver hizo la donación del terreno que le costó tres mil pesos y empleó 25 885 para su construcción.

13 Tanto Calcagno como Leiseca se equivocaron de fecha, ya que tratan este obispado en 1792. Hasta 1788, en el régimen eclesiástico, la Isla formaba una diócesis con la Luisiana y las dos Floridas. Posteriormente, quedó dividida en dos obispados independientes, y ambos territorios pasan a formar parte de la diócesis de La Habana. Para 1793 se estableció la diócesis de Luisiana y Florida, cuyo primer obispo fue monseñor Luis Peñalver y Cárdenas.

14 Por aquellos tiempos todavía no existían problemas políticos entre españoles y criollos, estos últimos solo querían mejorar las condiciones socioeconómicas del país dentro de las condiciones de la colonia, por medio de los capitanes generales.

15 Para continuar su obra, Peñalver tendió un puente desde la Luisiana a La Habana, por intermedio de su sobrino José María Peñalver y del gallego Antonio Robredo. Ambos fueron fieles confidentes del obispo y se encargaron de ayudarlo en cualquier misión.

16 José Díaz Espada y Landa (declarado socio perpetuo, 1883), nació en Arroyare, provincia de Álava el 20 de abril de 1756. Electo el 1ro. de enero de 1800 para el obispado de Cuba, llegó a La Habana el 25 de febrero de 1802. El 10 de diciembre de ese mismo año, en Junta General de la Sociedad Patriótica, su presidente, el marqués de Someruelos, presenta el deseo del obispo de pertenecer al Cuerpo Patriótico. La proposición fue aceptada, en igual sentido utilizaron sus relevantes dotes en la dirección de la Sociedad (1803-1808) y con ello los Amigos del País decretaron la edad de oro de la corporación. Espada muere en La Habana el 13 de agosto de 1832.

17 Otros historiadores exponen que fue en 1809.

18 Al parecer, en la reunión efectuada el día 13, ya se encontraba muy enfermo, pues en el acta de ese día se dispuso su elogio fúnebre. No concuerda la fecha de muerte del obispado de La Habana (18 de julio) con la que aparece en el acta de la Sociedad Patriótica.

19 La Casa de Beneficencia dejó de existir después del triunfo de la Revolución.

20 Como la bautizara don Fernando Ortiz.

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