Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Octubre / 2011 No. 211
BREVES RELIGIÓN SOCIEDAD ECONOMÍA SEGMENTO GLOSAS CULTURA DEPORTES INTERNACIONAL
EN ESTE UNIVERSO DE DIOS APOSTILLAS CONCURSO 2011 ¿QUIÉNES SOMOS? EDICIONES MENSUALES CONTACTOS
por monseñor Carlos M. DE CÉSPEDES GARCÍA-MENOCAL
A MODO DE INTRODUCCIÓN

1. Me complace y honra que el padre rector de nuestro Seminario, haya decidido, para este curso 2011-2012, la restauración de la costumbre de celebrar un acto académico –que antes llamábamos Lectio Prima–, rodeado de una solemnidad especial, que marcaba el inicio del curso. La Lectio debería poner en evidencia, al inicio de cada curso lectivo, el tono académico, espiritual y de formación pastoral de nuestra institución, en orden a la formación sacerdotal de los alumnos; para eso se organizaba y se organiza hoy. Dicha Lectio Prima se encomendaba, de modo alterno, a los profesores del Seminario. Me complace y honra doblemente la restauración de la costumbre por el hecho de haber sido designado para que me responsabilice con la misma en este curso. En más de una ocasión cumplí con gusto esa tarea en mis años juveniles, tanto en El Buen Pastor como en el viejo San Carlos, en el que se mantuvo esta tradición benéfica hasta mediada la década de los sesenta.

2. Dado que en el año 2012 conmemoraremos el cuarto centenario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad en la Bahía de Nipe, me pidió el rector que, como tema de la Lectio Prima, pergeñase unas cuartillas sobre los que considero que son los derroteros actuales de la Mariología, sin dejar de incluir algunas iluminaciones para nuestra espiritualidad y nuestro trabajo evangelizador en el ámbito mariano. Cuando me refiero a los derroteros actuales de la Mariología no estoy pensando en nuevas afirmaciones dogmáticas acerca de María –como, por ejemplo, aquellas elucubraciones de hace algunos años acerca de María como medianera universal de la gracia–, sino en la comprensión contemporánea de las afirmaciones ya conocidas, las históricas (virginidad, inmaculada concepción y asunción), enriquecidas hoy por la evolución de la Teología, la mejor comprensión de las fuentes bíblicas y de la tradición de los Padres, etcétera. Teniendo en cuenta que la mayor parte de los asistentes al acto académico está integrada por seminaristas bisoños, no avezados en las lides teológicas, me he permitido la licencia de evitar referencias difíciles, así como dc usar y, quizás, abusar de algunas repeticiones, con el fin de facilitar la comprensión del razonamiento teológico, sobre todo en el empleo de la menos familiar ecología teológica efectiva, recurso irrenunciable hoy en todos los ámbitos de la teología dogmática, pero, me parece, imprescindible cuando se trata de la Mariología, como es el caso.
3. La Mariología no es un ámbito teológico en el que yo me haya movido con frecuencia. Me he dedicado sobre todo, en estos cincuenta años, a los estudios bíblicos y patrísticos y, en relación con ellos, más a la Trinidad de Dios como tal, la Cristología, la Eucaristía, la Eclesiología, la Escatología y menos por la Mariología que, sin embargo, se entrelaza con todos los sectores de las ciencias teológicas. Y este es uno de los rasgos de la Mariología contemporánea, el primero que señalo en mi disertación: su concatenación armónica, prácticamente, con todos los ámbitos de la Teología. Si durante unos años no me ocupé en demasía de ella, es evidente que no se trataba de un problema personal con María, de una especie de “bronca” mariana. Mi problema al respecto, si es que puede calificarse como tal, residía, por una parte, en la abundancia de textos y de conferencias mariológicos que no llegaron a entusiasmarme; me parecieron pedestres o superficiales en exceso. Algunos autores de hace cincuenta o sesenta años, por razones, quizás, de una devoción no bien sustentada en las fuentes genuinas de la Teología, llegaban casi a deificar o cristificar a María. Otra razón, más sencilla de esa distancia personal práctica del estudio de la Mariología, reside en que no me correspondió, como profesor, abordarla en los cursos del Seminario. Otros profesores la iban tomando a su cargo y algunos con máxima pericia. Quiero dejar constancia hoy, tanto con relación a la Mariología como en relación con toda la Teología Dogmática, de la muy encomiable labor del padre René David en este ámbito, durante aproximadamente treinta años.

4.  La  situación  de  los   textos   marianos   ha   cambiado   hoy,   tanto   en   los   textos
académicos como en los magisteriales. A mi entender, después del Concilio Ecuménico Vaticano II –que trajo consigo tantos enriquecimientos teológicos a nuestra Iglesia–, el pensamiento mariológico recibió muy válidas adquisiciones como fruto de la reflexión interior de la Iglesia Católica y del diálogo ecuménico, ya irrenunciable a partir de entonces. Nos felicitamos de que esto haya sido así y de que la Mariología haya dejado de ser una especie de “pariente pobre” de la teología dogmática, como lo fue durante muchos años.

5. Me parece que una de las razones de esta endeblez teológica de la Mariología residía en la pobreza o insuficiencia de la ya mencionada ecología teológica efectiva en el ámbito de la misma. Y utilizo el término ecología (del griego, oikos–logos, el conocimiento existencial e integral de la casa, del hogar en que se vive) no en el sentido del ambiente, de la relación entre los fenómenos naturales –que es el ámbito en el que se utiliza casi cotidianamente esta palabra– , ni en el de la sociología, en el que también, con frecuencia se emplea para tipificar las referencias de los grupos humanos entre sí y con el ambiente. Lo estoy utilizando ahora en su estricto sentido teológico, rescatado en los últimos decenios por algunos teólogos. O sea, se trata de subrayar con tal término la relación no superficial, sino dotada de hondura objetiva y, en su caso, bien articu-lada, entre los diversos temas abordados por la Teología. Ella es la casa u hogar de la fe, en la que todas las piezas forman una unidad indisoluble, relacionándose entre sí y con la globalidad de los contenidos de la fe y, simultáneamente, en diálogo con los aportes de la razón humana en otros ámbitos del conocimiento.

6. Por consiguiente, tengo en cuenta, no solamente los ingredientes religiosos de la cuestión, sino también sus carambolas con el medio existencial o cultural en el sentido más amplio de estos términos. O sea, el habitat de la vivencia de la fe y de la imprescindible mediación teológica y lingüística.

7. A causa de esa suerte de aislamiento teológico antes frecuente en los desarrollos mariológicos, contrastado con la actitud ecológica contemporánea, me parece, por ejemplo, que no podemos expresarnos hoy sobre la concepción inmaculada de María, la concepción virginal de Jesús o sobre la asunción corporal de María, con un lenguaje idéntico al que solían utilizar los Padres de la Iglesia en sus primeros siglos, o los que emplearon los teólogos escolásticos en el siglo XIII, o los que se usaban cuando yo era estudiante de Teología en Roma, por parte de algunos mariólogos de la época. No me estoy refiriendo a mi excelente profesor de Mariología, el padre Juan Alfaro SJ, que nos inició en ese nuevo método de abordar las cuestiones marioló-gicas (y tantas otras). Al relacionarlas, todas las cuestiones implicadas en las verdades de fe, adquieren nuevos planos y aristas, y nuestro lenguaje no debería ignorarlos.

8. Esta ecología dogmática efectiva, es decir, esta relación en el interior de los dogmas marianos –y en los demás– no se percibe siempre a primera vista, pero una vez “descubierta” y bien delimitadas las relaciones, imbricaciones y/o articulaciones, a nivel del poso, hondo y decantado, el esfuerzo redunda en una mejor comprensión por iluminación recíproca. Lo que no deja, a su vez, de enriquecer el desarrollo de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Nada me alegraría más en estos momentos que poder contribuir, con mis reflexiones pobres, a una mayor lucidez evangelizadora con relación a María, en este año en el que nos preparamos para celebrar el cuarto centenario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora en la Bahía de Nipe. A estas alturas de la historia de nuestra Iglesia en Cuba, creo que todos estaríamos de acuerdo en afirmar que la educación mariana con relación a Nuestra Señora de la Caridad nos demanda no sólo generosidad y corazón, sino también el sudor intelectual y la luz de la razón en diálogo con la fe.

9. Me resulta evidente que el recorrido de una imagen de Nuestra Señora de la Caridad –la de la iglesia de Santo Tomás, en Santiago, conocida allí como “la Peregrina”– por la mayor parte de nuestros pueblos, ciudades, caseríos y templos insulares, no pretende simplemente reunir grupos más o menos numerosos, entonar cantos –con textos, hermosos y bien orientados algunos, y otros… no tanto–, ofrecer flores, abundar en el uso de títulos verdadera o falsamente marianos, pero siempre populares. Eso equivaldría a reducir un empeño evangelizador primario a un esfuerzo populista de muy baja estofa, que no se justifica y que, sin quererlo, puede conducir a desviaciones de la fe cristiana por las guardarrayas de la superficialidad y del sincretismo, alejándola de los contenidos del Evangelio. Nunca será exagerado el cuidado en prestar atención al lugar y a la identidad de María en los evangelios y en la Tradición, con mayúscula.

10. Me parece que un esfuerzo evangelizador, como el que en principio celebramos, debe pretender la familiarización con la madre del Señor de quienes, de algún modo, incorporan a María en su existencia cristiana, y precisamente en su condición de madre de Dios y madre nuestra. María no puede ser vista sin situarla en su misteriosa –mística– relación con la santidad de Dios y la consecuente santidad a la que todos estamos llamados. Además, con una visión de fe católica, no podemos eludir su relación con la sacramentalidad de la Iglesia. Me parece que en ese marco eclesial debería ser escrutado el sentido de la concepción inmaculada de María –preservada por gracia del pecado original–, de la concepción virginal de Jesús, y de la asunción a los cielos de María, así como otros atributos que solemos relacionar con la Virgen Madre.

11. Mejor que bajo el prisma de “privilegios marianos”, como a veces se presentan, deberíamos aproximarnos a estas realidades de fe, como jalones de la Redención de nosotros pecadores y de la Revelación a, nosotros, las personas humanas, de las realidades que necesitamos conocer para ser fieles al camino de Jesús, pero cuya comprensión y expresión superan, en mayor o menor grado, nuestra pobreza humana entitativa. Pertenecen al ámbito de la fe. María –como la Santísima Trinidad, la Redención, la Eucaristía y todos los contenidos de la fe cristiana–, está iluminada por la luz indeficiente del Misterio de Dios. Misterio de luz sobreabundante, no de oscuridad impenetrable.  Ser  cristiano  equivale  a  fundar  nuestra  vida  sobre  la realidad de ese
Misterio de luz, no simplemente sobre entusiasmos pasajeros y efusiones sentimentales. No excluimos a priori los entusiasmos y las efusiones ante las realidades salvíficas, pero integrados, siempre, en el corpus de la Revelación, so pena de perder su identidad cristiana original y definitoria.

12. Dicho de otra manera: más que como privilegios de María, nos aproximamos a reconocer esas realidades marianas como auxilios de la gracia para la persona humana necesitada. Más que como “misterios de María”, aisladamente escrutados, los situamos en el marco del Misterio de Cristo, el cual, a su vez, no puede desligarse del Misterio trinitario, la identidad del Dios en el que creemos los cristianos, el que nos define y acompaña desde los orígenes del cristianismo, el centro y fundamento de la Revelación y de la vida cristiana, lo que incluye la consideración del proceso creador y redentor, así como la contemplación, llena de esperanza, de las realidades últimas. Por supuesto, si se diese el caso de que encontrásemos exclamaciones entusiastas relacionadas con pretendidos títulos marianos que pudieren entrar en contradicción con la realidad evangélica y evangelizadora de María, deberíamos borrarlos de nuestros rituales y cantorales. A la larga, deforman y alejan, no enriquecen. No hablo en hipótesis, me refiero lamentablemente a realidades: algunos cantos que se repiten en nuestros templos, provenientes casi todos del movimiento de “renovación carismática”, con tonadillas pegajosas, ostentan textos objetivamente heréticos, sobre todo con relación a la gracia. Por supuesto: ni quienes los compusieron, ni quienes los entonan, tienen motivaciones heréticas, pero resultan así, sea por falta de teología, o por escasa atención al lenguaje, sea por ambos motivos.

La Mariología como disciplina teológica.

13. Para divisar con precisión los rumbos actuales de la Mariología, las primeras fuentes serán –como siempre y como para cualquier disciplina teológica– la Palabra de Dios, leída e interiorizada con la mayor luz de que seamos capaces, y la Tradición de la Iglesia, la doctrina de los Padres y el Magisterio de la Iglesia, vivo y dinámico –es decir, progresivo en su identidad–, dentro del que coloco, como testimonio cercano, los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica.

14. Abundan los libros recientes de Mariología en diversas lenguas; imposible referirme a todos, pero de los libros de Mariología que he consultado para elaborar estas reflexiones, me parece que el más completo, en el ámbito español, es Mariología de José Cristo Rey García Paredes, cuya primera edición de la BAC fue realizada en 1995. La última que conozco, actualizada por la misma editorial, es del año 2001 (418 pp.). Se trata, pues, de un texto cronológica y culturalmente muy cercano y abarcador. Pretendo que mis palabras no sean un plagio de tal obra; ni siquiera podrán ser una especie de resumen útil, clarificador, de algunos aspectos de la dimensión mariana del pensamiento y de la existencia cristiana. Me limitaré a las referencias sustanciales sobre alguno de los rasgos de María. Estas palabras mías no alcanzan la estatura de lo que podría haber sido un resumen completo de la obra citada, pero confío en que, a pesar de ello, puedan darnos algunas pistas, útiles para nuestra reflexión e interiorización personal y para nuestro servicio evangelizador en el seno de un pueblo, muy mariano de sentimientos y muy ignorante de conocimientos acerca de tamaña madre. En este libro citado, se puede encontrar una bibliografía muy abundante sobre nuestro tema, no sólo en español, sino también, prácticamente, en todas las lenguas occidentales.


Las primeras referencias marianas en el pensamiento católico son insuficientes unas y erróneas otras, pero, sin embargo, no dejan de iluminarnos con interesantes resonancias marianas válidas.

15. La vida y el pensamiento cristianos no nacieron y se desarrollaron en un vacío cultural y religioso, sino, primero, dieron los pasos iniciales y sentaron las bases fundamentales, en el marco de la realidad judía del siglo I; luego, desarrollaron todo un sistema de pensamiento filosófico-teológico, en el mundo mediterráneo de la época, ungido fundamentalmente por el helenismo en sus diversas variantes. Los hombres y mujeres que escucharon y, dado el caso, aceptaron y predicaron el anuncio evangélico, en los primeros siglos de nuestra era, tenían una religión y una cultura. Desde esa identidad se enteraron del contenido del mensaje cristiano. Quienes creyeron en él, lo asimilaron progresivamente y depuraron lo que escuchaban por diversos caminos.

16. Y aunque la Iglesia terminó por establecer con claridad la diferencia entre sus convicciones religiosas, y las tradiciones culturales y religiosas, tanto las judías como las helénicas, no dejó de integrarlas, de algún modo, para crear, con la novedad del Evangelio, una realidad nueva, la realidad cristiana. Nueva tanto con relación a Jesús, como con relación a María y a la institución eclesial; consecuentemente, nueva también con relación a la existencia humana. En principio, después de la revelación cristiana, que incluye a María, el meollo de la existencia de los hombres y mujeres no podría continuar  siendo  igual.   La  fuente  primera  seguiría  siendo,  evidentemente,  el  texto

bíblico, parco con relación a informaciones personales, pero suficiente para sustentar nuestra fe y la ética que se deriva de ella, así como para evitar que, llevados por la fantasía sentimental, frecuente en los recién convertidos, sus contenidos se desbocasen, como caballos sin control ni doma. Los cuatro primeros concilios ecuménicos –Nicea, Constantinopla I, Efeso y Calcedonia– clarificaron las verdades cristianas fundamentales y trataron de embridar la fantasía de los creyentes.

17. Estimo que en la raíz de algunos evangelios apócrifos, junto a doctrinas heréticas del momento, asoma su rostro la curiosidad, espontánea e incontrolada, por saber más acerca de los hechos de Jesús, sobre todo de su infancia y nacimiento. Eso, en principio, es signo de amor, pero podía conducir –y de hecho condujo en ocasiones– a hipérbole. Los cuatro textos evangélicos no resultaban suficientes, en aquel cristianismo naciente, a quienes, animados por el ambiente helenístico, sobre todo el egipcio, y sin un control suficientemente efectivo, daban rienda suelta a la fantasía sincrética, en la que podía no estar ausente la poesía, siempre atrayente. Empero, sabemos que la verdad evangelizadora no coincide necesariamente con la belleza poética propia de los aires paganos. Los ríos se salían de madre, y los volcanes, de toda índole afectiva e intelectual, arrojaban su lava de confusiones sobre las primeras generaciones de cristianos. Mucha acción del Espíritu, muchos cerebros y corazones iluminados, así como también una buena dosis de “bondadosos” baculazos episcopales, de Concilios y hasta de intervenciones imperiales fueron necesarios para que los volcanes se apaciguaran y las aguas permanecieran en su cauce vivificador.
18. Tengo la convicción de que para obtener una mejor comprensión de María –a la que nos ceñimos ahora y en lo adelante–, no deberíamos prescindir del uso de una buena lupa en los textos que son, en primer lugar, cristológicos. Si conocemos a María, lo debemos a la relativa notoriedad de Jesús que, en su tiempo, no fue humanamente extraordinaria. No nos sorprenda: Jesús fue un judío marginal, que estuvo al frente de un movimiento marginal, en una región marginal del Imperio Romano. Flavio Josefo y Tácito se interesan más por el movimiento cristiano que por el propio Jesús. Y si hoy conocemos sus testimonios, lo debemos a los pensadores cristianos, los Padres de la Iglesia, los únicos que los citan después del siglo II y casi siempre con finalidades apologéticas. El agua lustral cristiana y el vino de la nueva alianza corrían mayori-tariamente, todavía, por canales muy discretos, no siempre perceptibles a primera vista.

19. La teología católica contemporánea no descuida ni el mensaje de los textos bíblicos –que ya hoy sabemos leer como lo que son, no como biografías de Jesús y, mucho menos, de María–, ni el de los autores cristianos y no cristianos que, en lo primeros siglos, se ocuparon de asuntos relacionados con nuestra fe. Estos nos permiten conocer la imagen de Jesús, de su familia y de sus discípulos, que tenían tanto los propios discípulos, como los paganos y los judíos. Creo que ningún teólogo bíblico católico descuidaría hoy el cotejo entre los textos paganos, los rabínicos y lo que nos dicen los sobrios pórticos evangélicos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, que terminaron por constituir la norma de la Fe.

20. No abundo en el tema, pero hoy se miran también, con atención teológica, las esculturas y las pinturas anónimas de la época fundacional sobre las cuestiones religiosas, que se conservan en distintos soportes: catacumbas, ruinas de iglesias muy antiguas, casi siempre pequeñas –por ejemplo, las del siglo II en Egipto– y de casas de cristianos. Nos dicen de manera plástica cuáles eran los contenidos de la fe cristiana de quienes las realizaron en aquellos primeros siglos y de quienes se reunían en esos primeros templos y en casas de familia para celebrar su fe. Esto vale para todas las cuestiones de la fe, pero si en un terreno teológico se nos convierten en fuente imprescindible es, precisamente, en las cuestiones de Mariología insertas en la Cristología de la infancia de Jesús. Somos testigos de que este escrutinio se realiza no sólo en los siglos originales del Cristianismo. En épocas ya muy cercanas a nosotros conocemos el valor revelador de la tilma de Juan Diego con respecto a la Virgen de Guadalupe y los detalles, esclarecedores en principio, acerca de nuestra devoción nacional, la Virgen de la Caridad, que podemos extraer del análisis atento de la imagen de El Cobre y de los grabados que de ella se hicieron desde el siglo XVIII.

La concepción virginal de Jesús.

21. Un ensayo completo de Mariología debe incluir el análisis y la coherencia entre todos los atributos marianos, pero eso no lo podemos hacer dentro de los límites de una conferencia. Me voy a limitar a una exposición un poco más amplia, aunque no completa, de uno de esos atributos o rasgos de María, la concepción virginal de Jesús. El modus procedendi con respeto al mismo nos indica cómo –creo– se debe proceder con relación a los otros atributos marianos, que además deben aparecer muy explícitamente conectados entre sí y con todo el corpus cristiano, según la metodología propia de la ecología teológica sistemática. Procedo, pues, ya con algunos apuntes relacionados con el tema de la concepción virginal de Jesús.

22. Gracias a Orígenes, hemos podido conocer un texto rabínico de la Mishná, procedente del Talmud de Babilonia, que debe haber sido escrito en el siglo II. Orígenes, en su obra Contra Celso, polemista pagano, escrita en el 248, nos habla de un personaje llamado Jesús Ben Pandera o Ben Pantera, al que se refiere Celso. Este debe haber escrito su obra, Alethés lógos (El logos verdadero) en torno al año 178. Según este autor, una joven judía llamada María, habría sido la madre de Jesús Ben Pantera o Pandera, hijo de relaciones con un soldado romano. María estaba comprometida con un carpintero que la repudió por adulterio. Ella, abandonada por su familia, dio a luz en secreto y su hijo pasó a Egipto durante varios años, trabajando allí como mago y obrero, y se hacía llamar “dios”.

23. El texto tiene sus contactos literarios y, un poco, hasta de contenido, con el Evangelio de San Mateo, muy anterior al texto de Celso, que podría ser interpretado como una parodia polémica, anticristiana y de pésimo gusto, del evangelio de la infancia al estilo de Mateo. La parodia de Celso está orientada muy claramente contra la concepción virginal de Jesús tal y como el Evangelio la presenta. Las referencias a esa pseudo biografía de Jesús Ben Pantera aparecen también, al menos, en cinco escritos rabínicos del siglo II, difundidos en la misma zona geográfica y cultural, del cercano y medio oriente. Los misioneros no pueden haber dejado de tener en cuenta esa realidad al explicar el Evangelio de San Mateo y, en general, la concepción virginal de Jesús, sea como es presentada por Mateo, sea por Lucas.

El nombre de María, de Jesús y de algunos de sus familiares.

24. Es textual y tradicionalmente claro que la madre de Jesús se llamaba “María” (Miryam), como ese gran personaje del Antiguo Testamento, la hermana de Moisés y Aarón, la que vigiló al niño Moisés cuando fue colocado, en una cesta, en las aguas del Nilo. Ella fue también la que negoció con la hija del Faraón cómo debía criar al niño; luego, tras el paso liberador del Mar y la salida de Egipto, María estaba a la cabeza del pueblo en las danzas y cantos de agradecimiento. Era llamada “María la profetisa”. Murió en Cadés y allí fue sepultada. Siglos después, otra María, la Virgen Madre, desposa a José, el padre aparente de Jesús, quien aparece también con un nombre patriarcal: lo llevó el hijo de Jacob y Raquel; el que tras un tiempo de esclavitud y servidumbre, llegó a ocupar una posición relevante en Egipto y gracias a ella alimentó a sus hermanos y a otros miembros de su pueblo, en tiempos de grandes dificultades en Israel (no puedo evitar la tentación de recomendarles la lectura, atenta y despaciosa, de la que es probablemente la obra maestra de Thomas Mann, José y sus Hermanos.) Retomo el hilo de los nombres del núcleo familiar inmediato de Jesús. Jesús es el nombre abreviado de Yehôsûa, Josué, personaje también eminente y fundacional del pueblo judío. La interpretación popular de este nombre es “Dios salva” o, quizás mejor, “que Dios salve”. Con esta acepción le es revelado a José el nombre del hijo de María. Entre los judíos fue un nombre popular en la época; después abandonaron casi totalmente su uso, al parecer, para distanciarse de los cristianos.

25. No abundan estos nombres en el Antiguo Testamento, como no abundan los de los grandes personajes (patriarcas, profetas), por una cierta concepción del respeto que se les debe. Sin embargo, en la Palestina del siglo I, o sea, después del exilio y de la rebelión de los Macabeos, se multiplican los nombres patriarcales como una reafirmación de la pertenencia al pueblo judío, como reacción ante las pretensiones de la helenización promovida por Antíoco.

26. En un pueblo pequeño como Nazareth –pequeña comunidad de Galilea en la que se establecieron José, María y Jesús al regreso de Egipto– y, teniendo en cuenta la valoración de la realidad familiar como garantía de seguridad social, allí debe haberse dado un nivel muy alto de emparentamiento. En el inicio del ministerio público de Jesús ya José no aparece. Suelen afirmar los exegetas que, por entonces, ya debía haber fallecido. Es más, en lo adelante, el lugar de referencia domiciliar de Jesús ya no es Nazareth, sino Cafarnaum, población mayor, pero también en Galilea, junto al lago. El Cuarto Evangelio menciona a María, con Jesús y los primeros discípulos, en las bodas de Caná de Galilea, escenario del primer signo o milagro, según dicho Evangelio. María vivió durante todo el ministerio público de Jesús. Tendría 14 o15 años en el momento del nacimiento y unos 45 o 50 en el momento de la muerte y resurrección de su hijo.

27. ¿Cuál debe haber sido el “núcleo” de la familia humana de Jesús? La Iglesia afirma que María concibió virginalmente a Jesús y los evangelios confirman e iluminan este dato de fe. De los textos bíblicos lo extrajo la Iglesia. Sin embargo, los evangelios se refieren también a los hermanos y hermanas de Jesús y en el Libro de los Hechos y en textos cristianos antiquísimos aparecen también aludidos. ¿Fueron fruto de relaciones matrimoniales entre María y José, después del nacimiento de Jesús, como han llegado a afirmar algunos heterodoxos? Sería absurdo que en el momento de su muerte, Jesús hubiese confiado la atención de María a un discípulo, muy cercano, pero no pariente, si hubiese hermanos, hijos reales de María. Pero, ¿acaso no fue Juan uno de esos hermanos en sentido amplio? Queda abierta la cuestión acerca de un eventual parentesco cercano de Juan con Jesús, por vía de María. Conocemos la doctrina cristiana acerca de la virginidad de María, pero los textos evangélicos sobre los hermanos están ahí, como textos difíciles –una de las cruces de los exegetas–, que no siempre han sido interpretados de la misma manera y que solemos eludir con demasiada rapidez.

28. a) Epifanio de Salamina, en el siglo IV, sostuvo la hipótesis de que los hermanos y hermanas de Jesús eran hijos de un matrimonio anterior de José: o sea, serían, según la opinión común en esa región geográfica y en esa época, medio-hermanos de Jesús. Esta opinión permaneció durante siglos en algunos escritos propios de la tradición greco-oriental.

b) San Jerónimo fue el primer Padre de la Iglesia latina que, también en el siglo IV, defendió la interpretación de que los llamados hermanos y hermanas de Jesús eran primos y que tanto María como José fueron perpetuamente vírgenes. Para ello, san Jerónimo se apoya en que la palabra griega adelphos se utilizaría en griego no sólo para referirse a hermanos, sino también, en algunos casos muy concretos, a primos y sobrinos. La palabra griega para referir a los primos es anepsios. Usualmente, la palabra hebrea âh no se traduce como adelphos. No es cierto que esta palabra se utilizara regularmente para referirse a primos; sería una rareza sorprendente. Pero, atención: en griego, como en cualquier lengua contemporánea, la palabra “hermano” podía usarse como referencia tanto para los hermanos de sangre como a los hermanos en sentido espiritual. Si pido atención para esta última observación es porque, a mi entender, ella encierra una de las claves exegéticas textuales, válida para la cuestión que nos ocupa. En resumen, para la mayoría de los exegetas contemporános, la interpretación de “primo” que nos dan San Jerónimo y otros autores que lo siguen o la de “medio hermano”, de Epifanio, no parecen sostenerse hoy ante una crítica textual seria, por la sola crítica textual. Requiere luz de otros ámbitos.

c) Por otra parte, Tertuliano, en el siglo III, debido probablemente a su oposición rotunda al docetismo de Marción y sus seguidores, afirmaba enfáticamente que la madre y los hermanos de Jesús eran verdaderamente (vere) su madre y sus hermanos.

29. No es este el lugar para justificar pormenoriza-damente nuestra fe en la virginidad de María, que forma parte irrenunciable, desde hace muchos siglos, de nuestro retrato teológico y espiritual de la Madre del Señor. Importante es, sin embargo y lo reitero, que no debería presentarse tanto como “privilegio”, ni como un atributo accidental, sino como eslabón sustancial de la Revelación cristiana. Bien entendido y expresado, y referido a Jesús, resulta inseparable de los otros eslabones. La ecología teológica nos llama a prestar atención a estas relaciones: en la concepción de Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero, no intervino más persona humana que María, liberada no sólo de todo pecado personal, sino también del pecado original . Ella concibió virginalmente, sin intervención de varón. No hubo otra intervención humana, parental, en la concepción de Jesús, hombre verdadero pero también Dios verdadero. Aquí está, a mi entender, la razón última de la concepción virginal: una mujer libre de todo pecado, María (cf. dogma de la Inmaculada Concepción), fue la única criatura que dio naturaleza humana al Hijo de Dios. La concepción virginal, además de ser un dato revelado, un dato de fe, tiene sentido de conveniencia teológica y, como tal, es razonable. Si Jesús es hombre verdadero, en su concepción y nacimiento debe entrar la naturaleza humana. En este caso, María. Pero si es el hijo de Dios y Dios verdadero Él mismo, en su concepción debió entrar Dios mismo, de modo eminente y luminoso aunque incompresible para nosotros. Por lo tanto, su naturaleza divina, en ese plano, no puede tener las limitaciones espirituales y de otro orden que se derivan del pecado: sea este el original, sea el personal. De aquí me atrevo a afirmar la “necesidad” de la concepción virginal por parte de una virgen inmaculada, María. De lo contrario, si María la Virgen Madre no hubiese sido inmaculada o si hubiese intervenido en la concepción de Jesús otra persona –en este caso, el padre aparente, José– nos parece que debería haber tenido lugar una especie de adopción por parte de la Santísima Trinidad para que Jesús, todo entero, fuese no sólo hombre verdadero, sino también Dios verdadero, aunque por adopción. Los estudiantes de Teología conocen ya los pasos erróneos de las diferentes formas de adopcionismo en los primeros siglos.

30. Dios procede siempre admirablemente bien. Y utilizando nuestras pobres palabras humanas, ¿cómo imaginar que no lo iba a hacer frente a tamaño misterio de luz? Nos parece que en el hecho más importante de la historia de la salvación y de la historia humana, la encarnación y el nacimiento del Verbo, el modo de proceder de Dios tenía que estar a la altura infinita e inaudita en que estuvo; impredecible con anterioridad para el limitado entendimiento humano; y comprensible, por razones de conveniencia teológica, las de la fe, solo a posteriori. La Revelación de los dones excepcionales hechos a María han sido un regalo a la criatura humana en orden al conocimiento de María, pero sobre todo en orden al conocimiento y al seguimiento de Jesús, a la comprensión de la propia naturaleza humana nuestra y del camino que nos conduce a la redención real, total, o sea, a la comunión de la persona humana con la Trinidad de Dios.

31. Me he referido, para reafirmarlo y percibir su sentido, al dogma de la virginidad de María y para insinuar algunas claves posibles para su más recta intelección. Ahora bien, una Mariología bien integrada no puede dejar de presentar los otros dogmas “difíciles” relacionados con la Virgen María: su concepción inmaculada –al que acabo de hacer referencia en conexión con la concepción virginal y la condición divina de Jesús–; el otro sería la asunción de María, que debe presentarse en diálogo ecológico fecundo con la naturaleza inmaculada de María y con la Escatología, es decir, el destino último de la naturaleza humana de la Madre de Jesús y, en definitiva, de todas las criaturas humanas a las que María se adelanta. Son temas arduos cuya presentación, a mi entender, es más compleja que el dogma de la virginidad. Pero la dificultad no justificaría que fuesen ignorados. En el marco de esta Lectio Prima me resulta imposible aludir siquiera a las pistas de comprensión y de presentación que tamañas verdades marianas requieren. Dejo esa labor al profesor de Mariología de este Seminario y me basta, por el momento, insistir en la necesidad de relacionar e integrar los contenidos de la Mariología con los demás componentes de la Revelación: la Cristología, la Neumatología, la Escatología y, en general, toda la reflexión sobre la Santísima Trinidad y la Teología del pecado original, de la Redención y de la Gracia, sin pasar por alto la relación de María con toda la especie humana y su particular relación con la Iglesia.

32. En el marco de la ecología teológica mariana vienen a nuestro encuentro términos y nociones, dotados de mayor riqueza que la que un cierto espiritualismo teológicamente desconectado de la función salvífica de María suele atribuirles. Pienso en María como nueva Eva, María como Madre de Jesús, el único Mediador, María como Madre de la Iglesia... Todos son términos que nos esclarece e ilumina la propia Revelación, tanto en su dimensión bíblica, como en la mejor Tradición, la que escribimos con mayúscula.

A modo de sugerencias pastorales, de raíz teológica y lingüística, para nuestra Iglesia en Cuba.

33. No pretendo abarcar todas las sugerencias pas-torales posibles que tienen en cuenta nuestro ámbito de religiosidad popular cristiana, profundamente mariana. Además, no son más que sugerencias y, en general, discutibles. En primer lugar, menciono el sentido luminoso del misterio, que debe acompañar toda vivencia y presentación de la Fe cristiano-católica, no sólo su ámbito mariano. Tenemos que saber dar cuenta de nuestra fe sin dejar de reconocer el misterio que necesariamente incluye en sus contenidos. Debemos llegar con la razón y el lenguaje adecuado hasta donde la razón y el lenguaje nos permitan, sin rendirnos antes de tiempo por pereza intelectual, pero sin pretender sobrepasar nuestros límites creaturales. Rendimos nuestras armas y nos postramos, por las sapientísimas motivaciones del amor, ante la concepción inmaculada, la virginidad y la asunción. No deberíamos tener “complejos” en la inclusión de esta realidad que compromete toda la Revelación. Lo que es de Dios, no puede ser comprendido racionalmente de manera total, pero nuestra condición humana nos reclama que lleguemos hasta las mayores posibilidades de la razón en su diálogo perenne con la fe.

34. Paso a otro punto relacionado con el anterior. Con frecuencia, nos topamos entre nosotros con un cierto tipo de lenguaje religioso que revela confusión e ignorancia. Un caso típico es la respuesta a la exclamación-jaculatoria “Ave María Purísima”, que utilizamos casi siempre como saludo en la administración del sacramento de la penitencia. “Sin pecado concebido”, suelen responder nuestros fieles, con el participio “concebido” en género masculino, siendo así que la respuesta adecuada sería en el género femenino: “concebida”, pues nos estamos refiriendo a la inmaculada concepción de María, no a Jesús, concebido virginalmente y, evidentemente, sin pecado.

35. Esta forma de utilizar el lenguaje evidencia, probablemente, una cierta ignorancia del dogma de la Inmaculada Concepción de María y una cierta confusión en la aproximación intelectiva al hecho de la concepción: de María, de Jesús y de toda persona humana.

36. Otro ejemplo: el uso del adjetivo calificativo “divino/a” entre algunos feligreses sencillos, con relación a las grandezas de María, así como del verbo adorar. El adjetivo “divino” y el verbo adorar debe estar reservado a Dios, o sea, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. María es la más excelsa de la creaturas humanas y, en aras de su especialísima colaboración con Dios en la Redención o salvación de la humanidad, ha recibido dones muy especiales, pero ellos no la incorporan –en su esencia, ousía– a la Santísima Trinidad, como si se tratase de una cuarta persona, de una diosa, pues en las consideraciones de la fe continúa siendo una persona humana.

37. Una última consi-deración pastoral que, tiene que ver con el uso apropiado de la lengua y, de modo no muy consciente, con nuestra concepción de maternidad universal de María. Me estoy refiriendo al calificativo de “mambisa” que la costumbre de los últimos años ha generalizado para referirnos a Nuestra Señora de la Caridad. Preferiría que no se utilizara ese calificativo ya que la palabra “mambí/sa”, aunque de etimología discutida –¿es de origen aborigen caribeño o de origen africano?–, en cualquier hipótesis vino a significar a los insurrectos, a los que se levantaban en armas contra la administración española, en las guerras de independencia del siglo XIX, al menos en Cuba y en Santo Domingo. El traslado a Nuestra Señora de la Caridad de ese calificativo nació, probablemente, del empeño por ilustrar la nobleza del ahínco inde-pendentista. Pero, en realidad, la Virgen no debió haber adquirido ese calificativo que la equipara a los guerrilleros cubanos independentistas, como si su maternidad no abarcara también a los españoles en aquella contienda fiera. Es Madre de todos por ser la Madre de Jesús, y por voluntad manifiesta de Él desde la cruz; María, única en todas sus advoca-ciones, que no le multiplican la identidad, es la madre espiritual de todos los hombres y mujeres. Me parece que estoy haciendo el papel de un monje desentonado, pues hoy se repite el adjetivo –a veces como sustantivo– para reafirmar la intensidad de la cubanía de la presencia mariana de esa advocación entre nosotros, sin otra intención. Sé que me iré de este mundo cuando Dios quiera y ese día estaré escuchando todavía lo de Virgen Mambisa en boca de la mayoría de los cubanos y será una expresión de amor, no de ofensa. Pero amor erróneamente expresado y, en última instancia, muy limitante. Aquí solo he querido dejar constancia de lo que pienso al respecto, afincado en la lógica de la fe y en el buen uso de la lengua.

38. Es cierto que algunos grupos excepcionales de insurrectos –mambises–, no todos, al menos en el caso de Cuba, llevaban consigo algún pendón con la imagen de la Virgen de la Caridad, o hasta alguna imagen de la misma. Con mayor frecuencia, llevaban los mambises orientales alguna medallita de Nuestra Señora de la Caridad. Esto último parece haber sido más frecuente, pero me parece que no justifica el calificativo de “mambisa” para María, la Madre de Dios. Al parecer, la expresión “virgen mambisa” apareció escrita, por primera vez, en los llamados “catecismos mambises”, evidentemente ni redactados por teólogos, ni bajo la tutela de los obispos, sino por los mismos mambises en la manigua criolla. En ellos se incluía la expresión para significar, de manera explícita, que la Virgen María estaba con ellos y no era patrimonio exclusivo de los españoles, quienes con más frecuencia, se referían a María como “la Purísima”, sin excluir a Nuestra Señora de la Caridad, advocación de origen castellano. Sabemos que los voluntarios españoles solicitaron y consiguieron que el obispo Santander y Frutos, de la diócesis de La Habana, designara a Nuestra Señora de la Caridad como patrona de los “cuerpos de voluntarios”, lo que se realizó oficialmente en el marco de una celebración en la entonces iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, hoy de Nuestra Señora de la Caridad.

39. Esta costumbre de involucrar a alguna advocación de la Virgen, en caso de conflicto social, con alguna de las partes, no ha sido exclusiva de Cuba. Casi todos conocemos la copla española, popular durante los enfrentamientos entre franceses y españoles en el siglo XIX: “La Virgen del Pilar dice/ que no quiere ser francesa,/ que quiere ser capitana/ de la tropa aragonesa”. Más lejos llegaron los chilenos en su proceso independentista: el héroe nacional Bernardo O’Higgins, militar honorable y respetabilísimo, otorgó a la Virgen del Carmen, patrona de Chile, las más altas jerarquías del ejército independentista; Generala o Mariscala, no recuerdo bien cuál era la titulación más alta. Los ejemplos podrían multiplicarse. Pero en ambos casos, España y Chile, fueron usos transitorios, no perduraron más allá de las guerras en las que surgieron. La perdurabilidad en Cuba se me hace sospechosa de inseguridades, probablemente inconscientes, pero reales.

40. Medularmente, es una cuestión de principios. Ni Dios, ni la Virgen, ni algún santo “popular” deberían ser identificados con alguna de las partes en un conflicto social violento. Dios es Dios de todos y la Virgen María es madre de todos, y los santos son intercesores y modelos de existencia cristiana para todos, sin exclusiones por razones raciales, culturales, políticas... No están demasiado lejos los tiempos –yo recuerdo algunas anécdotas– en los que, también en Cuba, encontrábamos sacerdotes, religiosas y laicos que decían que la devoción a la Virgen de la Caridad era devoción de negros y mulatos, fundándose para ello en los orígenes de la advocación en Cuba –y más precisamente en El Cobre– en el siglo XVII, cuando se llegó hasta evitar el nombre por parte de algunos españoles dueños de la mina. Preferían referirse a ella, al parecer, como “Guía de Remedios”. Hay una cierta confusión con respecto al nombre y la identidad en los primeros años en El Cobre, a pesar de la tabla identificadora. Los negros y mestizos salvaron la verdadera identidad; al fin y al cabo ellos fueron los que la encontraron con ese título y los que insistieron en que se mantuviera ese nombre en la ermita. Afortunadamente, esta forma de particularismo racista ha sido superada y sabemos que María de la Caridad fue proclamada Patrona de Cuba por Su Santidad Benedicto XV, por petición de un grupo grande de cubanos veteranos de las guerras de independencia, blancos, negros y mestizos. Hoy es la advocación más extendida en Cuba, sin esos distingos odiosos, porque sabemos que ella es, en el orden de la fe, la Virgen Madre de Dios y no sólo la madre de todos los cubanos, sino también de todos los hombres y mujeres del mundo, de ayer, de hoy y de siempre. Todos estamos incluidos bajo su amoroso manto de caridad, de amor. A veces me parece que nuestra pastoral de las advocaciones no tiene mucho cuidado en la reafirmación de que la Virgen María es una sola y que las advocaciones son eso, advocaciones, no nuevas identidades. Y dado que se trata de la Virgen María, me parece que la cercanía no debería olvidar el respeto debido; por ello rechazo, con la mayor contundencia posible, el apelativo de “Cachita” y vocativos parecidos con relación a Nuestra Señora de la Caridad.

41. En este punto de nuestra reflexión me parece que debo mencionar que ya es hora de que revisemos también la iconografía de Nuestra Señora de la Caridad. La solemos representar entre nubes, acompañada por ángeles, sobrevolando el bote de quienes encontraron la imagen flotando sobre las aguas de Nipe. ¡Y luego nos molestamos porque se califique como “aparición”, no como “hallazgo”! Rectificar este error popular, poco a poco, con el debido tacto pastoral, es tarea de las autoridades de la Iglesia y de todos los comprometidos en su acción evangelizadora, pues en gran medida hemos sido los difusores de esta iconografía errónea. No se trata de una herejía –la intención no es de ruptura–, sino de una concesión a un cierto populismo, en aras de conferir mayor importancia a la devoción, pero no es un error baladí. Me parece importante que respetemos los modos de proceder de Dios para con nosotros. ¡No le enmendemos la plana y asumamos la humildad del hallazgo o encuentro de nuestra imagen! ¡Es una de sus notas! El fue quien dispuso que la encontrásemos humildemente flotando sobre las aguas, no sobrevolando nuestra realidad como aparición celestial.

42. Cuestión mucho más compleja y que, por hoy, escapa también de nuestro texto, es la sincretización de Nuestra Señora de la Caridad con Ochún, así como la de Nuestra Señora de Regla con Yemayá, la de Nuestra Señora de la Merced con Obatalá y la de otras divinidades del panteón yoruba con santos de la Iglesia Católica y con advocaciones de la Virgen María. Tendríamos que ser sumamente respetuosos de las convicciones religioso-culturales de un sector muy amplio de nuestra población, pero precisamente el respeto y la caridad nos obligan a ser claros en la presentación de los contenidos de la fe. Si la evangelización original de quienes vinieron de África, arrancados de su tierra como esclavos, fue deficiente y dio lugar a este tipo de sincretismo, no deberíamos dejar las cosas simplemente como están; creo que se podrían dar más pasos de los que hemos dado –que no son pocos– en orden a una purificación de los contenidos de la fe. Pero insisto, todo lo que pastoralmente digamos y hagamos debe aparecer bajo la luz muy clara tanto de la verdad como de la caridad. Sobre este tema he hablado y escrito abundantemente a lo largo de los años. Hoy asumo todo lo que he dicho al respecto en variadas circunstancias.

Punto final.

43. Nos estamos preparando para la celebración del cuarto centenario del encuentro, en la Bahía de Nipe, de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad que veneramos en el Santuario del Cobre. Sabemos que no todo está claro, en Cuba, en la historia original de esta advocación y en la configuración de la imagen. Es importante que las calenturas devocionales no oscurezcan los datos de la investigación seria, de la historia y de la razón. Ni deberíamos emplear palabras despectivas para los que tratan de analizarlos con la objetividad propia de las ciencias históricas. La verdad de la historia no va a oscurecer la naturaleza de nuestra devoción nacional, nos va a ayudar a acercarnos a ella con mayor transparencia. Los datos de la fe referidos a esta preciosa advocación y figurados en la delicada imagencita no se prestan a dudas sobre la índole mariana de nuestra piedad popular católica en Cuba. Nos conceda Dios que las procesiones y celebraciones de estos meses nos conduzcan a todos los cubanos a una mayor y mejor interiorización del amor a la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra, así como a una purificación del lenguaje, de nuestras imágenes, de nuestros cantos, y de nuestras costumbres religiosas, en aras de lograr una mejor familiaridad con María –la verdadera, la insustituible– en el seno de nuestro pueblo, con toda la cercanía que la devoción a Nuestra Señora de la Caridad incluye, pero sin esos populismos irracionales y frecuentes que, en realidad, no son otra cosa que sombras que empañan nuestra devoción y la evangelización consiguiente. En la Casa Cuba que soñamos y paulatinamente construimos, reina ya María de la Caridad, la Virgen Madre de Jesús y de todos los cubanos. Su misma presencia y su belleza humilde no pueden dejar de estimularnos.


La Habana, verano de 2011
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