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Primera Iglesia Presbiteriana Reformada
La Habana , 18 de enero de 2010
Queridos hermanos y hermanas: En estos cien años que nos separan de aquella primera conferencia de Edimburgo que impulsó decisivamente el movimiento ecuménico, los cristianos que hemos participado en los esfuerzos por la unidad cristiana hemos meditado muchas veces en las palabras de Jesús en su último discurso antes de morir: “Que todos sean uno, para que el mundo crea”. Aquellas palabras, con su carga de urgencia y compromiso, nos han hecho postrarnos ante Jesús crucificado pidiendo perdón por nuestras divisiones históricas o actuales, porque fueron dichas por Jesús como testamento que no ha sido ejecutado aún por sus discípulos. Este año la Semana de la Unidad que se inaugura hoy, preparada por las comunidades eclesiales de Escocia, propone a nuestra reflexión el último discurso de Cristo resucitado antes de la Ascensión , que inspiró, en sus últimas palabras, el mensaje de aquella primera Conferencia de Edimburgo de hace cien años, “Ustedes son testigos de estas cosas”. Nuestra mirada va, pues, del Cristo de la Cruz , que urge en su entrega dolorosa a la unidad de sus discípulos, al Cristo glorioso que nos dice “no tengan miedo, por qué dudan tanto en su interior”. La realidad que evacuaba el miedo y generaba la firmeza de los apóstoles era Jesús mismo, vivo en medio de ellos, que los invitaba a tocarlo para que vieran bien que se trataba del mismo Jesús de Galilea, el que en Jerusalén había sido juzgado y condenado, que había vuelto a la vida, una vida nimbada de gloria, que no sólo los libraba del temor, sino que los llenaba de gozo. Ellos eran ahora partícipes de lo que Job presentía como un atisbo salvador, como lo vimos en la lectura veterotestamentaria. El autor del libro nos presenta en Job un hombre sediento de justicia. Su vida se vio rota en pocas horas por la adversidad. Amigos y familiares trataban de buscar la causa de sus males, sea en él mismo, sea en Dios que lo había abandonado. Y lo increpaban por su bondad y su religiosidad que no le habían dado resultado. Ante el misterio del dolor humano, de los sufrimientos inexplicables y a veces terribles, entramos en la zona del misterio que sólo puede ser iluminada indirectamente por la fe que nos arroja a los brazos de Dios Padre. Es lo que experimentamos en estos días ante el sufrimiento atroz del pueblo haitiano. Sólo la oración que no pregunta ni el porqué, ni el para qué, sino que repite: “tú sólo lo sabes, Señor”, puede aquietar el corazón y brindar consuelo y solidaridad a los que sufren. Job había experimentado en su interior rebelión y sumisión alternativamente y sus antiguos amigos y familiares no le aportaban, con sus argumentos rebuscados, ningún consuelo. Pero él sale por la puerta estrecha de una confianza en Dios que genera en su corazón seguridad y paz. El autor introduce solemnemente la palabras de Job, que tienen una fuerza arrolladora, que no responden a los argumentos de sus interlocutores con ningún raciocinio, sino con afirmaciones de fe: “Yo sé que mi defensor está vivo y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios… yo mismo, mis propios ojos lo verán”. En la tradición del pueblo hebreo la figura de un defensor, originalmente un vengador, estaba consagrada, es una institución jurídica, aparece en el libro del Deuteronomio (19, 6-12). Era un miembro de la familia o de la tribu que debía reivindicar el asesinato de algún miembro del grupo. Como vemos en el libro de Isaías, Dios asume este papel para con su pueblo, él será el vengador, el defensor de Israel. Pero este vengador personal de Job, ¿quién es? Afirma él que “al final se alzará del polvo” y que él, Job mismo, con sus propios ojos, verá a Dios. Las palabras del libro van más allá de lo que los lectores hebreos podían captar. Al final Job alcanzará que se le haga justicia por medio de aquel defensor que se alza del polvo, ¿pero quién es este defensor? Es la misma pregunta que nos hacemos al escuchar los poemas del Servidor Sufriente de Isaías: carga con nuestros delitos, está herido y humillado por nosotros, ocupa nuestro lugar, llevaba sobre sus hombros nuestras culpas. Sólo después de conocer el camino doloroso del Calvario y la muerte en Cruz del Redentor, los cristianos pudieron leer y disfrutar aquellas palabras de Isaías, que tanta carga profética contenían, y que ahora se hacían evidentes, como la narración de un testigo presencial ante la pasión y muerte de Jesús. Sólo a la luz de la Resurrección del “hombre de dolores, conocido por el sufrimiento” se capta la amplitud de las palabras de Job. Jesús, el Cristo, es nuestro defensor, nuestro redentor, que se alza del polvo del sepulcro y nos hace contemplar en El, con los ojos de la fe, al mismo Dios. Lo que en Job fue barrunto de esperanza, en nosotros es certeza de fe, porque sí sabemos que nuestro Redentor vive, que se alzó del polvo del sepulcro, y que es el primero de los resucitados de entre los muertos. Nosotros, una vez despojados de nuestra realidad material, contemplaremos también a nuestro Dios, pues, “si creemos que Jesús murió y resucitó, sabemos que también nosotros resucitaremos con El”. Esta es la fe que sacó a los apóstoles de sus vacilaciones y temores, la que asegura al discípulo de Jesús que “El ha vencido al mundo… que El ha vencido al mal”. Esta es la fe personal de Pedro y Juan, que se manifiesta en el relato del libro de los Hechos al contar la curación del paralítico. Ante todo vemos cómo la acción de Jesús continúa por medio de sus discípulos. El paso de Jesús entre nosotros no fue un acontecimiento para ser escrito y recordado, sino para ser testificado: “ustedes son testigos de todas estas cosas”. El paralítico se dirige a Pedro y a Juan para hacer lo mismo que hacía siempre: pedir una limosna. Pedro le dice: “no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: “en nombre de Jesús Nazareno, echa a andar”. Lo tomó de la mano y lo alzó. El hombre se puso en pie, caminó y hasta saltaba. Toda la acción pastoral de la Iglesia queda admirablemente resumida en este breve relato, válido también para nosotros hoy. Los cristianos somos testigos que, sin miedos ni vacilaciones, debemos dar a nuestros hermanos lo que tenemos, que no es oro ni plata, sino algo más valioso: el anuncio de Jesús Nazareno, el que tiene poder para levantar al hombre postrado en su desaliento, en su vivir sin sentido, en su pecado, para que pueda andar no a empujones, sino caminar, saltar. El paralítico era considerado un excluido del Templo, pedía limosna en la puerta porque no podía entrar, era, según la vieja mentalidad, un castigado por Dios. Ahora entró saltando al Templo con Pedro y Juan. Que el hombre y la mujer de hoy no se sientan excluidos, que reciban el anuncio de Jesús Nazareno en la puerta del templo, en la calle, en sus casas y que entren en la comunidad de fe donde su vida se puede renovar o transformar y encontrar esperanza. Muchos de nuestros hermanos, aún sin desearlo aparentemente, esperan el testimonio de los cristianos. ¿Qué nos impide darlo con la sencillez y la seguridad de Pedro? Nuestros temores y vacilaciones. Estas últimas tienen su origen, casi siempre, en una fe débil que no se alimenta en una oración asidua, personal y comunitaria, Por otra parte, el mundo de hoy puede, en verdad, asustar a los cristianos. Como no somos del mundo, no podemos pactar con el mundo. Y ese mundo, globalmente considerado, presenta un rostro ceñudamente anticristiano. Los misioneros de nuestras Iglesias y comunidades mueren asesinados en África, en la India , en otras regiones de Asia. El mundo occidental cristiano, envuelto en el escepticismo, en el relativismo moral, en la secularización y el consumismo, legisla y ordena la vida de los pueblos al margen de o contra la fe cristiana. Todo esto reclama de nosotros, cristianos, una alta dosis de autenticidad, no sólo personal, sino comunitaria. Coherencia entre fe y vida, claro está, pero además unión entre los cristianos, no frente a los ataques de otras religiones o frente al mundo indiferente y laicista, sino positivamente, para anunciar con todos los riesgos inevitables a Jesucristo, el Señor, a esos hermanos ajenos a nuestro mensaje, que necesitan del arrojo y el testimonio acorde de los discípulos de Jesús. Si el Cristo de la Cruz nos inspira sentimientos de deploración por nuestra falta de unidad y nos urge por tanto a procurarla, el encuentro con Jesús resucitado nos llena de certeza, de seguridad para anunciarlo a un mundo a veces hostil. Ese mundo indiferente y difícil, sembrado de desigualdades sociales, cuya masa inmensa de pobres, los preferidos de Jesús, clama desde su impotencia por un trato más humano y solidario por parte de gobiernos e instituciones internacionales. Esta situación de miseria material genera violencia, la muerte por enfermedades evitables y esa otra miseria espiritual que postra a pueblos enteros a los que hay que alzar, que levantar. Este desafío es para todos los cristianos una imperiosa invitación a unirnos en los esfuerzos por superar estos males. Al testimonio de cada cristiano debe corresponder una Iglesia unida en su anuncio de un único Salvador, Cristo muerto y resucitado. En la mirada de quienes comienzan a fijarse en nosotros hay siempre una interrogante: ¿por qué tanta diversidad, por qué en ocasiones palabras o gestos duros entre grupos distintos de creyentes en Cristo? Creo que podemos dar pasos en nuestro testimonio de servicio a los pobres, de amistad sincera entre cristianos de diversas confesiones, de posturas comunes ante la valoración y defensa de la familia y de la vida, en pro de una juventud más sana, en fin, encontrar caminos comunes que resalten y propongan los valores verdaderamente humanos, que son también cristianos y propugnar juntos una ética natural que el evangelio de Jesús debe inspirar. Es decir, hay mucho bien que podemos hacer juntos, con sentimientos de amistad y fraternidad y con el gozo de servir a los hermanos, y esto es ya un testimonio grande de que creemos en el Dios que es amor. Queridos hermanos y hermanas: A los cien años de la Conferencia de Edimburgo mucho se ha andado. Pero hay que continuar caminando. Andar es pasar, paseándose, deteniéndose en algún sitio importante o agradable. Cada Semana de Unidad, cada jornada de oración de los cristianos de diferentes iglesias y comunidades que rezan juntos es uno de esos puntos o momentos salientes o reconfortantes. Esto es ya bueno. Pero caminar es saber a donde se va, es andar con meta y sentido. Tengo la impresión de que el Papa Benedicto XVI, con respecto al ecumenismo, pone a la Iglesia en camino y hay signos de que muchos cristianos desean ponerse en verdadero camino de unidad, sin perder características y tradiciones propias, pero yendo siempre a lo esencial: el anuncio acorde de Cristo muerto y resucitado, el ejercicio del amor cristiano entre nosotros y de todos nosotros de cara al mundo. Recientemente el Patriarca Ortodoxo ruso Kyrill, insistía en que los cristianos de Europa debían presentar juntos ante gobiernos y pueblos de ese continente la ética cristiana. Esto mismo, queridos hermanos y hermanas, es también posible entre nosotros. Que el Señor resucitado, aquí presente, quite nuestros temores y vacilaciones, para que, llenos del gozo de la resurrección, podamos anunciar y testimoniar a Jesús, con nuestro amor mutuo, a todo nuestro pueblo. Nuestra fe común en Jesús resucitado, vivo en medio de nosotros, nos reafirma en estas convicciones y propósitos. Como para los apóstoles, es la hora de dejar temores y vacilaciones y dar a nuestros hermanos en Cuba lo que tenemos, nuestra fe y nuestra esperanza en Cristo Redentor. Tenemos también que tomar de la mano a nuestros hermanos cubanos y alzarlos de sus postraciones y desesperanzas. El Señor Resucitado nos envía y nos fortalece para ello. En El está nuestra confianza. |