Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor

J.M

Los territorios que actualmente conforman la República de Guatemala, durante siglos, antes de la llegada de los conquistadores españoles, estaban poblados por una de las civilizaciones indígenas más brillantes de América: los mayas. Lamentablemente, estos fueron diezmados por la crueldad de Pedro de Alvarado, enviado desde México por Hernán Cortés, a fines de 1523. La riqueza en montañas y lagos de ese pequeño país le ha permitido disfrutar de un clima variable. Casi en las postrimerías del siglo xvii llegaron a esa nación la imprenta y la universidad. En la segunda mitad del siglo xix, Guatemala era el país centroamericano de mayor población indígena –los mayas-quichés–, el resto de sus habitantes eran mestizos y, minoritariamente, blancos.

glosas_01Allí nació, el 10 de septiembre de 1860, la niña bautizada al día siguiente con los nombres de María Josefa, en el Sagrario de la Santa Iglesia Metropolitana. Hija legítima de don Miguel García Granados y de doña Cristina Savorio y García, naturales de España y de Guatemala, respectivamente.1

I

Don Miguel García Granados, expresidente de Guatemala, era un hombre culto, honorable, respetado y querido por la mayoría debido a su prestigio de hombre justo. Él y su esposa proporcionaron a sus hijas un hogar feliz. María, la mayor, tuvo una educación esmerada y poco usual en las circunstancias culturales de su patria.

José Martí llegó a la capital de Guatemala el 2 de abril de 1877 (procedente de La Habana, vía Progreso, México) –"pobre, decepcionado, fiero, triste"–, con cartas de recomendación que le había proporcionado Antonio Carrillo, un viejo amigo de Sevilla, para "gente de viso" en aquella República, incluyendo a su presidente Justo Rufino Barrios.2

Aun sin tales auxilios no le hubiera sido difícil a Martí obtener la amistad y el favor del país. Guatemala era una de esas repúblicas "a medio crecer, en que el ambiente social dista mucho de coincidir con el geográfico. Se vivía, dice Mañach, "en una suerte de intimidad nacional".3

Era innegable que el presidente "manejaba ya el fuete con singular eficacia". Pero por los amigos que obtuvo y, sobre todo, por su mirar penetrante, comprendió Martí que el señor Barrios estaba decidido "a modernizar el país, a desarrollar su riqueza, a educarlo, sobre todo, de grado o por fuerza". No solo había multiplicado las escuelas: para dirigir la Escuela Normal "había hecho venir desde Nueva York" al maestro bayamés José María Izaguirre, expatriado después de una breve ejecutoria insurrecta.4

Casi "con el polvo del camino", el cubano desterrado por la injusticia solicitó de Izaguirre un empleo de maestro. El director no vaciló en complacerlo: sabía que aquel joven de mirada sincera y recta era el autor de El presidio político en Cuba y, además, un ser de notable cultura. Ese mismo día quedó adscrito al claustro de la Normal y encargado de los cursos de Historia y de Literatura. Por Izaguirre conoció Martí al presidente Barrios; le inspiraba simpatía desde que, dos años atrás, se pronunció a favor de la independencia de Cuba, "en acto hermoso y valiente de solidaridad americana".5

glosas_02El profesor cubano aún no había dado su primera clase, cuando un atardecer –"animada de sueños la frente y frío de destierro el corazón"– el maestro bayamés y su hermano Manuel José lo invitaron a un baile de disfraz en casa del general García Granados: era aquella una magnífica oportunidad –insistieron ellos– para relacionarse con la sociedad guatemalteca. Lejos, muy lejos, estaban los Izaguirre y Martí, de pensar que aquella sería una noche inolvidable, por más de una razón, para los tres.

Por la palabra de Gonzalo de Quesada y Miranda, es posible compartir con ustedes aquellos momentos trascendentes –de los cuales debe haber tenido noticias por su progenitor–,6 en las vidas del cubano excepcional y de la familia anfitriona.

"De pie en los hermosos salones […] Martí sigue, con sus compatriotas, el desfile de las parejas: una joven vestida de egipcia, alta y airosa, del brazo de otra muchacha, le llama poderosamente la atención por su dulzura y belleza". ¿Quién es?, pregunta, y Manuel José le responde mientras se dispone a presentársela: "Es María, la hija del general, y su hermana Adela".

Los ojos "profundamente negros y melancólicos" de María se encuentran con los de José Martí "y se encienden con el súbito fulgor de un amor dormido en la mirada espléndida y suave", en tanto él siente en su pecho "un vuelco indefinible, una inquietud a la par dulce y creciente, al hablarle a ella, al oír su acariciante voz". Y "una extraña sensación premonitoria", expresada en los primeros versos que le dedica: cuando "los jardines de su boca mueve", teme que "sus alas abra y al padre Cielo su alma blanca lleve".7

Así se conocieron aquel hombre excepcional y la hermosa guatemalteca a quien el poeta inmortalizó, tres lustros después, en preciosos versos que los cubanos conocemos desde la infancia.

II

Cuando Martí concluyó su primer día de clases en la Escuela Normal, los estudiantes (muchachas y jóvenes) salieron del aula lentamente, como lamentando que el tiempo de ese día terminara; todos elogiaban la elocuencia sorprendente, la voz amigable, tan rica en matices, del nuevo profesor. Particularmente pródiga en comentarios fue la hija mayor del "predecesor liberal de Barrios". Por ella, "lo mejor de Guatemala" supo con prontitud que aquel profesor "de mirada ardiente", era un cubano eminente.

El prestigio intelectual de Martí se extendió rápidamente. Cuando la sociedad El Porvenir reanudó sus actividades, él aceptó disertar en el Teatro Nacional; el tema fue La Oratoria. Ante su presencia, los concurrentes sintieron una "impresión misteriosa, inexplicable". El silencio fue absoluto. Su voz viril, "el gesto intenso, las imágenes fastuosas, que asociaban miosotis y relámpagos –dice Mañach– asombraron a los letrados y estremecieron a las damas…" Muy cerca, en un palco, Martí vio a la bella María, junto a su padre, y ella lo escuchó "embebida".8

Desde esa noche, lo llamaron el Doctor Torrente. Y, al siguiente día, fue nombrado vicepresidente de la sociedad El Porvenir.

María era, tal vez, la más brillante de las alumnas. El profesor Martí sentía –ya fuese en el aula, o en los actos sociales en los cuales él hablaba "con destellos de genuina gloria", o en la residencia del General, cuya hospitalidad "llana y patricia" lo consolaban– la mirada ardiente de la joven. Siempre "[…] aquellos ojos, ungidos de caricia y pudor, se clavan en la faz del expatriado, hablan en su mudez recatada", se entregan sin saberlo; muestran y ofrecen, sin saberlo, horizontes de ensueño y abnegación que no ve el objeto del holocausto silencioso".9

Ciertamente, él no quería verlo. Su "hombradía honrada" le prohibía darse cuenta "de lo que ya muchos van notando con indulgente sonrisa comprensiva".10

La atracción, desde el primer encuentro, fue mutua. Pero él nada hizo para alentarla; se esforzaba, más bien, por apagar aquel amor, despertado involuntariamente por su presencia. Pero, paradójicamente, todos ignoraban en Guatemala –excepto los Izaguirre y el poeta Palma–, que Martí tuviese novia en México. Creo que una fuerte lucha se libraba dentro de él… ¿Cómo no comprender lo que podía sentir y sufrir aquel hombre incomparable ante aquel conflicto sentimental?.... Al contemplar la imagen de María detenida en el tiempo, compruebo la fineza de sus facciones, el porte distinguido, y la hermosa cabellera que caía sobre sus hombros… Tenía 17 años y una bella voz. "El poeta transeúnte", dice Mañach, no podía evitar cuando ella "toca al piano el Pensamiento de Catulle Mendès, o algún vals de Arditi […] un desbordamiento interior de ternura".11

A veces, cuando ella cantaba, mirándole, él no quería ver lo que todos veían. Una noche, encontrándose los dos en el mirador de la casa, María le pidió unos versos "para ella sola". Ese debe haber sido un momento muy duro para él: no quería que su conciencia durmiera ni se manchara. Su deber, siempre el deber. ¿Es posible pensar que un hombre de su sensibilidad no se estremeciera internamente ante el dulce e involuntario quebranto de su voz pidiéndole su plegaria callada?... Yo creo que Martí debió sentir la dicha secreta de saber que otro corazón y otra sangre se tendían en pura comunión del alma hacia su propia sangre y corazón… pero tengamos presente para entender a Martí, con Luis García Pascual, que él no fue un hombre común. Su vida siempre estuvo sujeta "a la inflexible ley del deber", como proclamó José de la Luz y Caballero, en su tiempo.

Por eso pienso que su férrea voluntad le permitió dominar el binomio pensamiento-sentimiento. Cuando pudo complacerla, escribió que hacia ella iba su "corazón de hermano" y, para concluir, venciéndose a sí mismo, ofreció a sus cabellos "la flor de los amigos". Pero eso no bastaba a su honestidad viril. Quiso que su lealtad fuese completa porque él no podía obrar de otra forma: le habló de su compromiso en México, de su próximo matrimonio. No podía permitir, por egoísmo amoroso, que siguiera creciendo "la llama que crecía" en el pecho de ambos. Tal vez llegó a ser cruel con ella, con él mismo; pero Martí la respetaba y se respetaba.

Estaban, como antes dije, en el mirador de la casa; tenían como únicos testigos sus propias almas y la noche pletórica de estrellas. Ella las miró y un suspiro desgarrador brotó de su pecho. Quizá, como se ha afirmado, él, al terminar los versos, sintió "el dolor inexplicable y la alegría triunfante de la victoria sobre sí". Cuando quiso asir la blanca y temblorosa mano de la mujer que lo amaba, en "gesto fraternal", ella lo esquivó y él se conmovió ante sus ojos cuajados de lágrimas.

Pienso, con Rodríguez Embil, que para sorprenderse "era Martí demasiado hombre y demasiado verdadero. [...] No se hablaron, María volvió el rostro pálido. Y huyó hacia su habitación sin despedirse".12

La actitud posterior de María fue tan digna como sus virtudes exigían. Se encerró en su dolor. No perdió el dominio de sí al verlo en cualquier lugar. Ni en la feria de Jocotenango, ni en las fiestas por celebraciones patrias, volvieron a hablarse. Pero un día, bajo "el sol generoso de agosto", entrada la tarde, Martí recibió un recado del general García Granados, "invitándolo a la clásica merienda de pipián y raspadura, sobre estera de petate". Vio a María más pálida que nunca: "Entre sus vuelos vaporosos de muselina, con su aire de ausencia, tenía algo de infinitamente espiritualizado. Cambió con ella unas frases cuidadosas, difíciles". Esa noche, "el poeta le tuvo miedo a la noche tibia, cargada de fragancias y de estrellas".13

Cuentan que, inminente ya la fecha de su licencia para ir a México, Izaguirre le habló "del asunto". "¿Cómo pudo suponer –le dijo– que no se habían percatado? Las propias hermanas le habían dado bromas a María, hasta que ella un día se echó a llorar. Ahora decían que le había caído una gran pasión de ánimo".14

glosas_03Aunque Martí había escrito a su amigo y confidente Manuel Mercado que estaba apasionadamente enamorado de "su Carmen", quizás –como pensó Mañach –"Había en aquel amor un curioso desdoblamiento de admiración hacia ella y de protección de sí mismo". Y, sin embargo, ciertos versos suyos en el álbum de María confesaban que más de una vez hubiera querido "colgarle al cuello esclavos los amores".15

Ahora comprendía "que si la joven se había hecho otras ilusiones, debíase a algún equívoco entre las intenciones y las actitudes –dice su biógrafo–, y se reprochaba a sí mismo el daño que no había sabido –que quizá no había querido– evitar".16

Cuando la víspera de su salida hacia México fue a despedirse del general y los suyos, "estuvo como nunca embarazado de frase y ademán. Ella era toda una apretada angustia […]" en un aparte fugaz, María le dio una almohadilla de olor que ella misma bordó, añadiendo en un susurro: "Guárdela, Pepe… Da buena suerte". Por toda respuesta, Martí cedió "al impulso de besarla en la frente. Abrasaba".17

Casi comenzando el primer mes del año 1878, llegaron a Guatemala los recién casados. Al pasar aquella tarde del brazo de Carmen frente a la casa de los García Granados, "creyó Martí ver insinuarse una silueta clara al fondo del mirador, y sintió por un fugaz instante, la opresión sutil de lo definitivo".

Por el propio general García Granados, supo Martí que María una tarde "se había metido en el río, con el sol ya muy de vencido, y desde entonces le venían dando unas fiebres… ‘Locuras de la gente joven’ –comentaba el veterano–".18

Poco demoró Izaguirre en traerle una dolorosa noticia: la gravedad de María. Esa noche él apenas concilió el sueño: "angustiado, dudó si ir a verla". Pero a la mañana siguiente doblaron las campanas de la Iglesia por ella. Era el día 10 de mayo de 1878. Por la certificación de defunción sabemos que falleció a las diez de la mañana "de muerte natural".19

glosas_04Silenciosamente, con la tez muy pálida y la oración en el alma, entró a verla en la capilla fría. Se aproximó a "la caja de seda" para contemplarla por última vez. "Martí se destacó del grupo numeroso de dolientes. Y como en un sacramento final –dice Luis Rodríguez Embil– depositó sus dos últimos besos de despedida en la mano helada…" y en sus zapatos virginales como ella: 

Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos
.

Se retiró Martí del camposanto con Izaguirre y Palma, sin palabras que nublaran su tribulación. Esa noche no comió y se retiró rápìdo de la mesa. Procuró quedar a solas. Avanzada la madrugada, en el pórtico de su casa, únicamente la brisa que secó sus lágrimas fue testigo de su pesar… Tal vez empezó a vislumbrar en su corazón unos Versos sencillos invencibles ante la muerte.

Epílogo

Años después del triste desenlace de aquel amor; probablemente cuando ya la decepción y la traición habían desvanecido la pasión que Martí había sentido por Carmen Zayas Bazán, su legítima esposa y madre de su único hijo carnal, el Apóstol escribió unos apuntes o notas que yo, hasta ahora, desconocía:

"Cuando me casé, más que por amor que yo tuviera, por agradecimiento al que aparentemente me tenía, y por cierta obligación de caballero que excitaba mi imaginación, alarmable y puntillosa, sentí que iba a un sacrificio que acepté, en desconocimiento del verdadero amor, porque creí que alguna vez había de llegar.

"Un albor de amor tuve, después de conocer a mi mujer, en Guatemala, que sofoqué con mi creencia de que me debía a la mujer que me tenía dadas prendas anticipadas de su amor".20

Recordemos que, hasta el siglo xix inclusive, un mechón de cabellos, un abanico o cualquier otro objeto del ser amado, era considerado "una prenda de amor".

Es curioso que, en octubre de 1948, Jorge García Granados, exembajador de Guatemala en Cuba, al ser interrogado sobre el "idilio" entre "María García Granados, hija de uno de mis antecesores y tía de este turista diplomático" y José Martí, dijo: "¿Por qué no? Martí era, en aquella época, un joven fuerte, sano, alegre, de verba cautivadora y mágica, de magnética personalidad… ¡Se le quería, se le admiraba!... Ella era primaveral… su exquisitez espiritual, bien pudieron exaltar la fantasía del bardo revolucionario y orador peregrinante, que iba regando sus semillas de luz en nuestros surcos… Lo que sí constituye una licencia poética es aquello de que se murió de amor, sencillamente no se murió de amor, sino de pulmonía".21

Reitero que yo creo en Martí. Y creo saber que un buen poeta no puede escribir lo que su corazón no siente. Por eso, ante la discutida pregunta: ¿amó Martí a María, la niña de Guatemala?, yo opto por repetir sus versos:

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida! 

Notas

1 Certificación de bautismo que llega a mis manos por gentileza de Luis García Pascual.
2 Jorge Mañach: Martí, el Apóstol, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2001, p. XII.
, p. 75.
4 Ídem.
5 Luis Rodríguez Embil: José Martí, el santo de América, La Habana, Imprenta P. Fernández y Cía, 1941, p. 83. Esta obra obtuvo el primer premio en el Concurso Literario Interamericano de la Comisión Central Pro-Monumento a Martí (1940).
6 Gonzalo de Quesada y Aróstegui, discípulo predilecto de Martí.
7 Gonzalo de Quesada y Miranda: Martí, hombre, La Habana, Ediciones Boloña, Colección Raíces, Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad, pp. 141, 142.
8 Jorge Mañach: Martí, el Apóstol, ed. cit., p. 78.
9 Luis Rodríguez Embil: José Martí, el santo de América, ed. cit., p. 85.
10 Ídem.
11 Jorge Mañach: Martí, el Apóstol, ed. cit., p. 79.
12 Luis Rodríguez Embil: José Martí, el santo de América, ed. cit., pp. 85, 86.
13 Jorge Mañach: Martí, el Apóstol, ed. cit., p. 80.
14 Ibídem, p. 81.
15 Ídem.
16 Ibídem, p. 82.
17 Ídem.
18 Ibídem, p.83.
19 Certificación expedida por el Archivo Histórico Arquidiocesano Francisco de Paula García Peláez, de Guatemala. Gentileza de Luis García Pascual.
20 Luis García Pascual: Entorno martiano, La Habana, Casa Editora Abril, 2003, p. 103. Gentileza del autor.
21 Véase Patria, año IV, La Habana, diciembre de 1948, no. 12, pp. 19, 20.