INTRODUCCIÓN
1. Conozco sustancialmente los hechos revolucionarios del 10 de febrero de 1869 en Jagüey Grande –y más precisamente en el ingenio Australia– desde que era niño. Es natural que haya sido así. Uno de mis bisabuelos maternos, Gabriel García-Menocal y Martín, administrador por aquel entonces del Australia, fue su orquestador. Mi abuelo materno se llamaba como él, Gabriel; sus seis hermanos, mis tíos-abuelos por esa rama de mi familia fueron: Serafín (Papafín en familia), Mario –que llegó a ser Presidente de la República–, Pablo, Tomás Guatimón (Tío Guati), Gustavo y Fausto. O sea, siete varones, la mayoría de los cuales –los que tuvieron edad y condiciones para hacerlo– tomaron parte en la Guerra de Independencia, la del 95; durante la de los Diez Años eran todavía niños.
2. En el inicio de la epopeya patriótica que se iniciaba en el ingenio, tomó parte la esposa de mi bisabuelo Gabriel, Narcisa Deop García-Menocal (Abuela Cuca), que era también prima de mi bisabuelo y fue la abanderada en el momento del levantamiento. Unida a la narración del hecho, realmente heroico, mis mayores hacían referencias a la amistad entre las dos familias, la de mi bisabuelo Gabriel y la de mi tatarabuelo paterno Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo, conocido como el Padre de la Patria por sobradas razones. Al parecer, mi tatarabuelo paterno y mi bisabuelo materno se habían conocido, por lo menos, desde la estancia de mi tatarabuelo en La Habana, por razones de estudio en la Universidad San Gerónimo y en el Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio.
3. Además, oí hablar de negocios previos entre las dos familias (ganado, azúcar y madera), en años anteriores a los estudios de Carlos Manuel en La Habana. Es más, una prima de mi bisabuelo, ya por supuesto difunta, me afirmó –con ocasión de una de las visitas frecuentes que le solía hacer– que poseía una carta de mi tatarabuelo Carlos Manuel de Céspedes a mi bisabuelo Gabriel García-Menocal sobre estos asuntos, y otra de mi bisabuela Cuca Deop de García-Menocal, sobre cuestiones de ganado, desde América Central –me parece que desde la actual Nicaragua–; me dijo que me las entregaría antes de morir, pero nunca lo hizo. Después oí decir a otros parientes que todos los papeles de familia que ella conservaba, se los había entregado a alguien –ignoro a quién– que residía en los Estados Unidos.
4. Desconozco, sin embargo, algunas precisiones sobre los hechos de 1869 en Jagüey y se mantienen en mi mundo interior algunas dudas, que solamente una inves-tigación acuciosa podría, quizás, evacuar. La historia es así: tiene sus exigencias y conserva muchos secretos. Las precisiones que incluye este texto las debo al joven y amable licenciado jagüeyense Erlán Vera Lorences, que me las ofreció recientemente, y al recuerdo que guardo de varias conversaciones sobre el tema con el doctor José M. Pérez Cabrera, afamado historiador y profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio cuando yo era rector del mismo, en la década del sesenta. Él conocía bien aquellos sucesos y se sorprendía del casi total silencio al respecto en los libros de historia de Cuba. Me solía asegurar que algún día él escribiría al respecto; murió repentinamente sin haber cumplido esta promesa y nunca tomé nota de sus observaciones; por consiguiente, ahora me fío de mis vagarosos recuerdos que integro en las otras referencias que ya he mencionado.
ESCENARIO: REFERENCIAS FUNDACIONALES
ECLESIALES A LA ZONA DE JAGÜEY GRANDE
5. El 19 de marzo de 1857, vecinos del entonces caserío de Jagüey Grande, que se había ido formando paulatinamente a partir de trabajos de siembra y de ganadería y hasta de eventuales investigaciones mineras, en la zona de Guayabo Largo (sudeste de la provincia de Matanzas), solicitan de las autoridades el permiso necesario para construir una iglesia en el lugar. Eclesiásticamente, la zona estaba incluida en la diócesis de San Cristóbal de La Habana. El 15 de junio de 1858 el obispo dispuso que la sede de la parroquia de ingreso de Nuestra Señora de la Altagracia, de Caimito del Hanábana, se trasladase al caserío de Jagüey Grande, pero se aplazó la ejecución de este mandato para cuando estuviera construido el templo de Jagüey.
6. La Real Orden que autoriza la construcción tiene fecha 6 de marzo de 1862. Las obras comienzan en 1863 y ya el 18 de diciembre del mismo año queda constituida la junta encargada de la construcción. El 5 de mayo de 1866 ya está lista para ser techada, pero sabemos que el 11 de diciembre de 1867 la obra estaba detenida ya que había sido ocupada por tropas españolas y era utilizada como cuartel. En fecha muy próxima fue concluida, pues en el momento del alzamiento del central Australia la bandera cubana fue izada en la torre de la iglesia y, además, algunos de mis tíos-abuelos, los nacidos en el Australia, fueron bautizados en dicho templo en esas fechas. Por otra parte, sabemos que la primera misa fue celebrada el 25 de julio de 1872 por el padre Manuel Noriega, cura párroco de Caimito del Hanábana. En agosto de 1873 las tropas españolas se retiraron, pero volvieron a ocuparla como enfermería u hospital de campaña hasta enero de 1878, o sea, hasta el ocaso de la Gran Guerra. El 12 de septiembre de ese año se ejecutó la orden episcopal previa –la de 1858–de traslado de la parroquia de Caimito del Hanábana hacia el pueblo de Jagüey. Finalmente, el 6 de octubre de 1878, don Miguel Ruiz del Árbol, párroco interino de Caimito del Hanábana, se trasladó a Jagüey Grande.
PRENOTANDOS
7. La familia García-Menocal era natural de Polanco (hijosdalgo, al menos, desde los padrones de 1613). jurisdicción de Torre la Vega, en las montañas de Santander. Curiosamente, muy cerca de estos sitios, en el camino hacia Burgos, en Espinosa de los Monteros y Medina del Pomar, estaba registrada la familia De Céspedes desde los primeros archivos, en el siglo XIII. En España participaron en las diversas etapas de la "reconquista" y algunos de sus miembros vinieron a América, mediando las rutas de Andalucía, como conquistadores militares –a distintos territorios–, desde el siglo xvi y, definitivamente, desde el siglo xvii, como colonizadores, a la región de Bayamo. A los García-Menocal los encontramos ya situados en La Habana y en Matanzas desde fines del siglo xvii, aunque por razones de matrimonio algunos pasaron después a otros lugares de la Isla. Sus posesiones, que llegaron a ser muy extensas, se encontraron –en lo fundamental, pero no únicamente– al sureste de La Habana (zona de Aguacate) y al oeste de Matanzas (zona de Ceiba Mocha). Llegaron a poseer también vastas haciendas en la zona de Guayabo Largo y Caballo de Palo, en el centro de la actual provincia de Matanzas y hasta la zona de Colón. Casi todas estas propiedades fueron confiscadas debido a la participación de la familia en las guerras por la libertad de Cuba, la de los Diez Años (1868-1878) y la de la Independencia (1895-1898).
8. Por consiguiente, además de la eventual relación amistosa con Carlos Manuel de Céspedes y la comunión de ideales liberales con respecto a los destinos de Cuba, los García-Menocal constituían una familia conocida en la zona y eso explica muchas cosas en relación con el alzamiento, en conexión con el de La Demajagua, y a los eslabones posteriores de la cadena.
ANTECEDENTES DEL LEVANTAMIENTO
DEL 10 DE FEBRERO DE 1869
9. Se tiene certeza de que en la zona del entonces caserío de Jagüey Grande, había personas que conspiraban contra el dominio español de Cuba desde los tiempos de Narciso López, o sea, antes del Grito de Yara; por ejemplo, el hacendado jagüeyense Agustín Rodríguez y el matancero Juan Arnao. El bayamés Pedro Figueredo (Perucho, amigo, familiar y colaborador de Carlos Manuel de Céspedes) vino en 1867 a La Habana y a Matanzas, viaje realizado con finalidades conspirativas; al año siguiente, o sea, en vísperas del alzamiento de La Demajagua, también estuvo por acá, en occidente, Francisco Javier Cisneros (santiaguero, en contacto con la conspiración de Bayamo-Manzanillo) con idénticas finalidades. El 23 de octubre de 1868, es decir, inmediatamente después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, fue hecho prisionero el ma-tancero Juan Bellido Luna por haber publicado una proclama de carácter independentista.
10. El 8 de noviembre de 1868 –menos de un mes después del alzamiento de La Demajagua– las autoridades españolas de Colón envían la orden al partido de Jíquima (¿a cuál de los que llevaba este nombre, si los que conozco hoy no están en las cercanías de Jagüey?) de redoblar la vigilancia en la zona, pues dichas autoridades desconfiaban de la lealtad a España, sobre todo, de la zona de Jagüey. Fue designado el teniente pedáneo de Guayabo Largo para que prestase especial atención al asunto y avisase de cualquier alteración del orden en la zona. De hecho, se sabe que desde fines de año el Comité Revolucionario de La Habana está en comunicación con los "conspiradores" de Jagüey Grande.
11. El mismo día del alzamiento –10 de febrero de 1869–, el delator Ignacio de Armenteros avisó a las autoridades de Colón que estaba por producirse una sublevación en Jagüey Grande al día siguiente. Las autoridades de Colón pusieron en guardia inmediatamente a las autoridades del partido de Hanábana.
EL ALZAMIENTO
12. A pesar de todos los avisos, delaciones y cautelas, el mismo 10 de febrero tuvo lugar el alzamiento previsto, en el ingenio Australia, dirigido por su administrador Gabriel García- Menocal y Martín, uno de mis bisabuelos maternos, ya mencionado con anterioridad. Él había logrado involucrar y, en cierta medida, organizar a personas de la zona, de Jagüey, de El Roque, de Colón, etcétera. Las reuniones previas al alzamiento solían tener lugar en un establecimiento comercial llamado El Gallo, en las cercanías de Jagüey. Para los aspectos militares del alzamiento, en los que mi bisabuelo no estaba muy avezado, contaba con el militar mexicano José Inclán, natural de Puebla, que ostentaba el grado de coronel; Gabriel González, también militar mexicano, estuvo unido al grupo inicial de conspiradores. Junto al bisabuelo Gabriel, estaba mi bisabuela, su esposa y prima, la matancera Narcisa Deop y García-Menocal, abanderada del grupo de, aproximadamente, cien hombres que iniciaron esa poco conocida gesta ma-tancera, cuyos nombres –casi todos– se conservan. Ese día tomaron el pueblo de Jagüey durante tres horas; llegaron a izar la bandera cubana en la torre de la pequeña iglesia, todavía en construcción, e intercambiaron algunos disparos.
13. El 14 de febrero se combate en la finca Galdós; el 17 José Elías Guerra, procurador de la ciudad de Colón, es fusilado por estar vinculado al alzamiento de Jagüey; el 18 se combate en la finca La Sirena y se producen bajas significativas en ambas partes de la contienda. Ese mismo día, parten hacia la Ciénaga de Zapata doscientos hombres bajo el mando del mexicano Inclán, quien asienta su jefatura militar en un lugar llamado El Jiquí. A partir de esta fecha, las referencias y los datos de los que dispongo se me arremoli-nan.¿Por qué y cómo marchó mi bisabuelo con su esposa e hijos? ¿Cómo continuó el movimiento independentista en la zona? Por una parte, el 8 de marzo de 1869 las tropas de Jesús del Sol ocupan el poblado de Jagüey Grande que, en realidad, fue tomado en cuatro ocasiones durante el alzamiento independentista en esa zona de la Isla: las dos veces anteriormente mencionadas –el 19 de febrero, por Gabriel García-Menocal y el 8 de marzo, por Jesús del Sol–; el 11 de diciembre de 1875, por Cecilio González Blanco y el 10 de enero de 1878 por Henri Reeve, ya en la última etapa de tal alzamiento.
14. Por otra parte, al parecer, desde febrero, el general Domingo Dulce y Garay, marqués de Castell-Florit, entonces capitán general de la Isla, había declarado una amnistía para los alzados de Jagüey que depusiesen las armas. El general estaba casado con (¿María?) Elena Martín de Medina y Molina, condesa de Santovenia, prima de mi bisabuelo y con relaciones de familia muy cercanas (treinta años después, una sobrina suya, María Damiana Molina y Galo, contrajo matrimonio con Gabriel Martín García-Menocal y Deop, hijo del ya entonces anciano don Gabriel y de la Abuela Cuca; ellos fueron mis abuelos maternos). Todo parece indicar que la condesa de Santovenia, Elena (o María Elena, aparece citada en la familia con ambos nombres) era una señora sumamente rica y generosa (se decía que era la propietaria azucarera más rica del país) y de mentalidad más bien liberal. No todos los alzados aceptaron la amnistía, pero otros sí. El hecho es que tropas cubanas continúan combatiendo, durante algunos años, en la zona, bajo el mando de uno u otro de los complotados a favor de la independencia.
15. Los "viejos" García-Menocal –hijos y nietos mayores de Gabriel y de Cuca– habían conocido aquellos hechos por boca de los mismos protagonistas y nos decían a nosotros, los jóvenes nietos y bisnietos, que una vez que dieron por fracasado militarmente el alzamiento, se habían refugiado –ellos y los niños– en un cayo de la Ciénaga, hasta que lograron establecer comunicación con la prima condesa de Santovenia y que por gestión de esta con su esposo, el capitán general Dulce, habían obtenido un salvoconducto que les permitió partir directamente desde la Ciénaga a México, en donde se establecieron durante muchos años. Tuvieron otros hijos en la vecina nación y por "gratitud" a la buena acogida en el país, bautizaron a uno de sus nuevos hijos con el nombre de Tomás Guatimón (tío Guati); Guatimón es una especie de apócope de Guatimozín, versión castellanizada de Cuautemoc (1497-1522), el último emperador azteca, vencido y muerto por Hernán Cortés. En su nueva situación mi familia materna se dedicó a negocios agrícolas (azúcar) y ganadería hasta que todos fueron regresando a Cuba muchos años después.
16. Sin embargo, las indagaciones históricas me dicen que el 21 de junio, el mencionado coronel José Inclán, jefe militar de la insurrección, envía a Gabriel García-Menocal, a Juan Pardo y a Joaquín Mora (¿uno de los dueños del Central Australia?) a New York, para encontrarse con los miembros de la Junta Revolucionaria y solicitar ayuda para la continuación de la causa revolucionaria en la región. A primera vista parecería haber una contradicción entre este envío a New York y la versión familiar del refugio en la Ciénaga hasta que obtuvieron el salvoconducto por via de la condesa de Santovenia, para todos, los padres y los hijos ya nacidos.
17. No coinciden las versiones, pero tampoco se oponen, sino que, probablemente, son complementarias. José Inclán pudo haber enviado a mi bisabuelo Gabriel a New York para entrar en contacto más estable con la junta neoyorquina, pero para poder salir de Cuba con ese fin debe haber encontrado un modo discreto de hacerlo. Aquí veo la posibilidad de la complementariedad entre las dos versiones: la condesa habría sido la gestora del salvoconducto y de la elección del medio para ir todos a New York. De hecho, mi bisabuelo Gabriel no regresó a los campos de batalla. Difícil habría resultado separarlo de los suyos, pero más difícil aún que Gabriel se fuera a la manigua llevando consigo a Cuca y, según mis cálculos, a los primeros cuatro hijos, nacidos en Cuba: Serafín, Pablo (ya en la República, llegó a ser miembro de la Cámara de Representantes), Gabriel (mi abuelo materno) y Mario (Presidente de la República por dos períodos). Los otros tres: Tomás, Gustavo y Fausto (senador de la República) deben haber nacido ya en México, poco después de aquel viaje azaroso a New York.
18. Hace varios años cayó en mis manos, casualmente, un censo de la población cubana en Brooklyn después del verano de 1869. En él aparecían, como residentes en Brooklyn, la Abuela Cuca y los hijos mayores, no así el bisabuelo Gabriel y los hijos menores. Las piezas del rompecabezas encajan. Ignoro el itinerario exacto de New York a México y la fecha del mismo, pero es posible que primero hayan viajado don Gabriel y, al menos, Serafín (Papafín, en familia), su hijo mayor, y que la Abuela Cuca haya quedado un breve tiempo en los Estados Unidos, hasta que se resolvieran los problemas fundamentales de instalación en México y de los colegios de los hijos –de los que ya estaban en edad de estudios escolares–, en los Estados Unidos.
19. La guerra continuaba en la zona sureste de Matanzas. El 25 de junio ya estaba formalmente constituida la Columna de Operaciones de Jagüey Grande bajo las órdenes del mexicano Inclán, que realizó varias operaciones en la jurisdicción de Colón y en la de Cienfuegos. En agosto del mismo año de 1869 sostuvo un combate en la finca El Rosario. Murieron dieciocho combatientes. Las autoridades españolas tenían el propósito evidente de sacar a los insurrectos de la Ciénaga y enviaron varios batallones de Cárdenas, Matanzas y Colón hasta Caimito del Hanábana, pero no lograron su objetivo.
20. En enero y febrero de 1870, el coronel José Inclán, en coordinación con el mando supremo de la Revolución (que nunca renunció al propósito de extenderla hasta occidente, aunque no se escribe mucho acerca de ello), se lanzó a una invasión de la provincia y llegó hasta muy cerca de la capital provincial. En el camino, quemó doce ingenios azu-careros.¿No fue este, acaso, el primer intento efectivo en cierta medida, de invasión del occidente que no se llevaría totalmente a cabo hasta la Guerra de Independencia?
21. Hacia fines de 1870 Inclán fue reclamado por el mando insurrecto (el de Oriente, por Carlos Manuel de Céspedes) para la jurisdicción de Holguín, en la que llegó a alcanzar el grado de general de brigada del Ejército Libertador de Cuba. Al retirarse al Oriente, José Inclán había dejado al frente de sus fuerzas al jagüeyense Dámaso Madruga, quien estaba subordinado al brigadier Antonio de Armas, que había sido designado por Carlos Manuel de Céspedes como jefe de la jurisdicción de Colón, en abril de 1870, pero ya para esa fecha la insurrección en la zona se había debilitado. El 10 de noviembre de 1870 fue fusilado en Colón el insurrecto Miguel Madruga (¿hermano o al menos pariente de Dámaso?). Había sido capturado cerca del Hanábana. Antonio de Armas murió en un encuentro que tuvo lugar en Paso del Medio, el 31 de diciembre.
22. Ante la situación ya mortecina de la insurrección en la zona, en 1871 el anciano combatiente Agustín Rodríguez y Pérez Basnuevo se acoge al indulto ofrecido por las autoridades españolas. Sus propiedades –entre ellas la finca La Sirena– fueron confiscadas y él fue obligado a emigrar a Islas Canarias acompañado por sus hijos José Agustín y Aurelio.
EPÍLOGO
23. He calificado de "mortecina", no de "muerta", la situación revolucionaria de la región. Durante los años siguientes y hasta 1878, o sea, hasta el final de la Guerra de los Diez Años, hubo acciones militares aisladas por la zona, pero me parece que ya no deberían ser consideradas como derivadas del alzamiento jagüeyense del 69. Se trataba, más bien, de encuentros entre tropas españolas y pequeñas partidas que operaban en la zona, al parecer sin una conexión totalmente clara con los mandos centrales de la rRevolución en Oriente. Pero, al menos, los contactos personales ya eran múltiples y mejor establecidos cuando llegó la hora de la Guerra de Independencia (1895-1898), la guerra de José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo. De hecho, Martí consideró la posibilidad de que Jagüey Grande diese inicio a la guerra de 1895. ¡Tal era la calidad del clima revolucionario independentista en la región! No olvidemos, además, que su principal organizador en Matanzas, el hombre de toda la confianza de Martí para esa tarea, fue Juan Gualberto Gómez Fe-rrer natural de la campiña matancera, en la que había nacido El 12 de julio de 1854 (murió en La Habana el 5 de marzo de 1933).
24. Así se ha ido construyendo la Casa Cuba. Casi siempre en proceso de henchimiento, aunque no le hayan faltado retrocesos o involuciones. Ladrillo tras ladrillo, sin descuidar ni la mezcla ni el cemento. Jalón tras jalón, mucha lucidez, generosidad, lágrimas, sonrisas y una buena dosis de paciencia y de discernimiento sabio nos resultan imprescindibles para continuar el camino de nuestros mayores fundacionales, los auténticos patricios. Sin silencios ni ocul-tamientos sospechosos: nada ni nadie puede quedar fuera del análisis, so pena de debilitar la edificación de nuestra Casa. ¡Y con esto no transijo!
La Habana, 12 de marzo de 2012.




