Con la verdad entera, siempre que se pueda. Silencio, con frecuencia. Mentir, nunca. Calumniar, ¡jamás!
1. Nota previa. Las relaciones humanas pueden adoptar formas muy diversas. Sea cual fuere el tipo de relación, el medio de comunicación más frecuente, no el único, entre las personas humanas, es, la palabra, oral o escrita, pero no se excluyen la gestualidad, el silencio “aparente” cargado a menudo de significados y referentes, la música, las imágenes… En estas aproximaciones tendré en cuenta, primordialmente, la palabra, oral o escrita. Los otros medios de comunicación, solo en la medida en que sean aplicadas a ellos. Además, es evidente que el margen estrecho de un artículo no permite agotar el tema, sino, solamente, aproximarnos a él. Debería ser evidente que, cuando me refiera a “formas” de lenguaje, de gestos, etcétera, den por supuesto que deben responder a la interioridad de la persona, a sus valores, a su ética bien asumida y, si de cristianos se tratare, a la ética cristiana; de no ser personas cristianas –lo cual no siempre es fácil de discernir– a la ética natural, humanista. Si las formas no responden al mundo interior, se trata entonces, en el mejor de los casos, de teatro bien o mal actuado; en el peor, de hipocresía, casi siempre malvada.
…………………………………………………….
2. Ahora bien, si el tema que articula estas aproximaciones es la comunicación entre las personas humanas, no tenemos que ser especialistas para saber que, más allá de simpatías personales o de la carencia de ellas, cuando se trata de comunicaciones serias, casi siempre de un cierto peso –aunque los accidentes pueden ocurrir también con ocasión de fruslerías–, puede ocurrir que quienes se comunican coincidan en sus opiniones y actitudes ante el tema abordado. Entonces la conversación fluye y puede llegar a ser ocasión de intercambios, de enriquecimiento recíproco, sereno; aquí el riesgo reside en que se convierta en algo así como la mirada en un espejo y que nada nuevo saquemos de esa relación.
…………………………………………………….
3. Sin embargo, lo más frecuente es que en toda relación humana, de persona a persona o de persona con algún grupo o de grupos entre sí, existan diversidades, discrepancias de mayor o menor importancia. Los romanos, al respecto, utilizaban un adagio que todavía se repite con su propio lenguaje, el latín: Tot sententiae quot capita, lo que significa: Tantas son las opiniones cuantas son las cabezas. Y es que una buena parte de las cuestiones que prestan tema a nuestras comunicaciones son cuestiones opinables, discutibles, no dotadas de certezas absolutas. Y, muchas veces, en este mundo pluralista en el que vivimos –y no parece que esto vaya a cambiar por ahora– hay asuntos que pueden ser asumidos con firme certeza por alguna persona o grupo de personas, y no tienen tal característica para otros. Pienso, por ejemplo, en las cuestiones relacionadas con la fe religiosa. Para nosotros, los cristianos, Dios es uno solo en su esencia y existe desde toda la eternidad en Tres Personas, el Padre, el Hijo (Jesucristo) y el Espíritu Santo. Esta verdad de Fe tiene tal certeza para un cristiano, que, si admitiese tan solo alguna quiebra en ella, estaría empezando a dejar de ser cristiano. Sabemos, empero, que quienes no son cristianos –pensemos por ejemplo en los musulmanes y en los judíos– no comparten ese fundamento de nuestra identidad cristiana. Creen firmemente en un solo Dios, pero no en la Trinidad de las Personas. No abundan los musulmanes en Cuba, pero sí cristianos de otras confesiones y, muy abundantes, los que profesan religiones sincréticas entre el catolicismo y las religiones de origen africano o, simplemente, religiones africanas. Y sea cual fuere la religión de quienes se comunican en este ámbito, ninguna de las partes está excluida de guardar el respeto y las formas “civilizadas” y, en su caso, el lenguaje cristiano, siempre emanada, toda la actitud vital, de los valores profesados y articulados en la mente y el corazón.
…………………………………………………….
4. No siempre los contenidos de nuestras comunicaciones tienen tal envergadura. Pueden versar, por ejemplo, sobre cuestiones artísticas, deportes, política, acierto o no de alguna conducta humana en conductas no demasiado importantes, modas, etcétera. O sea, sobre ámbitos en los que hay un espacio amplio para lo subjetivo, o sea, para las divergencias, las apreciaciones personales. Por ejemplo, yo puedo considerar que mis óperas favoritas son el Orfeo de Gluck, las Bodas de Fígaro y Don Giovanni de Mozart, Norma de Bellini, Otelo y Falstaff de Verdi, Tristán e Isolda de Wagner, El Caballero de la Rosa de Ricardo Strauss, Boris Godunov de Mussorgsky y Diálogo de las Carmelitas de Poulenc; que estimo que el ballet por excelencia es Giselle y que, de los modernos, los de Stravinsky: Apolo, El Pájaro de Fuego, Petruchka y La consagración de la primavera; que Alicia Alonso me deslumbró siempre, desde la adolescencia, tanto en Giselle o El lago de los cisnes, como en Edipo, con su Yocasta inolvidable, y en el menos recordado ballet Lidia. Si del cine norteamericano tratamos, sigo fiel a otorgar el primer lugar a Lo que el viento se llevó y Casablanca; si del cine italiano, continúo profesando un casi fanatismo imperturbable al neorrealismo de Roma, ciudad abierta, El limpiabotas, Ladrones de bicicletas y las dos de Federico Fellini y Giulieta Massina La Strada y Las noches de Cabiria; que del cine cubano, me quedo, ante todas, con Memorias del subdesarrollo, El siglo de las luces, Fresa y chocolate, La bella del Alhambra y El ojo del canario; que los rostros femenino más “plásticos”, en el lente cinematográfico son siempre, para mí –y, ya anciano, me conmueven todavía– el de María Falconetti en su impar Pasión de Juana de Arco, los de Greta Garbo, siempre, el de Marlene Dietrich en algunas de sus películas, y el de Gloria Swanson en Sunset Boulevard; que la obra de teatro universal que prefiero es Hamlet y, de las cubanas, La noche de los asesinos, Dos viejos pánicos y Requiem por Yarini. De las novelas –¿acaso no lo saben mis amigos?–, me afilio a El Quijote, a La montaña mágica, a Il Gatopardo y a Paradiso y que, si de poesía se hablare, entre los “clásicos”, san Juan de la Cruz y, entre los modernos, José Martí –poesía y prosa– y, todavía entre nosotros, Fina García Marruz, a quien desde hace años considero la poetisa más exquisita, hoy, en lengua castellana.
…………………………………………………….
5. La enumeración con relación a mis gustos podría continuar y, por supuesto, mencionar mis favoritos, no significa referirme a todos mis gustos –que, afortunadamente, son mucho más amplios–, pero mis amigos conocen ya mis preferencias y saben que reconozco fácilmente que a otros pueden gustar más otras obras; que intercambio al respecto, escucho con atención razones y las incorporo a mi juicio crítico. Esto, en ese ámbito de las apreciaciones estéticas, no me cuesta mucho trabajo. Cuando los cinco hermanos éramos niños y, jugando, discutíamos acalo-radamente, si mi madre oía el escándalo, se acercaba al grupo e indagaba el motivo: siempre discusiones de niños sobre… las cosas que suelen discutir los niños. Le solíamos decir: “Es que fulano dice…”, que mengana opina…”. Invariablemente, mi madre nos decía: “¿Está eso en el Credo?”, para responder nosotros, también invariablemente: “Mamá, esas cosas no están en el Credo”. Y sentenciar ella por último: “En lo único que debemos estar todos de acuerdo es en lo que afirma el Credo y en dos o tres cositas más. En lo demás, que cada uno crea lo que quiera, jueguen en paz y no griten tanto… Además, cada uno haga pipí en su orinalito y no se metan en el orinalito ajeno; así no habrá problemas”. Ese tipo de lecciones nunca se me ha borrado de la mente y del corazón, las dos fuentes del conocimiento verdadero.
…………………………………………………….
6. En el terreno político, las discusiones entre amigos, ya jóvenes, podían subir de tono. No es difícil imaginar, en mis años universitarios, los inmediatamente posteriores al golpe de Estado de Fulgencio Batista de 1952, cuáles serían los temas: antibatistianos y antigolpe éramos todos, pero variaban las opiniones acerca de las estrategias con las que se debería enfrentar esa calamidad nacional. Creo que fui siempre coherente en aquello de no decir mentiras, de no disfrazar mis opiniones con medias-verdades y medias-mentiras, ni siquiera con familiares y conocidos que mantenían una actitud más condescendiente para con Batista, pero también supe guardar el silencio discreto que muchas veces las circunstancias me aconsejaban. En ese espacio de mi vida juvenil, no me arrepiento ni de haber dado a conocer los que eran mis criterios, ni de haber guardado silencio cuando la palabra, a mi juicio habría sido, con toda probabilidad, contraproducente
…………………………………………………….
7. Y es que también había aprendido que hay un estilo caballeroso, educado y cristiano de discutir –según el paradigma del christian gentleman del Cardenal Newman, diría hoy– que supone valores de la ética cristiana muy altos, rechaza la falsedad y que sabe guardar las maneras, los silencios adecuados y utiliza las palabras diáfanas, pero no injuriosas. Desde muy joven, he tratado de observar estas “normas”, a las que añado, cuando resulta posible, un poco de salsita que distienda, cuando esto resulta, a mi entender, conveniente. Lamentablemente, si en el ámbito de las opiniones estéticas, suele ser más frecuente encontrar la serenidad, en el de las opiniones religiosas –ya no tanto como hace cincuenta años–, políticas y, curiosamente, en el de los deportes, la calentura acostumbra subir muy rápidamente.
…………………………………………………….
8. Pero esto no es lo más grave. En las discrepancias calientes, de modo consciente o inconsciente, alguna de las partes o ambas pueden deslizarse con facilidad, a la hiperbolización de sus propias opiniones, y hasta a las falsedades para “reforzar” los argumentos. Y no solamente a la falsedad o mentira, sino –más grave aún– a la calumnia, gravísimo delito, monstruoso delito, que si no siempre “mata”, siempre hiere gravemente. He escrito sobre este tema en más de una ocasión porque he debido enfrentar, en mi no corta vida, situaciones sumamente dolorosas para personas a las que mucho he apreciado o, si viven aún, aprecio y han sido víctimas de calumnias graves y no siempre he podido realizar algo eficaz para deshacer tamaños entuertos.
…………………………………………………….
9. Personalidades eclesiásticas notables no se han visto libres de ese tipo de ofensas y de heridas. Las he conocido y querido mucho; a algunos los he contado entre mis mejores amigos o entre las personas que más he admirado y sé el sufrimiento que las ofensas, falsedades y calumnias les han acarreado y que han padecido, casi siempre, con discreción ejemplar. Amén de que una ofensa, una mentira o una calumnia que pretenda menoscabar a una personalidad de la Iglesia es, en última instancia, una ofensa grave a la Iglesia. Y los cercanos, los que conocemos las verdades al respecto, tenemos la obligación no solo de orar por la persona herida, injuriada, injustamente vilipendiada o calumniada, sino también de hacer lo que esté en nuestras manos para esclarecer a los que puedan estar confundidos y, si posible fuere, saber sacar la cara por la víctima, que por virtud o abatimiento o cálculo de las consecuencias no lo puede hacer. Con frecuencia, no es mucho lo que podemos hacer nosotros tampoco, más allá de la oración y de la manifestación evidente de nuestra solidaridad y amistad fraterna, pero eso, poco o mucho, no lo obviemos si no queremos convertirnos en cómplices indirectos de una monstruosidad que no tiene otro nombre que ese. De esto, como de todo en nuestra vida, nos pedirá cuentas el Único que puede hacerlo en el día del paso extremo.
La Habana, 9 de mayo de 2012




