“En aquellos días el emperador Augusto promulgó un decreto ordenando que se hiciera el censo de los habitantes del imperio. Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse en su ciudad de origen. También José, por ser de la descendencia y familia de David, subió desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, para inscribirse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,1-7).
El plan salvífico de Dios se inserta en la historia de los hombres: con motivo del censo que ordena el emperador, José va a la ciudad de David donde nace el Salvador. No era necesaria la presencia de María para efectuar el censo, pero al ir en compañía de José se garantiza el amor esponsal, se protege su honor, se cuida su embarazo y salvaguarda mejor el misterio de la encarnación del Verbo. La unión inseparable de José y María que se presentan juntos para el censo es un detalle que indica el amor y la delicadeza de José, como hombre justo, y la sencillez de María que acompaña a su esposo. Lucas reseña aquí un evento de salvación como testigo del Señor y no se detiene en detallar fechas ni otros pormenores propios del historiador.
María da a luz mientras estaban en Belén, lo cual puede significar que estuvieron un tiempo indeterminado más o menos prolongado. Sin embargo, lo más importante es que María “dio a luz a su hijo primogénito” en la ciudad de David. Jesús es descendiente de David, pertenece a su familia real. María es la madre de Jesús: lo concibió, lo gestó y lo dio a luz cuando le llegó el tiempo del parto. Jesús es un niño, recién nacido, que necesita atención, que experimenta el amor y el cuidado constante de sus padres. Jesús nace en el seno de una familia, que le dará cuidado y educación, lo insertará en la sociedad, en el pueblo y en la religión de Israel, lo cual forma parte también del misterio de la encarnación. El Verbo encarnado tiene un cuerpo, una madre, un padre adoptivo, un nombre, un pueblo, una religión, una ley…
El niño envuelto en pañales es fuente de alegría para todo el pueblo, porque es el Mesías, el Señor, el Salvador (cf. Lc 2,10-12). El recién nacido es Jesucristo, nombre que alude al Dios que salva y al Mesías Ungido. Jesús es Salvador y Señor, pero el título de Señor se reservaba en el Antiguo Testamento exclusivamente para Dios. Esta es la identidad de Jesús, el niño recién nacido: Dios, Mesías y Salvador.
La especificación “primogénito” no significa necesariamente que hubiese después más hijos. Se trata de un término jurídico con valor religioso, relacionado con las promesas y la pertenencia a Dios, sujeto de una bendición especial (cf. Ex 13, 2; 22, 28-29). El “primogénito” es el que pertenece a Dios; Jesús es el Hijo eterno del Padre y primogénito de toda la creación (cf. Col 1,15; Rm 8, 29). Lucas volverá a referirse al primogénito en el momento de la presentación en el templo, nueva alusión a su pertenencia a Dios (cf. Lv 12, 2; Nm 18, 15-16). Jesús es el primogénito de entre los muertos (cf. Col 1,18; Ap 1, 5); el hermano mayor, el primero entre una multitud de hermanos (cf. Rm 8, 30; Hb 2,17).
Jesús, como primogénito, representa y personifica a la humanidad entera, es el nuevo Adán, que nos permite insertarnos no solo en la especie humana, sino en la familia de Dios. Este título cristológico está relacionado con los otros que aparecen en el nacimiento: Jesús, Hijo de María, Hijo de David, Buena Noticia, Gran alegría, Salvador, Mesías, Señor, Recién nacido, Gloria de Dios y Paz para los hombres… Más aún, este título justifica su presentación en el templo, donde se amplía el significado de su nombre y de su misión: Salvador, Luz de las naciones, Gloria del pueblo Israel, Signo de contradicción, liberación de Jerusalén.
María envolvió al niño en pañales y lo acostó en un pesebre, como expresión de la ternura y del cuidado materno. Del mismo modo, cuando el silencio apacible envolvía todas las cosas y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, la Palabra omnipotente asentada en el cielo sobre trono real llegó a la tierra (cf. Sb 18, 14-15). Y la gloria del Señor envolvió con su luz a los pastores cuando el ángel les anuncia el nacimiento del niño (cf. Lc 2, 9). Jesús asumió la humanidad de los pañales, del pesebre, de la pobreza y de quien no tiene casa propia ni dónde reclinar la cabeza (cf. Lc 9, 58). Jesús, tanto en su nacimiento como en su muerte, se asemeja a los más abandonados, a los que no tienen cuna, ni casa, ni sepulcro donde descansar. El pesebre y los pañales nos recuerdan al sepulcro y a los lienzos que envolvieron el cadáver de Jesús.




