Por este nombre se conoce la traducción de la Biblia al latín popular realizada por san Jerónimo a finales del siglo iv. Con anterioridad a esta fecha circulaban versiones de la Biblia en el latín clásico, realizadas por distintas personas e instituciones, que habían tenido como base textual únicamente la Septuaginta griega. Eran tan variadas y complejas que el Papa San Dámaso I encargó esta revisión y actualización del texto a la lengua del pueblo, de ahí el nombre de Vulgata.
Jerónimo viajó a Tierra Santa y se estableció en un monasterio de Belén donde aprendió hebreo e intentó traducir todo el Antiguo Testamento desde esta lengua, si bien para los Salmos, y algunos libros deuterocanónicos, siguió el texto griego de la Septuaginta, y en algunas ocasiones se limitó a revisar el texto latino antiguo. La Vulgata quedó lista para el año 405 aproximadamente, para entonces el Papa Dámaso ya había muerto.
En los cuatrocientos años que siguieron al nacimiento de esta revisión fueron introduciéndose nuevamente errores en el texto como consecuencia del proceso de reproducción. Las copias de los libros se elaboraban a mano en los monasterios medievales. Con el tiempo llegó a haber tantos manuscritos diferentes entre sí que se hacía prácticamente imposible reconocer el texto originario de Jerónimo. La solución la aportó esta vez el emperador Carlomagno, quien encargó a Alcuino de York una revisión del texto, que estuvo lista para el año 802 y fue conocida como Biblia de Car-lomagno.
Sin embargo, las copias seguían multiplicándose, y con ellas los errores. La invención de la imprenta redujo significativamente el error humano y aumentó la uniformidad del texto, pero los editores no hicieron otra cosa que reproducir los manuscritos disponibles, que eran muchos, por cierto. Para la época en que tiene lugar el concilio de Trento había una gran variedad de textos con la pretensión de ser el texto original de Jerónimo, del cual hacía mucho tiempo no existía una copia.
En 1546 el concilio de Trento la declaró “auténtica”, es decir, que podía usarse como texto normativo de referencia, con preferencia a otras versiones latinas, sin excluir –por supuesto– los textos originales hebreo y griego. Esta autenticidad querría decir que la Vulgata estaba “enteramente inmune de todo error en las cosas de fe y de costumbre”. El concilio Vaticano I de 1870 ratificó esta declaración (Cf. Dz 784-785; 1787).
Varios papas se dedicaron luego a revisar la Vulgata hasta llegar a la edición de 1590 del Papa Sixto, que volvió a revisarse durante el papado de Clemente VIII. Esta edición sixto-clementina del año 1592 fue el texto oficial de la Iglesia católica durante más de tres siglos, hasta que el Papa Pío X en 1907 decidiera preparar una edición crítica de la Biblia latina. En 1979 el Papa Pablo VI hizo editar la Nova Vulgata conforme a los conocimientos textuales y exegéticos de nuestros días.
La Sociedad Bíblica Alemana ha publicado una Vulgata que intenta reconstruir el texto original de Jerónimo mediante la comparación crítica de todos los manuscritos más importantes que se conservan. Incluye todos los prólogos de Jerónimo a los diferentes libros, el salmo 151, la epístola a los Laodicenses, además de los libros 3 y 4 de Esdras y la Oración de Manasés.
La Vulgata Latina ha sido el libro que más influencia ha ejercido en el mundo cristiano occidental. Por haber sido considerada la “versión oficial” de la Iglesia católica, su vocabulario influyó en toda la obra teológica de la Edad Media y aun en la de nuestros días.




