Un fiel lector de esta sección, residente en el exterior, me hizo llegar –recientemente– un folleto que motiva estas cuartillas,1 porque en él se trata de una carta “desconocida” de José Martí que fue subastada en la Gallery of History de las Vegas (Nevada), en mayo del año 2000.
Ese hecho me sorprende y, por supuesto, me interesa por varias razones: la primera, porque se trata del Apóstol y de una misiva suya que data del 13 de febrero de 1892; la segunda, porque es difícil pensar que, en pleno siglo xxi, aparezca en los Estados Unidos un documento martiano desconocido hasta entonces; y la tercera porque me pregunto cuál es la nacionalidad de quien entregó esa epístola con el propósito de ganar dinero. En el folleto se explica que, para entrar en la subasta, lo menos que se podía ofrecer era la cantidad de 6 500 dólares, y se esperaba obtener por ese documento entre 15 000 y 30 000 dólares.
De acuerdo con las informaciones que se proporcionan, esa carta de José Martí la sitúa –en cuanto al precio– por encima de todos los documentos subastados, excepto el de Thomas Jefferson (el tercer presidente del país norteño), porque su misiva data del año 1801. Y como un detalle interesante, le cuento que esa subasta coincidió con los doscientos años de la Biblioteca del Congreso de Washington, la cual fue fundada, precisamente, por Jefferson.
Si leemos la carta de Martí a la cual me refiero, limitándonos a lo que dice, podríamos pensar –tal vez– que su valor está dado, únicamente, porque procede de su pluma. Sin embargo, no es así. Para justipreciar el contenido de esa epístola más allá de su trascendencia histórica, me parece necesario tener en cuenta otras circunstancias a las cuales me referiré en sus aspectos esenciales.
Martí en 1892
A finales de 1891, el Maestro –como le llamaban– había ido a Tampa y Cayo Hueso para exponer sus planes revolucionarios a la emigración cubana residente en esas ciudades. Quería aglutinarlos, limpiar sus almas de las posibles asperezas y rencores del pasado. Triunfó en su empeño. Dejó fundado en Cayo Hueso, con un grupo de patriotas, las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano.
Pero hay un hecho que no puedo pasar por alto: Martí había llegado enfermo debido a una fuerte bronco-laringitis y, como es muy frecuente en esas afecciones, tenía mucha dificultad para hablar. No obstante, su extraordinaria fuerza de voluntad lo ayudó a pronunciar, el mismo día, animado por una entusiasta multitud, dos discursos: el primero, al llegar a la Duval House, de Josefina Bolio, cuyo hijo era del grupo de jóvenes que propició su visita; y el segundo, en el banquete que le ofrecieron.
Su esfuerzo desmedido provocó que, al día siguiente, amaneciera con fiebre alta, por lo cual el médico que lo atendió le impuso reposo en cama hasta el día 1ro. de enero de 1892. Durante su obligada “reclusión”, como él llamó esos días, redactó el programa del Partido Revolucionario Cubano para discutirlo con los dirigentes locales, quienes lo aprobaron el día 5.
El 1ro. de febrero de 1892, Martí le escribió a su amigo Miguel Figue-roa: “En cama se encuentra su encargo honroso y agradecido, y acabo de dictar, porque apenas puedo escribir, la carta sobre el pago a la Madre Tesorera y enviar a sus criaturitas ejemplares una visita preparatoria. Yo iré a verlas con sus encargos, la primera tarde de sol; aunque ya lo hay con ir a ver aquellas criaturas donde centellea el genio”.2
El día 9 de enero Martí emprendió el camino a Nueva York. Pero su “maluquera”, como él llamaba a sus males físicos, empeoró: regresaron la ronquera, la fiebre y los temblores. A su amigo Rafael Senra, quien no lo encontró en su casa3 cuando lo fue a visitar, le explica: “¿Cómo me iba a encontrar si me levanto de mi cama todos los días para ir a mi clase de noche? ¿Y de qué ha de vivir su amigo fiero? De la clase a la cama. No escribo porque el pulmón me quema y no me deja […]”. En efecto, Martí daba clases de Español (nocturnas) en el Grammar School Building no. 74 (número 220, Este, de la calle 63).
Todavía en febrero, mes en que redactó la “carta desconocida”, le escribió a Serafín Bello: “Sin brazo, del pulmón que no quiere servir […]”.4
El día 13 de febrero de 1892, no se había restablecido por completo: unos días mejor, decía, y otros peor. Pero en el hombre de la Rosa Blanca los conceptos amistad, deber y responsabilidad reinaban en su alma. Por eso escribió la carta (subastada en el año 2000), cuyo contenido tomo textualmente:
“Señora M. Zulueta
”Mi estimada señora
”Quería ir yo mismo a poner en manos de la señora tesorera el importe de las cuentas de las señoritas Figueroa y cumplir en persona con citar el encargo con que me honró su padre. Pero no he podido aún salir de mi enfermedad, por lo que envío mis checks a la señora tesorera, reservándome para el lunes –que creo estar en pie si salgo con salud de un quehacer público de mañana– el placer de saludar a usted, y a las señoritas Figueroa, a quienes le ruego haga llegar la carta adjunta.
”Es su respetuoso servidor, José Martí”.5
Cuando el Apóstol se refiere en esta carta al “quehacer público”. Aludía al discurso que iba a pronunciar al día siguiente (domingo) en el Hardman Hall, a invitación del club Los Independientes, para tratar sobre las imprecisiones de su viaje a Cayo Hueso y a Tampa. Sobre esa memorable ocasión –en la cual Martí se sobrepuso, otra vez, a cuanto sucedía en su cuerpo y en su alma–, Enrique Trujillo publicó una reseña del acto en el periódico El Porvenir, en la cual dijo: “A pesar de la inclemencia del tiempo acudió una inmensa y distinguida concurrencia a Hardman Hall la noche del domingo último […]. El señor Martí pronunció un discurso que duró 75 minutos. En ciertos momentos se notaba en su voz las señales marcadas del malestar físico que aún le aqueja […]. Nos pintó el interior del hogar, donde el padre cuenta a los hijos las hazañas de la guerra y donde la madre amante los prepara para cumplir con su deber […]”.6
En el primer número de Patria (14 de marzo) apareció íntegro el discurso, del cual tomo este fragmento: “¡Digo que jamás tuve goce tan puro y de tan íntima majestad, como entre los míos, entre mis cubanos, entre mis guerreros y mis ancianos y mis trabajadores; jamás, ni en la iglesia de niño, ni en la cumbre del monte!”. Concluyó con una profecía: “Los pueblos, como los volcanes, se labran en la sombra, donde solo ciertos ojos los ven; y un día brotan hechos, coronados de fuego y con los flancos jadeantes, y arrastran a la cumbre a los desiertos y apacibles de este mundo, que niegan todo lo que no desean, y no saben del volcán, hasta que lo tienen encima. ¡Lo mejor es estar en las entrañas, y subir con él!”.7
Epílogo
Como es posible que el lector no recuerde –o no sepa– quién era Miguel Figueroa, le aclaro que era un abogado matancero de prestigio, que vio la luz en Cárdenas el 29 de septiembre de 1851. Hijo de don Francisco Figueroa y Hernández y de doña Josefa García Zalva, naturales de Madruga y Guanabacoa, respectivamente. Estudió abogacía en España y fue designado agente de la revolución cubana en Madrid, cargo al que renunció al regresar a Cuba en 1874 y optó por ingresar en el Partido Autonomista. Contrajo matrimonio con Caridad Hernández, con la cual tuvo siete hijos: Eva, Graciela, Berta, Mercedes, Gabriel, Francisco y Miguel.
A pesar de su militancia autonomista, nuestro Apóstol –que lo consideró su amigo– no vaciló en ayudarlo en lo que solicitaba respecto a sus cuatro hijas, jovencitas entre 15 y 18 años de edad, según consta documentalmente; las cuales estaban matriculadas en Manhattanville College of Sacred Heart.8 Por estar situado entre las calles 130 y 137, al Oeste de Harlem, se hacía muy difícil la visita de Martí debido a la distancia que lo separaba del lugar. Pero el Apóstol, como siempre, cumplió su palabra. Quizás el tiempo permita a los investigadores esclarecer quién (y cómo) obtuvo la carta del Apóstol subastada al comenzar este siglo.
Notas
1 Carlos Ripoll: Otra carta desconocida de José Martí, Editorial Dos Ríos, Nueva York, 2000. El autor que nace en Cuba en 1921 y fallece en los Estados Unidos en 2011, se dedicó durante muchos años a investigar y esclarecer hechos de la vida de José Martí.
2 Esta carta fue publicada por Benigno Bouza en el Diario de la Marina el 19 de septiembre de 1945. Fue recogida al año siguiente en las Obras Completas, t. 66, de la Editorial Trópico. He tomado la referencia de Carlos Ripoll, ob. cit., p. 6.
3 Situada en el número 121, Oeste, de la calle 61, Nueva York.
4 Carlos Ripoll, ob. cit., p. 6.
5 Ibídem.
6 Enrique Trujillo: Apuntes históricos (1896), referencia de Carlos Ripoll, ob. cit., p. 15.
7 Carlos Ripoll, pp.15,16.
8 Luis García Pascual: Entorno martiano, Casa Editora Abril, La Habana, 2003, pp. 97, 98.
9 Esta prestigiosa institución (fundada por las monjas en 1841), contaba de un plantel de enseñanza para señoritas y de un convento.




