No. 6 octubre 1992

doss_03“En cuanto a mí, soy una sombra que vaga pesarosa  en las tinieblas. Para mí, ni un día de sol!”.
Así termina la anotación del lunes 12 de enero de 1874, en el “Diario” de los últimos meses de vida de Carlos Manuel de Céspedes; palabras escritas exactamente 46 días antes de su muerte, ocurrida el 27 de febrero del mismo año en San Lorenzo. Previamente, el 8 de agosto de 1873, semanas antes de su deposición, como primer presidente de la República en Armas (Bijagual, 27 de octubre), había escrito: “Cambié mis pantalones de casimir que me acompañaban desde antes de la revolución, por otros nuevos de igual género, aunque ordinarios. Ya de esas memorias no me queda más que una toalla de Holanda bordada. Así todo va abandonándonos en este mundo que nosotros mismos lo abandonamos todo”.

El miércoles 25 de febrero de 1874, o sea, dos días antes de su muerte, narra el sueño de la noche anterior con una mujer vestida de luto, a la que identifica con “mi difunta Carmen”, su prima y primera esposa. Y el mismo día 27, pocas horas antes del asesinato, redacta observaciones acerca de sus enemigos dentro del campo cubano: Tomás Estrada Palma, Fernando Fornaris, Salvador Cisneros Betancourt –Marqués de Santa Lucía–, Ramón Pérez Trujillo, Marcos García, Eduardo Machado, Jesús Rodríguez y Juan Spotorno. Termina el párrafo –y el “Diario”– con una observación global: “Abrazando ahora en conjunto a todos estos legisladores, concluiré asegurando que ninguno sabe lo que es Ley”. Es el punto final.

Ese mismo día –lo sabemos, no por el “Diario”, sino por el testimonio de Gerardo Castellanos– se había vestido con inusual elegancia en aquel paraje aislado en la Sierra Maestra: “chaqué de paño negro, pantalón de casimir oscuro, chaleco de terciopelo a cuadros con rayas punzó”. Premoniciones y ropaje casi ritual para la inmolación presentida. En más de una ocasión, Carlos Manuel de Céspedes se lamenta en este “Diario” de la dilación en recibir un pasaporte que le permita viajar al extranjero para reunirse con su esposa, Ana de Quesada, y con sus pequeños hijos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores; relaciona esta dilación con las vejaciones que le inflige su sucesor a la Presidencia, Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, de quien teme el asesinato por envenenamiento u otro medio. De hecho, el Batallón de San Quintín, que dio muerte al Padre de la Patria en el barranco de San Lorenzo, tuvo aviso del lugar en que este se encontraba por un negro presentado, que había sido asistente del Marqués… ¿Casual coincidencia?
El día del asesinato, no acompañaba a Carlos Manuel ni siquiera su hijo “Carlitos” –Carlos Manuel de Céspedes también, mi bisabuelo, nacido del primer matrimonio del Padre de la Patria–, pues había ido a un lugar algo distante del “asilo” inseguro de San Lorenzo para que le remendaran zapatos viejos y rotos, dato que he sabido por tradición familiar. El Padre murió solo, en el sentido más integral de la palabra. Solo y despojado de casi toda posesión. Pobre total.

Este revelador “Diario”, el último del Padre de la Patria, cubre –con sus dos partes– desde el viernes 25 de julio de 1873, hasta el día de su muerte, viernes 27 de febrero de 1874. Los azares de la última etapa de su vida no impidieron que, con escrupulosa puntualidad, Carlos Manuel de Céspedes escribiera, día tras día, al menos un párrafo en el que narrara lo que él hacía, la vida de su entorno, los hechos de la República en Armas e incluía hasta las referencias a acontecimientos extranjeros que conocía por la prensa que, con gran retraso, le llegaba a la manigua y leía con voracidad. No faltan las impresiones que le producía el paisaje exterior y el testimonio acerca de sus estados de ánimo, escritos con una sencillez que no deja de alcanzar frecuentemente vuelos poéticos. No olvida detalles que sabía que agradarían a Anita, la esposa lejana, como el cambio del cordón negro que le sostenía al cuello la medalla de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre que ella le había enviado desde New York (“Diario”, 7 de febrero de 1874). Pero no obvia lo que podía incomodarla, debido a lo que Carlos Manuel llama “Sus celosas impertinencias” (“Diario”, 2 de febrero de 1874), o sea, el recuerdo y la preocupación por Cambula: “no puedo menos que traer hoy a C… fuertemente a mi memoria. Me temo que se halle enferma y pobre, viendo padecer necesidades a sus hijos. Cuando pienso en que de tantas personas interesadas en denigrar su conducta, ninguna de ellas me da malos informes, creo que se comporta bien y no da lugar a ello, a pesar de sus cortos años y más cortos alcances. Si es así, Dios la premie y me perdone a mí el haber corrompido un corazón del que pudo haber brotado una buena esposa y una buena madre. En reparación y sin embargo de que la amo tanto, juro que en adelante la respetaré como a una hermana y me esforzaré en labrar su dicha y la de sus inocentes hijitos. Seré feliz si puedo hacerlo” (Ibídem). Describe con pluma minuciosa los platos que comía (muchos de los cuales han desparecido –lamentablemente– de la cocina criolla) y no deja de registrar la –más frecuente– carencia de alimentos y las condiciones precarias de su existencia. “Yo estoy muy delgado: la barba casi blanca y el pelo no le va a la zaga. Aunque no fuertes, padezco de frecuentes dolores de cabeza. En cambio, estoy libre de llagas y calenturas. Todo no ha de ser rigor. La ropa se lava sin almidón: por consiguiente, no se plancha, no se hace más que estirarla para ponérsela”. (Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa, Instituto de Historia, La Habana, 1964. p. 47). La situación ya conocida por las “Cartas”, es ahora ratificada en el “Diario”.

Ana de Quesada, la segunda esposa, a la sazón residente en New York, fue la destinataria explícita de este “Diario”, como lo fue de las “Cartas” que tuvimos antes en nuestras manos. Ambas obras configuran la imagen y, complementándose sin contradicciones, nos trazan el mejor retrato del Padre de la Patria, el de su grandeza de ánimo, sensibilidad exquisita y espíritu superior, mantenidos en pie, erguidos, en la hora última, en la hora de la adversidad y de la muerte muchas veces contemplada como realidad próxima. El “Diario” fue ocupado por las tropas españolas en San Lorenzo. De manos españolas lo adquirió Julio Sanguily. Su hermano Manuel se negó a entregarlo a Ana de Quesada, en 1894, pues lo consideraba “botín legítimo de guerra” (citado en el prólogo de la reciente edición del “Diario”, p. 64). Al parecer, la Sra. Sarah Cuervo, viuda del hijo de Manuel Sanguily y heredera de su archivo, entregó o vendió el “Diario”, en algún momento al historiador José de la Luz León, fallecido en La Habana el 5 de junio de 1981, después de haberlo poseído secretamente durante un número indeterminado de años (¡cosas de los coleccionistas!). Su viuda, la Sra. Alice Dana, encontró entre los papeles del historiador difunto un sobre cerrado en el que estaba escrito: “Estos papeles son de mi Patria”. Cumpliendo esta voluntad, ella entregó el sobre al Historiador de la Ciudad, Lic. Eusebio Leal Spengler. Recuerdo vivamente su emoción no disimulada cuando, al descubrir el contenido, me llamó a mi oficina en el Arzobispado para que fuera inmediatamente a la suya en el Museo de la Ciudad: “Tengo algo que te interesa mucho”, me dijo por teléfono espoleando mi curiosidad. Al llegar, me mostró los cuadernos bien conservados y pude acariciarlos y hojear algunas páginas antes de que él los consignara al Consejo de Estado.

Ahora, finalmente, impreso en Colombia (5 000 ejemplares), con un prólogo iluminador de Eusebio Leal, está a la disposición de los estudiosos de la persona de Carlos Manuel de Céspedes y de todos los cubanos que desean interiorizar las raíces fundacionales de nuestra nacionalidad y quieren conocer de las grandiosas paradojas y de las excrecencias que la acompañan desde los ya un tanto lejanos orígenes.

8 de septiembre de 1992, celebración de Nuestra Señora de la Caridad.