PALABRAS SOBRE MARÍA EN EL EVANGELIO

“[Los apóstoles] solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de este” (Hch 1, 14).

relig_12El evangelio de san Lucas posee una gran riqueza de textos marianos que ya hemos ido meditando. En la presente reflexión, consideramos la presencia de María en el libro de los Hechos de los Apóstoles que es como la segunda parte del evangelio lucano. En el versículo alusivo, María aparece con los apóstoles, algunas mujeres y los hermanos de Jesús, como parte de la Iglesia reunida en oración antes de Pentecostés. Es la imagen de la Madre congregada en la comunión de los santos que espera la llegada del Espíritu.

Este último texto mariano de Lucas (María en el cenáculo) podemos relacionarlo con el primero (María en la Anunciación). En ambos relatos, María y la Iglesia aparecen abiertas a la voz del Espíritu para recibir su fuego vivificador. Cuando María ora y acoge la Palabra de Dios (misterio de la Encarnación) ya está presente la Iglesia como germen; cuando la Iglesia está reunida en oración (misterio de Pentecostés) y espera la irrupción del Espíritu, no puede faltar la presencia materna de María. Como bien dice el Concilio Vaticano II: “María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra” (Lumen Gentium 59).

María participa en el nacimiento de la Iglesia y está presente desde su inicio. Este nacimiento se produce en clima de oración y de comunión: cuando la Iglesia ora y se mantiene unida no puede faltar la madre María. Ella pertenece al Pueblo de Dios como “miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial” (Lumen Gentium 53).

María, la Madre del Señor, lega en Pentecostés su maternidad a la Iglesia y se convierte en discípula. Ambas engendran al Cristo total (cabeza y miembros) por la acción del Espíritu: María concibe y da a luz a su Hijo por el misterio de la Encarnación, y la Iglesia engendra a Cristo (cuerpo místico) por el misterio de la Santificación. En la Iglesia nacemos todos los cristianos por el bautismo; del costado de Cristo que mana agua y sangre nace la Iglesia; María continúa en la Iglesia como Madre espiritual en el orden de la gracia; y el Espíritu que fecundó a María sigue vivificando a la Iglesia.

La asamblea reunida en el cenáculo está formada por los apóstoles, algunas mujeres, María, la Madre de Jesús, y los hermanos de este. Podemos considerar a las mujeres, la Madre y los hermanos de Jesús como el grupo de “creyentes” que junto con los apóstoles van a constituir la primera Iglesia. La fe de la Madre potencia la fe de los hermanos para ser verdaderos discípulos de Jesús. La Madre y los hijos se mantienen unidos con lazos de fe, amor, servicio, obediencia… en el seguimiento del Señor. Los apóstoles y la Madre son llamados por su nombre, mientras que las mujeres y los hermanos se mantienen anónimos. Además, se declara la función de María, Madre de Jesús, por la relevancia que ella tiene.
En resumen, Cristo, la Iglesia, el Espíritu Santo y María son inseparables. Los discípulos de Jesús, a ejemplo de María, hemos de estar en la Anunciación acogiendo la Palabra, en la Natividad para engendrar y dar a luz a la Palabra, en la Epifanía para mostrar la Palabra, en Nazaret para intimar con la Palabra, en el templo buscando la Palabra, en Caná para compartir la alegría del Vino y la Palabra, por los caminos de Galilea para llevar y compartir la Palabra, al pie de la Cruz para padecer con la Palabra, en la mañana de Pascua para cantar con la Palabra, en el cenáculo para celebrar la Palabra, en el mundo para difundir la Palabra…

María, después de Pentecostés sigue siendo Reina y Madre de los apóstoles, pues ella les ha precedido en el anuncio de Cristo. Ella, impulsada por el Espíritu, fue aprisa para visitar a su pariente Isabel y llenar de gozo al precursor; ella mostró el Salvador a los pastores y los magos. El mismo Espíritu impulsa a los apóstoles de todos los tiempos para ser mensajeros del Evangelio. Por su parte, María los estimula con su amor y con su ejemplo, los anima con su consuelo y los sostiene con su intercesión para que anuncien a Cristo salvador por todo el mundo.

El documento de Aparecida nos invita al fervor espiritual, a la fidelidad en el discipulado y al ímpetu misionero, y nos muestra a María como discípula y misionera que evangeliza con su presencia: “Recobremos el valor y la audacia apostólicos. Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de comprensión y ternura, de María Santísima. Que ella nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isabel, para que peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa” (Documento de Aparecida 553).

La constitución dogmática Lumen Gentium, del concilio Vaticano II, también presenta a María como evangelizadora y modelo de apostolado. “[Ella] cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre… Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (Lumen Gentium 65).