Mensaje del Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de la Habana, con motivo de la visita apostólica del papa Benedicto XVI a cuba, 13 de marzo de 2012 .

Ante todo agradezco a la televisión cubana esta oportunidad de comunicar con mis amigos y hermanos de Cuba sobre esta ya cercana visita del Papa Benedicto XVI a Cuba. Se ha hablado de su visita, hemos visto en la prensa los primeros informes acerca de su condición, del momento en que él vendrá, de las celebraciones que tendrá; pero se impone una pregunta al principio: ¿Por qué el Papa viene a Cuba?

Para esto tenemos que tener en cuenta –según mi parecer– la visita pastoral que el Papa Juan Pablo II hizo a nuestro país hace catorce años. En aquel tiempo, el Papa Benedicto XVI era simplemente el cardenal Ratzinger, que estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Él no acompañó al Papa en la visita. Pero la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II no fue realmente una visita más. En cualquier tipo de resumen, de compendio de la actividad papal, sea cinematográfico, gráfico o histórico simplemente escrito, hay una mención de la visita a Cuba entre aquellas que fueron como paradigmáticas. La visita del Papa Juan Pablo II fue muy esperada, era la primera visita de un Papa a Cuba. Las condiciones especiales de nuestro país hacían que la mirada del mundo estuviera muy fija en aquella visita; y después los comentarios en la Santa Sede y la apreciación de la Iglesia en Roma fue una apreciación alta, positiva, y al mismo tiempo comentada ampliamente, en la cual intervino el Papa Benedicto XVI, entonces simplemente cardenal Ratzinger, quien acogió todo aquel eco y aquel paso del Papa por Cuba, de manera que algo quedó en su corazón.

Desde el comienzo de su pontificado, en la primera ocasión que tuve un contacto especial con él –vamos a decir que como cardenal he tenido ese privilegio, al mismo tiempo doloroso porque ha muerto un Papa, pero único en la vida de un cardenal, de participar en la elección del sucesor de aquel Papa Juan Pablo II, tan querido en el mundo entero– y en aquella ocasión, cuando había sido nombrado, cuando después del último momento  en que se dijo el nombre de Ratzinger y estalló un aplauso al ver que tenía las dos terceras partes de los votos necesarios para ser elegido, en ese momento, recuerdo cómo el Papa bajó la cabeza estremecido, como alguien que tenía un peso inmenso, después fue, se cambió, vino ya el momento en que él explicaba  su aceptación y el nombre que había elegido, Benedicto,  y después vino el ir a ofrecer al Papa nuestro homenaje y nuestra obediencia de Iglesia. Me arrodillé delante de él y él tomó mis manos y me dijo palabras muy cariñosas, vamos a decir así, para Cuba. Esto fue el primer signo de esa especie de presencia que ha tenido –como me decía después el secretario de Estado– Cuba en su corazón desde el inicio de su pontificado, como lugar que él deseaba visitar.

Cuando fui a Roma en otra ocasión y lo encontré, le hablé de la invitación para que viniera a Cuba. Él decía que era ya un hombre mayor, que ya no podía pensar en tantos viajes como el Papa Juan Pablo II. Sin embargo, más adelante, al volver en otras ocasiones, le insistí… Me decía siempre: “Si Dios quiere”. En una ocasión me dijo con alegría cómo el presidente Raúl Castro lo había  invitado a venir a Cuba. Yo creo que él tenía siempre su proyecto. América Latina tiene muchos países católicos, países de gran extensión y gran población católica, pero el Papa quiso sobre todo, después de venir a Brasil, lugar donde él estuvo por primera vez en América Latina, venir también a México, y no pudo en aquella ocasión de la fiesta mundial de la familia debido a que la altura de la ciudad de México no le convenía, y los médicos le dijeron que no debía ir. Tenía pendiente este viaje, y ahora, al tener esta oportunidad de venir a México, incluyó a Cuba, que es un pequeño país de América Latina, en su recorrido. Lo quiso incluir porque desde siempre tenía este deseo en su corazón, pero ahora tenía una oportunidad extraordinaria: celebrábamos en Cuba los cuatrocientos años del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre.

Es un Año Jubilar, los cubanos están peregrinando al Santuario de El Cobre para visitar a la Patrona de Cuba, y él quiso venir como peregrino. Ese es el motivo del lema que se ha escogido para esta visita: “Peregrino de la Caridad”. A él también le entusiasmaba esta última decisión de incluir a Cuba en su viaje a México, porque en Roma, allí en la Santa Sede, había un seguimiento de todo lo que ha sido la preparación de este Año Jubilar,  como la gran misión que recorrió toda Cuba llevando a la Virgen Peregrina de la Caridad hasta los últimos rincones del país. Había un interés grande en esta peregrinación porque el Papa está empeñado en revivir la fe de países ya cristianizados antes, pero que necesitan una nueva evangelización, y veía en esta misión una verdadera muestra de lo que es revivir la fe de un pueblo. Miles y miles de cubanos, millones diría yo, salieron al encuentro de la Virgen. No es el número lo que nos ha impactado, son las muestras de religiosidad de ese pueblo, es el ver a aquellos cubanos que salían de los campos, de los cruces de caminos haciendo la señal de la cruz, arrodillándose al paso de la Virgen, levantando sus brazos en oración. Incluso nos han pedido que relatemos todo esto con detalles a la Santa Sede para hacer una especie de compendio, de libro, que sea ilustrativo para América Latina, y no solo para América Latina –me decía el cardenal prefecto de la congregación para los obispos, en carta escrita a mí en el mes de noviembre–, sino un poco para el mundo entero; porque yo creo que había en esa misión como el revivir de una fe dormida, quizás de una fe que está un poco borrada, pero que estaba presente en el corazón del pueblo. Y el Papa entonces siente que viene a confirmarnos en esa fe, que viene a reafirmarnos en esos valores cristianos que esa fe sembró en nuestro país.

Ahora vamos a hablar no tanto de qué es el Papa. De esto se ha hablado un poco en los medios de comunicación de Cuba. El Papa es aquel que rige la Iglesia –pondré yo un acento muy breve en esto–. El Papa, para nosotros, en la fe cristiano católica, es el vicario de Jesucristo. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir el que hace presente a Jesucristo, el que hace las veces de Jesucristo; cuando hay alguien que está ausente en un cargo en la Iglesia, el que está ausente por un tiempo, hay aquel que hace las veces del ausente que es el vicario,  el que lo sustituye; hace presente así a Cristo. El Señor Jesús creó una Iglesia, creó un grupo, el grupo de los doce apóstoles. En ese grupo él nombró un jefe, él estaba creando una comunidad, estaba formando lo que sería el núcleo de la Iglesia. Cuando formó esa comunidad le puso al frente a uno de esos apóstoles: Pedro. Pedro fue el nombre que él le puso, porque se llamaba Simón. Pero él le dijo: “Ahora tú serás Piedra, Pedro, y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno nunca vencerán esta Iglesia que yo te confío a ti y de la cual te doy como las llaves”. Bien, entonces Pedro tiene esta misión en la Iglesia. Ya una vez pasada la muerte de Jesús en la cruz, se aparece resucitado a Pedro y le dice: “Pedro, ¿me quieres?”. Y tres veces se lo pregunta. Y él dice: “Sí, señor, tú sabes que te quiero”, pero ya él responde un poco impactado: “Apacienta a mis corderos. Apacienta mis ovejas, cuida del rebaño, pastoréalo”. Entonces esta es la misión de Pedro en la Iglesia, pero no es una misión para él solamente. Si el Señor dijo a los discípulos: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo y vayan hasta el fin del mundo y anuncien el evangelio”, esa Iglesia que él fundó tenía que durar siempre, y el cargo de Pedro no podía morir con él. Entonces había que nombrar un sucesor. Y se ha nombrado siempre de distintos modos un sucesor de Pedro: el Papa es el sucesor de Pedro, el que hace que continúe la misión que Cristo le confió a Pedro de hacerlo presente en el mundo. El Papa debe, por lo tanto, tener esta misión; y para esto viene a Cuba, para cuidar de ese rebaño. Aquel mandato es para él: “Cuida a mis ovejas, apacienta a mi rebaño”, es el mandato del Señor para Pedro y que él cumple en su persona.

Ahora, ¿cómo es este Papa? Porque no es solamente ¿qué es el Papa?, sino ¿cómo es él? El Papa es un intelectual. Es el Papa de la razón, es un hombre que tiene una vocación para la ciencia teológica y a eso dedicó su vida. Fue sacerdote, claro está, y profesor de universidad, distinguidísimo. Cuando llegó a aquella magna reunión de la Iglesia católica en los años sesenta, que se llamó el Concilio Vaticano II, cuando el Papa estuvo durante cuatro años prácticamente al frente de la Iglesia reuniendo a todos los obispos del mundo, allí estaba él: el teólogo Ratzinger, como el consejero de aquella gran reunión. Después fue nombrado obispo, arzobispo de Múnich, Alemania, su patria natal, y cardenal más tarde. Años después, el Papa Juan Pablo II lo nombró colaborador suyo, inmediato, y lo puso al frente de la Doctrina de la Fe. El hombre de la razón ahora tenía que dedicarse al otro tipo de conocimiento que tiene el ser humano, que es el de la fe. Hay dos modos de conocimiento en el hombre, el de la razón y el de la fe, y los dos tienen una fuerza muy grande. Si la razón ha desarrollado el mundo y ha creado civilizaciones, la fe también lo ha hecho. Y fe y razón juntas, han sido capaces de crear la gran civilización occidental. Biblia y mundo griego, de filósofos y pensadores, son inseparables en esta civilización nuestra. Pero él, que era hombre de escuela, de razón, de filosofía, de pensamiento, tiene ahora que ser el que está al frente de la congregación que cuida de la doctrina de la fe. Es decir, de ese otro modo de conocimiento que nos viene dado por Dios: la Revelación; y la Revelación es lo que la Biblia nos presenta, lo que después la Tradición recoge y nos entrega. La Revelación es algo que viene de Dios y no puede ser alterado. En un mundo donde hay desde el punto de vista filosófico tanto movimiento hacia un sentido o hacia el otro con respecto a lo que es la verdad, es un riesgo muy grande que este mismo movimiento se introduzca en el campo de la fe, aun en el campo del pensamiento. El Papa Benedicto XVI es el Papa de la verdad, porque en su condición de científico del pensamiento teológico, él sabe que no hay ciencia sin verdad. Nadie puede llegar a un nuevo descubrimiento científico, si no llega a la verdad de las cosas.  Nadie puede llegar a un tipo de conclusión válida acerca de un diagnóstico de la realidad, si no llega a la verdad de las cosas. Es decir, el ser humano tiene que buscar la verdad. Y él ha sido un defensor de esta causa del buscador de la verdad. Él mismo se pregunta en uno de sus escritos: “Pero en nombre de la verdad ¿cuántas injusticias y cuántas cosas malas se han hecho?”. Es cierto. Pero en nombre de la verdad muchas veces relativizada, la verdad de este o de aquel, se puede llegar a un relativismo: que cada uno reclame su verdad, y podamos entonces llegar a un laxismo en el sentido ético, por el cual nosotros somos indiferentes a cualquier tipo de pensamiento y nuestra actitud ante la vida se vuelve acomodaticia, variable, o podemos llegar  a un absolutismo o a un verdadero régimen totalitario. Cuando alguien cree que tiene una verdad ¡es esa! No es esto lo que el Papa propone con respecto a la verdad. Ninguno de esos dos excesos puede ser aceptado. La verdad es la que es y yo no puedo ni seguir esas corrientes de verdades, todas individuales y subjetivas, que son variables, ni puedo someterme a una verdad erigida como totalidad, en la cual yo tengo que encontrar el único modo de sentir y de pensar. El Papa es este guardián de la verdad; que nosotros lo recibamos así, como aquel que viene a traernos toda esta verdad, toda esta búsqueda. Él quiere que seamos buscadores de la verdad. Ahí nos podemos encontrar todos los seres humanos, porque cualquiera tiene una parcela, una parte de esa verdad.

Él viene a traernos todo esto, a traernos un corazón también muy pastoral. El Papa viene a hacernos una visita pastoral, a cumplir el mandato que Jesús dio a Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Él viene a traer esto con un verdadero corazón de Pastor. Conozco esta actitud, yo diría cariñosa, del Papa en su trato con las personas. El hecho de haberlo presentado como un alemán, como un hombre de razón, como un intelectual de universidades, puede hacer que algunos crean que es aquel hombre de la disciplina de la fe, que debe ser custodiada siempre, cargo que ocupó durante muchos años. Sin embargo, esto es algo que impactó a los obispos de Cuba cuando visitamos Roma y él era entonces el cardenal que estaba a cargo de la Doctrina de la Fe. Teníamos que ir a los distintos ministerios que tiene la Iglesia en nuestra visita que cada cinco años tenemos que hacer para informar, rendir cuentas de cómo marcha la Iglesia, etcétera… Al llegar a la Doctrina de la Fe, en Cuba no había grandes problemas en este sentido y pensábamos que sería un trámite formal, pero aquel cardenal Ratzinger, hoy Papa, nos recibió con un afecto, con una simpatía, con un deseo de saber sobre nosotros, sobre nuestra vida, sobre nuestro sistema social, sobre cómo andaban las cosas en Cuba; nos acogió de tal modo que era la última de nuestras visitas en Roma y salimos diciendo: “Es la mejor de todas, nadie nos ha acogido y nadie ha estado tan interesado en nuestra vida y en nosotros como este hombre”. Bueno ese hombre es el que llegó a ser el Papa de la Iglesia y el que ahora viene a visitarnos.

Recuerden que al principio –les decía– él se quejaba un poco de la edad que tenía, después de esto fue a Australia, fue al África, ha viajado… y ahora viene a Cuba. Ya viene con 84 años, casi a punto de cumplir 85. Es un hombre de mucho sentir humano, de mucho corazón… Y así va a venir a visitarnos a nosotros, y yo creo que nuestra respuesta debe ser adecuada a este interés que él mostró.

En nuestra última reunión en Roma, hace unos días, cuando se crearon nuevos cardenales, estaba yo en la reunión de la mañana y al terminar, cuando recogía sus papeles, levantó la vista y me miró, yo estaba como en la tercera fila. Entonces me llamó, con una sonrisa, de tal manera que fui el primer cardenal que fue a saludar al Papa aquel día. Con gran afecto me tiende la mano y me dice: “Nos vemos en La Habana”. Él no puede hablar mucho rato con todo el mundo, porque tiene mucha gente con quien hablar, pero esas palabras que él me dirigió al final indican todo su deseo, su simpatía, sus ansias de visitarnos y cumplimentar nuestra invitación y de venir como peregrino a Cuba en este Año Jubilar.

Los invito a todos para que estén con él, tanto en Santiago, ustedes los santiagueros, como ustedes los habaneros a estar aquí. Los de otras provincias también, en la medida en que el transporte se les facilite y tengan fuerzas para esto. Si no, pues en la televisión podrán seguir su presencia entre nosotros.

Que el Señor nos conceda un buen tiempo y una presencia del Papa en Cuba que dejará esa huella espiritual no contabilizable, no reducible a estadísticas, pero que estará siempre, también, en nuestro corazón, en el espíritu del pueblo, porque, en último término, la espiritualidad de un pueblo es tan importante muchas veces como sus necesidades materiales. Que el Señor los bendiga a todos.