Cuando la presente edición de Palabra Nueva llegue a los lectores, de seguro ya estará entre nosotros el Papa Benedicto XVI. Ha elegido visitarnos entre el 26 y 28 de marzo como Peregrino de la Caridad, en medio del Año Jubilar por la celebración del cuarto centenario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, nuestra Madre y Patrona. A propósito de esta visita, publicamos fragmentos de una entrevista ofrecida por el Santo Padre a varios medios de comunicación poco antes de su viaje apostólico a Baviera (Alemania), del 9 al 14 de septiembre de 2006.
Por lo interesante de las declaraciones ofrecidas por el Papa Benedicto XVI, la entrevista fue presentada originalmente agrupando las preguntas y las respuestas en temas o apartados. Seis años después, la retomamos por su vigencia y actualidad.
Retorno a Alemania
Santo Padre, en septiembre usted visitará Alemania o, con más precisión, naturalmente Baviera. “El Papa tiene nostalgia de su patria”, así han dicho sus colaboradores en el curso de la preparación de este viaje. ¿Qué temas desearía tocar en particular durante la visita, y el concepto de “patria” forma parte de los valores que desea proponer en particular?
“Ciertamente. El motivo de la visita es precisamente que quería volver a ver los lugares, las personas con las que he crecido, que me han marcado y han formado parte de mi vida. Personas a las que quería agradecer. Y naturalmente también expresar un mensaje que vaya mas allá de mi tierra, como es coherente con mi ministerio. Simplemente he dejado que las conmemoraciones litúrgicas me indicaran los temas. El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo, vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos hallar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y la convivencia pacífica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. Y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos, si no recibimos la luz desde lo alto. Por tanto, no he decidido temas muy específicos, pero, por así decirlo, es la liturgia la que me guía a expresar el mensaje fundamental de la fe, que naturalmente se inserta en la actualidad de hoy, en la que sobre todo queremos buscar la colaboración de los pueblos y los caminos posibles hacia la reconciliación y la paz”.
Los jóvenes
Santo Padre, hace exactamente un año usted estaba en Colonia con los jóvenes, y creo que en esa oportunidad experimentó que la juventud está extraordinariamente lista a acoger, y que usted fue muy bien acogido. En este próximo viaje ¿lleva quizá un mensaje especial para los jóvenes?
“Quisiera decir, antes que nada, que estoy muy contento de que haya jóvenes que quieran estar juntos, que quieran estar juntos en la fe, y que quieran hacer el bien. La disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud, basta pensar en las diversas formas de voluntariado. El compromiso para ofrecer en primera persona una contribución propia ante las necesidades de este mundo es una gran cosa. Un primer impulso puede ser, por lo tanto, alentar esto: ¡id adelante! ¡Buscad las ocasiones para hacer el bien! ¡El mundo necesita de esta voluntad, necesita de este compromiso! Y luego quizás una palabra sería: ¡el valor de decisiones definitivas! En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse por toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está en movimiento de manera dramática: ahora puedo disponer continuamente de mi vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros; con una decisión definitiva ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimiento? Despertar el valor de osar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, el camino hacia adelante y el alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto –por así decir– en el definitivo, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que con dicha quisiera poder comunicar”.
El ministerio petrino
Como Obispo de Roma usted es sucesor de san Pedro. ¿Cómo puede mostrarse en los tiempos actuales el ministerio de Pedro? ¿Cómo ve usted la relación de tensión y equilibrio entre el primado del Papa por una parte y la colegialidad de los obispos por otra?
“Una relación de tensión y equilibrio existe naturalmente, y nosotros decimos que así debe ser. Multiplicidad y unidad deben siempre encontrar nuevamente su relación recíproca, y esta relación debe incluirse de una manera siempre nueva en las cambiantes situaciones del mundo. Hoy en día existe una nueva polifonía de las culturas, en la cual Europa ya no es más la única que determina, sino que las comunidades cristianas de los diversos continentes están adquiriendo su propio peso, su propio color. Debemos aprender siempre de esta fusión de los diversos componentes. Por esto hemos desarrollado diversos instrumentos; las llamadas ‘visitas ad limina’ de los obispos, que han existido siempre, son en la actualidad mucho más aprovechadas para hablar con todas las instancias de la Santa Sede y también conmigo. Yo hablo personalmente con cada obispo. Ya he hablado con casi todos los obispos de África y con muchos de los de Asia. Ahora vendrán los de Europa central, Alemania, Suiza, y en estos encuentros, en los que precisamente el centro y las afueras se encuentran juntos en un intercambio franco, yo pienso que crezca la correcta relación recíproca en esta tensión equilibrada. Además tenemos otros instrumentos, como el Sínodo, o el Consistorio, que mantendré regularmente y que querría desarrollar. En ellos, aun no teniendo un orden del día importantísimo, se discutirán juntos los problemas actuales para intentar encontrar soluciones. Por un lado sabemos que el Papa no es un monarca absoluto, pero tiene que –por decirlo de alguna forma– personificar la totalidad que se une en escucha de Cristo. Pero la conciencia de la necesidad de una instancia unificadora, que garantice también la independencia de las fuerzas políticas y que los ‘cristianismos’ no se identifiquen demasiado con la nacionalidad, esta conciencia precisamente, que necesita de una tal instancia amplia y superior, que cree unidad en la integración dinámica del todo, y por otro lado que acoja y promueva la multiplicidad, esta conciencia es muy fuerte. Por eso creo que se trata de una adhesión íntima al ministerio petrino que se expresa en la voluntad de desarrollarlo ulteriormente, de forma que responda tanto a la voluntad del Señor, como a las necesidades de los tiempos”.
La familia y la moral en un mundo global
Hace un mes usted estuvo en Valencia para celebrar el Encuentro Mundial de las Familias. Quien ha escuchado con atención –como hemos intentado hacerlo desde Radio Vaticana– se ha dado cuenta de que usted no ha pronunciado la palabra “matrimonio homosexual”, no ha hablado de aborto, ni de contracepción. Atentos observadores se han dicho: ¡Interesante!, evidentemente su intención es anunciar la fe y no dar la vuelta al mundo como “apóstol de la moral”. ¿Nos puede hacer un comentario al respecto?
“Claro que sí. Sobre todo tengo que decir que tuve solamente dos ocasiones de veinte minutos para hablar. Teniendo tan poco tiempo no se puede abarcar todo. Sobre todo tenemos que saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así? Y el cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Hemos oído tanto hablar de lo que no está permitido que ahora hay que decir: ‘Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer; que el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro, que la escala –por decir de algún modo– sexualidad, eros, ágape, indica las dimensiones del amor y sobre este camino crece desde siempre el matrimonio, como encuentro entre un hombre y una mujer, culmen de la felicidad y de la bendición, y después la familia, que garantiza la continuidad entre generaciones, en la que las generaciones se reconcilian entre ellas y en la que también las culturas se pueden encontrar’. Por lo tanto, sobre todo es importante poner de relieve lo que queremos. En segundo lugar, se puede ver después también el porqué nosotros no queramos algo. Y yo creo que es necesario ver y reflexionar, ya que no se trata de una invención católica el hecho de que un hombre y una mujer estén hechos el uno para el otro para que la humanidad continúe viviendo: lo saben todas las culturas. En relación con el aborto, no pertenece al sexto, sino al quinto mandamiento: ‘No matarás’. Y esto tenemos que presuponerlo como obvio y tenemos que rebatirlo siempre, pues la persona humana se inicia en el seno materno y permanece persona humana hasta su último respiro. El hombre tiene que ser respetado siempre como hombre. Pero todo esto queda más claro, si antes hemos explicado lo positivo”.
[…] En todo el mundo los creyentes esperan de la Iglesia católica respuestas a los problemas globales más urgentes, como el SIDA y la superpoblación. ¿Por qué la Iglesia católica insiste tanto sobre la moral en lugar de intentar soluciones concretas para estos problemas cruciales de la humanidad, por ejemplo en el continente africano?
Misionera en Zimbabwe“Ya, este es el problema: ¿insistimos realmente tanto sobre la moral? Yo diría –cada vez estoy más convencido tras mi diálogo con los obispos africanos– que la cuestión fundamental, si queremos dar pasos adelante en este sentido, se llama educación, formación. El progreso puede ser progreso real solo si sirve a la persona humana y si la propia persona humana crece, no crece solo su poder técnico, sino también su capacidad moral. Y creo que el verdadero problema de nuestra situación histórica es el desequilibrio entre el crecimiento increíblemente rápido de nuestro poder técnico y el de nuestra capacidad moral, que no crece de forma proporcional. Por eso la formación de la persona humana es la verdadera receta, la llave de todo diría, y esta es también nuestra vida. Y esta formación tiene –para resumir– dos dimensiones. Sobre todo naturalmente tenemos que aprender, adquirir saber, capacidad, ‘know-how’ como se suele decir. En esta dirección Europa, y en los últimos decenios América, han hecho mucho, y se trata de una cosa importante. Pero si solo se difunde el ‘know-how’, si solo se enseña cómo se construyen y se usan las máquinas, y cómo se emplean los métodos de contracepción, entonces no hay que maravillarse de que al final nos encontremos con guerras y con epidemias de SIDA. Porque nosotros necesitamos dos dimensiones: es necesaria al mismo tiempo la formación del corazón –si me puedo expresar de este modo– con el que la persona humana adquiere referencias y aprende también de este modo a usar correctamente su técnica. Y esto es lo que estamos intentando hacer. En toda África, y también en muchos países de Asia, tenemos una gran red de escuelas de todos los niveles, donde sobre todo se puede aprender, adquirir verdadero conocimiento, capacidad profesional, y con ello alcanzar autonomía y libertad. Pero en estas escuelas nosotros intentamos precisamente comunicar no solo el ‘know-how’, sino formar a personas humanas que quieran reconciliarse, que sepan que tenemos que construir y no destruir, y que tenemos las referencias necesarias para saber convivir. En gran parte de África, las relaciones entre musulmanes y cristianos son ejemplares. Los obispos han formado comités comunes junto a los musulmanes para ver cómo crear paz en las situaciones de conflicto. Y esta red de escuelas, de aprendizaje y formación humana, que es muy importante, viene completada por una red de hospitales y de centros de asistencia, que alcanzan de forma capilar a las aldeas más remotas. Y en muchos lugares, a pesar de las destrucciones de la guerra, la Iglesia es la única fuerza que ha permanecido intacta. ¡Esta es una realidad! Es donde se cura, donde se cura también el SIDA, y por otro lado se ofrece educación, que ayuda a establecer relaciones justas con los demás. Por eso creo que se debería corregir la imagen según la cual sembramos en torno a nosotros rígidos No. Justo en África se trabaja mucho para que las diferentes dimensiones de la formación se puedan integrar y así sea posible la superación de la violencia y también de la epidemia, entre las que están también la malaria y la tuberculosis”.
Fascinación y futuro del cristianismo
Santo Padre, el cristianismo se ha difundido por todo el mundo partiendo de Europa. Ahora, muchos piensan que el futuro de la Iglesia se encuentra en los otros continentes. ¿Es verdad? O en otras palabras, ¿qué futuro tiene el cristianismo en Europa, donde parece que se está reduciendo a asunto privado de una minoría?
“Sobre todo yo querría introducir algún matiz. En realidad, como sabemos, el cristianismo nació en el Cercano Oriente, y durante mucho tiempo su desarrollo principal se quedó allí difundiéndose por Asia mucho más de lo que nosotros pensamos tras los cambios traídos por el Islam. Por otro lado, justo por este motivo, su eje se trasladó sensiblemente hacia Occidente y Europa, y Europa –estamos orgullosos y nos alegramos– ha desarrollado ulteriormente el cristianismo en sus grandes dimensiones también intelectual y cultural. Pero creo que es importante que recordemos a los cristianos de Oriente, ya que es el período en el que ellos, que han sido siempre una minoría importante, en relación fructuosa con el contexto circunstante, ahora emigren. Existe el peligro de que justo estos lugares que dieron origen al cristianismo se queden sin cristianos. Pienso que debemos ayudar mucho para que se puedan quedar. Pero ahora contesto a su pregunta. Europa se ha transformado, sin lugar a dudas, en el centro del cristianismo y de su movimiento misionero. Hoy los demás continentes, las otras culturas, entran con igual peso en el concierto de la historia del mundo. De este modo crece el número de voces de la Iglesia, y este es un bien. Es bueno que se puedan expresar los diferentes caracteres, los dones propios de África, de Asia y de América, en particular de América Latina. Naturalmente, todos ellos tocados no solo por la palabra del cristianismo, sino también por el mensaje secular de este mundo, que lleva también a los demás continentes la prueba irrebatible que hemos vivido en nosotros mismos. Todos los obispos del resto del mundo dicen: todavía necesitamos a Europa, aunque Europa es solo una parte de un todo más grande. Todavía tenemos la responsabilidad que nos da nuestra experiencia, de la ciencia teológica que ha sido desarrollada aquí, de nuestra experiencia litúrgica, de nuestras tradiciones, y también de las experiencias ecuménicas que hemos acumulado: todo esto es muy importante también para los otros continentes. Por eso es necesario que nosotros no nos rindamos, compadeciéndonos y diciendo: ‘Ya está, somos solo una minoría, intentemos al menos conservar nuestro número reducido’; sino que tenemos que conservar vivo el dinamismo, abrir relaciones de intercambio, para que en consecuencia de ahí nos lleguen nuevas fuerzas. Hoy hay sacerdotes indios y africanos en Europa, también en Canadá, donde muchos sacerdotes africanos trabajan de modo muy intenso. Es un dar y recibir recíprocos. Pero si nosotros en un futuro recibimos más, tendremos que continuar dando con un valor y un dinamismo crecientes”.
Se trata de un argumento que ha sido ya tocado, Santo Padre. Las sociedades modernas en las decisiones importantes sobre política y ciencia no se orientan en valores cristianos y la Iglesia –lo sabemos por las encuestas– está considerada la mayor parte de las veces solo como una voz que amonesta o que incluso frena. ¿La Iglesia no debería salir de esta posición defensiva y asumir una actitud más positiva en lo relacionado con el futuro y su construcción?
“Diría que en cualquier caso tenemos nuestro deber de poner de relieve lo que nosotros queremos de positivo. Y esto sobre todo tenemos que hacerlo a través del diálogo de culturas y de religiones, ya que, como ya he dicho, el continente africano, el alma africana y también el alma asiática están horrorizadas de la frialdad de nuestra racionalidad. Es importante que vean que aquí no hay solo esto. De forma recíproca es importante que nuestro mundo laicista se percate de que la fe cristiana no es un impedimento, sino un puente para el diálogo con los otros mundos. No es justo pensar que la cultura puramente racional, gracias a su tolerancia, tenga un acercamiento más fácil a las otras religiones. Le falta en gran parte ‘el órgano religioso’ y con este el punto de enganche a partir del cual y hacia el cual los otros quieren entrar en relación. Por eso debemos y podemos mostrar que, justo por la nueva interculturalidad en la que vivimos, la pura racionalidad desenganchada de Dios no es suficiente, sino que es necesaria una racionalidad más amplia, que ve a Dios en armonía con la razón, y es consciente de que la fe cristiana que se ha desarrollado en Europa es también un medio para hacer confluir juntas razón y cultura y para integrarlas también con las acciones en una visión unitaria y comprensiva. En este sentido, creo que tenemos un gran deber, es decir, mostrar que esta Palabra, que nosotros poseemos, no pertenece –por decirlo de algún modo– a los trastos de la historia, sino que es necesaria precisamente hoy”.
Santo Padre, en tiempos más recientes se habla de una nueva fascinación del catolicismo. ¿De qué y de dónde la vitalidad y la capacidad de futuro de esta institución por otra parte antiquísima?
“Diría que ya todo el pontificado de Juan Pablo II ha impactado a los hombres y les ha reunido. Aquello que ha ocurrido en ocasión de su muerte permanece como muy especial históricamente: cómo cientos de miles de personas se dirigían disciplinadamente hacia la Plaza de San Pedro, permanecían de pie por horas, y en lugar de desfallecer resistían movidas por una fuerza interior. Y después, lo hemos revivido en ocasión de mi pontificado y después en Colonia. Es muy hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta al mismo tiempo en una experiencia de fe, que se haga experiencia de la comunidad no solamente en un lugar cualquiera, sino que esta experiencia se convierta en más viva y dé al catolicismo su luminosidad intensa precisamente allí donde son los lugares de la fe. Naturalmente esto debe durar también en la vida cotidiana. Las dos cosas deben ir juntas. Por una parte, los grandes momentos, en los que se experimenta que es hermoso estar aquí, que el Señor está presente y que nosotros formamos una gran comunidad reconciliada más allá de todos los confines. Pero después, desde aquí, es menester también coger el empuje para resistir durante las fatigosas peregrinaciones cotidianas, y vivir a partir de estos puntos luminosos y orientarse hacia ellos, y saber invitar también a otros a formar parte de la comunidad en camino. Pero quiero aprovechar esta ocasión para decir que yo me siento enrojecer por todo aquello que se hace en preparación a mi visita, por todo aquello que la gente está haciendo. Mi casa ha sido pintada nuevamente, una escuela profesional ha rehecho el recinto. El profesor de religión evangélico ha colaborado para mi recinto. Estos son pequeños particulares, pero son la señal de lo muchísimo que se hace. Todo esto lo encuentro extraordinario, y no me refiero a mí mismo, lo considero signo de una voluntad de pertenecer a esta comunidad en la fe y de servir todos a otro. Demostrar esta solidaridad y dejarse inspirar en esto por el Señor, es una cosa que me afecta y por ello quiero también dar gracias de todo corazón”.
Próximos viajes
Santo Padre hablemos de sus viajes. Usted está en el Vaticano, posiblemente le cueste estar un poco lejos de la gente y separado del mundo, también aquí en el bellísimo ambiente de Castelgandolfo. Pero usted dentro de poco tendrá 80 años. ¿Piensa, con la ayuda de Dios, poder realizar muchos viajes? ¿Tiene idea de los que piensa realizar? ¿A Tierra Santa, Brasil? ¿Lo sabe?
“Verdaderamente no estoy tan solo. Efectivamente existen –por decirlo de alguna manera– las murallas que dificultan el acceso, pero hay una ‘familia pontificia’, todos los días muchas visitas, en particular cuando estoy en Roma. Llegan obispos, otras personas, hay visitas de Estado, de personalidades que quieren hablar conmigo también personalmente y no solamente de cuestiones políticas. En este sentido hay una multiplicidad de encuentros que gracias a Dios se me dan continuamente. Y es también importante que la sede del sucesor de Pedro sea un lugar de encuentro, ¿no es verdad? Desde el tiempo de Juan XXIII, después el péndulo ha cambiado en otra dirección: son los papas los que han comenzado a visitar. Debo decir que no me siento tan fuerte como para apuntar en la agenda muchos y grandes viajes, pero donde estos permiten dirigir un mensaje, donde –digamos así– responden a un verdadero deseo, los quisiera hacer, con la ‘dosis’ que me es posible. Alguna cosa está ya prevista: el próximo año en Brasil hay un encuentro del CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano, y pienso que estar allí será un paso importante en el contexto de las vicisitudes que América del Sur está viviendo intensamente, y para reforzar la esperanza que está viva en aquella región. Después quisiera ir a Tierra Santa, y espero poder visitarla en tiempo de paz, y del resto veremos qué me reserva la Providencia”.
Ser Papa, hoy
Yo le admiro cada miércoles, cuando celebra la audiencia general. Hay 50 000 personas. Debe ser agotador, muy agotador. ¿Usted consigue resistir?
“Sí, el Buen Dios me da la fuerza necesaria. Y cuando se ve la acogida cordial, naturalmente se queda uno animado”.
La mujer en la Iglesia
Santo Padre, las mujeres son muy activas en las diversas funciones en la Iglesia católica. ¿Su aportación no quedaría más visible, también, en lugares de mayor responsabilidad en la Iglesia?
“Sobre este argumento naturalmente se reflexiona mucho. Como usted sabe, nosotros pensamos que nuestra fe, la constitución del Colegio de los Apóstoles, nos obliga y no nos permite conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Pero además no hay que pensar que en la Iglesia la única posibilidad de tener un papel sea la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimos deberes y funciones. Para comenzar, las hermanas de los Padres de la Iglesia, para llegar a la Edad Media, cuando grandes mujeres han desarrollado un papel determinante, hasta la época moderna. Pensemos en Ildegarda de Bingen, que con fuerza protestaba respecto a los obispos y al Papa; a Catalina de Siena y a Brígida de Suecia. También en los tiempos modernos las mujeres deben –y nosotros con ellas– buscar, por decirlo de alguna manera, su justo lugar. Hoy, están bien presentes también en los Dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un problema jurídico: el de la jurisdicción, es decir el hecho que según el Derecho Canónico el poder de tomar decisiones jurídicamente vinculantes va unido al Orden sagrado. Desde este punto de vista hay límites, pero creo que las mismas mujeres, con su empuje y su fuerza, con su superioridad, con aquella que definiría su ‘potencia espiritual’, sabrán hacerse espacio. Y nosotros deberemos intentar ponernos a la escucha de Dios, para que no seamos nosotros quienes vayamos a impedirlo, es más, nos alegramos de que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el pleno lugar de eficacia que le conviene, comenzando por la Madre de Dios y por María Magdalena”.
Los Beatos y los Santos
Santo Padre, su predecesor ha declarado beatos y santos a un grandísimo número de cristianos. Algunos piensan que demasiados. Aquí mi pregunta: las beatificaciones y las canonizaciones aportan a la Iglesia algo de nuevo, solo si las personas pueden ser consideradas como verdaderos modelos. Alemania da relativamente pocos santos y beatos respecto a otros países. ¿Se puede hacer algo para que esta dimensión pastoral se desarrolle, y para que la necesidad de beatificaciones y canonizaciones den un verdadero fruto pastoral?
“Al inicio yo también era de la idea de que la gran cantidad de beatificaciones nos pudiese casi aplastar y que a lo mejor era necesario elegir más figuras que entraran más claramente en nuestra conciencia. Entre tanto he descentralizado las beatifi-caciones, para que se hagan más visibles estas figuras en los lugares específicos a los que estas pertenecen. Quizá un santo de Guatemala no interesa en Alemania y viceversa, uno de Altötting quizá no interesa en Los Ángeles, ¿no es así? Además, creo que esta descentralización será afín a la colegialidad del episcopado, con su estructura colegial, y que sea una cosa oportuna, justamente para poner de relieve que los diferentes países tienen sus propias figuras y que estas son eficaces en particular, en sus propios países. También he observado que estas beati-ficaciones en diferentes lugares tocan a innumerables personas y que la gente dice: ‘¡Finalmente es uno de nosotros!’ y va a él y vuelve inspirada. El beato pertenece a ellos, y nosotros estamos contentos de que haya muchos. Y si gradualmente también nosotros, con el desarrollo de la sociedad mundial, les conocemos mejor, es hermoso. Pero sobre todo es importante que también en este campo exista la multiplicidad y por eso es fundamental que también nosotros en Alemania aprendamos a conocer a nuestras propias figuras y a alegrarnos de ellas. Cerca de estas están las canonizaciones de las figuras más grandes, que son de relieve para toda la Iglesia. Yo diría que cada Conferencia episcopal debería elegir, debería ver qué es apto para nosotros, qué nos transmite realmente algo y deberían volverse visibles estas figuras –no demasiado numerosas– que dejan una profunda impresión. Pueden hacerlo a través de la catequesis, la predicación, quizá se podrían presentar también a través de una película. Puedo imaginarme películas muy hermosas. Yo, naturalmente, solo conozco muy bien a los Padres de la Iglesia: una película sobre Agustín, también una sobre Gregorio Nacianceno y su particular figura, su escapar continuo de las responsabilidades cada vez mayores que le venían asignadas, etcétera... Hay que estudiar: no existen solo situaciones desagradables en torno a las cuales hablan tantas películas nuestras, sino que hay figuras maravillosas de la historia, que no son para nada aburridas, y que son de gran actualidad. Por último, hay que intentar no cargar demasiado a la gente, y hacer visible para muchos las figuras que son actuales y que nos inspiran.
El humor y la propia imagen
¿Historias en las que haya también humor? En 1989, en Munich, se le hizo entrega de la condecoración del Kart Valentin Orden. ¿Qué papel desempeña en la vida de un Papa el humor y la ligereza del ser?
“Yo no soy un hombre (ríe) al que le vengan en mente continuamente chistes. Pero saber ver también el aspecto divertido de la vida y la dimensión feliz y no tomarse todo de forma trágica, esto lo considero muy importante, y diría que es también necesario para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más, si no nos diéramos tanta importancia.
Cuando se tiene un deber tan importante como el suyo, Santo Padre, de forma natural se es observado. Los demás hablan de usted. Y leyendo, me sorprendió lo que dicen muchos observadores, que el Papa Benedicto es una personalidad diferente del cardenal Ratzinger. ¿Cómo se ve a sí mismo?, si me puedo permitir hacerle esta pregunta.
“He sido ya seccionado en diferentes ocasiones: como profesor durante un primer período y el período intermedio, como cardenal primero y en el período sucesivo. Ahora llega una nueva división. Naturalmente, las circunstancias y las situaciones y también los hombres influyen, ya que se asumen responsabilidades diferentes. Pero –digamos así– mi personalidad fundamental y mi visión fundamental han crecido, pero en todo aquello que es esencial se han quedado idénticas, y yo me alegro de que ahora se pongan de relieve aspectos, que antes nadie notaba”.
¿Se podría decir que su deber le gusta, que no es un peso para usted?
“Esto sería decir demasiado, porque en realidad es cansado, pero de todas formas intento encontrar la felicidad también en esto”.




