glosas_01José Ramón Jiménez


Pensé arrancarme el corazón y echarlo,
pleno de su sentido alto y profundo,

al ancho surco del terreno tierno,
a ver si con partirlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo

el árbol puro del amor eterno.

j.r.j

 

glosas_02



La hermosa Andalucía –tierra de mi madre– es pródiga en hijos cuya obra intelectual es orgullo de España porque constituye una parte de su rico legado a la cultura universal. Al evocar una vez más a la noble y culta mujer que me dio el ser, dedico estas letras a un poeta de fino lirismo, Juan Ramón Jiménez, autor de ese hermoso poema en prosa, que ella puso en mis manos:

Platero y yo.1

 

 

Pinceladas de su vida

 

Nació Juan Ramón Jiménez en Moguer (provincia de Huelva, Andalucía), un día significativo para los cristianos, el 24 de diciembre del año 1881, en el seno de una familia de inmejorable posición económica y social. A los once años de edad ingresó en el colegio que tenían los jesuitas en el Puerto de Santa María. Para allá se fue “tristón” porque dejaba atrás “la ventana por donde veía llover sobre el jardín, mi bosque –dice el poeta–, el sol poniente de mi calle […]”. Pero en aquel plantel recibió el basamento cultural necesario para “echar a andar”, según su decir. Al egresar de aquella escuela, pasó algún tiempo en Sevilla. Tal vez fue su amor a la naturaleza –presente en su futura obra– el que lo motivó a incursionar en el arte pictórico. 

Con los años, los gratos recuerdos de su niñez estimularon su don poético: “La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios […]”. Por esos tiempos, “gran amigo de la soledad […]. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme en el jardín por las tardes […]”.2 

glosas_03José Ramón Jiménezy Zenobia CamprubiLas remembranzas de su pueblo y de su corretear por los campos las plasmó en preciosas composiciones dirigidas a la infancia (en prosa y en versos), que, como maestra, considero muy valiosas para los pedagogos de cualquier país, pues contribuyen a la formación de virtudes (valores) en los niños. En este caso se encuentra, por ejem-plo, “El carbonerillo Paler-mo”,3 prosa tierna y conmovedora, a mi juicio, ideal para fomentar en la sensibilidad de los alumnos, el amor y el respeto a los animales y a la naturaleza. Trata sobre “un chiquillo” que guardaba el carbón en el monte y lo traían al pueblo entre “una burra vieja” y él: “No se montaba nunca en la burra cargada con los sacos; la ayudaba con cuidado de niño”. 

Y continúa diciendo: “La burra era para él la compañera de lo más largo de su vida: burra madre, burra hermana, burra amiga […]. La burra era su espejo y su eco; lo era todo para él. Le llenaba el monte de vida tibia […]”.Cuando la burra aquel invierno “cayó mala, se echó y él no podía moverla”, ideó cuidarla a su manera: “La rodeó de paja, le traía yerba seca, le ofrecía su pan con aceite, su sardinilla, su naranja […]” y “echado contra ella”, le cantaba “sevillanas, peteneras, malagueñas con letra propia alusiva […]. Le encendió a la burra una buena candela y se la mantuvo […]. ¡Pero la burra se murió contenta!, decía con su lagrimón sucio tem-blándole”.5 

La evidente inclinación a las letras hizo que el joven andaluz abandonara los estudios de Derecho –que realmente poco le interesaban– para consagrarse a ellas. Se ha afirmado que en los años iniciales de su creación literaria influyeron los clásicos españoles (san Juan de la Cruz, fray Luis de León…). Aunque, por supuesto, procuró enriquecer su cultura leyendo las obras de otros eminentes autores universales, “tal como el autor las escribió”.6 Por eso estudió idiomas. En abril de 1900, animado por algunos de sus amigos, se trasladó a Madrid. Allí publicó sus primeros libros, entre los que se destacan Rimas (1902) y Jardines lejanos (1904), en los cuales “cultivó la complejidad formal del verso modernista”. Poco después, con Elegías puras (1908) y Poemas mágicos y dolientes “inició la búsqueda de una poesía desnuda de todo artificio, más pura”. Tras la publicación de Platero y yo (1914), siguieron sus poemas de plenitud, entre ellos los Sonetos espirituales (1914-1916), que releo cada vez que puedo.7

En la capital de España se destacó también por su actividad crítica en el diario El Sol y la fundación de revistas poéticas. Su influencia en los círculos literarios fue tal que lo consideraron –como el filósofo y ensayista José Ortega Gasset y el escritor Valle-Inclán– “uno de los más eximios intelectuales del momento”.8

La vida bohemia, su intensa actividad literaria y la envidia –de la que fue víctima–, lo deprimieron hasta el grado de regresar, abrumado, al hogar. Gracias a los cuidados fami-liares y al acendrado amor a su patria chica, logró recuperarse. Pero el repentino fallecimiento de su padre lo hizo recaer, por lo cual ingresó en un sanatorio francés, primero, y después en el Sanatorio del Rosario (Madrid). Posteriormente, con la quiebra económica de la familia debido a la ausencia paterna, su tendencia a los padecimientos nerviosos, lamentablemente, se acentuó.

glosas_05En 1916 contrajo matrimonio con Zenobia Camprubí Aymar, hija de padre español y madre puertorriqueña. Por ese motivo viajaron a Nueva York, donde ella tenía familiares e intereses. Durante la travesía escribió gran parte de su Diario de un poeta recién casado (publicado en 1917), una de sus mejores obras, según los críticos, “porque aportó abundantes elementos innovadores, como el verso libre”.9 De regreso a la patria, el matrimonio se estableció en Madrid donde residieron felices, durante veinte años de trabajo fecundo por lo cual una generación de jóvenes poetas, según el testimonio de Rafael Alberti, lo consideró “el hombre que había elevado a religión la poesía, viviendo exclusivamente por y para ella, alucinándolos con su ejemplo”.10 

La mal llamada –a mi juicio– “guerra civil” detuvo esa etapa de esplendor en la vida cultural de la nación española. Muchos de sus principales poetas marcharon al exilio. Juan Ramón y su esposa también optaron por marcharse de España. Esa fue una dura decisión para el eminente andaluz porque su sensibilidad se desgarraba al dejar atrás a su patria y a su pueblo. No era un político ni tenía vocación para ello. Pero, en aquellos tiempos convulsos, vio claro la responsabilidad que como intelectual le correspondía. Quería ver a España y a sus hijos libres y felices. “Y […] salió de su patria como representante del gobierno republicano […]”.11

Después de residir poco tiempo en los Estados Unidos y en Puerto Rico, un nuevo horizonte animó su alma: Cuba.

Corría el año 1936. El pueblo cubano no había podido recuperarse de la dolorosa secuela de sangre e injusticias que dejó la primera dictadura de la República, encabezada por Gerardo Machado.

El general Fulgencio Batista y Zaldívar se había convertido en “el hombre fuerte” de Cuba. El palmacristi y las golpizas entraron en acción –humillaciones que sufrieron mi abuelo paterno, Ricardo M. Cartaya, de más de setenta años de edad, y mi propio padre–. El cierre de la Universidad por segunda vez, los intereses políticos en pugna, la clausura arbitraria de publicaciones periódicas, y el exilio de escritores eminentes, entre otros hechos, produjeron en la población, según testimonios de mi madre, “inseguridad, desasosiego”. Muchas veces escuché en casa, cuando mi familia recordaba aquellos años, que “la gente buena de la cultura” se había preocupado por “lograr cosas, por cambiar cosas”. Refiriéndose a esas personas oí hablar, por primera vez, de “una joven maestra dominicana” que ejercía en la Escuela Normal (Camila Henríquez Ureña), y de Fernando Ortiz, “un intelectual tremendo”, según mamá, así como de otras personalidades de la época.

Fue, precisamente, don Fernando Ortiz, en su condición de presidente de la Institución Hispanoamericana de Cultura, quien invitó a Juan Ramón Jiménez a visitarnos ese año, como en 1930 había invitado a Federico García Lorca, también andaluz.

Es interesante que, en aquellas peligrosas circunstancias políticas, revistas como Social, Carteles o el Diario de la Marina acogieran en su espacio a intelectuales cubanos o foráneos para mantener viva “la llama de la cultura”, según palabras del inolvidable Jorge Mañach.

Tal era el ambiente que se respiraba en Cuba cuando Juan Ramón y su esposa desembarcaron en la bahía de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1936, y al día siguiente, es decir, el último día de ese mes, llegaron al puerto de La Habana.12

Los recibieron en el muelle figuras tan relevantes de la cultura nacional como don Fernando Or-tiz (el anfitrión) y José María Chacón y Calvo, entre otros. Pero también estuvo allí “un joven estudiante de Derecho, elegantemente vestido de dril blanco […] con la cabeza llena de proyectos de revistas y los bolsillos vacíos…” llamado José Lezama Lima.13

Juan Ramón –a pesar de su fama de hombre retraído y amante del silencio– se mostró desde el primer momento cordial y colaborador con los poetas e intelectuales en general, gozaran o no de fama en aquellos momentos. Descubrirlos le sirvió, dijo él, para descubrir en sí mismo sentimientos y facetas que desconocía.

El matrimonio se hospedó en el Hotel Vedado y fue por medio de Chacón y Calvo, excelente amigo de la familia Loynaz, que se conocieron Juan Ramón y Dulce María. Desde ese momento, a “la casa encantada”, como la llamara Lorca, iban casi diariamente Juan Ramón y Zenobia; de modo que disfrutaron de las famosas tertulias de los jueves en la casona de El Vedado. El poeta de Moguer era, según la apreciación de nuestra poetisa, un hombre de aspecto triste, meditabundo, de poco hablar. Corrían tiempos duros para España, y aquel insigne intelectual estaba, ciertamente, marcado por la guerra y el exilio. Para atenuar su zozobra, doña María le obsequió el radio que Carlos Manuel, su hijo, trajo de los Estados Unidos: los emocionaba contemplar el ahínco con el que oía el equipo, ansioso por escuchar las noticias de lo que acontecía en su patria.

En una prosa tan bella como todo lo que brota del corazón de un buen poeta, Juan Ramón evocó, en 1937, la primera visita a la residencia de los Loynaz. No logro sustraerme al deseo de obsequiarles un fragmento de ese texto: “[…] Una rosa final, esta rosa que traigo en la mano. Dulce María: ‘Las otras rosas están muy frescas todavía. Esta ha nacido antigua para mí junto al muro de mi dormitorio’. Y tengo siempre ¿y hasta cuándo? La rosa vieja de marfil amarillento y violado, doblada de nacimiento y sin morir preciso; cruda, yerta de otros días, permanencia gemela de su poesía dormida y despierta a la vez. Como ella, ardiente y nieve, carne y espectro, volcancito en flor; no pesadilla de otro ni, en sí, sonámbula”.14

Juan Ramón participó de las diversas actividades organizadas por el círculo republicano español, y en cuantos actos de solidaridad con la lucha de su pueblo se realizaron en La Habana.

Su labor en favor de la cultura cubana fue ingente. No se limitó a escuchar y sugerir a los poetas jóvenes inéditos –en las reuniones informales en la casona del Lyceum– lo que su experiencia le enseñó. Fue, indudablemente, un apasionado animador de la vida cultural habanera y, por ende, de la cultura cubana. Dictó un ciclo de conferencias convocadas por la Institución Hispanoamericana de Cultura: “Trabajo gustoso” (6 de diciembre); “El espíritu de la poesía española contemporánea” (13 de diciembre); y “Evocación de Valle-Inclán” (20 de diciembre).

El maestro Cintio Vitier, quien participó en esas fiestas de la poesía, dijo de la primera que “fue una lección de poética social”; a la segunda la calificó de “una lección de crítica poética, histórica o epocal”; y consideró la tercera como “la presentación breve, directa, intensa, concentrada, encarnizada, de un caso literario de primera magnitud”.

Al concluir dichas conferencias con éxito notable, “el andaluz universal”, como lo llamó Chacón y Calvo, volcó los sentimientos que le promovió nuestra ciudad, en su Diario poético (1936-1937):

 “La Habana está en mi imaginación y mi anhelo andaluces, desde niño. Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en Cádiz, en Sevilla. […] La extensa realidad ha superado el total de mis sueños y mis pensamientos; […] Mi nueva visión de La Habana, de la Cuba que he tocado, su existencia vista, quedan ya incorporados a lo mejor del tesoro de mi memoria. Desde este diario íntimo, gracias también a La Habana hermosamente escondida, al secreto de La Habana, a la tercera Habana que acaso no veré”.

También tuvo la iniciativa de organizar un festival de la poesía producida en Cuba en 1936, la cual acogió con entusiasmo su anfitrión; de modo que la convocatoria al concurso se publicó en Ultra (no. 8, febrero de 1937, p. 178). Fueron invitados a participar en el certamen “los actuales poetas de Cuba, por su cuna o por su arraigo en este país”. La “ardua faena” de la selección, fue confiada por don Fernando Ortiz a tres “esclarecidas personalidades”: el “poeta iniciador” (Juan Ramón), el “connotado crítico” doctor José María Chacón y Calvo, director de Cultura en la Secretaría de Educación en aquellos momentos, y la doctora Camila Henríquez Ureña, profesora de Literatura en la Escuela Normal de Maestros y secretaria de la institución.15

La mañana del 14 de febrero de 1937 es una fecha que merece ser recordada por la cultura cubana. Con una temperatura muy agradable y el corazón latiendo más fuerte en el pecho de muchos de los presentes, tuvo lugar “una lectura pública de algunas de las poesías más representativas, leídas casi todas por sus mismos autores…”, el poeta inédito José Lezama Lima fue uno de ellos.

El acto tuvo un éxito tan resonante que don Fernando Ortiz, en nombre de la Sociedad que representaba, decidió publicar “este florilegio”, cuidado personalmente por Juan Ramón, a quien llamó “maestro de poetas”. Y así se hizo.

El poeta andaluz tituló al prólogo “Estado poético cubano”, el cual me parece que subraya la necesidad de que “los poetas cubanos busquen un camino propio”.

“Me toca ser, en estos 1936-1937, el testigo amoroso de la opulenta flor poética cubana que se está logrando por lado diverso en auténtico fruto […]”, dice el eminente escritor. Lo que había entrevisto de lejos, lo había visto de cerca: “[…] Cuba empieza a tocar lo universal (es decir, lo íntimo) en poesía, porque lo busca o lo siente, por los caminos ciertos y con plenitud desde sí misma […] busca en su bella nacionalidad terrestre, marítima y celeste su interna-cionalidad verdadera”.16

Más adelante dice: “La historia crítica y el mejor ejemplo de la poesía cubana contemporánea, desde Martí y Casal, dos fuentes indudables de ella, hasta Juan Marinello (1899), Dulce María y Enrique Loynaz, en quienes, de los primeros, la onda interior, la ilusión inefable subieron en voz clara, libre y sencilla, de buena influencia universal y seguridad subjetiva de cualquier parte […]”.17

Juan Ramón sostuvo el criterio de que en el continente americano debía existir, en cuanto a la cultura general, unidad de tiempo: “Toda América –afirma– tiene su tiempo en sí misma. […] Un continente tiene su alma unida. (Estoy fuera del campo político; dentro, creo en las dos, en las tres Américas)”.18

El pensador y poeta declaró que la norma que lo ha guiado en la elección de las poesías “ha sido espiritual”. Y aclara: “He ido de dentro a fuera, por la línea libre y clara, que es la única que une la verdadera poesía de todo el mundo y de todos los tiempos. […] He elegido, pues, lo que a mi juicio significaba pensamiento y sentimiento íntimos expresados con la palabra necesaria y suficiente. […] No creo en otra poesía”. Y dice más: “Cuba es ahora Cuba. Su poesía, que tiene ya plenitud, debe seguir teniendo acento propio […]”.19

Juan Ramón Jiménez seleccionó a 63 autores de los que se inscribieron en el concurso (entre paréntesis escribo el número de sus poesías que fueron publicadas), entre ellos: Agustín Acosta (7), Mirta Aguirre (6), Dora Alonso (2), Emilio Ballagas (11), José A. Buesa (7), Samuel Feijóo (1), Eugenio Flori (12), Mercedes García Tudurí (3), Ángel Gaztelu (11), José Lezama Lima (8), Carlos Loynaz (3), Dulce María Loynaz (12), Enrique Loynaz (4), Serafina Núñez (7), Manuel Navarro Luna (3), Regino Pedroso (4) y Virgilio Piñera Llera (1).

Juan Ramón Jiménez consideró críticamente su labor en ese festi-val de la poesía como “la aprehensión momentánea y sintética de un poeta español que ha querido saturarse de la poesía cubana que ha visto; el latido directo que ha sentido, en el día de su vida cubana, de la poesía cubana más palpitante […]”.20

Por la Nota que el autor incluyó en el Apéndice del libro citado se desprende que no todos los autores que enviaron sus obras entendieron su concepción del concurso: “siempre pensé que fuese como el granero de la cosecha mejor o buena de los poetas cubanos en 1936. […] No un álbum de escritores que poetizan amenamente […], sino un libro juvenil, profuso, vivo, una floresta anual de busca, de intento, de ansia… y de defectos. Con sus cabezas, sus cimas, siempre”. Sus normas siempre han sido “y así lo he escrito hace años”, dice, “amparar a los jóvenes, exijir [sic], castigar a los maduros y tolerar a los viejos. A mí me he exijido [sic] y castigado más que a nadie, y prueba de ello es el proceso de mi obra y de mi vida”.21

Epílogo

El 23 de agosto de 1938, Juan Ramón y su esposa realizaron un viaje a Nueva York, urbe donde vivían los hermanos de ella. Fue durante esos tres meses de ausencia cuando el poeta de Moguer envió a Lezama una postal donde era perceptible la nostalgia de Cuba, preludio de su definitiva ausencia de la Isla. Pero también de una larga relación epistolar con el eximio poeta y novelista cubano, quien llegó a valorar como uno de los hechos más importantes de su vida: “Mi amistad con el poeta Juan Ramón Jiménez, cuando visitó La Habana en 1936. […] Colaboró Juan Ramón en todas las revistas que hicimos y hasta el final nos acompañó con sus consejos, con su ejemplo, con su poesía”.22 

El 28 de enero de 1939, Juan Ramón y su esposa se alejaron definitivamente de las costas de Cuba, rumbo a Miami, donde Zenobia tenía familiares. Posteriormente, se trasladaron a Puerto Rico, donde se dedicaron ambos a la enseñanza en la Universidad de Río Piedras, en la cual se conservan las memorias del matrimonio.

En una carta que Lezama le escribió a Zenobia, en junio de 1955 –afirma A. Alegre Heitzmann–, refiriéndose a lo que representó para él conocer a su esposo, le dice: “Algo como un permanente estado de conciencia, con la aclaración de mi destino, como la marca de mi incesante furor poético. Creo haber sido siempre fiel a sus señales. Y haber engendrado en mi país un movimiento poético que se ha hecho historia, imagen operando en la historia”.23

El eximio poeta rechazó siempre la reiterada solicitud de sus sobrinos de que regresara a España: no lo haría mientras no se restableciera la libertad en su país. Al enfermar Zenobia de cáncer, le rogó muchas veces que regresara a la patria tan añorada cuando ella cerrara los ojos definitivamente: no quería dejarlo solo porque bien sabía lo que su ausencia significaría para él… Tal vez esa fue su única petición que él no complació. Recibió el golpe más duro de su vida al fallecer, el 28 de octubre de 1956, la mujer que fue para él, hasta el final de sus días, “novia, esposa, amante y amiga”. Tres días antes, supo que la Academia Sueca le había concedido el Premio Nobel de Literatura. El poeta de la ternura vivió, a medias, hasta que partió a su encuentro el 29 de mayo de 1958.

Juan Ramón Jiménez legó a Cuba su presencia imborrable en la cultura, en el tiempo y en sus mensajes al pueblo. He aquí uno de ellos:

“¿Una isla? ¿Una hermosa isla? Sí, muy hermosa. […] Cuando el mar de una isla no es sólo mar para ir a otra parte, sino para que lo pasee y lo goce, mirando hacia dentro, el cargado de conciencia universal tanto como el satisfecho inconsciente [sic], esa isla será alta y hondamente poética, no ya para los de fuera sino, sobre todo, para los de dentro. Hay que ir al centro siempre, no ponernos en la orilla a aullar a otra vida mejor o peor de nuestro mismo mundo, peoría o mejoría que puede ser la muerte”. (La Habana, marzo, 37).

Notas

glosas_061 Relato autobiográfico. En la actualidad, las ediciones de esta obra maestra suman en el mundo varios millones de ejemplares.
2 Colectivo de autores: Lecturas 1, La Habana, Instituto del Libro, septiembre de 1967, p. 47.
3 Palermo: pueblo español de la provincia de Huelva.
4 Ob. cit., p. 148.
5 Ibídem, p. 149.
6 Entre ellos: Gustavo A. Bécquer (Sevilla, 1836-1870); Rosalía de Castro (Galicia, 1837-1885); Victor Marie Hugo (Francia, 1802-1885); Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832); Alfred de Musset (Francia, 1810-1857), Enrique Heine (Alemania, 1787-1856).

7 Véase Diccionario de biografías, Barcelona, Editorial Océano, p. 506.
8 Ibídem.
9 Ibídem, p. 506.
10 Emilio de Armas: “Prólogo” de Juan Ramón Jiménez, Poesía, La Habana, Editorial de Arte y Literatura, 1982, p. 12.

11 Ibídem, pp. 12, 13.
12 Consúltese Jorge Domingo Cua-driello: Diccionario biobibliográfico de escritores españoles en Cuba. Siglo XX, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2010, p. 129.
13 Alexandra Riccio: “El secreto de Cuba en Juan Ramón Jiménez y María Zambrano”, Opus Habana, volumen V, número 1/2001, Oficina del Historiador de la Ciudad, p. 6.
14 Pedro Simón (comp.): Dulce María Loynaz, La Habana, Valoración Múltiple, Fondo Editorial Casa de las Américas y Editorial Letras Cubanas, 1991, p. 101.
15 Veáse La poesía cubana en 1936, México D.F., 2004, p. VIII.
16 Juan Ramón Jiménez: “Prólogo” de La poesía cubana en 1936, ed. cit., pp. XII, XIII.
17 Ibídem, p. XIV.
18 Ibídem, p. XVI.
19 Ibídem, p. XIX.
20 Ibídem, p. XVI.
21 Ibídem, p. XXV.
22 Roberto Méndez Martínez (comp.): José Lezama Lima, La Habana, Valoración Múltiple, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2010, pp. 20, 21).
23 Disponible en:   www.jornada.unam.mx