Máximo Gómez1. El Centro Cultural Alejo Carpentier, que dirige nuestra doctora Graziella Pogo-lotti, ha estado brindando un ciclo de conferencias sobre “lo íntimo de la Historia”. Fue iniciado por el Dr. Eusebio Leal sobre Carlos Manuel de Céspedes. Se sirvió de sus conocimientos vastísimos sobre el Padre de la Patria y, de manera muy especial, del llamado Diario perdido. Continuó con una “visita” a los diarios y apuntes personales de José Martí. El tercer encuentro tuvo como tema congregante La familia de Máximo Gómez, a cargo del profesor Antonio Álvarez Pitaluga, de quien había oído hablar –con encomio– a sus alumnos, pero ni lo conocía personalmente, ni sabía que estaba editado el libro (Editora Política, La Habana, 2008) que da título a esta apostilla y a la conferencia del pasado martes 24 de enero y que contiene una pequeña parte de sus investigaciones sobre el Generalísimo y de algunas de sus claves exegéticas para acercarse a esa inmensa columna fundacional de nuestra historia republicana, que fue nuestro Chino Viejo. El profesor tuvo la gentileza de obsequiarme su ejemplar del libro al final de la conferencia.
2. Escuchar al profesor Álvarez Pitaluga ha sido un regalo para mi entendimiento. En primer lugar, por el contenido de su intervención –al que me voy a referir después– pero, además, por sus dotes de comunicador, realmente extraordinarias. Se expresa con suma y amena corrección, amable convicción, gestualidad y énfasis adecuados y con todas las demás notas que queramos añadir a quien posee en alto grado el carisma de la elocuencia oratoria, poco frecuente entre los académicos, casi siempre atados a la lectura de un texto más bien chato, que no logra atraparnos oralmente; es probable que bien redactado y rico de contenido, pero al que le entraríamos con más facilidad por medio de la lectura personal, no tanto por medio de la audición comunitaria, que puede llegar a resultarnos cansina. Esa tarde, en el Centro Carpentier, los numerosos asistentes mantuvimos la atención bien despierta y las neuronas trabajando con ardor criollo, motivándonos preguntas silenciosas, dudas por aclarar, confirmaciones y aquiescencias, entusiastas casi siempre.
3. La armazón de la conferencia y del libro nos viene dada por la presentación objetiva de la familia Gómez-Toro y, en cierta medida, también por los hijos extrama-trimoniales de Gómez. El profesor afirma –y lo secundo– que el “misterio” que nos ha obstaculizado la mejor comprensión posible de la figura del Generalísimo ha sido la ignorancia generalizada acerca de su núcleo familiar más íntimo: esposa, hijos matrimoniales y extramatrimoniales –viviendo en íntima comunión– y sus hermanas Regina y María de Jesús. Es cierto que en nuestros libros de historia pocas referencias valiosas encontramos en torno a las familias de nuestros héroes. Y en todos, en mayor o menor grado, las familias son el “misterio” que acompaña y arroja las mejores luces sobre esas personalidades y sobre muchos de los hechos de sus vidas y de las decisiones, de diversa importancia, que tomaron. El Generalísimo Máximo Gómez no fue una excepción.
Manana4. Todos sabemos que Máximo –dominicano por origen y cubano por leal adopción– estuvo, primero, unido en matrimonio consensual y, luego, casi inmediatamente, de manera formal, con Bernarda Toro, Manana, procedente de Jiguaní y de entera familia mambisa, desde los inicios de la Guerra de los Diez Años. Se habían conocido, Manana y Máximo, hacia fines de 1868 o principios de 1869; el flechazo fue instantáneo y la decisión de estar juntos no podía demorar. Tuvieron muchos hijos, durante la Guerra Grande y después; algunos no sobrevivieron a su primera infancia, debido a las condiciones bélicas y a la escasez económica que, casi siempre, acompañó al matrimonio en el período entre guerras.
5. De todos los hijos, el más conocido, desde entonces y en nuestros libros de historia, es Francisco –Pancho, Panchi-to–, el que cayó junto a Maceo, en los campos de San Pedro, el 7 de diciembre de 1896. Martí y Maceo lo apreciaron sobremanera y él estaba en Cuba para encontrarse y acompañar a su padre, Máximo, quien, a la sazón, se encontraba en la campaña de Las Villas. Ha sido siempre una especie excepcional de héroe juvenil –cuando murió tenía apenas 20 años–, arrojado, valiente, conocedor analítico de las situación de Cuba, hermoso y casi mítico, como los héroes de la Ilíada. El dolor de Máximo al saber la noticia fue, quizás, el más fuerte y estremecedor de su vida: por la muerte del hijo que venía a su encuentro para combatir por Cuba, pero también para acompañarlo y cuidarlo; la soledad del Viejo en Cuba era una de las grandes preocupaciones de Manana y de los hijos en Santo Domingo. Además, y quizás sobre todo, por el hecho de que Pancho había sido ultimado por medio de un machetazo. La palabra machetazo irrumpe una y otra vez en el Diario de campaña del Generalísimo Gómez. Le martillaba sin misericordia las junturas del alma y del corazón. Aquella familia no pudo ser igual después de la muerte del gallardo y responsable Panchito.
6. Ruego me permitan ahora una disgresión familiar que, me parece, ilustra la actitud de los criollos independentistas y de buena sangre ante la tragedia de aquel 7 de diciembre de 1896. Día de dolor inmenso para los cubanos de veras fue la muerte de Maceo y de Panchito; día, sin embargo, que se celebró en La Habana con brindis y banquete en algunos círculos hispanos, no en todos. Tengo entendido que los más sonados e irrespetuosos fueron los organizados por el Diario de la Marina, debido a lo cual ni en mi casa, ni en la de muchos De Céspedes y García Menocal nunca más entró el Diario…, ni siquiera pasado el tiempo, a pesar de la calidad que llegó a adquirir. Con el correr de los años, se podía ser amigo de miembros de la familia Rivero y una de mis primas se casó con uno de ellos y mi madre fue muy buena amiga de algunas señoras de la familia, pero… el Diario…, ¡no! Siendo yo niño, visitaba con frecuencia a mi tío abuelo Serafín García Menocal y Deop (Papafín) y a su esposa María Luisa Aranguren (Mamita), en su casona de la calle Patrocinio, en La Víbora, para verlos a ellos, muy queridos en la familia, sobre la que ejercían una especie de patriarcado más que merecido, y para jugar con mis primos, sus nietos. Un día, siendo Papafín ya muy anciano, llegó a visitarlo un amigo, anciano como él, con el ejemplar del día del Diario de la Marina, doblado bajo el brazo. Cuando Papafín se percató de lo que era, lo sacó sorpresivamente de bajo el brazo del amigo, lo arrojó al suelo y, a patadas, lo fue llevando hasta la puerta y luego por la gran escalinata que conducía desde la sala hasta la acera. “¿Cómo te atreves –repetía– a entrar en casa de un García Menocal con el Diario de la Marina? ¿Ya se te olvidó el 7 de diciembre?”. De eso hace entre 65 y 70 años y nunca he olvidado la escena que, después, me explicaron. Lo más sorprendente, a mis ojos infantiles, resultó ser la actitud del amigo. No se ofendió: ¡le pedía disculpas a Papafín por el descuido!
7. Máximo Gómez fue el único de los grandes héroes que sobrevivió todas las guerras y la dura emigración. Su prestigio en Cuba, en el seno del pueblo era inconmensurable (¡a pesar de la Asamblea del Cerro!). Manana y los hijos, ya reunidos en Cuba, daban henchimiento y poso existencial al enteco anciano que se iba apagando a ojos vista. Falleció en la tarde del 17 de junio de 1905. El presidente don Tomás Estrada Palma –que había estado muy presente junto a la familia durante la agonía del Generalísimo– decretó tres días de duelo nacional. Su cadáver recibió honores militares de Presidente de la República y fue velado en el Salón Rojo del antiguo Palacio de los Capitanes Generales, ya entonces Palacio Presidencial. El sepelio tuvo lugar el martes 20 a las 3:00 p.m. Así vivió el Generalísimo y su propia vida es el mejor mensaje que nos ha dejado a los cubanos. Y ese mensaje incluye su amor y su concepción de la familia.
Máximo Gómez junto a José Martí8. Las lagunas que le podría señalar al libro y a la conferencia del profesor Álvarez Pitaluga no son vituperables; son la consecuencia natural de la extensión posible de ambas obras. Sé que el profesor tiene abundante material compilado acerca de Máximo Gómez. Llegará la ocasión en que se dejará ver y entonces las lagunas desaparecerán. Mientras tanto, seguiré cargando con mis “dudas” acerca de las diferencias o desavenencias que hubo entre el Chino Viejo, a veces difícil, y algunos de mis antepasados, tanto del lado De Céspedes, como del lado García-Menocal. Al fin y al cabo, las hubo también entre el Generalísimo y Maceo y Martí. Y estimo que nadie debería dudar de la confianza y del aprecio que se tenían. Así he entendido yo los desacuerdos con algunos miembros de mi familia y que nada tenían que ver con la honra reconocida, la admiración y el aprecio personal. Todavía recuerdo cuando mis padres me mostraron, en casa, siendo yo todavía un niño pequeño, aquella edición del extenso Diario de campaña. Tengo en la memoria bien guarda la frase que me dijeron: “Míralo bien: cuando seas grande tendrás que leerlo si quieres conocer la historia de nuestro país”.
La Habana, 30 de enero de 2012.




