Credo ut intelligam

Por: Pedro Luis Landestoy

 Nací a finales de los años ochenta en una familia atea que no me enseñó o siquiera habló sobre Dios y la fe. Hacía décadas que mis antepasados se habían alejado de la práctica religiosa y no quedaba nada que recordara aquellos tiempos en mi hogar. No fui bautizado ni recibí catequesis, pero al inicio de mi adolescencia el Señor me llamó. Al comenzar mis primeros cuestionamientos existenciales noté un gran vacío espiritual que no se debía en absoluto a una falta de cariño o atención o a un rechazo social: amor y amistad tenía en abundancia. Sin embargo, por encima de las buenas relaciones familiares y sociales, necesitaba algo más; tal vez el encuentro con lo infinito, con una realidad trascendente que calmara la sed —inherente al ser humano— de eternidad.

Hace unos días, cuanto evocaba ese comienzo, esa llamada, un amigo me preguntaba si mi encuentro con Dios había sido un proceso espiritual o racional. Dicotomía, que se me presentaba y que me hacía volver sobre aquellos primeros momentos de mi búsqueda en la fe. Le respondí que no concebía una cosa sin la otra, en mi experiencia y —le acotaba— imagino que en la de todos, espiritualidad y razón han de ir juntas para vivir con autenticidad la fe.

En efecto, mi camino de fe comenzó como una conmoción espiritual, un impacto profundo y transformador ocurrido por mi encuentro con lo Absoluto; pero enseguida brotó esa necesidad racional de tratar de comprender lo que sentía y a lo que me entregaba. En mí, además reforzada por la ausencia de referentes familiares o de amigos y mi falta de educación religiosa. Sentía a Dios, pero no lo conocía. Creía sí, pero no sabía muy bien en qué. Entonces empecé a leer, a meditar, a estudiar, a buscar, a darle nombre a Aquel que tocaba mi alma. Es así como la respuesta que di fue: yo soy creyente por una necesidad espiritual, pero católico por una búsqueda y opción racional.

Después de aquella afirmación, sustentada principalmente en mi experiencia, comencé, sin embargo, a cuestionarme sobre estos aspectos, esenciales para la persona en su búsqueda de la Verdad y de sí mismo. ¿Qué es la fe? ¿Puede llegarse a ella desde la razón? ¿Puede llegarse a ella sin la razón? Cuestiones todas a las que mentes mucho más agudas que la mía han dado ya respuesta y a las que acudí de inmediato.

Los papas Francisco y Benedicto XVI, en una encíclica redactada a cuatro manos, nos dicen que: “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida” (Lumen Fidei, §4). Esta frase nos hace caer en la cuenta de que la fe es un don recibido de lo Alto: don gratuito ya que no debemos entregar nada a cambio de él, e inmerecido porque tampoco hemos hecho nada para ganarlo. Pero, continúan los pontífices: “(…) la Iglesia nunca presupone la fe como algo descontado, sino que sabe que este don de Dios tiene que ser alimentado y robustecido para que siga guiando su camino” (Id., §6). Es entonces cuando nos percatamos de que ese don teologal ha de increparnos en su desarrollo, en su sobrevivencia; porque, si bien la fe nos viene dada, vive y crece por nuestro esfuerzo y constancia.

La fe nace en el ser humano con una necesidad de búsqueda o, mejor, de encuentro. Así, puede surgir por el estudio y la contemplación de lo circundante, de la creación y de sí mismo, pero ese estudio ha de desembocar en una apuesta por la trascendencia, en un acto de confianza, en un sí al mensaje que se nos revela y al que la razón per se no puede llegar. Por otra parte, la fe puede también ser precedida por la certeza de lo trascendente, por la comunión espiritual con el Creador, pero entonces surgirá la necesidad de verlo, de escucharlo, de saber de Él. Nos dice san Juan Pablo II: “Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la razón de levantarse más allá de lo contingente para ir hacia lo infinito” (Fides et ratio, §24).

“La fe no solamente se cree, se piensa —decía san Agustín—. Si no existe pensamiento no existe la fe”; esto crea una simbiosis armónica en el proceso de descubrimiento de Dios porque nos acercamos a Su misterio desde nuestro limitado intelecto. A la divinidad no la comprenderemos nunca a plenitud, por lo que para acercarnos a ella hay que dar un salto de confianza, pero a su vez para llegar a ese abandono es necesario saber que ahí está la Verdad, para ello se tiene que transitar un camino racional que nos conduzca a esa conclusión. Nuestro pensamiento nos dice que ahí está, aunque no pueda verlo, nuestro sentimiento nos arroja a su presencia, que solo podemos entrever con la fe. En esta aparente paradoja encontraba el obispo de Hipona la respuesta que le satisfacía: “(…) empecé ya a dar preferencia a la doctrina católica, porque me parecía que aquí se mandaba con más modestia, y de ningún modo falazmente, creer lo que no se demostraba —fuese porque, aunque existiesen las pruebas, no había sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen—” (Confesiones VI, 5, 7).

En mi búsqueda y encuentro con Dios, la fe provino del espíritu y de la mente armonizando lo que aparentemente está separado, dándole evidencia a lo que siempre ha estado unido en el ser humano. Bien lo decía san Juan Pablo II: “La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón” (Fides et ratio, §43). Esta visión, no solo entiende al creer y pensar como dos realidades compatibles, sino que las presenta como una sola realidad, motor del crecimiento y formación de la persona.

A Dios no se le entiende, se le cree; pero para creerle hay que conocerlo. Profesar la fe es también pensarla, rumiarla, discernirla. Como bien decía san Anselmo: “Credo ut intelligam” (Proslogion, 1), es decir: Creo para poder entender. La fe busca la comprensión. No obstante, es inútil e insano quedarse en la indagación, hay también que vivirla, transformarla de intelectual en existencial. Una fe solo pensada es estéril, aunque una fe no pensada es vacía. Hagamos, pues, comunión de vida, espiritualidad y pensamiento para ser hombres y mujeres de fe, de esperanza y de amor. W

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