La cuaresma y la libertad

Por: Marie-Heidi Pérez - Imagen creada con IA

la cuaresma y la libertad
la cuaresma y la libertad

El tiempo cuaresmal es para muchos un período de prohibiciones: dejar el cigarro, privarse del dulce, no ver la novela, dejar de lado las habladurías. Pero la Cuaresma es mucho más que eso. Es una invitación que se nos hace para aprovechar más la vida, es una oportunidad para ganar en libertad, pero no una libertad cualquiera, sino la que solo nace de Dios.

En el contexto cubano donde la espera se vuelve costumbre —la cola interminable, la conversación en la esquina, el ingenio para inventar y resolver cada día—, no resulta extraño preguntarse cómo alcanzar esa anhelada libertad del espíritu. Para el cristiano, sin embargo, los recursos no están en la lejanía ni en la acumulación de esfuerzos humanos. Están al chasquido de los dedos: en un retiro, un viacrucis, una homilía, en la oración, en los acontecimientos diarios, porque Dios no cesa de expresarse al hombre de diferentes modos, y aguarda con paciencia la maduración de los frutos.

La libertad no es hacer lo que quiera cuando me plazca, pues sería más bien un descontrol; la verdadera liberación brota de la capacidad de elegir lo que nos hace bien, de decir que «sí» a lo que nos llena de verdad y «no» a lo que nos ata.

Dios ofrece una emancipación que no depende de las circunstancias; una que sostiene, aunque falte el pan, aunque la cosa esté dura, aunque no se vea salida. San Pablo lo dijo: «Para ser libres nos liberó Cristo» (Gálatas 5, 1). Pero esta no es solo externa, no se reduce a las cadenas que nos oprimen, ni a la mano que manda a callar, sino que nace desde el interior. Y desde dentro también se convierte en semilla: porque quien es realmente libre provoca una reacción positiva en el otro y un despertar de conciencia.

Entonces, ¿de qué independiza Dios al ser de buena voluntad durante este tiempo? De aquello que nos resta humanidad: de la prisa que no nos deja escuchar, del ruido que ahoga la voz del Espíritu, de la autosuficiencia que nos hace creernos autónomos. También de las cadenas más sutiles: el rencor, que se guarda, la mirada crítica que no sabe perdonar, el miedo que nos empequeñece, la tristeza que nos roba la esperanza, la apatía que nos impide soñar, el cansancio del alma que nos hace vivir en modo automático. Esas cadenas nadie las impone por decreto, las vamos forjando sin darnos cuenta.

La liturgia cuaresmal actúa como un cirujano delicado: con sus lecturas bíblicas (el Éxodo, Elías, el ciego de nacimiento, Lázaro) nos va poniendo delante del espejo de nuestra propia necesidad de ser rescatados.

Es conocido que las grandes transformaciones que opera Dios en el hombre no siempre llegan de golpe, sino que el ser humano las gana en lo pequeño. En decidir perdonar, aunque la otra persona no lo merezca. En dejar de maldecir la vida y empezar a dar las gracias por lo que sí tienes. En negarte a que la dureza te endurezca el corazón. Cada vez que eliges eso, aunque nadie te vea, estás ganando un pedazo de libertad, y esta nadie te la puede quitar, ni la falta, ni las dificultades, ni la estresante cotidianidad.

Al final, cuando llegue la Pascua, no consiste en haberse sacrificado mucho para sentirse orgulloso. Se trata de sentirse más ligero, más capaz de amar. Porque una persona libre en el corazón siembra esperanza donde vive.

¿Y qué es la Resurrección sino eso? El nacimiento a una nueva vida, donde todos somos hermanos, donde el pecado, lo malo que hice o lo bueno que dejé de hacer no me define, sino que gano una oportunidad de vivir en plenitud, pero no de manera pasajera durante solo cuarenta días del año sino en mi quehacer diario. Así de bello es el Cristo libertador, el Cristo que se nos regala en la Pascua.

Abrazar la plenitud no es lograr la felicidad permanente, pues eso es improbable: es saber que la vida tiene sus luces y sus sombras. ¿Y cómo puedo hacer yo para que mi hermano, mi pueblo, viva menos en tinieblas y reconozca que él también merece la luz? Este es el sueño que tenemos y queremos alcanzar los cristianos cubanos, el despertar de una Cuba para Cristo, que está llamando a nuestra puerta con esta petición: levántate.

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