
En medio de la adversidad, las iglesias en Cuba se convierten en espacios de aprendizaje, encuentro y esperanza.
La mañana era calurosa, como suele serlo en La Habana Vieja. Pero dentro del Antiguo Convento de Belén, el ambiente era distinto. No se respiraba el polvo del tiempo ni el cansancio de los años; se respiraba atención, escucha, deseo de aprender.
Un grupo de adultos mayores, con sus manos curtidas y sus miradas vivas, seguían atentamente las palabras de las doctoras Georgina Zayas y Zulema Marrero, del Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología. No era una clase cualquiera. Era un taller de nutrición, pero también un acto de cuidado.
En un país donde la alimentación se ha vuelto un desafío cotidiano, donde las colas y la escasez son parte del paisaje, una iniciativa como esta no es menor. No se trata solo de enseñar qué comer; se trata de decirle a un adulto mayor: «Usted importa. Su salud importa».
La Oficina del Historiador, junto a la ONG Arcs Culture Solidali y el financiamiento de la Iglesia Valdense, han entendido que la seguridad alimentaria no es un asunto técnico, sino profundamente humano.
Esa misma vocación de servicio se respiraba en otro rincón de La Habana. La Iglesia Cuáquera, esa comunidad silenciosa que cree en la paz como práctica cotidiana, abría sus puertas para recibir a catorce personas del occidente del país. No venían a una celebración litúrgica. Venían a formarse como facilitadores, a aprender herramientas para la transformación, a sumarse al equipo de Proyecto Alternativas a la Violencia (PAV) Cuba, porque en medio de una sociedad que a veces parece fracturada, los cuáqueros insisten en que el diálogo y la no violencia son caminos posibles. Y lo enseñan, lo comparten, lo encarnan.
«Alternativas a la violencia», «poder que transforma»: no son solo lemas. Son apuestas concretas en un contexto donde la desesperación puede llevar a la quema de basura en las esquinas, como hemos visto en Centro Habana, o al desánimo profundo. La Iglesia Cuáquera predica y forma. Y lo hace para que otros formen. Es la cadena que sostiene la esperanza.
Y mientras unos aprendían sobre nutrición y otros sobre facilitación, en el Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela se gestaban dos semillas. La primera, la XXVI Escuela de Verano para Educadores, convocaba a maestros, catequistas, animadores.
Tres días de formación, del 3 al 5 de agosto, con un tema que duele y resuena: «Mantenerse motivado en la adversidad». Porque educar en Cuba hoy no es fácil. Las aulas tienen carencias, los materiales escasean, las familias están agotadas, pero el Instituto, fiel a su legado, insiste en que la educación es el camino. Y ofrece herramientas concretas: manejo del bienestar emocional, el valor de la diferencia, incluso inteligencia artificial en el aula.
La segunda semilla está dirigida a los más jóvenes. La II Escuela de Verano para Jóvenes Universitarios se celebraba entre el 27 y el 31 de julio, en la Casa Sacerdotal San Juan María Vianney, en El Vedado.
No fue un curso menor: tres propuestas formativas que buscan articular pensamiento crítico y acción. La licenciada Yuanling Fong Albite introdujo a los participantes en la ciudadanía desde la filosofía y la teoría política. La doctora Mayra Paula Espina Prieto, socióloga de larga trayectoria, ofreció un diagnóstico de la sociedad cubana actual, pero también herramientas para construir desde esa realidad. Y las emprendedoras Lisandra Tejera y Anisel Ríos invitaron a los jóvenes a dar el primer paso para mover sus ideas, para atreverse a emprender.
¿Qué busca la Iglesia con esto? Formar a ciudadanos conscientes, críticos, capaces de leer su tiempo y de incidir en él. Porque la fe, cuando es madura, no huye del mundo, lo transforma. Y en una isla donde tantos jóvenes dudan de su futuro, donde la emigración se ha vuelto una sombra constante, ofrecer espacios de pensamiento y acción es un acto de esperanza concreta.
Lo que une a estos talleres, tan diversos en sus temas y denominaciones, es algo profundo. No son eventos aislados. Son parte de un tejido que las iglesias en Cuba han ido logrando con paciencia, perseverancia, en general con recursos escasos, pero siempre con convicción.
En un momento en que el Estado cubano parece incapaz de responder a la mayoría de las necesidades, cuando la crisis golpea cada día, las comunidades religiosas se convierten en espacios de formación, contención y creatividad.
No se trata de suplir al Estado, sino de recordarle a la sociedad que la solidaridad no es un lujo, sino una urgencia, que la educación, la nutrición y la paz no son eslóganes, sino prácticas que se construyen día a día, taller a taller, persona a persona.


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