
La espiral de precios golpea con fuerza los hogares cubanos, mientras el Estado se dispara en el pie al reintroducir controles de precios en medio de sanciones energéticas y comerciales de Washington.
En 1992, Lydia, una bióloga marina, se llevó las manos a la cabeza al conocer por una amiga llegada de Moscú que un huevo costaba cuatro rublos en la Rusia recién salida del cascarón soviético. Treinta y cuatro años después se vuelve a llevar las manos a la cabeza al leer la tablilla de una mipyme de barrio: un huevo, 180 pesos.
«Ya no sé cuál de las dos sorpresas me ha estremecido más», dice a Palabra Nueva, luego de comprar una decena de unidades para una familia de tres. Su madre, su hijo, recién divorciado, y ella. «Nunca imaginé que las cosas llegarían tan lejos y que los profesionales estuviéramos tan desprotegidos, como la mayoría de la gente», confiesa apesadumbrada.
Hay ciertos paralelismos entre la Cuba de hoy y la Rusia de ayer. A finales de 1991, el país eslavo estaba al borde de la quiebra y el dinero se devaluó rápidamente: la tasa de inflación fue del 160 % en 1991, y del 2508,8 % en 1992. La aparición de un nuevo modelo económico exigía una transición hacia la libertad de precios.
En octubre de 1991, Boris Yeltsin anunció que Rusia procedería a una reforma radical, orientada al mercado, en la línea de la «terapia de choque», obedeciendo la receta de Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Las consecuencias fueron devastadoras: caída del PIB en torno al 40 %, hiperinflación, empobrecimiento masivo, reducción de la esperanza de vida y el surgimiento de los oligarcas que dominaron los sectores estratégicos. Solo en 1998 la reforma comenzó a reflotar el gigantesco país, actualmente la novena economía del mundo.
Un fenómeno persistente
La inflación interanual en el mercado formal cubano alcanzó en julio de 2026 un 20,70 %, y consolidó un repunte que refleja el impacto del cerco petrolero impuesto por Estados Unidos desde enero.
Según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), los precios de alimentos, bebidas no alcohólicas y transporte han sido los más afectados. Sin embargo, economistas independientes advierten que las cifras oficiales subestiman la realidad del mercado informal, donde los importes se disparan aún más.
Entre 2021 y 2025, los precios se cuadruplicaron tras la fallida reforma monetaria, y han sumido al país en una espiral inflacionista que se prolonga hasta hoy. La crisis energética, marcada por apagones diarios y una producción nacional de crudo que apenas cubre el 40 % de las necesidades, ha paralizado buena parte de la economía estatal.
El huevo y el aceite: reyes de la inflación
El huevo y el aceite se han convertido en símbolos del agobio popular. En varias provincias, entre ellas Guantánamo, Villa Clara, Sancti Spíritus y Matanzas, sus gobiernos locales han intervenido los mercados particulares y han fijado precios de referencia, medidas respaldadas por un abanico de sanciones si son incumplidas.
Por lo general, los precios de referencia para el huevo fueron de 100-110 pesos la unidad y el litro de aceite comestible a 2 250-2 500 pesos. Estas cifras, aunque buscan contener la especulación, siguen alejadas del poder adquisitivo de la mayoría, cuyo salario promedio sobrepasa los 7 000 pesos.
Opiniones expertas sobre los topes de precios
El economista cubano Pedro Monreal cuestiona la secuencia de las reformas: «El supuesto enfoque más liberalizador de las 176 medidas se destiñó en menos de dos meses», escribió en sus redes sociales. Para Monreal, el regreso a los controles confirma problemas de diagnóstico y de aplicación: la liberalización de precios se produjo sin haber reducido las restricciones estructurales de la oferta, como la baja producción nacional y la escasez de insumos y divisas.
Otros especialistas, como Julio Carranza y Luis Gutiérrez Urdaneta, advierten que los topes de precios han demostrado ser ineficaces en el pasado, porque han generado corrupción, desabastecimiento y desvío al mercado negro. Sin embargo, reconocen que en la coyuntura actual podrían ser necesarios como medidas temporales excepcionales para evitar una crisis humanitaria.
Washington: sanciones y cerco energético
La crisis cubana no puede entenderse sin el impacto de la política de «máxima presión» de Washington. Desde enero de 2026, Estados Unidos bloqueó el envío de combustible a la isla y sancionó a navieras, lo que ha dejado más de 7 000 contenedores varados en puertos extranjeros. Esta medida ha recrudecido la escasez de alimentos y bienes básicos, y ha disparado los montos y alimentado la especulación.
El propio Secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que se mantendría la presión para impedir cualquier iniciativa del gobierno cubano destinada a romper el cerco. Esta política ha sido señalada por expertos como un factor determinante en el deterioro económico y social de la isla.
Reformas y contradicciones
El paquete de 176 medidas económicas aprobado por el parlamento busca liberalizar y descentralizar la economía, al otorgar mayor espacio al sector privado y un régimen de autonomía a la empresa estatal. Sin embargo, la reintroducción de los topes de precios revela la tensión entre la liberalización y la necesidad de «proteger» a la población.
Economistas como Daniel Torralbas señalan que el sector privado se ha convertido en un «pivote» para enfrentar la crisis, aunque el gobierno no lo reconoce oficialmente.
La economista y profesora universitaria Ileana Díaz, por su parte, coincide en que Cuba necesita más que nunca del sector privado y cooperativo, pero advierte que las reformas aún carecen de claridad sobre los sectores estratégicos y la visión de país.
Carranza y Gutiérrez Urdaneta insisten en que la reforma debe diferenciar entre urgencias inmediatas y transformaciones estratégicas. Proponen medidas como la compra centralizada de bienes básicos por el Estado, subsidios focalizados, asociaciones con el sector privado para producir alimentos de ciclo corto y la recuperación de la operatividad bancaria.
Sin atender estas urgencias, advierten, la reforma podría fracasar y derivar en una crisis humanitaria. Incluso plantean la posibilidad de decretar un estado de emergencia nacional, contemplado en la Constitución, si la situación sigue deteriorándose.
En este escenario, la responsabilidad de Estados Unidos en el cerco energético y comercial es innegable, al torpedear las importaciones, pero también lo es la necesidad de que Cuba defina con claridad su horizonte estratégico, diferenciando entre lo urgente y lo estructural.
Las proyecciones para este año oscilan entre el descenso del 6,5 % del Producto Interno Bruto calculado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el del 15 % estimado por el economista cubano independiente Pedro Monreal.
Inflación generalizada
Un huevo a 180 pesos y un pomo de aceite de 900 mililitros a 4 000 pesos son los mascarones de proa de la espiral de precios, pero no los únicos productos que han sido impactados por la ola alcista en el barco inflacionario en el que navega la economía cubana. El kilogramo de arroz y el azúcar, otros dos alimentos de primera necesidad, han trepado hasta alcanzar los 800 pesos y los 1 200 pesos, respectivamente, en las bodegas privadas.
«Más allá de los alimentos, los precios están disparados en todo: desde un tornillito de espejuelos o una aguja de coser hasta un motor de agua o una cocina pequeña de dos hornillas. Lo que sea», comenta Lydia, quien ha dejado de llevarse las manos a la cabeza.
«Todos los días es una sorpresa nueva. Así que me aburrí del gesto», dice con una discreta sonrisa de resignación.



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