Los enanitos de la catedral

Por: Mario Vizcaíno Serrat (mvserrat@gmail.com)

Fotos de Anyel Judith Díaz Goenaga.

Yo quiero un poquito… ¡noooo!… y yo tengo un carro… en su lugar… y yo también siento un carro… mi mamá se echa eso en los cristales… mi papá se echa el perfume azul…

Una frase se superpone a otra, y a otra, hasta hacer una algarabía en la que doce niños pueden parecer cuarenta y cuatro si no estás viéndolos. Es tan tierna su imagen, que su bulla no molesta a quienes, en la guardería de La Catedral, velan por su felicidad y educación.

Es una de varias guarderías de que dispone la Iglesia católica a lo largo de La Habana. Cuando los niños se van a casa, en junio, luego de diez meses de interacción diaria, las maestras, monjas y trabajadoras domésticas quedan como flores mustias. No vuelven a ser las mismas. Vuelcan en los infantes demasiadas emociones, durante demasiados días, como para olvidarlos con facilidad.

Tienen entonces que, poco a poco, armar su corazón, como un rompecabezas. Es un cuadro repetido año tras año desde el año 2000, cada vez que acogen a una veintena de niños del cuarto año de vida para educarlos, transmitirles los principales valores humanos y hacerles la existencia agradable.

Es así como en el salón Victoria Benéitez Rodríguez, muy cerca del templo católico, las hermanas Nohemí Ayala y Reina Martínez, religiosas Carmelitas de San José, y las profesoras Ivón Mayor y Delfina Díaz, revuelven el mundo interior de unos enanitos que tampoco son los mismos cuando regresan a sus casas luego de casi un año con ellas.

«Con la boca llena no se habla», le advierte Ivon a uno de los párvulos, que, sin una gota de piedad con su compañerita, la acribilla a palabras y gestos durante el almuerzo, quizás uno de los períodos más tensos para esas mujeres que no descansan desde las ocho de la mañana hasta, por lo menos, las tres y treinta de la tarde, cuando comienzan a desfilar los padres en busca de sus hijos, un goteo que las obliga a caminar desde donde los pequeños despiertan hasta la puerta donde los «entregan».

En realidad, monjas, maestras, pantrista y doméstica descansan entre la una y las tres de la tarde, cuando duermen los niños.

Uno de los momentos más emotivos de la jornada es cuando una trabajadora hace sonar una campana y ellos despiertan y se levantan como un resorte, como si dos horas acostados hubieran sido una tortura. Entonces, cada uno se incorpora a la vida en estilos diferentes, con ritmos que van desde el rock and roll hasta el bolero, pasando por la balada romántica y el bossa nova. Aunque aún no tienen personalidad definida, ni carácter, quién sabe si cada cual ya empieza a funcionar y reaccionar con determinados ritmos, que responden a sus naturalezas, a la antesala de sus esencias.

El día a día

El régimen de vida diario está repleto para que aprendan a pensar, sentir y relacionarse entre ellos. Desde las ocho de la mañana, cuando llegan, hay apenas tiempo vacío. Muchos pertenecen a familias disfuncionales, que la Arquidiócesis en La Habana prefiere por encima de los de núcleos más tranquilos, para ayudar más, y llegan a la guardería con traumas, o actitudes que solo el amor, el empeño, la dedicación de maestras y monjas, enmiendan.

Aunque ellas no son dadas a ventilar las afecciones emocionales de los niños, durante las seis horas que Palabra Nueva pasó entre ellos fue fácil percatarse de infantes demasiado introvertidos, algunos con expresiones tristes, como si no fueran felices. Como si sus hogares no fueran el palacio de familia que José Martí anhelaba.

Esta guardería, y otras en el resto de la Arquidiócesis, no solo son consideradas un servicio que cuida de los niños. Allí velan por sus necesidades físicas, y les enseñan sobre Jesús. Es aquí donde un bebé se inicia en el amor a Dios, comienza a conocer su corazón. A medida que confían en sus guías, sienten que en la iglesia procuran su bienestar. No entienden las historias de la Biblia, pero las trabajadoras, cuando los ayudan a almorzar, o a dormir, cuando están más cerca de ellos, les transmiten los valores bíblicos principales, y también durante la lectura de cuentos y la interpretación de dramatizados.

 

Los inicios

En febrero del 2000, a propuesta del cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, inicia en la Catedral un proyecto que las Hermanas del Amor de Dios habían sostenido desde agosto de 1998. Luego, en una segunda etapa, es fundada la Guardería Catedral en 2015, en ocasión de la visita del Papa Francisco a Cuba, como una continuación del primer proyecto.

De acuerdo con la secretaria ejecutiva de La Catedral, Mónica Ríos, la guardería se mantiene con la colaboración y la ayuda de amigos y personas de varias latitudes sensibilizados con el proyecto, además de una regular atención de Caritas Habana.

Los pequeños disponen de un área de juegos para diversión, aprendizaje y desarrollo de habilidades, y a medida que las maestras y hermanas interactúan con ellos, les hablan del amor de Dios, de su deseo de que tengamos una familia que nos proteja.

Hasta inglés les enseñan, o tratan de hacerlo. Como son niños, se estimulan, y en un encuentro con los de la guardería Padre Usera, situada en las calles Habana y San Juan de Dios, que se encarga de infantes de tres años de edad, «molieron» en sus bocas todas las frases en inglés que las Carmelitas de San José, aguantando la risa, los invitaron a pronunciar.

La cita la organizaron en el Centro Cultural Padre Félix Varela las dos guarderías y Cáritas Habana, siempre al tanto de la atención a estos niños, y lo programaron el Día del Amor y la Amistad, una ocasión ideal para continuar el intento de sembrar en ellos los valores humanos imprescindibles para que sean buenas personas: además del amor y la amistad, la solidaridad y el sentido de la piedad.

En la cita, los niños de La Catedral interpretaron para los visitantes de Padre Usera un repertorio de cantos, acompañados al piano por Ramón Leyva, al frente de la catedral de música sacra del Centro Cultural: María, mírame, El amor de Dios es maravilloso, Cultivo una rosa blanca y Para eso son los amigos, ésta cantada en su inglés especial. Intercambiaron además tarjetas y otros detalles hechos por ellos y dramatizaron un cuento en el que la amistad, el amor, el odio, la apatía y la solidaridad tienen su papel, y en el cual, por supuesto, triunfan los valores buenos.

En la guardería de La Catedral son conscientes de que los niños captan las señales de su aprendizaje como una hoja en blanco en la que alguien escribe. Cuando, luego de diez meses, algunos de ellos son devueltos al seno familiar con la mitad de su felicidad infantil «restaurada», la fiesta es grande. Es el mejor premio a la consagración de esas educadoras en medio del silencio, sin promoción ni propaganda, sin que jamás se vean reflejadas en la televisión, o en algún periódico discreto. Así, sin alardes, los preparan.

Un breve diálogo con cualquiera de ellas hace destilar su orgullo: están convencidas de la experiencia enriquecedora que para los niños significa pasar por allí diez meses, y saben, porque lo han comprobado, que esos enanitos guardarán para siempre lindos recuerdos de su estancia en La Catedral.

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