El paño de Turín y la fallida prueba del carbono radioactivo

Por: Marcial Fernández, Nueva York

Especial para Palabra Nueva

 

Cuando Secondo Pia tomó en 1898 la primera fotografía al paño o sudario de lino venerado en la catedral de Turín desde 1578 como el paño mortuorio de aproximadamente 13 pies de largo y 3 pies de ancho que cubrió al cuerpo de Jesucristo en el sepulcro, el revelado de la placa negativa de cristal (usada antes del invento del negativo fotográfico de celuloide) causó impacto mundial.

El fotógrafo no podía sospechar que su imagen publicada se convertiría en la devoción del «Sagrado Rostro» y que daría inicio a una verdadera inquietud más allá de la fe, que ahora incluía al mundo científico, y que convertiría la reliquia más importante de la cristiandad en «el objeto arqueológico más estudiado de la historia».

¡La placa negativa de Secondo Pia mostraba una imagen positiva después de revelada! Esto solo implicaba un único razonamiento: que la imagen del hombre en el paño se manifestaba con las características de un negativo fotográfico, ¡19 siglos antes de la invención de la fotografía! Tres décadas después, en 1931, otro fotógrafo italiano, Giuseppe Enrie, tomó fotografías del paño de Turín y obtuvo, aunque con mucha mayor definición, los mismos resultados que Secondo Pia.

Este es el gran misterio del paño de Turín, que todavía la ciencia no ha podido resolver: no solamente la formación en ese paño de la imagen del cuerpo sin vida de Cristo, torturado y crucificado, sino además manifestada como un negativo fotográfico.

El acceso del público al manto de Turín era una rara ocurrencia concedida por la Iglesia Católica, y mucho más rara aún si se trataba de entregar la sagrada reliquia a las manos de los investigadores científicos. Pero así ocurrió, por suerte para todos. Después de concedida la autorización por la Casa de Saboya, la dinastía reinante propietaria del paño de Turín desde 1453, se organizó en los Estados Unidos un equipo de 33 científicos y analistas de imagen bajo el acrónimo STURP (Shroud of Turin Research Project o Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín).

Solo 23 integrantes del equipo STURP viajaron a Turín en septiembre de 1978 con 80 arcas de madera en las que llevaban los equipos de investigación más sofisticados hasta ese momento. El tiempo apremiaba; la autorización para el trabajo investigativo era de solamente 120 horas, cinco días en los que el equipo decidió trabajar ininterrumpidamente día y noche en el Palacio Real de los Saboya anexo a la catedral de Turín.

STURP estaba integrado por miembros de diversas creencias e incluso agnósticos. El fotógrafo oficial del equipo, Barrie Schwortz, era judío. Él había afirmado que necesitaba muy poco tiempo para demostrar que todo era una falsificación. No se imaginaba Barrie Schwortz que, irónicamente, muy pronto él se convertiría en el más grande defensor e incansable conferencista sobre la autenticidad del paño de Turín.

Las conclusiones originales publicadas por el equipo STURP pueden resumirse en los siguientes hechos fundamentales: la imagen del hombre torturado y crucificado no contiene ninguno de los pigmentos (pintura, tinta, etc.) conocidos a través de la historia de la creación de imágenes, como tampoco pudo ser creada por otros métodos como el frotado o la quemadura superficial (pirografía). Por lo tanto, la imagen del crucificado no fue obra de un artista y su origen se mantiene como un misterio.

El carbono

Quedaba una sola prueba por hacer para completar debidamente el trabajo científico y era demostrar la antigüedad del paño por el método del carbono radioactivo. Esas pruebas se realizaron simultáneamente en tres laboratorios de Inglaterra (Oxford), Suiza (Zúrich) y Estados Unidos (Arizona), y se determinó que entre tales laboratorios no podría haber ningún tipo de comunicación o intercambio durante las pruebas. El Museo Británico actuaría como coordinador científico neutral y árbitro para garantizar la integridad del examen.

Los resultados obtenidos por los tres laboratorios se dieron a conocer oficialmente el 13 de octubre de 1988 en forma simultánea mediante una rueda de prensa en el Museo Británico y también por el anuncio del cardenal Anastasio Ballestrero, arzobispo de Turín, cuando leyó el comunicado oficial en italiano, en el que confirmó ante el mundo que los laboratorios habían datado la tela, con un 95 % de certeza, entre los años 1260 y 1390 d.C. Esta información confirmaba lo peor, que la tela era una falsificación medieval y no el paño mortuorio de Cristo, como se había creído hasta el momento. Meses después, el 16 de febrero de 1989, la prestigiosa revista científica Nature, radicada en Londres, publicó el reporte científico con todos los detalles técnicos firmado por los tres laboratorios.

Desde el anuncio de 1988, los científicos libres de prejuicio, conociendo las conclusiones logradas por el equipo STURP, estaban convencidos de que algo tenía que estar errado en las pruebas de los tres laboratorios. El químico de STURP, Raymond Royers, analizó hilos sobrantes de la muestra de la esquina superior izquierda del paño (visto horizontalmente) que se cortó en 1988: demostró que el fragmento entregado a los tres laboratorios procedía del remiendo hecho en la Edad Media (otro igual había sido hecho en la esquina superior derecha), que la muestra contenía hilos de algodón, y que tales remiendos habían sido impregnados con tintes para disimular el arreglo. Por lo tanto, las muestras entregadas a los tres laboratorios no eran representativas del paño original.

Tres décadas después, en 2017, un investigador independiente, Tristan Casabianca, puso una demanda legal contra el Museo Británico, apoyándose en el Acto de Libertad en la Información, que estaba en vigor en el Reino Unido, para exigir que hicieran públicos los «datos en bruto», sin procesar, que el Museo Británico había retenido durante casi dos décadas en evidente violación de la metodología científica. El Museo Británico cedió ante la demanda y entregó a Tristan Casabianca los cientos de páginas con la información.

Ya en posesión de todos los datos, Casabianca y un equipo de eruditos italianos publicaron en 2019 el estudio resultante en la revista científica, Archaeometry, de la Universidad de Oxford, en el cual declararon que las muestras analizadas eran heterogéneas, que diferentes secciones arrojaban datos conflictivos en forma alarmante. Este análisis concluyó que la prueba de 1988 era fallida y no podía probar la edad del paño. Lo más doloroso era que se pensaba en una falsificación medieval.

Cuando ya parecía imposible, una nueva tecnología para determinar la edad de un paño de lino no se hizo esperar. La prueba en particular se conoce como «Imagen por dispersión de rayos X de ángulo ancho», publicada el 11 de abril de 2022 en la revista científica Heritage. Este innovador examen fue realizado por un equipo de seis científicos liderados por el Dr. Liberato de Caro en el Instituto de Cristalografía del Concilio Nacional de la Investigación, en la ciudad de Bari, Italia.

Liberato de Caro había estado estudiando el paño de Turín durante 30 años hasta que en 2019 su equipo desarrolló un nuevo método para determinar la edad de muestras de telas de lino. Bastaba con un fragmento de una de las 200 fibras de que está formado cada hilo de una tela de lino. Estas fibras están compuestas, principalmente, por polímeros de celulosa. El principio de esta nueva técnica consiste en medir la ruptura o degradación natural de los polímeros de celulosa causada por el efecto combinado de la temperatura, humedad, luz y la acción de agentes químicos ambientales a través del tiempo.

La efectividad del nuevo método fue probada inicialmente con varias muestras de telas de lino cuya edad era ya conocida, desde una tela de reciente fabricación a otra de Egipto del año 3000 a. C. En todos los casos la nueva tecnología acertó con un margen totalmente aceptable. ¡En el hilo obtenido del paño de Turín hacía dos décadas la técnica de los rayos X determinó que la antigüedad con gran aproximación era de 2,000 años!

Ya la prueba del carbono radioactivo y su fracaso eran parte de un pasado penoso y ahora el mundo tenía la confirmación. La imagen de un hombre muerto después de ser torturado, crucificado y coronado de espinas, que aparecía en el paño de lino venerado en la catedral de Turín, no había sido creada por manos humanas, y su antigüedad era de 2 000 años.

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